LA DEMOLICIÓN DE LAS ÚLTIMAS PUERTAS DE LA VILLA DE FUENTES: LOS ARCOS DE CARMONA Y DE ÉCIJA

El crecimiento y la conformación de las primeras calles de la villa de Fuentes se apoyó en los ejes perpendiculares que trazaban los principales caminos de comunicación con los núcleos poblacionales colindantes. De este modo, en el trayecto más próximo al castillo del Hierro del Carril de la Lana –que comunicaba Fuentes con Carmona y Écija– fue surgiendo la calle Mayor, y perpendicularmente, desde los pies de la originaria iglesia levantada en la colina superior, se configuró hacia el norte la calle Carrera, en comunicación con el camino de La Campana y la Vía Augusta. A espaldas de la torre del castillo, nacía en dirección suroeste el camino de Marchena, y hacia el noreste, el camino de Palma, que pasaba por las tierras y caserío de La Monclova.

Unos trazados de caminos y naciente trama urbana que determinarían del mismo modo las puertas y arcos que daban acceso a la villa, que ya en el siglo XV se hallaba barreada o cercada, una práctica frecuente en la época con objeto –sobre todo– de la prevención de epidemias y males endémicos.

A esta función se unía el papel de los accesos al caserío fontaniego, que no tenían carácter de defensa militar, sino de control tributario y, sobre todo, sanitario, favoreciendo la protección de los habitantes del lugar con el aislamiento de los mismos, controlando el acceso al núcleo de población por las puertas estipuladas.

LOS BARREOS DE LA VILLA

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el término barrear, hoy en desuso, significa «cerrar, fortificar con maderos o fajinas un sitio abierto», y en la Edad Media simplemente cercar o amurallar [1].

Con esta práctica, y ante males tan contagiosos, los pueblos se intentaban librar de las epidemias protegiendo a sus habitantes, sometidos forzosamente a un estricto control.

A lo largo de los siglos XVI y XVII la peste fue la pandemia crónica que más afectó ineludiblemente a Fuentes y su comarca, y son diversos los registros documentales que dan testimonio de ellos, así como de los consiguientes barreos llevados a cabo por iniciativa del propio cabildo municipal.

El primer cercado de la villa datado se remonta a 1583. En el cabildo celebrado por el Concejo, Justicia y Regimiento de la villa el 2 de marzo de este año se acordó –ante la amenaza de la peste– el barreo del núcleo de Fuentes, dejando solo abiertas las puertas de Marchena y la del Monte, siguiendo el ejemplo de otras localidades del entorno geográfico.

«[…] En este Cabildo el dicho señor Alcalde, Cristóbal Gómez Tortolero propuso que ya que a sus mercedes es notorio como la ciudad de Écija, villa de Carmona, Marchena, Osuna y otros lugares de esta comarca se han barreado y van barreando con toda diligencia para guardarse de la peste que se dice andar en muchas partes de esta Andalucía, de manera que por la misma causa conviene asimismo que esta dicha villa se guarde y barree porque no haciéndolo se les impedirá a los vecinos de esta dicha villa la entrada, trato y comunicación con las demás partes que se guardan y que están declaradas. Una de las cuales es la ciudad de Sevilla, de donde tanto daño se seguirá a los dichos vecinos de esta dicha villa si no entrasen y tratasen en ella.

Que sus mercedes provean lo que convenga y debiéndose barrear de adonde se proveerá el dinero para ello.

[…] Asimismo que solamente queden dos puertas: la una, la puerta de Marchena, otra a la puerta del Monte que es al fin de la Carrera. Y que se tenga cuidado de enviar a la dicha ciudad de Écija por razón de los lugares de que se guarda» [2].

Años después, en el cabildo celebrado el 9 de junio de 1599 [3] se volvieron a adoptar medidas para barrear la villa y librarla de la epidemia vigente, y dos años más tardes, el 19 de marzo de 1601 [4], se tomaron nuevas acciones de cercado a consecuencia de la epidemia. Ante la magnitud de la enfermedad, en el cabildo del 27 de mayo de 1601 «se trató como respecto de que cada día va en aumento las enfermedades del hambre que por los lugares comarcanos crece, se mandó cerrar las puertas de límite y que sólo se sirviese esta villa por la Puerta del Monte y que en ella guardasen personas responsables y de confianza que pudiesen despachar entre muros y lo demás que se le ofreciese. […] los vecinos que fuesen señalados por guardas para la dicha puerta del monte, el uno de ellos ha de tener la llave y a las 3 de la mañana ha de abrir y estar advertido el día sin que ninguno falte salvo a horas de comer yendo uno y quedando otro» [5].

Décadas más tarde, en el cabildo acontecido el 3 de junio de 1637 [6], se encomendó a los regidores Pascual García Pilares y Francisco Martín de Góngora que se personaran en los lugares de la comarca con presencia de epidemia de peste, para conocer de primera mano la situación a la hora de adoptar las medidas pertinentes en la villa de Fuentes. De tal magnitud era la epidemia que días más tarde, en cabildo convocado para el 23 de junio, los presentes determinaron barrear la villa para guardarla de la peste.

Pero las epidemias no cesaban, y en 1649 amenazó de nuevo estos lares de la campiña sevillana. En cabildo del 6 de enero se acordó acometer el barreo de la villa «para evitar contagio de enfermedades» [7], de la misma forma que lo estaban haciendo otros núcleos cercanos.

Ante el temporal de invierno, que había dañado considerablemente las cercas, en abril de 1649 se acordó el reparo de las cercas y portillos que servían para proteger la villa. Durante el periodo de tiempo que la epidemia estuvo vigente, el acceso a la población era controlado por cuatro aguaciles, a los que, en cumplimiento de lo dictado en el cabildo de 12 de julio de 1649 [8], se le otorgaron 40 reales a cada uno por su diligencia en la vigilancia de las puertas y otros actos relativos a evitar el contagio de la peste.

La epidemia no remitía, y un nuevo brote se expandió por la zona, por lo que en enero de 1650 se toma la decisión de cerrar la Puerta del Monte y que sólo quede abierta la de Marchena, con los guardas pertinentes [9]. De tal magnitud fue la epidemia que el cabildo prosiguió tomando medidas en los meses siguientes, como consta en las actas de los cabildos de 24 de abril y 1 de mayo.

Casi un siglo después del primer barreo documentado de 1583, en el verano de 1679 se llevó de nuevo a cabo esta práctica en la villa de Fuentes, según unas notas aparecidas al final del libro de colecturía de la Iglesia Parroquial que da comienzo en el año 1711 [10]: «Cuando se hallavan los Pueblos sincumbezinos con la calamidad de la peste […].se Barreo esta villa teniendo en cada puerta un diputado con sus guardas para que no entrase ningun transitante». Parece ser que el 27 de agosto de 1679, habiendo sido «Dios servido de precabidad de tal conatgio», Fuentes y sus vecinos «le votaron fiesta a Ntra. Sra. y a su Patron Sn. Sebª. [San Sebastián]».

LAS ÚLTIMAS PUERTAS DE LA VILLA

Al núcleo histórico de la villa de Fuentes se accedía por medio de cinco puertas, portillos, arcos o postigos, que en su origen desempeñaron el papel de controles fiscales y sanitarios, como se ha citado con anterioridad.

La puerta o arco de Marchena se ubicaba en la zona inferior de la Barrera de Palacio (Plaza de España), en las proximidades de la torre del castillo de los Señores y franco sur de la plaza, de donde partían dos caminos distintos hacia la villa ducal, el alto y el bajo; mientras que la puerta del Monte, situada en la parte baja y extrema de la calle Carrera, comunicaba con los caminos del norte, así como con la Fuente de la Reina, principal manantial de abastecimiento de agua potable para la población fontaniega.

En los extremos de la calle Mayor se situaban las puertas de Carmona –también nombrada de Sevilla–, junto a donde se fundaría el monasterio de las Mercedarias Descalzas, y la puerta o arco de Écija, en el extremo oriental de la calle, por encima de donde hoy se sitúa la calle Roque Vasco.

Por último, en el ángulo noreste de la villa, se situaba el Postigo del Carbón, por cuyo camino se iba hacía La Monclova y Palma del Río. Un acceso de menor entidad y el último en levantarse.

En la segunda mitad del siglo XVIII aún se tiene constancia documental de la existencia física del Arco de Marchena, construido en ladrillo y encalado, siendo los arcos de Carmona y Écija demolidos en la segunda mitad del siglo XIX, y convirtiéndose de este modo en los dos últimos que desgraciadamente desaparecieron y fueron eliminados del entramado urbano.

En la sesión plenaria celebrada el 10 de marzo de 1877, el alcalde manifestó «que el arco llamado de las Monjas que se encuentra a la entrada de la calle Mayor por la parte de la Alameda, según varias personas le han hablado, y que a la simple vista se observa, se encuentra en un estado ruinoso, principalmente su clave, y hay temores de que se desprenda y pueda suceder desgracia» [11].

El ayuntamiento enterado encargó su reconocimiento a los peritos de albañilería Diego García Sánchez y Francisco Ruiz Tesoro.

Una semana después, en la posterior sesión del cabildo que tuvo lugar el día 17, se dio lectura al informe redactado por los peritos antes citados:

«[…] si bien es cierto que la clave de dicho arco está parte de ella ruinosa, no se considera esté en estado de hundimiento, todo es, que necesita hacerle la precisa reparación, pero que esta ha de ser algo costosa. El ayuntamiento después de oído a la Comisión de Ornato Público y considerando lo inútil que es la conservación de dicho arco, pues no reporta ventaja alguna a la población y sí gastos que necesariamente hay que hacer en repararlo, por unanimidad acordó: la demolición de toda parte que lo constituye […]» [12].

Esta zona de la calle Mayor, aún en las primeras décadas del siglo XXI, es conocida de forma popular entre los vecinos más mayores como «el arco».

La misma suerte corrió el arco o puerta de Écija. En el pleno municipal convocado para el 13 de abril de 1878, el alcalde manifestó «que varios vecinos se han acercado haciéndole presente el mal estado en que se encuentra el arco que de muy antiguo existe en la calle Mayor de esta población, pues se haya desplomado y abierta su clave, de manera que amenaza ruina. El ayuntamiento en su vista y considerando las desgracias que puedan ocurrir si llega a hundirse dicho arco, no tan solamente a las personas que por junto a él transitan si no es también a los edificios inmediatos, por unanimidad acordó se le haga saber al perito de albañilería Francisco Ruiz Tesoro pase inmediatamente a reconocerlo, y si lo encuentra en el estado de ruina que se dice proceda a su hundimiento con las precauciones necesarias, y sus materiales se vendan en pública subasta» [13].

Lamentablemente, el arco de Écija fue demolido, y con su desaparición se exterminó de la trama urbana fontaniega este tipo de estructuras arquitectónicas que con el desarrollo urbanístico acontecido en el siglo XVIII habían perdido sus funciones. Circunstancia que no lo exime de la irreparable pérdida que supuso para el patrimonio histórico local.

NOTAS:
1] NAVARRO LORA, José María. Del barreo de la villa de Fuentes. En Aires Nuevos: Periódico de información local. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Asamblea local de Nueva Izquierda-Verde Andaluza (NIVA), julio 2001, I época, núm. 4, pág. 7.
2] (A)RCHIVO HISTÓRICO (M)UNICIPAL DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Actas Capitulares. Libro 1. Cabildo 2-III-1583.
3] A.M.F. Actas Capitulares. Libro 3. Cabildo 9-VI-1599.
4] Ibídem. Cabildo 19-III-1601.
5] Ibídem. Cabildo 17-IV-1601.
6] Ibídem. Libro 4. Cabildo 3-VI-1637.
7] Ibídem. Libro 5. Cabildo 6-I-1649.
8] Ibídem. Cabildo 12-VI-1649.
9] Ibídem. Cabildo 11-I-1650.
10] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro 5 de Colecturía y Entierros de 1711. Fol. 27.
11] A.H.M. Actas Capitulares. Legajo 1, libro 2, folio 73. Cabildo 10-III-1877.
12] Ibídem. Folio 78. Cabildo 17-III-1877.
13] Ibídem. Legajo 1, libro 3, folio 85 v. Cabildo 13-IV-1878.

Fuente: http://fuentedelareina.blogspot.com/2021/08/la-demolicion-de-las-ultimas-puertas-de.html

HACE 85 AÑOS: IMPLANTANDO EL TERROR FASCISTA (I) LA OCUPACIÓN MILITAR DE ALCALÁ DEL RÍO, LA ALGABA, BURGUILLOS, BRENES, LA RINCONADA Y VILLAVERDE DEL RÍO

Los días 26 y 27 de julio comenzó la represión militar-fascista con la ocupación de los pueblos de la Vega del Guadalquivir y la usurpación del poder local por parte de los militares sublevados.

La alianza militar-terrateniente puso en marcha, sin perdida de tiempo, una represión sistemática, violenta, premeditada y perfectamente organizada, con carácter piramidal, para implantar un terror militar-fascista, que quedaría fuertemente enraizado y sin posibilidad de vuelta atrás. La acción represiva en la ciudad, en sus barrios obreros, y en los 43 pueblos sevillanos ocupados militarmente en la primera semana después del 18 de julio, no dejaba lugar a dudas.

Comenzaba el episodio más dramático, trágico y sangriento de la lucha de clases en España, que se saldó con la derrota total de la clase obrera, especialmente de los obreros del campo, y de todos aquellos que querían que España entrase en una época de libertad, progreso y modernidad, rompiendo las cadenas que la atenazaba su crecimiento económico y el bienestar social de los españoles, siendo la Reforma Agraria plenamente necesaria para conseguir todo lo demás.

En Sevilla y su provincia, al igual que en toda Andalucía, la pirámide represiva tuvo, desde el principio, en su cúspide a  Queipo de Llano, como principal responsable, junto a sus delegados de orden público, y en la base contó con las comandancias militares de la Guardia Civil de cada pueblo, auxiliadas por las milicias cívicas y milicias de Falange (camisas azules) y del Requeté (boinas rojas) para la aplicación de los Bandos de Guerra (BG), es decir, para matar sin juicio previo, o lo que es lo mismo, asesinar sin más.

El llamado dominio rojo duró poco: pronto recibirían el impacto cruel, sanguinario, desmesurado y atroz de una ocupación militar, realizada por unas columnas de la muerte, que los días 26 y 27 de julio de 1936 hicieron su aparición en la comarca de la Vega del Guadalquivir., y el día 30 de forma sangrienta culminarían su trabajo. Estas columnas estaban formadas por unidades militares (soldados de infantería y de artillería, legionarios, regulares y zapadores) y fuerzas de orden público, acompañados de voluntarios (falangistas, requetés y otros), acompañadas de camiones, ametralladoras, fusiles, algún que otro cañón y ambulancia. No hubo enfrentamiento de dos ejércitos, no hubo guerra, lo que  hubo, a partir de dicho día, fue una ocupación militar, al más puro estilo colonial, realizada por los militares africanistas, con experiencia de la guerra Marruecos. Y con la ocupación, se produjo: la usurpación del poder local, de los Ayuntamientos, nombrando una Comisión Gestora; la formación de una guardia cívica y las milicias de partidos de extrema derecha, que recibieron armas y munición, y la consiguiente represión política, piramidal y planificada. Los presidentes de las Comisiones Gestoras se convirtieron en los alcaldes de cada municipio y los comandantes de puesto de la Guardia Civil en comandantes militares de cada localidad. Las viejas élites locales anteriores a la República volvieron a ocupar los puestos del poder municipal.

El día 26 de julio la columna dirigida por los comandantes Rafael Corrales Romero y Francisco Buiza Fernández-Palacios, entró en La Algaba, que ya había sido controlada por la Guardia Civil. Allí procederán a la usurpación del poder local con la constitución de la C. Gestora del Ayuntamiento, que fue presidida por Nicolás Carranza Géniz. En 1933 había sido presidente del PRC (el partido de Miguel Maura). Fue sustituido por José Alba Tirado en mayo de 1937. Pedro Clavijo Cabrera, Alcalde durante la República, fue condenado en 1939 a cadena perpetua, siendo trasladado a Talavera de la Reina para trabajar como esclavo de Franco.

Unas horas más tarde llegaron a Alcalá del Río, que desde el día 25 de julio la localidad estaba ya controlada por la Guardia Civil, al haber huido dirigentes políticos y sindicales, junto a otros muchos vecinos. La C. Gestora municipal quedó a cargo de José Velázquez Quiles, aunque no he podido conocer los nombres de los gestores. Es imposible conocer los nombres de los demás gestores, pues el libro correspondiente del archivo municipal tiene las hojas en blanco. En diciembre de 1936 (Libro 26 Actas capitulares) fue sustituido por Manuel García-Baquero. Los gestores eran: Manuel García Miró, Alfonso Mazueco Martín, Manuel García Martín, Antonio Ojeda Rendón, José López García y Antonio Díaz González. José González Delgado, Alcalde socialista en 1936, sufrió prisión al terminar la guerra y fue desterrado, no pudoendo volver a Alcalá hasta 1948.

Otra columna, que también salió de Sevilla el día 26, fue la de Ramón de Carranza Gómez, terrateniente de La Rinconada y Alcalde de Sevilla, nombrado por Queipo de Llano. Después de tomar Guillena, ocupó Burguillos a las 18 horas. Mientras una banda de música se paseaba por el pueblo para entretener a los vecinos y los niños, cortaron la calle Real, entre Virgen del Rosario y calle de la Fuente, y en la plaza, delante del Ayuntamiento realizaron los tres primeros fusilamientos (asesinatos), o sea, “pasados por las armas”, tal como aparece en los BG. Sus cuerpos fueron cargados en un carro y los enterraron en una fosa detrás del cementerio, posteriormente construyeron viviendas. A las 22 horas del mismo día se constituyó en el Ayuntamiento la C. Gestora por mandato expreso de Ramón de Carranza. El acto fue presidido por Joaquín Velázquez Carballar y como gestores fueron nombrados Manuel Medina Pérez y Manuel Guerra Ballesteros. En la siguiente reunión de la comisión, el día 29, aparece ya como alcalde Manuel Medina y Joaquín Velázquez como gestor, sin ninguna explicación. Fue sustituido en el cargo por Doroteo Blanco Prieto en febrero de 1937. Manuel Brenes Macedo, Alcalde en 1936,fue asesinado el 28 de diciembre en Sevilla, Pedro Brenes Cantón, Alcalde en 1931, falleció en la Colonia Penitenciaria del Dueso (Cantabria) en enero de 1942, y Antonio Pérez Mayo, Alcalde en julio de 1936, estuvo preso hasta 1940.

También Brenes y Villaverde del Río fueron controladas por la Guardia Civil el día 26 de julio, con el apoyo de los falangistas y derechistas locales, al conocer que la columna de Rafael Corrales estaba el La Algaba y Alcalá del Río.

-En Brenes, una vez controlado por la Guardia Civil sin oposición, y en reunión presidida por el sargento Francisco Cuevas Rodríguez, se constituyó la C. Gestora, que quedó presidida por Antonio Martínez Durán. Como gestores fueron nombrados: José Jiménez Ramírez, Francisco Osuna Muñoz, José Gispert Vilardebo, Antonio Delgado Gutiérrez, Bartolomé Mazuela Muñoz y Miguel Plaza Pérez. Antonio Martínez fue sustituido, un mes después, por Antonio Delgado Gutiérrez, y en agosto de 1937 por Tadeo Muñoz. Manuel Gálvez Millán, Alcalde comunista en 1936, estuvo preso y trabajó como esclavo en el Canal de los Presos.

Villaverde del Río fue controlada por la Guardia Civil el mismo día 26, deteniendo en locales del Ayuntamiento a unos 15 vecinos, entre ellos al alcalde Baldomero González, algunos concejales y  dirigentes sindicales, que saldría de allí para ser asesinados. Un día después, procedieron a nombrar la C. Gestora, que quedó presidida por Manuel Lara Vargas, y como gestores: Miguel Palacín Morales, Baldomero Domínguez Aguilar, José María Morales Martín, Rafael Sarmiento Martín, Rafael Solís Sarmiento y Silvestre García Sarmiento. Este acto estuvo presidido Bienvenido Pérez Lorente, Comandante de Puesto. Con las armas recibidas del capitán Corrales, formaron las milicias de la localidad. Manuel Lara estuvo como en el cargo hasta 1944,  cuando fue sustituido por Zacarías León Martín. Baldomero González Parrilla fue asesinado el 22 de agosto en Alcalá del Río, junto a otros villaverderos.

El día 27 de julio, La Rinconada fue ocupada por fuerzas militares al mando del capitán Pedro Castro Lasarte, aunque desde horas antes estaba ya bajo el control de la Guardia Civil, comandada por el brigada Antonio Domínguez Cano, al huir dirigentes y muchos vecinos. La C. Gestora, que se constituyó el mismo día 27, estuvo formada por Rafael Sánchez Fernández, como presidente, y Francisco Fernández Morales, Gregorio López Perza y José Martínez Suárez, como gestores. En este caso, Antonio Falcón Ariza, último alcalde republicano, y el concejal Rafael Estévez Conde tuvieron que estar presentes en la toma de posesión de la gestora. Creyendo que no les pasaría nada. Antonio Falcón se fue a su casa, pero temeroso por lo que ocurría, estuvo los tres años de la guerra escondido en el campo o su casa entre paredes, saliendo a algunas horas a escondidas. En 1939 lo detuvieron, fue absuelto, pero enviado al Batallón de Trabajadores de Almoraima en el Campo de Gibraltar.

En ningún pueblo hubo oposición armada a la entrada de las tropas fascistas. Solo en San José de la Rinconada, el Barrio, existió alguna resistencia que fue vencida con prontitud. La mayoría de los dirigentes políticos y sindicales, junto a otros vecinos, habían huido con anterioridad, tal como había ocurrido en otros pueblos. Muchos de los que se quedaron terminarían siendo asesinados o encarcelados. De hecho, 182 personas fueron asesinadas en los primeros meses por aplicación del bando de guerra: 52 de Alcalá del Río, 40 de La Algaba, 40 de Brenes, 7 de Burguillos, 21 de La Rinconada y 22 de Villaverde del Río. La mayoría eran obreros del campo. Tras la guerra, 177 estuvieron en prisión: 34 alcalareños (3 muerto en prisión), 20 algabeños (4 muertos en prisión y 2 ejecutados), 25 breneros (2 muertos en prisión y 3 ejecutados), 14 burguilleros (1 muertos en prisión), 77 rinconeros (3 muertos en prisión y 3 ejecutados) y 7 villaverderos (1 muerto en prisión). Murieron defendiendo la República: 18 hombres de Alcalá del Río y 3 de Brenes. Así mismo, fueron dados como desaparecidos: 8 alcalareños, 7 algabeños, 9 breneros y 2 rinconeros. No es de extrañar que el terror fascista implantado perdurase durante décadas, convirtiéndose en los cimientos de la Dictadura de Franco.

Ramón Barragán Reina

27 de julio de 2021

 

 

Bibliografía

BARRAGÁN REINA, R. De la clandestinidad a la libertad conquistada. Antifranquismo y lucha obrera en la Vega Me   dia del Guadalquivir, 1939-1976. Ed. Circulo Roja, 2104.  E “Impacto y consecuencias de la ocupación militar de los pueblos de la Vega Media del Guadalquivir en julio de 1936”, en: Tocina Estudios Locales, ISSN-e 1130-6211, Nº. 9, 2020, pp. 497-522.

GARCÍA MÁRQUEZ, J. M., Las Víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1963), Aconcagua, 2012.

RUIZ, Eva, El último gobierno republicano de Alcalá del Río. En: web todoslosnombres.org, p.10.

Archivos municipales:

La Algaba (AMLA), Legajo 403:expediente del año 1937 aparece su nombre. Los libros 8 y 9 de Actas Capitulares han

desaparecido del Archivo Municipal de La Algaba, donde debería estar las actas capitulares de este periodo.

Alcalá del Río (AMAR), Legajo 198 y Libros 25 y 26 actas capitulares.

Burguillos (AMBU), Libro 9: actas capitulares.

Brenes (AMBR), Libro 22, actas capitulares;

Villaverde del Río (AMVR), Libro 19: actas capitulares

La Rinconada (AMLR), Signatura 4138, actas capitulares de 1936.

LA PARTICIPACIÓN ACTIVA Y DESTACADA DE GRANDES LOS TERRATENIENTES DE LA VEGA DEL GUADALQUIVIR EN EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 DE JULIO Y EN LA POSTERIOR REPRESIÓN MILITAR-FASCISTA

Desde el primer momento de la sublevación funcionó a la perfección la alianza de los militares con los grandes terratenientes, que –a su vez– contó con el apoyo decisivo del pequeño y mediano campesinado, de toda la oligarquía sevillana, de todos los grupos políticos de extrema derecha, de la mayoría de los votantes de la derecha (la CEDA) y de la Iglesia Católica sevillana. Esta alianza, que se dio muy especialmente en Sevilla (tierra de terratenientes), es la expresión más clara de la opción realizada por la oligarquía española en 1936, tras las elecciones de febrero, para recuperar de nuevo la hegemonía de clase en la sociedad española. La oligarquía terrateniente participará, hace 85 años, en el golpe del 18 de julio contra el orden constitucional republicano y jugará un importante papel en la represión, la guerra y la construcción del Nuevo Estado, o sea, la Dictadura de Franco. Hemos de tener en cuenta que los propietarios de fincas, agrupados en Asociación Nacional de Propietarios de Fincas Rústicas (ANPFR), auténtico frente antirrepublicano y antirreformista, vieron siempre a la República como una amenaza, por la medidas a favor de los trabajadores del campo (salarios, ley de Términos Municipales, de Laboreo Forzoso, Jurados Mixtos locales y provinciales y otras muchas) y por la Reforma Agraria, sobre todo, a pesar de la escasa implantación de la misma en Sevilla y, aún menor, en la comarca de la Vega del Guadalquivir.

Y como todo estaba bien preparado y la alianza era sólida, el gobierno de la ciudad y de la provincia de Sevilla recayó inmediatamente en terratenientes nombrados por Queipo de Llano, los cuales eran grandes propietarios en la comarca de la Vega: Ramón de Carranza Gómez fue convertido en alcalde de Sevilla (1936-1938) y jefe de una columna militar; Pedro Parias González, en gobernador civil de la provincia (1936-1938), y Joaquín Benjumea Burín, en presidente de la Diputación Provincial. Todos ejercieron sus cargos en los momentos más intensos de la represión militar-fascista, iniciada el mismo 18 de julio.

Ramón de Carranza, marqués de Soto Hermoso, capitán de corbeta retirado y gran propietario agrícola de la finca El Gordillo en el municipio de La Rinconada, colaboró activamente en la liquidación sangrienta de la resistencia obrera en Sevilla y destacó por su represiva forma de proceder en la conquista de los pueblos al mando de una columna de falangistas y guardias civiles, que llevaba su nombre. El propio Queipo lo consideraba “más guerrillero que marino y alcalde y un bravo que manda un grupo de bravos”. Como Alcalde redujo drásticamente el número de escuelas públicas para ahorrar gastos municipales. Franco lo premió con la Medalla Militar el 13 de octubre de 1936 y lo nombró, más tarde, presidente de la Diputación Provincial de Sevilla (1946-1961) y procurador en Cortes franquistas entre 1946 y 1949.

Pedro Parias, coronel retirado de Caballería, cacique de Castilleja del Campo y gran propietario agrícola en Alcalá del Río, fue firmante del amenazante bando de 19 de julio (dictado por Queipo de Llano), asesoró a Queipo en la elección de alcaldes y de otros colaboradores idóneos en los pueblos y participó muy activamente en la represión desde su cargo político hasta su fallecimiento en 1938. Durante la Dictadura de Primo de Rivera había sido presidente de la Diputación de Sevilla.

Joaquín Benjumea, propietario del cortijo El Castellón de La Rinconada y con intereses en empresas sevillanas, participó en la Junta Técnica Provincial y en la Junta Técnica de Falange antes de aceptar el cargo de presidente de la Diputación. Posteriormente, en mayo de 1938, será: jefe del Servicio Nacional de Regiones Devastadas, cargo que simultaneará con el alcalde de Sevilla entre noviembre de 1938 y julio 1939; director del Instituto de Crédito para la Reconstrucción Nacional entre marzo y octubre de 1939; ministro de Franco durante doce años (de 1939 a 1951, de Agricultura, Trabajo y Hacienda), y gobernador del Banco de España desde 1951 hasta 1963, año en el que murió. Él y el terrateniente sevillano, Luis Alarcón de la Lastra (1891-1971), conocido por su oposición frontal a la República, activo miembro del Partido Agrario Español (PAE), de las patronales agrarias y elemento importante en la alianza de los militares con los latifundistas, fueron los cerebros de la economía de guerra implantada por Queipo y activos reorganizadores de la vida administrativa y económica de la Dictadura totalitaria de Franco a partir de 1939 en Madrid. Luis Alarcón fue Ministro de Industria y Comercio entre 1939 y 1940.

No se quedaron atrás otros activos terratenientes, enemigos de la República. José Huesca Rubio, propietario agrícola en Tocina, miembro del PAE, defensor de los intereses de los terratenientes sevillanos, estuvo vinculado al proyecto del canal de riegos de la Vega desde 1906, siendo presidente de la Comunidad de Regantes del Canal del Valle Inferior del Guadalquivir desde 1933. Fue confirmado en el cargo por Queipo en noviembre de 1936, nombrando como delegado militar a Gonzalo Briones Medina. Adolfo Rodríguez Jurado de la Hera, dirigente de la poderosa ANPFR y diputado en 1933 por el PAE, sería miembro de la comisión que elaboró el dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936 para dar legitimidad jurídica a la sublevación militar contra la República, publicado en abril de 1939, y fue Consejero Nacional y Procurador en Cortes por designación directa del dictador Francisco Franco desde 1943 hasta 1961. Algunos terratenientes locales decidieron irse a Portugal. Así lo hizo, por ejemplo, el cantillanero Eduardo Solís Olavarrieta, primer terrateniente del municipio. Sin embargo, la mayoría esperó en sus pueblos a la llegada de los militares, ejerciendo, a partir de ese momento, un claro protagonismo local, colaborando con los militares ocupantes de sus pueblos y las comandancias militares de sus localidades. Eran parte de las élites locales que volverían a los ayuntamientos, usurpando el poder municipal a las Corporaciones locales elegidas democráticamente durante la Segunda República.

No cabe duda que el golpe militar-fascista cambió radicalmente el rumbo de la Historia de España y de Andalucía, de todos sus pueblos y ciudades, que fueron ocupadas militarmente y en las que aplicaron sin escrúpulos y de forma brutal los bandos de guerra dictados por los cabecillas de la sublevación, dando comienzo a una limpieza política de clase sin precedentes. De un total de 445 víctimas mortales  entre 1936 y 1945, 327 hombres y mujeres de la Vega Media del Guadalquivir fueron asesinados en los primeros meses por aplicación, sin contemplaciones, del bando de guerra del traidor Queipo de Llano: 52 de Alcalá del Río, 40 de La Algaba, 40 de Brenes, 7 de Burguillos, 66 de Cantillana, 21 se La Rinconada, 78 de Tocina y 22 de Villaverde del Río. El 90 % eran obreros del campo.

Ramón Barragán Reina

18 de julio de 2021

Bibliografía
BARRAGÁN REINA, R. De la clandestinidad a la libertad conquistada. Antifranquismo y lucha obrera en la Vega Media del Guadalquivir, 1939-1976. Ed. Circulo Roja, 2104.

–“Impacto y consecuencias de la ocupación militar de los pueblos de la Vega Media del Guadalquivir en julio de 1936”, en: Tocina Estudios Locales, ISSN-e 1130-6211, Nº. 9, 2020, pp. 497-522.

GARCÍA MÁRQUEZ, J. M., Las Víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1963), Aconcagua, 2012.

ORTIZ VILLALBA, Juan, Del golpe militar a la guerra civil. Sevilla 1936, RD EDITORES, Sevilla, 2006.

PRESTON, Paul, “Latifundistas y militares en la represión del Sur”, en: Dos siglos de imagen de Andalucía, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2006

LOS DOMINICOS Y EL PROCESO DE CONFIGURACIÓN DEL NUEVO ROSARIO POPULAR Y CALLEJERO. LAS COFRADÍAS MISIONALES DEL ROSARIO EN NÁPOLES DURANTE EL SIGLO XVII

En este artículo se estudia el primer gran momento de la populariza­ción del Rosario en Europa a comienzos del siglo XVII y en el ámbito de las misiones que la Orden de Predicadores desarrolla en la ciudad de Nápoles, especialmente entre la población más marginal. La gran innovación del “rosario a coros”, el nuevo modelo de cofradía surgido en las misiones y la creación de una cotidianidad en torno a la de­voción son los pilares que hacen de Nápoles una referencia rosariana y un antecedente clarísimo de lo que será eclosión de los rosarios públicos de Sevilla.

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LA QUE MÁS VECES SALIÓ

El Silencio es la cofradía que en más ocasiones ha cumplido su estación de penitencia de nuestra Semana Santa

 

La ‘Madre y Maestra’ de todas las hermandades sevillanas, además de ser una de las más antiguas de la ciudad, es la que mayor continuidad histórica ha mantenido a lo largo de todos estos siglos. Esta perseverancia existencial le ha permitido, por tanto, poder situarse entre las que más veces ha realizado su procesión de Semana Santa.

Cuando la autoridad eclesiástica aprobó sus reglas más antiguas conocidas, entre 1566 y 1577, el articulado de la Santa Cruz de Jerusalén preveía hasta seis capítulos dedicados a reglamentar su público acto penitencial. Varios epígrafes fijan la estación el Viernes Santo por la mañana. En ella, sus cofrades tenían que vestir hábito morado, que llegase hasta el suelo, llevar los rostros cubiertos con un antifaz sin capirote alto, una soga envuelta a la cintura, los pies descalzos y lucir un escudo de cuero, u hoja de Milán, con la Cruz de Jerusalén. Imitaban a Jesús Nazareno en el padecimiento de su pasión, cargando la cruz camino del Calvario.

Con tanto fervor, que muchos penitentes se ponían coronas de espinas reales y cabelleras largas que les tapaban la cara, según relata el propio Abad Gordillo en su crónica coetánea a aquellos tiempos. Alcanzó tanto éxito la práctica penitencial de llevar la cruz, que casi eclipsó la costumbre medieval del flagelo. A partir de entonces, comenzaron a conocerse los penitentes de todas las cofradías en general con el sobrenombre de nazarenos.

Al trasladarse del hospital de las Cinco Llagas a San Antonio Abad a finales del siglo XVI, y pasó a establecerse en el centro urbano, comenzó a procesionar de madrugada. Hizo mucho por ello el hermano y escritor Mateo Alemán. Pero a inicios del siglo XVII, el cardenal Niño de Guevara introdujo ciertas reformas prohibiendo las salidas procesionales de noche. En consecuencia, tuvo que retrasarla hacia el mediodía durante un tiempo.

Es muy difícil calcular el número exacto de salidas procesionales verificadas a lo largo del Seiscientos, una época de gran esplendor y apogeo para la hermandad, en la que destacó por jurar el voto de sangre para defender la Concepción Inmaculada de la Virgen María. El hermano mayor Tomás Pérez organizó una manifestación concepcionista, a la que asistieron más de 10.000 fieles, cuando regresó de Roma el arcediano, Mateo Vázquez de Leca, que era cofrade del Silencio, con el Breve otorgado por el Papa Paulo V reconociendo el misterio.

En aquel siglo, la procesión del Silencio era una de las más solemnes, con un amplio cortejo formado por hermanos y hermanas, insignias, eclesiásticos, religiosos y nutridas presidencias con varas. Los cirios eran mayormente morados, aunque también llevaban velas blancas. El orden en el que habían de procesionar los pasos queda recogido en sus primeras reglas. Luego, varias décadas después, se hizo una embellecida copia manuscrita de los estatutos, cuyo códice iluminó el pintor Francisco Pacheco (1642).

 

Siglo XVIII

Disponemos de un mayor número de noticias sobre las procesiones correspondientes a este periodo, en virtud de las que constatamos la admirable continuidad histórica con la que lo hizo esta corporación. En muy rara ocasión se suspendió la procesión del Viernes Santo, aunque por causas mayores tuvo que desistir de hacerlo más de una vez. El año 1727, los miembros de la Junta se vieron obligados a tomar la decisión de no salir, ya a punto de hacerlo, pues eran las diez de la noche del Jueves Santo, ante la imposibilidad de que la cofradía pudiese cruzar hacia la Campana, debido a la inundación provocada por el viejo arroyo que entonces rodeaba el céntrico enclave.

En el libro de esta hermandad escrito por nuestro admirado historiador, don Federico García de la Concha, se indica que, junto a las hermandades de las Tres Caídas de San Isidoro y la Soledad, esta del Silencio fue una de las que más veces procesionó en el siglo XVIII. Entre los años 1734 y 1799 dejó de hacerlo solo en ocho ocasiones, de las que cuatro fueron por causas meteorológicas. Las distintas restricciones impuestas por el Arzobispado, a lo largo de aquel siglo, referidas a la presencia de nazarenos con caras cubiertas en el cortejo, las contrarrestó la hermandad gracias a la modélica ejemplaridad con la que los participantes cumplían la estación.

El orden del cortejo en los años centrales de este siglo era, primero la Cruz de Guía, escoltada por varios nazarenos y acompañada por otros cuatro con cirios. Le seguían hermanos con traje de calle; el Senatus flanqueado de nazarenos; un tramo de militares uniformados. Tras ellos los nazarenos del estandarte. A continuación, doce nazarenos que iluminaban el paso del Señor. Y tras las andas otro cortejo de acompañamiento que precedía al paso de palio.

Comenzó a celebrarse en el Setecientos la ceremonia de la Humillación, en la plaza del Duque, cuando la cofradía venía de regreso de la Catedral. El paso del Señor esperaba la llegada de la Virgen, que se colocaba frente a él, en el comedio de la plaza. El palio realizaba tres inclinaciones ante el de Jesús Nazareno, en medio de una expectación inusitada, que proporcionó a la hermandad durante aquellos años mucha popularidad. González de León apunta que se hizo por última vez en 1779.

Al entrar en vigor la real orden de 1777 quedaron suspensas las salidas por la noche, así como la participación de flagelantes aplicándose disciplinas sangrientas en las procesiones. Una representación del Silencio se entrevistó con el cardenal Solís para que flexibilizara la aplicación de las medidas. Ante la negativa, la hermandad decidió no salir aquel año. Nombró como interlocutor a fray Diego José de Cádiz, quien trató de negociar con el entorno del cardenal que le permitiese salir a las dos de la mañana como ordenaban las reglas que le había aprobado el Consejo de Castilla en 1768. Ni el célebre predicador ni los influyentes hermanos consiguieron restablecer el horario nocturno, por lo que tuvo que pasar a hacerlo al amanecer. Eso sí, pero continuó haciéndolo de modo regular.

En la década comprendida entre 1778 y 1788 no faltó ni una sola vez, saliendo al romper el alba. Aquella prolongación continuada de salidas procesionales propició que se elevara el número de nazarenos, por lo que, de 24 contabilizados en 1776, pasaron a unos 140 en 1790.

 

Siglo XIX

Incidió bastante la conflictividad política y social en la suspensión de procesiones en aquel siglo. Al estallar la Guerra de la Independencia, su actividad decayó completamente entre los años 1808 y 1813. Bajó el alto número de hermanos que había logrado alcanzar a finales del siglo XVIII, y dejaron de inscribirse nuevos cofrades. No salió en Semana Santa durante el bienio de la ocupación francesa (1810-1812), ni los del Trienio Liberal (1820-1823). Tampoco lo hizo ninguna otra hermandad sevillana, alargándose las restricciones procesionales hasta el año 1826. Lógicamente, entre 1813 y 1819 sí rindió su anual estación a la Santa Iglesia Catedral.

El Silencio acordó no salir en 1831 porque las autoridades de entonces prohibieron que salieran los nazarenos con el hábito, ni de madrugada. Tampoco procesionó en 1835 ni 1836, debido a la inestable situación política que se vivía, así como la precaria falta de recursos económicos y escasa implicación de sus propios dirigentes.

Con motivo de la revolución de 1868 estuvo a punto de desaparecer, tras pretender derribar la iglesia del convento de San Antón Abad, para abrir una calle, la Junta revolucionaria nombrada por el Ayuntamiento. Afortunadamente, aquella medida no se llevó a cabo, gracias a la operatividad de benefactoras como la camarera Gertrudis Zuazo. Tras el logro, volvió a salir en 1869, pese al enrarecido ambiente político del momento. Aquel mismo año permitió la incorporación de mujeres al cortejo, con traje negro, como ya lo hiciera en 1828, con el fin de implementar el número de participantes.

Cuando se hundió el crucero de la Catedral, decidió no efectuar su procesión dos años, los de 1889 y 1890, reanudándose en el de 1891, a pesar de que el resto de hermandades hacían estación ante un altar excepcionalmente montado en la Puerta del Perdón; presidida por una representación del cabildo catedralicio.

Quitando también los 9 años que no pudo salir por la lluvia, junto a los periodos de inestabilidad política, suman 66 salidas en Semana Santa a lo largo de este siglo, un número inferior a las realizadas en el transcurso del XVIII. De todos modos, representa un cómputo mayor que el de otras muchas hermandades sevillanas.

 

Sin subvenciones

Junto al Gran Poder, esta archicofradía de Jesús Nazareno rechazó siempre las subvenciones económicas del Ayuntamiento, desde que las corporaciones municipales comenzaran a conceder ayudas económicas a las cofradías a partir del último tercio de la centuria decimonónica. En aquellos años de la transición hacia el siglo XX, se hicieron hermanos muchos canónigos de la catedral, como don José Sebastián y Bandarán, otros muchos sacerdotes y seminaristas. En el pasado siglo XX surgieron menos impedimentos para verificar la estación penitencial. Solo la impidieron, principalmente, motivaciones meteorológicas o conflictos políticos. No salió en la II República en 1932, 1933 ni 1934. Aprobó sí hacerlo en 1935, que llevó un cortejo de 125 nazarenos e itineró con la seriedad acostumbrada. Se vivió con mucho fervor y gran recogimiento, como especifica Juan Manuel Bermúdez Requena en un excelente trabajo de investigación. También salió en 1936, pese a la tensión social que se respiraba, aunque con escaso número de nazarenos.

Pero lo que nunca llegamos a imaginar es que, en pleno siglo XXI, esta cruel pandemia que nos asola desde hace dos años impediría poder rendir su anual adoración ante el Monumento de la catedral, y cumplimentar así la estación penitencial más antigua de la Madrugada y de toda la Semana Santa de Sevilla.

 

(*) Julio Mayo es historiador