LA PARTICIPACIÓN ACTIVA Y DESTACADA DE GRANDES LOS TERRATENIENTES DE LA VEGA DEL GUADALQUIVIR EN EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 DE JULIO Y EN LA POSTERIOR REPRESIÓN MILITAR-FASCISTA

Desde el primer momento de la sublevación funcionó a la perfección la alianza de los militares con los grandes terratenientes, que –a su vez– contó con el apoyo decisivo del pequeño y mediano campesinado, de toda la oligarquía sevillana, de todos los grupos políticos de extrema derecha, de la mayoría de los votantes de la derecha (la CEDA) y de la Iglesia Católica sevillana. Esta alianza, que se dio muy especialmente en Sevilla (tierra de terratenientes), es la expresión más clara de la opción realizada por la oligarquía española en 1936, tras las elecciones de febrero, para recuperar de nuevo la hegemonía de clase en la sociedad española. La oligarquía terrateniente participará, hace 85 años, en el golpe del 18 de julio contra el orden constitucional republicano y jugará un importante papel en la represión, la guerra y la construcción del Nuevo Estado, o sea, la Dictadura de Franco. Hemos de tener en cuenta que los propietarios de fincas, agrupados en Asociación Nacional de Propietarios de Fincas Rústicas (ANPFR), auténtico frente antirrepublicano y antirreformista, vieron siempre a la República como una amenaza, por la medidas a favor de los trabajadores del campo (salarios, ley de Términos Municipales, de Laboreo Forzoso, Jurados Mixtos locales y provinciales y otras muchas) y por la Reforma Agraria, sobre todo, a pesar de la escasa implantación de la misma en Sevilla y, aún menor, en la comarca de la Vega del Guadalquivir.

Y como todo estaba bien preparado y la alianza era sólida, el gobierno de la ciudad y de la provincia de Sevilla recayó inmediatamente en terratenientes nombrados por Queipo de Llano, los cuales eran grandes propietarios en la comarca de la Vega: Ramón de Carranza Gómez fue convertido en alcalde de Sevilla (1936-1938) y jefe de una columna militar; Pedro Parias González, en gobernador civil de la provincia (1936-1938), y Joaquín Benjumea Burín, en presidente de la Diputación Provincial. Todos ejercieron sus cargos en los momentos más intensos de la represión militar-fascista, iniciada el mismo 18 de julio.

Ramón de Carranza, marqués de Soto Hermoso, capitán de corbeta retirado y gran propietario agrícola de la finca El Gordillo en el municipio de La Rinconada, colaboró activamente en la liquidación sangrienta de la resistencia obrera en Sevilla y destacó por su represiva forma de proceder en la conquista de los pueblos al mando de una columna de falangistas y guardias civiles, que llevaba su nombre. El propio Queipo lo consideraba “más guerrillero que marino y alcalde y un bravo que manda un grupo de bravos”. Como Alcalde redujo drásticamente el número de escuelas públicas para ahorrar gastos municipales. Franco lo premió con la Medalla Militar el 13 de octubre de 1936 y lo nombró, más tarde, presidente de la Diputación Provincial de Sevilla (1946-1961) y procurador en Cortes franquistas entre 1946 y 1949.

Pedro Parias, coronel retirado de Caballería, cacique de Castilleja del Campo y gran propietario agrícola en Alcalá del Río, fue firmante del amenazante bando de 19 de julio (dictado por Queipo de Llano), asesoró a Queipo en la elección de alcaldes y de otros colaboradores idóneos en los pueblos y participó muy activamente en la represión desde su cargo político hasta su fallecimiento en 1938. Durante la Dictadura de Primo de Rivera había sido presidente de la Diputación de Sevilla.

Joaquín Benjumea, propietario del cortijo El Castellón de La Rinconada y con intereses en empresas sevillanas, participó en la Junta Técnica Provincial y en la Junta Técnica de Falange antes de aceptar el cargo de presidente de la Diputación. Posteriormente, en mayo de 1938, será: jefe del Servicio Nacional de Regiones Devastadas, cargo que simultaneará con el alcalde de Sevilla entre noviembre de 1938 y julio 1939; director del Instituto de Crédito para la Reconstrucción Nacional entre marzo y octubre de 1939; ministro de Franco durante doce años (de 1939 a 1951, de Agricultura, Trabajo y Hacienda), y gobernador del Banco de España desde 1951 hasta 1963, año en el que murió. Él y el terrateniente sevillano, Luis Alarcón de la Lastra (1891-1971), conocido por su oposición frontal a la República, activo miembro del Partido Agrario Español (PAE), de las patronales agrarias y elemento importante en la alianza de los militares con los latifundistas, fueron los cerebros de la economía de guerra implantada por Queipo y activos reorganizadores de la vida administrativa y económica de la Dictadura totalitaria de Franco a partir de 1939 en Madrid. Luis Alarcón fue Ministro de Industria y Comercio entre 1939 y 1940.

No se quedaron atrás otros activos terratenientes, enemigos de la República. José Huesca Rubio, propietario agrícola en Tocina, miembro del PAE, defensor de los intereses de los terratenientes sevillanos, estuvo vinculado al proyecto del canal de riegos de la Vega desde 1906, siendo presidente de la Comunidad de Regantes del Canal del Valle Inferior del Guadalquivir desde 1933. Fue confirmado en el cargo por Queipo en noviembre de 1936, nombrando como delegado militar a Gonzalo Briones Medina. Adolfo Rodríguez Jurado de la Hera, dirigente de la poderosa ANPFR y diputado en 1933 por el PAE, sería miembro de la comisión que elaboró el dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936 para dar legitimidad jurídica a la sublevación militar contra la República, publicado en abril de 1939, y fue Consejero Nacional y Procurador en Cortes por designación directa del dictador Francisco Franco desde 1943 hasta 1961. Algunos terratenientes locales decidieron irse a Portugal. Así lo hizo, por ejemplo, el cantillanero Eduardo Solís Olavarrieta, primer terrateniente del municipio. Sin embargo, la mayoría esperó en sus pueblos a la llegada de los militares, ejerciendo, a partir de ese momento, un claro protagonismo local, colaborando con los militares ocupantes de sus pueblos y las comandancias militares de sus localidades. Eran parte de las élites locales que volverían a los ayuntamientos, usurpando el poder municipal a las Corporaciones locales elegidas democráticamente durante la Segunda República.

No cabe duda que el golpe militar-fascista cambió radicalmente el rumbo de la Historia de España y de Andalucía, de todos sus pueblos y ciudades, que fueron ocupadas militarmente y en las que aplicaron sin escrúpulos y de forma brutal los bandos de guerra dictados por los cabecillas de la sublevación, dando comienzo a una limpieza política de clase sin precedentes. De un total de 445 víctimas mortales  entre 1936 y 1945, 327 hombres y mujeres de la Vega Media del Guadalquivir fueron asesinados en los primeros meses por aplicación, sin contemplaciones, del bando de guerra del traidor Queipo de Llano: 52 de Alcalá del Río, 40 de La Algaba, 40 de Brenes, 7 de Burguillos, 66 de Cantillana, 21 se La Rinconada, 78 de Tocina y 22 de Villaverde del Río. El 90 % eran obreros del campo.

Ramón Barragán Reina

18 de julio de 2021

Bibliografía
BARRAGÁN REINA, R. De la clandestinidad a la libertad conquistada. Antifranquismo y lucha obrera en la Vega Media del Guadalquivir, 1939-1976. Ed. Circulo Roja, 2104.

–“Impacto y consecuencias de la ocupación militar de los pueblos de la Vega Media del Guadalquivir en julio de 1936”, en: Tocina Estudios Locales, ISSN-e 1130-6211, Nº. 9, 2020, pp. 497-522.

GARCÍA MÁRQUEZ, J. M., Las Víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1963), Aconcagua, 2012.

ORTIZ VILLALBA, Juan, Del golpe militar a la guerra civil. Sevilla 1936, RD EDITORES, Sevilla, 2006.

PRESTON, Paul, “Latifundistas y militares en la represión del Sur”, en: Dos siglos de imagen de Andalucía, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2006

LOS DOMINICOS Y EL PROCESO DE CONFIGURACIÓN DEL NUEVO ROSARIO POPULAR Y CALLEJERO. LAS COFRADÍAS MISIONALES DEL ROSARIO EN NÁPOLES DURANTE EL SIGLO XVII

En este artículo se estudia el primer gran momento de la populariza­ción del Rosario en Europa a comienzos del siglo XVII y en el ámbito de las misiones que la Orden de Predicadores desarrolla en la ciudad de Nápoles, especialmente entre la población más marginal. La gran innovación del “rosario a coros”, el nuevo modelo de cofradía surgido en las misiones y la creación de una cotidianidad en torno a la de­voción son los pilares que hacen de Nápoles una referencia rosariana y un antecedente clarísimo de lo que será eclosión de los rosarios públicos de Sevilla.

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LA QUE MÁS VECES SALIÓ

El Silencio es la cofradía que en más ocasiones ha cumplido su estación de penitencia de nuestra Semana Santa

 

La ‘Madre y Maestra’ de todas las hermandades sevillanas, además de ser una de las más antiguas de la ciudad, es la que mayor continuidad histórica ha mantenido a lo largo de todos estos siglos. Esta perseverancia existencial le ha permitido, por tanto, poder situarse entre las que más veces ha realizado su procesión de Semana Santa.

Cuando la autoridad eclesiástica aprobó sus reglas más antiguas conocidas, entre 1566 y 1577, el articulado de la Santa Cruz de Jerusalén preveía hasta seis capítulos dedicados a reglamentar su público acto penitencial. Varios epígrafes fijan la estación el Viernes Santo por la mañana. En ella, sus cofrades tenían que vestir hábito morado, que llegase hasta el suelo, llevar los rostros cubiertos con un antifaz sin capirote alto, una soga envuelta a la cintura, los pies descalzos y lucir un escudo de cuero, u hoja de Milán, con la Cruz de Jerusalén. Imitaban a Jesús Nazareno en el padecimiento de su pasión, cargando la cruz camino del Calvario.

Con tanto fervor, que muchos penitentes se ponían coronas de espinas reales y cabelleras largas que les tapaban la cara, según relata el propio Abad Gordillo en su crónica coetánea a aquellos tiempos. Alcanzó tanto éxito la práctica penitencial de llevar la cruz, que casi eclipsó la costumbre medieval del flagelo. A partir de entonces, comenzaron a conocerse los penitentes de todas las cofradías en general con el sobrenombre de nazarenos.

Al trasladarse del hospital de las Cinco Llagas a San Antonio Abad a finales del siglo XVI, y pasó a establecerse en el centro urbano, comenzó a procesionar de madrugada. Hizo mucho por ello el hermano y escritor Mateo Alemán. Pero a inicios del siglo XVII, el cardenal Niño de Guevara introdujo ciertas reformas prohibiendo las salidas procesionales de noche. En consecuencia, tuvo que retrasarla hacia el mediodía durante un tiempo.

Es muy difícil calcular el número exacto de salidas procesionales verificadas a lo largo del Seiscientos, una época de gran esplendor y apogeo para la hermandad, en la que destacó por jurar el voto de sangre para defender la Concepción Inmaculada de la Virgen María. El hermano mayor Tomás Pérez organizó una manifestación concepcionista, a la que asistieron más de 10.000 fieles, cuando regresó de Roma el arcediano, Mateo Vázquez de Leca, que era cofrade del Silencio, con el Breve otorgado por el Papa Paulo V reconociendo el misterio.

En aquel siglo, la procesión del Silencio era una de las más solemnes, con un amplio cortejo formado por hermanos y hermanas, insignias, eclesiásticos, religiosos y nutridas presidencias con varas. Los cirios eran mayormente morados, aunque también llevaban velas blancas. El orden en el que habían de procesionar los pasos queda recogido en sus primeras reglas. Luego, varias décadas después, se hizo una embellecida copia manuscrita de los estatutos, cuyo códice iluminó el pintor Francisco Pacheco (1642).

 

Siglo XVIII

Disponemos de un mayor número de noticias sobre las procesiones correspondientes a este periodo, en virtud de las que constatamos la admirable continuidad histórica con la que lo hizo esta corporación. En muy rara ocasión se suspendió la procesión del Viernes Santo, aunque por causas mayores tuvo que desistir de hacerlo más de una vez. El año 1727, los miembros de la Junta se vieron obligados a tomar la decisión de no salir, ya a punto de hacerlo, pues eran las diez de la noche del Jueves Santo, ante la imposibilidad de que la cofradía pudiese cruzar hacia la Campana, debido a la inundación provocada por el viejo arroyo que entonces rodeaba el céntrico enclave.

En el libro de esta hermandad escrito por nuestro admirado historiador, don Federico García de la Concha, se indica que, junto a las hermandades de las Tres Caídas de San Isidoro y la Soledad, esta del Silencio fue una de las que más veces procesionó en el siglo XVIII. Entre los años 1734 y 1799 dejó de hacerlo solo en ocho ocasiones, de las que cuatro fueron por causas meteorológicas. Las distintas restricciones impuestas por el Arzobispado, a lo largo de aquel siglo, referidas a la presencia de nazarenos con caras cubiertas en el cortejo, las contrarrestó la hermandad gracias a la modélica ejemplaridad con la que los participantes cumplían la estación.

El orden del cortejo en los años centrales de este siglo era, primero la Cruz de Guía, escoltada por varios nazarenos y acompañada por otros cuatro con cirios. Le seguían hermanos con traje de calle; el Senatus flanqueado de nazarenos; un tramo de militares uniformados. Tras ellos los nazarenos del estandarte. A continuación, doce nazarenos que iluminaban el paso del Señor. Y tras las andas otro cortejo de acompañamiento que precedía al paso de palio.

Comenzó a celebrarse en el Setecientos la ceremonia de la Humillación, en la plaza del Duque, cuando la cofradía venía de regreso de la Catedral. El paso del Señor esperaba la llegada de la Virgen, que se colocaba frente a él, en el comedio de la plaza. El palio realizaba tres inclinaciones ante el de Jesús Nazareno, en medio de una expectación inusitada, que proporcionó a la hermandad durante aquellos años mucha popularidad. González de León apunta que se hizo por última vez en 1779.

Al entrar en vigor la real orden de 1777 quedaron suspensas las salidas por la noche, así como la participación de flagelantes aplicándose disciplinas sangrientas en las procesiones. Una representación del Silencio se entrevistó con el cardenal Solís para que flexibilizara la aplicación de las medidas. Ante la negativa, la hermandad decidió no salir aquel año. Nombró como interlocutor a fray Diego José de Cádiz, quien trató de negociar con el entorno del cardenal que le permitiese salir a las dos de la mañana como ordenaban las reglas que le había aprobado el Consejo de Castilla en 1768. Ni el célebre predicador ni los influyentes hermanos consiguieron restablecer el horario nocturno, por lo que tuvo que pasar a hacerlo al amanecer. Eso sí, pero continuó haciéndolo de modo regular.

En la década comprendida entre 1778 y 1788 no faltó ni una sola vez, saliendo al romper el alba. Aquella prolongación continuada de salidas procesionales propició que se elevara el número de nazarenos, por lo que, de 24 contabilizados en 1776, pasaron a unos 140 en 1790.

 

Siglo XIX

Incidió bastante la conflictividad política y social en la suspensión de procesiones en aquel siglo. Al estallar la Guerra de la Independencia, su actividad decayó completamente entre los años 1808 y 1813. Bajó el alto número de hermanos que había logrado alcanzar a finales del siglo XVIII, y dejaron de inscribirse nuevos cofrades. No salió en Semana Santa durante el bienio de la ocupación francesa (1810-1812), ni los del Trienio Liberal (1820-1823). Tampoco lo hizo ninguna otra hermandad sevillana, alargándose las restricciones procesionales hasta el año 1826. Lógicamente, entre 1813 y 1819 sí rindió su anual estación a la Santa Iglesia Catedral.

El Silencio acordó no salir en 1831 porque las autoridades de entonces prohibieron que salieran los nazarenos con el hábito, ni de madrugada. Tampoco procesionó en 1835 ni 1836, debido a la inestable situación política que se vivía, así como la precaria falta de recursos económicos y escasa implicación de sus propios dirigentes.

Con motivo de la revolución de 1868 estuvo a punto de desaparecer, tras pretender derribar la iglesia del convento de San Antón Abad, para abrir una calle, la Junta revolucionaria nombrada por el Ayuntamiento. Afortunadamente, aquella medida no se llevó a cabo, gracias a la operatividad de benefactoras como la camarera Gertrudis Zuazo. Tras el logro, volvió a salir en 1869, pese al enrarecido ambiente político del momento. Aquel mismo año permitió la incorporación de mujeres al cortejo, con traje negro, como ya lo hiciera en 1828, con el fin de implementar el número de participantes.

Cuando se hundió el crucero de la Catedral, decidió no efectuar su procesión dos años, los de 1889 y 1890, reanudándose en el de 1891, a pesar de que el resto de hermandades hacían estación ante un altar excepcionalmente montado en la Puerta del Perdón; presidida por una representación del cabildo catedralicio.

Quitando también los 9 años que no pudo salir por la lluvia, junto a los periodos de inestabilidad política, suman 66 salidas en Semana Santa a lo largo de este siglo, un número inferior a las realizadas en el transcurso del XVIII. De todos modos, representa un cómputo mayor que el de otras muchas hermandades sevillanas.

 

Sin subvenciones

Junto al Gran Poder, esta archicofradía de Jesús Nazareno rechazó siempre las subvenciones económicas del Ayuntamiento, desde que las corporaciones municipales comenzaran a conceder ayudas económicas a las cofradías a partir del último tercio de la centuria decimonónica. En aquellos años de la transición hacia el siglo XX, se hicieron hermanos muchos canónigos de la catedral, como don José Sebastián y Bandarán, otros muchos sacerdotes y seminaristas. En el pasado siglo XX surgieron menos impedimentos para verificar la estación penitencial. Solo la impidieron, principalmente, motivaciones meteorológicas o conflictos políticos. No salió en la II República en 1932, 1933 ni 1934. Aprobó sí hacerlo en 1935, que llevó un cortejo de 125 nazarenos e itineró con la seriedad acostumbrada. Se vivió con mucho fervor y gran recogimiento, como especifica Juan Manuel Bermúdez Requena en un excelente trabajo de investigación. También salió en 1936, pese a la tensión social que se respiraba, aunque con escaso número de nazarenos.

Pero lo que nunca llegamos a imaginar es que, en pleno siglo XXI, esta cruel pandemia que nos asola desde hace dos años impediría poder rendir su anual adoración ante el Monumento de la catedral, y cumplimentar así la estación penitencial más antigua de la Madrugada y de toda la Semana Santa de Sevilla.

 

(*) Julio Mayo es historiador

NOTICIA BICENTENARIA DE MONTESIÓN (1821)

Hace 200 años, durante el Trienio Liberal, permaneció establecida en su capilla pese al cierre y exclaustración del convento dominico

 

En 1821 tampoco salieron los pasos a la calle por Semana Santa. Pero hace dos siglos no fue por amenaza de contagios epidémicos. Acababa de inaugurarse el nuevo periodo político denominado por la historiografía como el Trienio Liberal (1820-1821), en cuya etapa se implantaron nuevas medidas y dejaron de salir a la calle nuestras cofradías sevillanas.

La de Montesión había estado a punto de procesionar la tarde del Jueves Santo del año del pronunciamiento militar de Riego (1820), según preveía el impreso de la distribución de cofradías. De hecho, lo había hecho muy lucidamente el Jueves Santo, 6 de abril de 1819, como narra en sus diarios González de León.

Pero, finalmente los dirigentes de las cofradías se pusieron todos de acuerdo y decidieron que ninguna realizaría estación penitencial, después de la emisión de un bando ofensivo para ellas que había editado la recién nombrada corporación municipal.

Al siguiente de 1821, fueron los políticos locales quienes prohibieron taxativamente los desfiles en la calle. Además, el entonces alcalde García de la Mata comunicó a la principal autoridad civil de la provincia, el 7 de marzo de 1821, la intención de remitir una lista con todas las hermandades existentes en Sevilla, con el propósito de controlarlas.

Aunque no hubo procesiones algunos años, las hermandades se mantuvieron bastante activas durante aquella etapa política. Muchas de ellas, además de celebrar sus funciones y actos religiosos, llegaron a renovar su patrimonio, e incluso encargaron nuevas imágenes. Para imagineros tan excelentes como Juan de Astorga, fueron momentos muy prolíficos. Un buen ejemplo acaeció en 1821, año en el que terminó de tallar la Virgen del Buen Fin de la hermandad de la Lanzada.

Durante el Trienio aplicó el gobierno distintas medidas desamortizadoras sobre bienes de la Iglesia y comunidades religiosas, además de promover no pocas exclaustraciones de frailes de conventos. Ello supuso que muchos de los monjes enclaustrados en el dominico de Montesión, de aquí de Sevilla, tuviesen que abandonarlo.

La Semana Santa de 1821 se asemejó bastante a la que hoy, dos siglos después, estamos viviendo este año. Entonces, algunas hermandades como la de la Borriquita, expusieron al culto sus imágenes titulares en los templos donde radicaban, el día que le correspondía salir. En cambio, el ambiente estaba muy enrarecido y la asistencia a los oficios de la catedral disminuyó bastante con respecto a otros años.

 

Procesión de MOntesión por la calle Feria a principios del siglo XX
Procesión de MOntesión por la calle Feria a principios del siglo XX

Capilla propia

Adyacente al convento de los dominicos tenía la hermandad de Montesión su capilla, completamente independiente de la iglesia del centro religioso. Este espacio lo había edificado la hermandad varios siglos antes, a su costa, con la clara intención de no interferir la densa vida cultual de los frailes en el Siglo de Oro. Expresa José Bermejo y Carballo en sus ‘Glorias religiosas’ que «llegó a poseer tanta cantidad de plata labrada, en alhajas costosísimas para su procesión de Semana Santa y capilla, que en el día no es fácil dar una idea exacta de ella». A través de varios inventarios del siglo XVII, ha sabido estudiar e interpretar la riqueza que amasó esta corporación, el historiador Salvador Hernández. Fue el momento en el que pudo construir la capilla, gracias al poder económico y social de numerosos hermanos suyos, estrechamente ligados al mundo de las embarcaciones del floreciente negocio comercial de la Carrera de Indias.

Cuentan las crónicas que la plata de los enseres y objetos de culto litúrgico de esta capilla fue sumamente abundante en aquel tiempo, reflejándose así en los metales preciados la fortaleza institucional que acaparaba su cofradía.

Al corresponderle la propiedad a la misma hermandad, esta no padeció los efectos de las medidas gubernamentales promovidas, durante el Trienio Liberal, que sí afectó tanto al convento aledaño, y miembros de la comunidad de frailes de la Orden de Predicadores residentes en él, tras ser cerrado al culto.

Sin embargo, en 1810 la iglesia del convento de Montesión tuvo que cerrarse al culto por la amenaza que constituía la presencia militar de los franceses en la ciudad. Y aunque la ocupación extranjera perduró hasta 1812, se reabrió en el mes de octubre de 1810. Para ello se trajo el Santísimo desde la cercana iglesia de San Juan de la Palma, y el cuadro del Salvador desde la de San Pedro, tal como narra el archivero Joaquín Rodríguez Mateos en la breve historia que elaboró para la colección de los ‘Misterios de Sevilla’.

Tal como podemos comprobar en la actualidad, esta capillita acoge varios altares pese a su reducida longitud, en los que reciben culto las imágenes titulares de la corporación, aunque originariamente la distribución de cada altar fue otra distinta. Se veneran a la Santísima Virgen del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada, el Señor orante en el Huerto de los Olivos, el nuevo Cristo de la Salud y la excelente pintura que representa al Divino Salvador. En 1936, esta capilla fue asaltada y saqueada. Además del Crucificado antiguo, se perdieron también los pasos, el apostolado y muchos enseres, a excepción de las imágenes del Señor y la Virgen que afortunadamente se encontraban en San Martín, junto al Ángel confortador.

 

Petición en 1821

En el archivo general del Arzobispado de Sevilla hemos localizado una solicitud elevada al señor provisor eclesiástico por la entonces nominada «Hermandad de Cristo Señor Nuestro Orando en el Huerto y María Santísima de los Cinco Misterios dolorosos del Rosario», fechada el 18 de julio de 1821. Mediante el oficio, la corporación le solicitó a la autoridad eclesiástica que le cediese varias prendas de vestuario litúrgico de las que habían quedado inutilizadas, a raíz del cierre y exclaustración de conventos de la ciudad.

Señor de la Oración en el Huerto, titular de la Hermandad de Montesión
Señor de la Oración en el Huerto, titular de la Hermandad de Montesión

Expresa literalmente este documento hasta ahora inédito que la hermandad «se encontraba establecida en su capilla propia, contigua al extinguido colegio de Santa María de Montesión». Esta referencia acredita, con sumo rigor, que la hermandad se encontraba plenamente activa sin que hubiese degenerado en ningún tipo de desorganización.

Resulta también muy esclarecedora la alusión que contiene el oficio remitido a Palacio sobre el estado de sus Reglas. Concreta que le amparaban unos estatutos aprobados por el Real Consejo de Castilla, por los que aún se regía la corporación en aquellos días del Trienio Liberal. La reseña sobre la aprobación de las Reglas deja entrever que la hermandad poseía concedida una facultad legítima de parte de las autoridades estatales, que daba cobertura al ejercicio piadoso de su instituto.

Junto a este escrito, se remitieron otros más que guardan cierta relación con el convento dominico. Tres días antes de haberlo hecho la hermandad, concretamente el 15 de julio de aquel 1821, el religioso fray Pascual de Reina expresa encontrarse acogido en el dominico de San Pablo, después de haber quedado suprimido el de Montesión. Desde el convento de la Magdalena le pide al Arzobispado que le cediesen el antiguo Cristo de la Salud, que, según el documento que estudiamos, se veneraba en la iglesia del cerrado colegio de Montesión. Además de la imagen, fray Pascual pidió que se le diesen el altar, un cuadro de Ánimas que conformaba el primer cuerpo del mencionado altar -recalca-, con el fin de seguir dándole culto y promover la devoción de los fieles. Aquella petición sabemos que no prosperó, como lo evidencia el hecho de que este Cristo pasara a recibir culto dentro de esta capillita.

El 16 de julio, antes de hacerlo la hermandad, suscribe otra petición distinta el clero de la iglesia de San Martín en unión con varios feligreses, que le ofrecían culto a «la imagen del Rosario del extinguido convento de Montesión». Recordemos que existieron dos imágenes rosarianas de la Virgen con esta misma advocación. La de gloria en el convento y otra dolorosa, que es la titular actual de Montesión, en la capilla. El documento certifica que se había consumado el traslado de la de gloria desde el templo conventual de Montesión a San Martín, al iniciarse el Trienio. Hoy en día, aquella imagen de gloria de la Virgen del Rosario que se trasladó a San Martín, está en paradero desconocido.

Los firmantes del oficio en cuestión manifiestan que el sacerdote de San Juan de la Palma, don Juan José Maceda, había sido el encargado de hacer el inventario de imágenes y enseres confiscados de Montesión. Los fieles firmantes reclaman al señor provisor la necesidad que tenían de poder hacer uso de una serie enseres de carácter litúrgico para el adorno de la imagen letífica del Rosario, en su nueva ubicación de San Martín.

Hizo otra petición distinta, por su cuenta, el párroco de San Martín requiriéndole al comisionado Maceda los enseres y adornos propios de la imagen del Rosario, reclamando también para San Martín «las efigies de Santo Domingo, Santa Catalina de Siena que se hallan en dicho convento, y tres confesionarios que hacían falta en el templo parroquial».

Después del Trienio Liberal, Montesión no volvió a procesionar en Semana Santa hasta el año 1827, pues las cofradías dejaron de hacerlo hasta 1826 pese al cambio político. El director del Boletín de las Cofradías, don Rafael Jiménez Sampedro, ha documentado que volvió a hacerlo, luego, en 1829, 1833 y 1834, año en el que suscribió la concordia con la hermandad de la Cena.

Fueron años muy complicados hasta que logró robustecerse en la segunda mitad del siglo XIX, cuando pasó ya a configurarse como una cofradía de corte popular, arraigada en su barrio de la calle de la Feria. Su mayor proeza es haber introducido y mantenido, por encima de tantas vicisitudes, la bellísima advocación mariana de la Virgen del Rosario en la Semana Santa sevillana.

Julio Mayo

Fuente: https://sevilla.abc.es/pasionensevilla/noticias-semana-santa-sevilla/sevi-noticia-bicentenaria-montesion-1821-202103311418_noticia.html

LUZ INMORTAL DE SAN BERNARDO

Buena parte del prestigio que atesora esta hermandad se debe a la idiosincrasia y popularidad de su barrio

 

En plena guerra civil española comenzó la reconstrucción patrimonial de esta hermandad, después de haber perdido sus dos imágenes titulares en el ataque incendiario que sufrió la parroquia de San Bernardo en julio de 1936, donde quedaron destruídas también buena parte de las insignias y enseres procesionales. Lo ha contado con detalle el investigador José María Lobo Almazán, en su reciente publicaciónSevilla vivió también la otra Memoria Histórica’.

En cambio, pudo sobreponerse a los desmanes de aquella cruel hoguera, gracias a la sabia conducción de su entonces hermano mayor, el influyente cofrade y abogado don Antonio Filpo, quien se apoyó en dos estamentos determinantes para renacer de las cenizas: el eclesiástico y el militar.

Todavía con la guerra abierta, los hermanos celebraron sin imágenes la función principal del quinario del año 1937, ante unas fotografías de los titulares perdidos. En tan precaria situación, comunicó a las demás hermandades, afectadas por los asaltos a los templos, que no podría estacionar aquel año. Y fue en aquella complicada coyuntura en la que prendió la chispa para iniciar la epopeya de su reconstitución.

Desde luego, resultó clave la cercanía que mantenían algunos de sus dirigentes con el cardenal Segura, quien permitió ceder a la hermandad un antiguo crucificado de muy buena factura artística, que se veneraba en la Escuela de Cristo. Fue todo tan rápido que, el Miércoles Santo de 1938, volvió a realizar la hermandad su primera estación penitencial en el único paso que se salvó de las llamas.

El 1 de enero del año siguiente de 1939, el mismo Segura se encargó de bendecir la nueva Virgen del Refugio, primera imagen que talló para nuestra Semana Santa el imaginero onubense Sebastián Santos. A esta bella dolorosa se le impuso, en aquel mismo acto, la nueva corona que tuvo que labrarse siguiendo la traza de la anterior, bendecida también por el cardenal, a quien la hermandad distinguió con el título honorario de hermano mayor.

La cofradía a su paso por el puente de los bomberos
La cofradía a su paso por el puente de los bomberos – ABC 

Barrio torero

La presencia del Matadero y los corrales adjuntos donde se guardaba el ganado vacuno, propició que la chavalería más valiente se atreviera a torear las reses encerradas antes de su desuello para el consumo público. Muchos vecinos del barrio trabajaban en aquel sitio periférico de la Puerta de la Carne, que favoreció tanto la aparición de una amplia cantera de aficionados y buenos toreros.

Han estado vinculados a la hermandad lidiadores como el mítico Curro Cúchares, hermano mayor efectivo, cuyos restos reposan en el altar del Cristo desde 1885. También su hijo Currito, su yerno El Tato y Pepete, todos ellos miembros de la junta de gobierno. Han formado parte de ella Pepe Luis, Rafael y Manolo Vázquez, que fue hermano mayor, así como Antonio, Juan y Diego Puerta.

En la Sevilla de la década de 1920 era un acontecimiento espectacular la llegada de esta cofradía al puente, con el acompañamiento multitudinario de los vecinos ataviados con sus trajes de fiesta y cantando saetas. Por esta razón la definió el articulista Muñoz San Román como la cofradía de los toreros, en un artículo publicado en la revista ‘Blanco y Negro’, el 10 de abril de 1927.

Todo el donaire sevillano de su vecindario, tan cercano geográficamente al campo antiguo de la Feria de Sevilla, terminó influyendo también la formación de la identidad de la hermandad, enriquecida con la impronta popular de sus convecinos.

En el cortejo procesional tampoco faltaron militares vestidos de uniforme azul, con bombas en el cuello y correaje, y en las gualdrapas azules festoneadas de doble galón rojo en sus monturas. Ni, por supuesto, al mítico brigada Rafael tocando la corneta durante tantos años. Lo recordó, con viva emoción, en un precioso artículo publicado en este mismo periódico, el teniente general don Manuel Esquivias Franco, hermano de San Bernardo.

En varios pasajes de la película del torero «Currito de la Cruz», estrenada en 1925, aparece fielmente reflejado el arquetipo de cofradía popular de barrio sevillano, que mejor define a esta corporación. Inmortalizó el tránsito de la procesión por la calle Ancha.

El Cristo de la Salud baja por la calle Mateos Gago camino de la Carrera Oficial
El Cristo de la Salud baja por la calle Mateos Gago camino de la Carrera Oficial – ABC 

Se percibe, con sonido real, la fiesta que constituía la salida y el retorno al barrio, en la película cinematográfica de la Fox que ha recuperado el Consejo de Hermandades. También el paso de la Virgen del Refugio, por la noche, a la luz de luminosas bengalas que aparecen entorchadas desde balcones del vecindario, recreando un ambiente festivo parecido al de la calle Castilla de Triana cuando volvían las carretas del Rocío.

Don Manuel Chaves Nogales refirió en uno de sus grandes reportajes periodísticos sobre nuestra Semana Santa que la de San Bernardo era, en la década de 1930, una de las principales cofradías de la ciudad.

Antonio Filpo Rojas

Pero el verdadero promotor del éxito alcanzado en los años veinte del pasado siglo, y el autor intelectual del rescate patrimonial e institucional tras las pérdidas de 1936, fue el reconocido abogado don Antonio Filpo Rojas. Mantuvo una estrechísima relación con el barrio, su universo humano y la vieja torería de San Bernardo. En 1915 protagonizó una anecdótica vivencia con Gallito. Presidiendo la plaza de toros de la Maestranza, tuvo el honor de concederle una oreja al célebre torero macareno, saltándose la vieja tradición que había en Sevilla de no darle orejas a los matadores.

Hizo mucho porque se acercasen a la hermandad, a inicios del siglo XX, altos mandos del Arma de Artillería como los dirigentes y empleados de las fábricas militares de artillería y pirotecnia. Gestionó la incorporación a San Bernardo de la efigie barroca de Santa Bárbara, patrona de los artilleros, proveniente de la parroquia de Santa Ana.

Ayudó a solventar un conflicto recaudatorio de rifas de papeletas en 1924. Por ello le rindieron un homenaje hermanos de San Bernardo, el Cristo de Burgos, Dulce Nombre y la Carretería. En aquel espinoso asunto colaboraron con él Miguel Bermudo Barrera, José Vaca Librero, el diputado don Tomás de Ibarra y Lasso de la Vega, Luis Benjumea y el general don Luis Hermosa. Todo ello lo narró en este periódico su hijo, Antonio Filpo Stevens.

Fue un gran capillita, hermano también de la Macarena, el Dulce Nombre, las Siete Palabras, el Silencio, San Bernardo o el Santo Entierro. En 1949 dio el pregón de nuestra Semana Santa, en cuya intervención recordó a «Caravaca», un antiguo empleado de la pirotecnia, que fue prioste muchos años de San Bernardo, a quien se debía el inconfundible estilo del paso de Cristo.

Cuando llevaba 25 años como hermano mayor, era el año de 1945, tuvo la genial idea de exponerle al Ayuntamiento, del que también fue concejal, el deseo de que la hermandad solicitara la inclusión del lema «Muy Mariana», en el blasón municipal, como felizmente se consiguió.

Reemplazó con éxito, de modo efectivo, a dos imágenes tan emblemáticas como las perdidas, a las que se les profesaba muchísima devoción en toda la ciudad. Supo trazar con diligencia un programa de reconstrucción patrimonial de los principales enseres procesionales perdidos. Se sometió entonces a un proceso de reproducción el magnífico conjunto textil del paso de la Virgen (manto, palio y faldones), que había bordado Rodríguez Ojeda, cuya labor se encargó de acometer el taller de los sobrinos de José Caro, entre 1939 y 1944.

Esta hermandad posee impregnada en su alma toda la gracia y elegancia del viejo arrabal torero. La imperante cuando todavía tocaban allí los pianillos y había corrales de vecinos. Era similar, en animación, a la Macarena y Triana. Es el gran referente del barrio el que ha modelado el estilo y la personalidad del colectivo piadoso, hasta convertirlo en uno de los de mayor enjundia de nuestra Semana Mayor.

A golpe de piqueta fue desapareciendo el primitivo entramado urbano durante los años del desarrollismo. Entre los edificios emblemáticos, que prácticamente han quedado en pie, se encuentra el templo parroquial, desde cuyo centro religioso esta hermandad obra el milagro, todos los Miércoles Santo, de atraer a tantas y tantas familias oriundas, y resucitar el espíritu que antaño lo caracterizó. Por ello, Sevilla necesita la inmortalidad de la luz de San Bernardo.