
Estos días de confinamiento mucho se habla ineludiblemente del coronavirus, pero a lo largo de la historia otras pandemias marcaron la vida de la población mundial. Las infecciones y las epidemias ya eran la principal causa de mortalidad cuando el homo sapiens vivía en las cavernas hace decenas de miles de años. Y ahora que resurge de nuevo ese temor ancestral al contagio, en una sociedad que creía haber alejado esas amenazas gracias al avance del conocimiento, podemos remontarnos al pasado y narrar las medidas que los pueblos ponían en marcha para su protección.
A lo largo de la historia ciudades y pueblos han contado con murallas y cercas, unas tenían fines defensivos y otras servían para control fiscal y sanitario. De este modo, y gracias a diversas citas localizadas en los archivos municipal y parroquial, podemos traer a colación diversos barreos que a finales del siglo XVI y durante la centuria del XVII se hicieron en la villa de Fuentes, situada a escasas leguas de los notables núcleos poblacionales de Carmona y Écija, en el viejo reino de Sevilla.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el término barrear, hoy en desuso, significa «cerrar, fortificar con maderos o fajinas un sitio abierto», y en la Edad Media simplemente cercar o amurallar [1].
Con esta práctica, y ante males tan contagiosos, los pueblos se intentaban librar de las epidemias protegiendo a sus habitantes con el aislamiento de los mismos, controlando el acceso a los núcleos de población y cerrando todas sus puertas, salvo una o dos por las que se tenían que acceder forzosamente bajo estricto control. También, debido al alto componente religioso de la época, las poblaciones se acogían a la protección de un determinado santo, y que en el caso particular de Fuentes, fue San Sebastián.
A lo largo de los siglos XVI y XVII la peste fue la pandemia crónica que más afectó ineludiblemente a Fuentes y su comarca, y son diversos los registros documentales que dan testimonio de ellos, así como de los consiguientes barreos llevados a cabo por iniciativa del propio cabildo municipal.
El profesor Cerro Ramírez, en su libro «La villa de Fuentes. 1578-1800» cita cómo en las décadas finales del siglo XVI y durante el siglo XVII «Fuentes, al ser una pequeña población con escaso número de habitantes […] y estar aislado de otros núcleos de población importante, se fue librando de las sucesivas pandemias. La forma más común para evitar el contagio era declarar la villa en cuarentena y aislarla de la presencia de posibles portadores de la enfermedad, procedentes de lugares que estuvieran infectados por tan terrible mal» [2].
El primer cercado de la villa del que se tiene conocimiento se remonta a 1583. En el cabildo celebrado por el Concejo, Justicia y Regimiento de la villa el 2 de marzo de este año se acordó –ante la amenaza de la peste– el barreo del núcleo de Fuentes, dejando solo abiertas las puertas de Marchena –en la parte baja de la Barrera de Palacio, hoy plaza de España– y la del Monte –al final de la calle Carrera–, siguiendo el ejemplo de otras localidades del entorno geográfico.
«[…] En este Cabildo el dicho señor Alcalde, Cristóbal Gómez Tortolero propuso que ya que a sus mercedes es notorio como la ciudad de Écija, villa de Carmona, Marchena, Osuna y otros lugares de esta comarca se han barreado y van barreando con toda diligencia para guardarse de la peste que se dice andar en muchas partes de esta Andalucía, de manera que por la misma causa conviene asimismo que esta dicha villa se guarde y barree porque no haciéndolo se les impedirá a los vecinos de esta dicha villa la entrada, trato y comunicación con las demás partes que se guardan y que están declaradas. Una de las cuales es la ciudad de Sevilla, de donde tanto daño se seguirá a los dichos vecinos de esta dicha villa si no entrasen y tratasen en ella.
Que sus mercedes provean lo que convenga y debiéndose barrear de adonde se proveerá el dinero para ello.
[…] Asimismo que solamente queden dos puertas: la una, la puerta de Marchena, otra a la puerta del Monte que es al fin de la Carrera. Y que se tenga cuidad de enviar a la dicha ciudad de Écija por razón de los lugares de que se guarda» [3].
Hemos de tener en cuenta que durante centurias Fuentes se encontraba en la línea de paso para comunicar Sevilla con Córdoba. Si durante quince siglos la Vía Augusta había sido la principal vía de comunicación, que viene a coincidir con el actual trazado de autovía del Sur (A-4), es en la primera mitad del siglo XVI cuando, por primera vez, aparece documentalmente un nuevo trazado que influiría considerablemente en el desarrollo y auge de la naciente villa de Fuentes y que sería conocido como Carril o Ruta de la Lana. La significativa localización geográfica como punto de paso en una importante vía de comunicación, provocó que Fuentes recibiera importantes personalidades históricas de la época y se convirtiera en lugar de paso obligado, que por el contrario no era nada beneficioso en épocas de epidemias.
Fernando Colón, hijo del descubridor, realizó en torno a 1517 un conjunto de noticias geográficas que darían lugar a su obra «Descripción y Cosmografía de España». En ella aparecían dos caminos para unir Sevilla y Córdoba con Toledo, Madrid y Alcalá de Henares, en el centro de la Península, recogiendo dos trazados para desplazarse entre Córdoba y Sevillla: uno por la margen derecha del Guadalquivir, y otro por Guadalcázar, Écija, Fuentes, Carmona y Sevilla, atravesando la villa fontaniega a través de la entonces calle Mayor.
Es también en la centuria del XVI cuando aparecen los primeros repertorios de caminos, posiblemente las primeras publicaciones europeas con carácter utilitario, a modo de guías de viaje, que aportaban valiosa información sobre los caminos existentes y su estado de conservación.
De este modo surgen los trabajos de Pero Juan Villuga en 1546 y Alonso Meneses en 1576. Ambos recogen el camino para ir de Sevilla a Córdoba que pasaba por Fuentes y que ya citara Colón, añadiendo los lugares geográficos de la Venta del Alvar, entre Carmona y Fuentes, y la Venta del Palmar, entre Fuentes y Écija.
Estos itinerarios se consideraban los más rápidos para los desplazamientos y eran los que probablemente se encontraban en mejores condiciones, pero a la vez, por la actividad en el paso de diligencias, caminantes y viajeros, convertían a los núcleos de paso en lugares más propicios para la expansión de epidemias y otras enfermedades contagiosas.
En 1727, Pedro Pontón sigue localizando a Fuentes como lugar de paso obligado en el camino de Madrid a Sevilla [4].
Retomando la cuestión que nos ocupa, en el cabildo celebrado el 9 de junio de 1599 [5] se volvieron a adoptar medidas para barrear la villa y librarla de la epidemia vigente, y dos años más tardes, el 19 de marzo de 1601 [6], se tomaron nuevas acciones de cercado a consecuencia de la epidemia. Ante la magnitud de la enfermedad, en el Cabildo del 27 de mayo de 1601 «se trató como respecto de que cada día va en aumento las enfermedades del hambre que por los lugares comarcanos crece, se mandó cerrar las puertas de límite y que sólo se sirviese esta villa por la Puerta del Monte y que en ella guardasen personas responsables y de confianza que pudiesen despachar entre muros y lo demás que se le ofreciese». […] «los vecinos que fuesen señalados por guardas para la dicha puerta del monte, el uno de ellos ha de tener la llave y a las 3 de la mañana ha de abrir y estar advertido el día sin que ninguno falte salvo a horas de comer yendo uno y quedando otro» [7].
Décadas más tarde, en el cabildo acontecido el 3 de junio de 1637 [8], se encomendó a los regidores Pascual García Pilares y Francisco Martín de Góngora que se personaran en los lugares de la comarca con presencia de epidemia de peste, para conocer de primera mano la situación a la hora de adoptar las medidas pertinentes en la villa de Fuentes. De tal magnitud era la epidemia que días más tarde, en cabildo convocado para el 23 de junio, los presentes determinaron barrear la villa para guardarla de la peste.
Pero las epidemias no cesaban, y en 1649 amenazó de nuevo estos lares de la campiña sevillana. En cabildo del 6 de enero se acordó acometer el barreo de la villa «para evitar contagio de enfermedades» [9], de la misma forma que lo estaban haciendo otros núcleos cercanos.
Ante el temporal de invierno, que había dañado considerablemente las cercas, en abril se acordó el reparo de las cercas y portillos que servían para proteger la villa. Durante el periodo de tiempo que la epidemia estuvo vigente, el acceso a la población era controlado por cuatro aguaciles, a los que, en cumplimiento de lo dictado en el cabildo de 12 de julio de 1649 [10], se le otorgaron 40 reales a cada uno por su diligencia en la vigilancia de las puertas y otros actos relativos a evitar el contagio de la peste.
La epidemia no remitía, y un nuevo brote se expandió por la zona, por lo que en enero de 1650 se toma la decisión de cerrar la Puerta del Monte y que sólo quede abierta la de Marchena, con los guardas pertinentes [11]. De tal magnitud fue la epidemia que el cabildo prosiguió tomando medidas en los meses siguientes, como consta en las actas de los cabildos de 24 de abril y 1 de mayo.
Casi un siglo después del primer barreo documentado de 1583, en el verano de 1679 se llevó de nuevo a cabo esta práctica en la villa de Fuentes, según unas notas aparecidas al final del libro de colecturía de la Iglesia Parroquial que da comienzo en el año 1711 [12].
«Cuando se hallavan los Pueblos sincumbezinos con la calamidad de la peste…» […] «…se Barreo esta villa teniendo en cada puerta un diputado con sus guardas para que no entrase ningun transitante». Parece ser que el 27 de agosto de 1679, habiendo sido «Dios servido de precabidad de tal conatgio», Fuentes y sus vecinos «le votaron fiesta a Ntra. Sra. y a su Patron Sn. Sebª. [San Sebastián]». Seguidamente la inscripción cita, en referencia a la fiesta del patrón, «la que se selebra la ultima Dominica de Sep. [septiembre] con visp. [víspera] tercia procesión sermón y missa, con la Mayor Solemnidad que cabe». Esto último nos confirma la inexistencia de peste en Fuentes en esta época, ya que el pueblo celebró fiestas de acción de gracias en honor del patrón por la liberación de tal mal.
Finaliza el documento diciendo: «Todo consta del Cabildo que se celebró ante Juan Cid de Villanueba… …siendo corregidor el Licdo. Dn. Miquel Pachi de Cardona, Aguacil Mayor Alonso López Pilares y regidores Juan Caro Barrera, el Capitán Nuñez Valeros y Luis Sánchez Arjona y otro. Fdo.: Bart. [Bartolomé] de Sarria».
Francis J. González Fernández
Cronista oficial de Fuentes de Andalucía
NOTAS:
1] NAVARRO LORA, José María. Del barreo de la villa de Fuentes. En Aires Nuevos: Periódico de información local. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Asamblea local de Nueva Izquierda-Verde Andaluza (NIVA), julio 2001, I época, núm. 4, pág. 7.
2] CERRO RAMÍREZ, Jesús. La villa de Fuentes (1578-1800). Fuentes de Andalucía (Sevilla): Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2011, p. 105.
3] (A)RCHIVO HISTÓRICO (M)UNICIPAL DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Actas Capitulares. Libro 1. Cabildo 2-III-1583.
4] GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Francis J. Fuentes de Andalucía, una mirada al pasado: Tomo II. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2013, p. 19-20.
5] A.M.F. Actas Capitulares. Libro 3. Cabildo 9-VI-1599.
6] Ibídem. Cabildo 19-III-1601.
7] Ibídem. Cabildo 17-IV-1601.
8] Ibídem. Libro 4. Cabildo 3-VI-1637.
9] Ibídem. Libro 5. Cabildo 6-I-1649.
10] Ibídem. Cabildo 12-VI-1649.
11] Ibídem. Cabildo 11-I-1650.
12] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro X de Colecturía y Entierros de 1711. Fol. X. (Referencia incompleta que será actualizada al término del estado de alarma y podamos personarnos en el Archivo Parroquial).
Ante la situación de excepcionalidad que vivimos por esta pandemia que nos asola, y en ejercicio de nuestra responsabilidad, hoy se ha ratificado por sentido común la cancelación de las estaciones de penitencia en la próxima Semana Santa de 2020 en la ciudad de Sevilla, y como es de esperar la decisión se irá extendiendo a todas la diócesis.
En una Cuaresma inédita, las vísperas se han esfumado y la Semana Santa será íntima, en nuestra clausura particular.
Quedémonos en casa y salgamos lo estrictamente necesario. Recemos con fe por el pronto descenso de la curva de contagiados, por los responsables políticos en su toma de decisiones, por los profesionales sanitarios, por los del sector de la alimentación, agricultura y ganadería, fuerzas de seguridad… Imploremos a Dios la recuperación de los enfermos y encomendemos al Señor el alma de los difuntos.
Hace 200 años –como ocurrirá éste– Sevilla se quedó sin cofradías en las calles de la ciudad donde habita la Esperanza, pero en Fuentes si salieron los pasos. Este ha sido una de mis aportaciones a la Revista de Semana Santa 2020, y hoy lo traigo a colación para su lectura en estos inéditos días de reclusión familiar.

1820. CUANDO SEVILLA SE QUEDÓ SIN COFRADÍAS, PERO EN FUENTES DE ANDALUCÍA SALIERON LOS PASOS A LA CALLE
Se cumplen doscientos años del pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego contra el rey Fernando VII a consecuencia de su gobierno absolutista y despótico; un hecho que aconteció el 1 de enero de 1820 en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan.
El alzamiento dio paso a un periodo de tres años en los que el monarca tuvo que aceptar la Constitución de Cádiz de 1812 y permitir una monarquía constitucional en España, el denominado Trienio Liberal (1820-1823).
Dos meses y medio después del suceso de Las Cabezas de San Juan, se juró en Sevilla la Constitución y, «como al restablecerse el nuevo régimen eran muchos los descontentos de él, y no pocos los instigadores de influencia suficiente, fue preciso a las nuevas autoridades que tomaron el mando de la provincia adoptar algunas medidas en evitación de sucesos desagradables, próximos siempre a ocurrir en aquellos turbulentos días en que los odios y rencores políticos estaban tan enconados» [1].
Ante tal realidad y siendo inminente la llegada de la Semana Santa, el general Moreno y Daóiz, «jefe superior político» dictó una normativa sobre la forma en la que las cofradías debían procesionar. En ella impedía a las hermandades el uso de capirotes, antifaces y túnicas, les prohibía estar en la calle después del toque de oraciones y mandaba a las de madrugada que no salieran hasta el amanecer, todo ello en bien del «interés público y la conservación del orden». Ante ello, las corporaciones que tenían previsto salir en los días siguientes declinaron el hacerlo por «las extrañas condiciones que imponía la autoridad civil con alardes arbitrarios y las hostilidades a las nuevas ideas», argumentando que lo dispuesto iba en contra de sus tradiciones.
Las estrictas reglamentaciones se prologaron durante los años sucesivos, dando lugar a un largo quinquenio sin cofradías en las calles de Sevilla. Una ausencia que se extendió más allá del regreso del absolutismo, no recuperándose la normalidad hasta la Semana Santa de 1826.
Pero que no lo hicieran en la capital, no implica que en otros puntos de la geografía provincial las cofradías no realizaran sus pertinentes estaciones de penitencia, en cumplimiento de su regla de dar culto público a sus Titulares, siempre que las condiciones económicas de las corporaciones, las circunstancias atmosféricas u otra serie de aspectos mayores lo permitieran.
De este modo, los apuntes correspondientes en los Libros de Colecturía y Entierros del Archivo Parroquial Santa María la Blanca, dan prueba documental que en Fuentes de Andalucía hubo cofradías en las calles en los días de Semana Santa durante determinados años del periodo histórico que nos ocupa.
El 24 de marzo de 1820 era Viernes de Dolores, y mientras el país andaba convulso con el acatamiento, de nuevo, de la Constitución de 1812, en la villa de Fuentes la vida transcurría con relativa normalidad. En la iglesia parroquial, culminaba en esta jornada con fiesta solemne el Septenario de la Virgen de los Dolores de los Servitas, «con misa, manifiesto y responso» [2], en las vísperas de una nueva Semana Santa.
La primera de las cofradías que realizó su estación de penitencia en este año que nos ocupa fue la del Señor de la Humildad y Nuestra Señora de los Dolores, desde la ermita de San Francisco, en el arrabal del Postigo del Carbón. Y lo hizo, como era propio, en la tarde del Miércoles Santo, abonando por su salida a la Colecturía de la Parroquia 35 reales y tres cuartos [3].
Al día siguiente, Jueves Santo, 30 de marzo, hizo su estación de penitencia la muy antigua cofradía de la Vera Cruz, que tuvo que abonar por ello a la Colecturía 23 reales y un cuarto [4]; y el Viernes Santo lo haría la última de las tres corporaciones que pusiera sus andas en la calle en 1820, la del Santo Entierro, y que según consta llevó «el Santo Sepulcro al Hospital» de la Caridad, aportando a la Colecturía 25 reales y 16 velas [5].
En 1821 fueron dos las cofradías que pudieron procesionar. El 19 de abril, Miércoles Santo, lo hizo la de la Humildad y el Jueves Santo, la de Jesús Nazareno, desde el convento de los padres mercedarios descalzos.
Y es a partir de este –1821– cuando se produce un trienio en el que las cofradías fontaniegas no llevan a cabo sus públicas estaciones de penitencia, sumándose de este modo a la larga ausencia de la capital hispalense. Los libros de Colecturía no muestran apuntes relativos a las procesiones de las semanas santas de 1822, 1823 y 1824; omisión de desfiles que podría estar causada por diversos motivos, no solo políticos. De este modo, no se pueden descartar los fenómenos meteorológicos, puesto que hay crónicas de la época que relatan cómo –por ejemplo– la de 1822 fue una Semana Santa muy lluviosa y muy fría.
Tanto en términos generales como propiamente locales, el convulso siglo XIX dejó sus secuelas en el mundo de las cofradías, y del mismo modo, en las corporaciones fontaniegas. No hay un periodo de tiempo donde hayan sucedido tantas vicisitudes históricas que hayan afectado tan directamente a las cofradías. Desde epidemias, una invasión, guerras, leyes desamortizadoras, la marcha de los mercedarios descalzos y el cierre y deterioro del convento, desorganizaciones… hasta otros aspectos como el nacimiento de la cofradía de la Soledad y su posterior fusión con la del Santo Entierro, la reordenación en los días de salida perdiéndose la madrugada fontaniega, la recuperación de la iglesia de San José y la fundación de la hermandad del Señor de la Salud, el esplendor de la hermandad servita, las obras de ampliación de la ermita de San Francisco, la propagación de la devoción al Señor de la Piedad y Misericordia y construcción de su ermita en el Calvario, el cambio de sede de la cofradía de la Vera Cruz…
A principios del siglo que nos ocupa, –concretamente en 1803– salieron y por tanto estaban activas las cofradías de la Humildad, Vera Cruz, Jesús Nazareno y Santo Entierro, que realizaban por costumbre sus estaciones de penitencia, respectivamente, el Miércoles Santo, Jueves Santo, madrugada del Viernes Santo y tarde del Viernes Santo [6].
Fue únicamente la de la Humildad la que consiguió mantenerse activa ininterrumpidamente durante estas primeras convulsas décadas del siglo XIX. Tanto es así, que desde 1825 a 1830 –ambos inclusive– es la única hermandad que logra poner su cofradía en la calle durante la Semana Santa fontaniega.
Ya en la década de 1830 se localizan datos esporádicos de actividad en las cofradías de Jesús Nazareno y del Santo Entierro, y no es hasta 1841 cuando de nuevo certificamos documentalmente una Semana Santa completa con las cofradías de Humildad el Miércoles Santo, Vera Cruz en la tarde de Jueves Santo, Jesús en la madrugada del Viernes Santo y el Santo Entierro en este último día en horario vespertino.
Francis J. González Fernández
Cronista oficial de Fuentes de Andalucía
Ref. bibliográfica: GÓNZALEZ FERNÁNDEZ, Francis J. En Revista de la Semana Santa de Fuentes de Andalucía 2020. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Jesús de la Santa Vera Cruz y María Santísima del Mayor Dolor, 2020, núm. 25, págs. 20-22.
NOTAS:
[1] CHAVES, Manuel. La Semana Santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823. Sevilla, Imprenta de E. Rasco, 1985, p. 1.
[2] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro 14 de Colecturía y Entierros. Fol. 13.
[3] Ibídem. Fol. 13v.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.
[6] A.P.F. Libro 12 de Colecturía y Entierros. Fol. 39v.
Originaria del siglo XVII, estuvo vinculada a la Hermandad Sacramental en el siglo XIX
Carlos José Romero Mensaque, O.P.
Doctor en Historia y en Teología
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Este artículo estudia la trayectoria histórica de la Orden Tercera de Santo Domingo en Jerez de la Frontera (Andalucía-España) durante la época moderna, pero, al mismo tiempo establece de manera previa un amplio estado de la cuestión sobre los orígenes y primer desarrollo histórico de esta institución laical de la Orden de Predicadores, así como algunas referencias a su realidad en España e Hispanoamérica durante los siglos XVI al XVIII.
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Óleo sobre lienzo de la Inmaculada Concepción, pintada por Pacheco en 1619
Julio Mayo
¿Había nacido la Virgen sin mancha original, o vino al mundo pecadora como el resto de los mortales? En el Siglo de Oro -corría el año 1615-, se avivó la vieja discusión teológica que terminó enfrentando a frailes franciscanos y jesuitas, defensores de la concepción inmaculada de la Madre de Dios, contra los de la orden dominica, que se postularon como maculistas. El asunto desató una gran polémica que pasó a la calle, donde llegó a generar un importante conflicto social. El pueblo sevillano tomó partido, con inusitado fervor, por la defensa de la Pura y Limpia. Enseguida, adoptaron también un claro posicionamiento inmaculista numerosas corporaciones religiosas de la ciudad como las propias cofradías, aunque sus titulares no fuesen marianos, y otras colectividades del ámbito civil (gremios laborales, ayuntamiento, audiencia de justicia, universidad y abundantes entidades locales emblemáticas). Pero los enfrentamientos adquirieron un cariz político que empezó a preocupar a la Corona. Desde Sevilla, fueron a la corte los miembros de una comisión que despertaron el interés de Felipe III, a quien también hicieron saber que, si no apoyaba lo que se defendía aquí, la monarquía hispánica podría terminar acusando una importante crisis. Con la obtención del apoyo de la realeza, fue como mejor pudo presionar en Roma el arzobispo de nuestra ciudad, don Pedro de Castro y Quiñones, a fin de conseguir las bendiciones de la Iglesia con las que legitimar el reconocimiento oficial de la causa.
Los sevillanos enviados a Madrid en 1616 por nuestro arzobispo como embajadores para exponer al rey las consecuencias de la controversia, fueron los sacerdotes don Mateo Vázquez de Leca (canónigo de la catedral y arcediano de Carmona) y Bernardo de Toro. Desde aquel mismo momento, el duque de Lerma favoreció la estancia de los ilustres emisarios en la corte y los apoyó muy decididamente ante Su Majestad. Bernardo de Toro pasó a formar parte de la diplomacia de la monarquía hispánica en Roma, donde pudo elevar las reivindicaciones a la Sede apostólica con mayor cercanía. Allí ejerció durante tres décadas su ministerio eclesiástico en Santa María de Montserrat, actual templo oficial de España, donde ocupó distintos cargos como el de administrador de aquella iglesia. Del entorno de los embajadores españoles ante la Santa Sede surgieron ideas artísticas como fórmulas para encauzar también la promoción de la doctrina.
Con la convicción de promocionar el culto a la Inmaculada, los comisionados en Roma nombrados por la catedral hispalense (Vázquez de Leca y Toro), lograron que el Papa Pablo V autorizase la acuñación de una medalla de la Inmaculada, con la inscripción «concebida sin pecado original», en 1617. Sin embargo, no se puso en circulación hasta el mes de octubre de 1619, hace ahora cuatrocientos años. Fue, precisamente, después de haber sido rechazada en España la propuesta del también sevillano don Enrique de Guzmán y Cárdenas. El mes de enero del mismo 1619, le había presentado al rey un memorial solicitándole que tuviese a bien incorporar el rostro de la Virgen María y el «concebida sin pecado original», en unas monedas nuevas de oro y plata que se iban a fabricar. Bernardo de Toro recogió en Roma la iniciativa de Guzmán, e ideó entonces promover la confección de una medalla que llevaría ese mismo lema por una cara y el cáliz y la hostia consagrada por la otra, bajo la leyenda «Alabado sea el Santísimo Sacramento». En Roma, se comercializaron las medallas unos meses antes de la festividad de la Inmaculada, aunque, ante las protestas de los maculistas, quedarían retiradas de la circulación muy pronto. La mayoría fueron incautadas en noviembre dentro de tiendas romanas, en vísperas de la celebración. Solo unas cuantas se extendieron ocultamente. Sin el niño en los brazos, muestra la representación iconográfica que se puso luego en las medallas que hicieron los franciscanos con el permiso del Papa León X.
Un tierno apasionado de la Inmaculada fue también el citado don Enrique de Guzmán, quien el año 1617 pasó a integrar la embajada sevillana nombrada por el rey en Madrid, tras marchar Vázquez de Leca a Roma en 1616. No cesó de trabajar por la causa durante los reinados de Felipe III y IV. Con sus gestiones, contribuyó a que la monarquía española mantuviese negociaciones diplomáticas con la Santa Sede, orientadas a conseguir el reconocimiento de la Inmaculada Concepción de la Virgen como dogma de fe. Cuando Vázquez de Leca se vino de Roma a Sevilla en 1624, designó embajador en Italia a don Enrique Guzmán, que hasta entonces había sido agente real de la piadosa opinión. Allí fue nombrado también embajador de la Orden militar de la «Inmaculada Concepción de la Virgen María», en julio de 1626, después de haberla instituido Su Santidad, Urbano VIII, en 1624. Con el hábito de esta orden lo retrató Francisco Pacheco en sus «Adicciones a las pinturas sagradas». Fue autor de un tratado denominado «De Immaculata Virginis Conceptione», que no llegó a imprimirse.
Celebración del 8 de diciembre
En las décadas iniciales del siglo XVII, era pleno Barroco, existieron muchas dudas sobre la celebración del 8 de diciembre como fiesta de precepto. En la ciudad de Sevilla y todo su Arzobispado lo era. Por ejemplo, en 1617, el señor arzobispo concedió una indulgencia de cuarenta días a quienes oyesen misa durante la fiesta de la Inmaculada Concepción. Casualmente, el año 1619 coincidió el día 8 con el segundo domingo de adviento, tal como sucede hoy, por lo que surgieron indecisiones sobre la conmemoración de la Purísima aquel mismo día. El señor arzobispo mandó anunciar que sí se celebraría por haberlo acordado así el cabildo catedralicio, conforme a lo dictado en el Concilio de Trento. En los últimos días de noviembre de aquel 1619, publicó el maestro de ceremonias del templo Metropolitano, don Sebastián Vicente de Villegas, un opúsculo que justificaba la celebración litúrgica. En la Biblioteca Colombina se conserva un manuscrito que describe muy ricamente los ceremoniales de aquel periodo. En él pueden advertirse los múltiples matices propios de aquí con respecto a lo establecido por el ritual romano. Valga el ejemplo del antiquísimo baile de los seises. Es un testimonio escrito de gran valor referido al culto rendido a Dios en un templo que nunca tuvo rival en el mundo.
Inmaculada de Pacheco
Distinta es la versión iconográfica esbozada en aquellos años iniciales del efervescente fragor inmaculista a la posteriormente adoptada por el escultor Martínez Montañés, o el pintor Bartolomé Esteban Murillo. Entre las alteraciones más sustanciales figuran cuestiones de indumentaria y la disposición de atributos como la media luna. Tampoco figuraba aún representada la victoria de la Virgen sobre los querubines, como Reina de los Ángeles. Pisaba, más bien, una esfera terráquea oprimiendo al dragón o la sierpe pecaminosa. Fue en 1619 cuando el pintor Francisco Pacheco terminó su lienzo de la Inmaculada, en el que figura el poeta Miguel del Cid, autor de «Todo el mundo en general», por delante de la Torre del Oro y la propia Giralda. Los principales emblemas de aquella opulenta Metrópolis que tanto luchó por conseguir la aprobación de la fiesta de este 8 de diciembre, y que se mantuvo en guardia dispuesta a haber derramado sangre si hubiese sido necesario. Todo en honor de la pureza original de nuestra Madre, la Santísima Virgen María. Pura, Limpia, y Bendita.
Fuente: https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-sevilla-principal-defensora-honor-maria-201912091533_noticia.html

Julio Mayo
En las primeras semanas de 1962, coincidiendo con la disputa del derbi local al que hace referencia Joaquín Romero Murube en su artículo publicado el domingo 28 de enero, volvieron a registrarse en Sevilla nuevas lluvias torrenciales. Nuestros dos equipos militaban entonces en primera división. El encuentro se disputó en el campo del Betis que venció al Sevilla por tres goles a uno. En cambio, eran momentos de gran adversidad. Las inundaciones de la Vega de Triana y parte de la Alameda de Hércules, de los primeros días de enero de 1962, volvieron a traer el dramático recuerdo de la riada provocada por el arroyo Tamarguillo (25 de noviembre de 1961), y el accidente de la avioneta de la «Operación Clavel» (19 de diciembre). Después de aquello, se habían quedado más de 30.000 personas sin hogar. Los destrozos sacaron a la palestra las condiciones calamitosas en las que vivía un sector importante de la población sevillana, hacinada buena parte de ella en corrales de vecinos y suburbios de la ciudad. Sumemos a todo ello, los veintitrés muertos y el centenar de heridos del accidente de la «Operación clavel». Pues bien, ni la crudeza de aquella terrible catástrofe pudieron eclipsar la emoción, y la pasión, del partido entre los eternos rivales, ni impedir que se paralizase la vida de toda la ciudad. La calle, comentaba Joaquín Romero Murube, vivía única y exclusivamente para el fútbol. La actualidad que el escritor traía a su habitual sección de este periódico, tenía que ceñirse, obligatoriamente, al Betis-Sevilla. Un retrato sociológico de la Sevilla de aquel tiempo, que quedaba rendida ante el partido.
«Manque pierda»
El fútbol atraía la atención de todos por igual. Lo mismo de un albañil que del estudiante, el empresario, la monja o hasta el propio articulista. Por encima de un acontecimiento deportivo se había convertido ya en un evento de calado social. Joaquín Romero Murube se había declarado bético, públicamente, en reiteradas ocasiones. Nuestro diario ABC, publicó un número extraordinario, al cumplirse el 50º aniversario fundacional del Real Betis, en 1958, que contó con la participación del brillante articulista. «Por qué soy bético» es el título del trabajo en el que exalta la moral y fidelidad inquebrantables de los aficionados béticos. Tras las derrotas, el Betis arremetía con más entusiasmo y mayor alegría. No cabe duda de que aquella conducta sin desaliento era la que había dado origen al mítico grito de guerra: «¡viva el Betis, manque pierda!». Confiesa Joaquín Romero Murube que lo que le había seducido para sumarse a esta causa, que ya era un sentimiento vital, había sido la gran fe del equipo de fútbol y los muchos sevillanos que lo seguían. En aquel tiempo, el Real Betis Balompié había suscrito un convenio con el ayuntamiento (noviembre de 1960), mediante el que le adjudicaba el estadio municipal de Heliópolis. Fue a partir del acuerdo cuando el campo pasó a denominarse Benito Villamarín, nombre del presidente del club.
Entre las muchas y variadas lecturas de Joaquín Romero Murube se encontraban también las deportivas del diario «Marca». Conocemos este dato por la «Carta a un muerto vivo», que escribió en el año 1966, dedicada a su compañero de la revista literaria Mediodía, el magnífico poeta Juan Sierra, padre del futbolista bético «Quino». La reseña del ingenuo cronista deportivo, muy mal redactada, venía a decir algo así como que «el primogénito del llorado poeta sevillano, Quino, había marcado el gol de la victoria del Betis sobre el Málaga». Romero Murube se asustó por el empleo del adjetivo llorado y se puso en contacto, de inmediato, con allegados a la familia. Felizmente, descubrió que no habían fallecido ninguno de ellos, ni el padre ni el hijo de su amigo, y que todo se había debido al desacertado empleo expresivo del periodista deportivo.
Reloj de la Giralda
Este artículo tiene una segunda parte muy distinta a la del partido de fútbol al que hemos hecho alusión. La otra, está dedicada a la Giganta de Sevilla. Trajo a su tribuna callejera del diario este tema en el que casi no hubiese reparado nadie, pese a ser de gran interés público. Desde hacía ya algún tiempo, andaba algo desajustado el reloj de la Giralda. El mismo que gobernaba las horas de la ciudad. Pues vaya puntualidad, y menudo gobierno. Joaquín Romero Murube era vecino cercano a la torre catedralicia, que vivía en el Alcázar sevillano, por lo que toda su vida estuvo regida por los toques, solemnes y majestuosos, de la Giralda. Pero, sobre todo, por las horas pautadas desde el alto campanario. Muchas noches esperaba que dieran las doce, según contó a Fausto Botello en una entrevista radiofónica, para persignarse y dormir santificado, tal como le había enseñado su madre desde niño. Joaquín Romero Murube fue el mejor centinela que guardó a la Giralda. Protestó en algunos artículos por las interrupciones de sus campanas. Cuando llevaban algunos días sin oírse, denunciaba que era como dejar sin habla a la Dama más importante de Sevilla. Y en otro artículo, en este caso de 1966, lamentó que hubiesen apartado de la Giralda al relojero, don Rafael Torner, después de que los canónigos prescindiesen de sus servicios. Sus quejas sobre los desajustes horarios, no cayeron en saco roto. Algo tuvo que influenciar sobre los miembros del cabildo de la catedral, que aceleraron ciertas gestiones todavía pendientes por concretar. En la víspera de la festividad del Corpus de aquel mismo año de 1962, qué casualidad, se estrenó el nuevo sistema de electrificación de las campanas de la Giralda, que levantó el recelo de los defensores de los toques tradicionales.
Y con esta entrega, concluimos las líneas contextuales y biográficas que nos ha encomendado esbozar nuestro periódico, a lo largo de esta última semana, en memoria del escritor Joaquín Romero Murube, quien, además de redondear una producción literaria tan imprescindible para nuestra ciudad, se mostró como un gran visionario, capaz de desarrollar y provocar al mismo tiempo una cultura tan rica y amplia para Sevilla.
Fuente: https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-betico-y-vecino-giralda-201911212338_noticia.html