LOS DOMINICOS Y EL PROCESO DE CONFIGURACIÓN DEL NUEVO ROSARIO POPULAR Y CALLEJERO. LAS COFRADÍAS MISIONALES DEL ROSARIO EN NÁPOLES DURANTE EL SIGLO XVII

En este artículo se estudia el primer gran momento de la populariza­ción del Rosario en Europa a comienzos del siglo XVII y en el ámbito de las misiones que la Orden de Predicadores desarrolla en la ciudad de Nápoles, especialmente entre la población más marginal. La gran innovación del “rosario a coros”, el nuevo modelo de cofradía surgido en las misiones y la creación de una cotidianidad en torno a la de­voción son los pilares que hacen de Nápoles una referencia rosariana y un antecedente clarísimo de lo que será eclosión de los rosarios públicos de Sevilla.

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LA QUE MÁS VECES SALIÓ

El Silencio es la cofradía que en más ocasiones ha cumplido su estación de penitencia de nuestra Semana Santa

 

La ‘Madre y Maestra’ de todas las hermandades sevillanas, además de ser una de las más antiguas de la ciudad, es la que mayor continuidad histórica ha mantenido a lo largo de todos estos siglos. Esta perseverancia existencial le ha permitido, por tanto, poder situarse entre las que más veces ha realizado su procesión de Semana Santa.

Cuando la autoridad eclesiástica aprobó sus reglas más antiguas conocidas, entre 1566 y 1577, el articulado de la Santa Cruz de Jerusalén preveía hasta seis capítulos dedicados a reglamentar su público acto penitencial. Varios epígrafes fijan la estación el Viernes Santo por la mañana. En ella, sus cofrades tenían que vestir hábito morado, que llegase hasta el suelo, llevar los rostros cubiertos con un antifaz sin capirote alto, una soga envuelta a la cintura, los pies descalzos y lucir un escudo de cuero, u hoja de Milán, con la Cruz de Jerusalén. Imitaban a Jesús Nazareno en el padecimiento de su pasión, cargando la cruz camino del Calvario.

Con tanto fervor, que muchos penitentes se ponían coronas de espinas reales y cabelleras largas que les tapaban la cara, según relata el propio Abad Gordillo en su crónica coetánea a aquellos tiempos. Alcanzó tanto éxito la práctica penitencial de llevar la cruz, que casi eclipsó la costumbre medieval del flagelo. A partir de entonces, comenzaron a conocerse los penitentes de todas las cofradías en general con el sobrenombre de nazarenos.

Al trasladarse del hospital de las Cinco Llagas a San Antonio Abad a finales del siglo XVI, y pasó a establecerse en el centro urbano, comenzó a procesionar de madrugada. Hizo mucho por ello el hermano y escritor Mateo Alemán. Pero a inicios del siglo XVII, el cardenal Niño de Guevara introdujo ciertas reformas prohibiendo las salidas procesionales de noche. En consecuencia, tuvo que retrasarla hacia el mediodía durante un tiempo.

Es muy difícil calcular el número exacto de salidas procesionales verificadas a lo largo del Seiscientos, una época de gran esplendor y apogeo para la hermandad, en la que destacó por jurar el voto de sangre para defender la Concepción Inmaculada de la Virgen María. El hermano mayor Tomás Pérez organizó una manifestación concepcionista, a la que asistieron más de 10.000 fieles, cuando regresó de Roma el arcediano, Mateo Vázquez de Leca, que era cofrade del Silencio, con el Breve otorgado por el Papa Paulo V reconociendo el misterio.

En aquel siglo, la procesión del Silencio era una de las más solemnes, con un amplio cortejo formado por hermanos y hermanas, insignias, eclesiásticos, religiosos y nutridas presidencias con varas. Los cirios eran mayormente morados, aunque también llevaban velas blancas. El orden en el que habían de procesionar los pasos queda recogido en sus primeras reglas. Luego, varias décadas después, se hizo una embellecida copia manuscrita de los estatutos, cuyo códice iluminó el pintor Francisco Pacheco (1642).

 

Siglo XVIII

Disponemos de un mayor número de noticias sobre las procesiones correspondientes a este periodo, en virtud de las que constatamos la admirable continuidad histórica con la que lo hizo esta corporación. En muy rara ocasión se suspendió la procesión del Viernes Santo, aunque por causas mayores tuvo que desistir de hacerlo más de una vez. El año 1727, los miembros de la Junta se vieron obligados a tomar la decisión de no salir, ya a punto de hacerlo, pues eran las diez de la noche del Jueves Santo, ante la imposibilidad de que la cofradía pudiese cruzar hacia la Campana, debido a la inundación provocada por el viejo arroyo que entonces rodeaba el céntrico enclave.

En el libro de esta hermandad escrito por nuestro admirado historiador, don Federico García de la Concha, se indica que, junto a las hermandades de las Tres Caídas de San Isidoro y la Soledad, esta del Silencio fue una de las que más veces procesionó en el siglo XVIII. Entre los años 1734 y 1799 dejó de hacerlo solo en ocho ocasiones, de las que cuatro fueron por causas meteorológicas. Las distintas restricciones impuestas por el Arzobispado, a lo largo de aquel siglo, referidas a la presencia de nazarenos con caras cubiertas en el cortejo, las contrarrestó la hermandad gracias a la modélica ejemplaridad con la que los participantes cumplían la estación.

El orden del cortejo en los años centrales de este siglo era, primero la Cruz de Guía, escoltada por varios nazarenos y acompañada por otros cuatro con cirios. Le seguían hermanos con traje de calle; el Senatus flanqueado de nazarenos; un tramo de militares uniformados. Tras ellos los nazarenos del estandarte. A continuación, doce nazarenos que iluminaban el paso del Señor. Y tras las andas otro cortejo de acompañamiento que precedía al paso de palio.

Comenzó a celebrarse en el Setecientos la ceremonia de la Humillación, en la plaza del Duque, cuando la cofradía venía de regreso de la Catedral. El paso del Señor esperaba la llegada de la Virgen, que se colocaba frente a él, en el comedio de la plaza. El palio realizaba tres inclinaciones ante el de Jesús Nazareno, en medio de una expectación inusitada, que proporcionó a la hermandad durante aquellos años mucha popularidad. González de León apunta que se hizo por última vez en 1779.

Al entrar en vigor la real orden de 1777 quedaron suspensas las salidas por la noche, así como la participación de flagelantes aplicándose disciplinas sangrientas en las procesiones. Una representación del Silencio se entrevistó con el cardenal Solís para que flexibilizara la aplicación de las medidas. Ante la negativa, la hermandad decidió no salir aquel año. Nombró como interlocutor a fray Diego José de Cádiz, quien trató de negociar con el entorno del cardenal que le permitiese salir a las dos de la mañana como ordenaban las reglas que le había aprobado el Consejo de Castilla en 1768. Ni el célebre predicador ni los influyentes hermanos consiguieron restablecer el horario nocturno, por lo que tuvo que pasar a hacerlo al amanecer. Eso sí, pero continuó haciéndolo de modo regular.

En la década comprendida entre 1778 y 1788 no faltó ni una sola vez, saliendo al romper el alba. Aquella prolongación continuada de salidas procesionales propició que se elevara el número de nazarenos, por lo que, de 24 contabilizados en 1776, pasaron a unos 140 en 1790.

 

Siglo XIX

Incidió bastante la conflictividad política y social en la suspensión de procesiones en aquel siglo. Al estallar la Guerra de la Independencia, su actividad decayó completamente entre los años 1808 y 1813. Bajó el alto número de hermanos que había logrado alcanzar a finales del siglo XVIII, y dejaron de inscribirse nuevos cofrades. No salió en Semana Santa durante el bienio de la ocupación francesa (1810-1812), ni los del Trienio Liberal (1820-1823). Tampoco lo hizo ninguna otra hermandad sevillana, alargándose las restricciones procesionales hasta el año 1826. Lógicamente, entre 1813 y 1819 sí rindió su anual estación a la Santa Iglesia Catedral.

El Silencio acordó no salir en 1831 porque las autoridades de entonces prohibieron que salieran los nazarenos con el hábito, ni de madrugada. Tampoco procesionó en 1835 ni 1836, debido a la inestable situación política que se vivía, así como la precaria falta de recursos económicos y escasa implicación de sus propios dirigentes.

Con motivo de la revolución de 1868 estuvo a punto de desaparecer, tras pretender derribar la iglesia del convento de San Antón Abad, para abrir una calle, la Junta revolucionaria nombrada por el Ayuntamiento. Afortunadamente, aquella medida no se llevó a cabo, gracias a la operatividad de benefactoras como la camarera Gertrudis Zuazo. Tras el logro, volvió a salir en 1869, pese al enrarecido ambiente político del momento. Aquel mismo año permitió la incorporación de mujeres al cortejo, con traje negro, como ya lo hiciera en 1828, con el fin de implementar el número de participantes.

Cuando se hundió el crucero de la Catedral, decidió no efectuar su procesión dos años, los de 1889 y 1890, reanudándose en el de 1891, a pesar de que el resto de hermandades hacían estación ante un altar excepcionalmente montado en la Puerta del Perdón; presidida por una representación del cabildo catedralicio.

Quitando también los 9 años que no pudo salir por la lluvia, junto a los periodos de inestabilidad política, suman 66 salidas en Semana Santa a lo largo de este siglo, un número inferior a las realizadas en el transcurso del XVIII. De todos modos, representa un cómputo mayor que el de otras muchas hermandades sevillanas.

 

Sin subvenciones

Junto al Gran Poder, esta archicofradía de Jesús Nazareno rechazó siempre las subvenciones económicas del Ayuntamiento, desde que las corporaciones municipales comenzaran a conceder ayudas económicas a las cofradías a partir del último tercio de la centuria decimonónica. En aquellos años de la transición hacia el siglo XX, se hicieron hermanos muchos canónigos de la catedral, como don José Sebastián y Bandarán, otros muchos sacerdotes y seminaristas. En el pasado siglo XX surgieron menos impedimentos para verificar la estación penitencial. Solo la impidieron, principalmente, motivaciones meteorológicas o conflictos políticos. No salió en la II República en 1932, 1933 ni 1934. Aprobó sí hacerlo en 1935, que llevó un cortejo de 125 nazarenos e itineró con la seriedad acostumbrada. Se vivió con mucho fervor y gran recogimiento, como especifica Juan Manuel Bermúdez Requena en un excelente trabajo de investigación. También salió en 1936, pese a la tensión social que se respiraba, aunque con escaso número de nazarenos.

Pero lo que nunca llegamos a imaginar es que, en pleno siglo XXI, esta cruel pandemia que nos asola desde hace dos años impediría poder rendir su anual adoración ante el Monumento de la catedral, y cumplimentar así la estación penitencial más antigua de la Madrugada y de toda la Semana Santa de Sevilla.

 

(*) Julio Mayo es historiador

NOTICIA BICENTENARIA DE MONTESIÓN (1821)

Hace 200 años, durante el Trienio Liberal, permaneció establecida en su capilla pese al cierre y exclaustración del convento dominico

 

En 1821 tampoco salieron los pasos a la calle por Semana Santa. Pero hace dos siglos no fue por amenaza de contagios epidémicos. Acababa de inaugurarse el nuevo periodo político denominado por la historiografía como el Trienio Liberal (1820-1821), en cuya etapa se implantaron nuevas medidas y dejaron de salir a la calle nuestras cofradías sevillanas.

La de Montesión había estado a punto de procesionar la tarde del Jueves Santo del año del pronunciamiento militar de Riego (1820), según preveía el impreso de la distribución de cofradías. De hecho, lo había hecho muy lucidamente el Jueves Santo, 6 de abril de 1819, como narra en sus diarios González de León.

Pero, finalmente los dirigentes de las cofradías se pusieron todos de acuerdo y decidieron que ninguna realizaría estación penitencial, después de la emisión de un bando ofensivo para ellas que había editado la recién nombrada corporación municipal.

Al siguiente de 1821, fueron los políticos locales quienes prohibieron taxativamente los desfiles en la calle. Además, el entonces alcalde García de la Mata comunicó a la principal autoridad civil de la provincia, el 7 de marzo de 1821, la intención de remitir una lista con todas las hermandades existentes en Sevilla, con el propósito de controlarlas.

Aunque no hubo procesiones algunos años, las hermandades se mantuvieron bastante activas durante aquella etapa política. Muchas de ellas, además de celebrar sus funciones y actos religiosos, llegaron a renovar su patrimonio, e incluso encargaron nuevas imágenes. Para imagineros tan excelentes como Juan de Astorga, fueron momentos muy prolíficos. Un buen ejemplo acaeció en 1821, año en el que terminó de tallar la Virgen del Buen Fin de la hermandad de la Lanzada.

Durante el Trienio aplicó el gobierno distintas medidas desamortizadoras sobre bienes de la Iglesia y comunidades religiosas, además de promover no pocas exclaustraciones de frailes de conventos. Ello supuso que muchos de los monjes enclaustrados en el dominico de Montesión, de aquí de Sevilla, tuviesen que abandonarlo.

La Semana Santa de 1821 se asemejó bastante a la que hoy, dos siglos después, estamos viviendo este año. Entonces, algunas hermandades como la de la Borriquita, expusieron al culto sus imágenes titulares en los templos donde radicaban, el día que le correspondía salir. En cambio, el ambiente estaba muy enrarecido y la asistencia a los oficios de la catedral disminuyó bastante con respecto a otros años.

 

Procesión de MOntesión por la calle Feria a principios del siglo XX
Procesión de MOntesión por la calle Feria a principios del siglo XX

Capilla propia

Adyacente al convento de los dominicos tenía la hermandad de Montesión su capilla, completamente independiente de la iglesia del centro religioso. Este espacio lo había edificado la hermandad varios siglos antes, a su costa, con la clara intención de no interferir la densa vida cultual de los frailes en el Siglo de Oro. Expresa José Bermejo y Carballo en sus ‘Glorias religiosas’ que «llegó a poseer tanta cantidad de plata labrada, en alhajas costosísimas para su procesión de Semana Santa y capilla, que en el día no es fácil dar una idea exacta de ella». A través de varios inventarios del siglo XVII, ha sabido estudiar e interpretar la riqueza que amasó esta corporación, el historiador Salvador Hernández. Fue el momento en el que pudo construir la capilla, gracias al poder económico y social de numerosos hermanos suyos, estrechamente ligados al mundo de las embarcaciones del floreciente negocio comercial de la Carrera de Indias.

Cuentan las crónicas que la plata de los enseres y objetos de culto litúrgico de esta capilla fue sumamente abundante en aquel tiempo, reflejándose así en los metales preciados la fortaleza institucional que acaparaba su cofradía.

Al corresponderle la propiedad a la misma hermandad, esta no padeció los efectos de las medidas gubernamentales promovidas, durante el Trienio Liberal, que sí afectó tanto al convento aledaño, y miembros de la comunidad de frailes de la Orden de Predicadores residentes en él, tras ser cerrado al culto.

Sin embargo, en 1810 la iglesia del convento de Montesión tuvo que cerrarse al culto por la amenaza que constituía la presencia militar de los franceses en la ciudad. Y aunque la ocupación extranjera perduró hasta 1812, se reabrió en el mes de octubre de 1810. Para ello se trajo el Santísimo desde la cercana iglesia de San Juan de la Palma, y el cuadro del Salvador desde la de San Pedro, tal como narra el archivero Joaquín Rodríguez Mateos en la breve historia que elaboró para la colección de los ‘Misterios de Sevilla’.

Tal como podemos comprobar en la actualidad, esta capillita acoge varios altares pese a su reducida longitud, en los que reciben culto las imágenes titulares de la corporación, aunque originariamente la distribución de cada altar fue otra distinta. Se veneran a la Santísima Virgen del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada, el Señor orante en el Huerto de los Olivos, el nuevo Cristo de la Salud y la excelente pintura que representa al Divino Salvador. En 1936, esta capilla fue asaltada y saqueada. Además del Crucificado antiguo, se perdieron también los pasos, el apostolado y muchos enseres, a excepción de las imágenes del Señor y la Virgen que afortunadamente se encontraban en San Martín, junto al Ángel confortador.

 

Petición en 1821

En el archivo general del Arzobispado de Sevilla hemos localizado una solicitud elevada al señor provisor eclesiástico por la entonces nominada «Hermandad de Cristo Señor Nuestro Orando en el Huerto y María Santísima de los Cinco Misterios dolorosos del Rosario», fechada el 18 de julio de 1821. Mediante el oficio, la corporación le solicitó a la autoridad eclesiástica que le cediese varias prendas de vestuario litúrgico de las que habían quedado inutilizadas, a raíz del cierre y exclaustración de conventos de la ciudad.

Señor de la Oración en el Huerto, titular de la Hermandad de Montesión
Señor de la Oración en el Huerto, titular de la Hermandad de Montesión

Expresa literalmente este documento hasta ahora inédito que la hermandad «se encontraba establecida en su capilla propia, contigua al extinguido colegio de Santa María de Montesión». Esta referencia acredita, con sumo rigor, que la hermandad se encontraba plenamente activa sin que hubiese degenerado en ningún tipo de desorganización.

Resulta también muy esclarecedora la alusión que contiene el oficio remitido a Palacio sobre el estado de sus Reglas. Concreta que le amparaban unos estatutos aprobados por el Real Consejo de Castilla, por los que aún se regía la corporación en aquellos días del Trienio Liberal. La reseña sobre la aprobación de las Reglas deja entrever que la hermandad poseía concedida una facultad legítima de parte de las autoridades estatales, que daba cobertura al ejercicio piadoso de su instituto.

Junto a este escrito, se remitieron otros más que guardan cierta relación con el convento dominico. Tres días antes de haberlo hecho la hermandad, concretamente el 15 de julio de aquel 1821, el religioso fray Pascual de Reina expresa encontrarse acogido en el dominico de San Pablo, después de haber quedado suprimido el de Montesión. Desde el convento de la Magdalena le pide al Arzobispado que le cediesen el antiguo Cristo de la Salud, que, según el documento que estudiamos, se veneraba en la iglesia del cerrado colegio de Montesión. Además de la imagen, fray Pascual pidió que se le diesen el altar, un cuadro de Ánimas que conformaba el primer cuerpo del mencionado altar -recalca-, con el fin de seguir dándole culto y promover la devoción de los fieles. Aquella petición sabemos que no prosperó, como lo evidencia el hecho de que este Cristo pasara a recibir culto dentro de esta capillita.

El 16 de julio, antes de hacerlo la hermandad, suscribe otra petición distinta el clero de la iglesia de San Martín en unión con varios feligreses, que le ofrecían culto a «la imagen del Rosario del extinguido convento de Montesión». Recordemos que existieron dos imágenes rosarianas de la Virgen con esta misma advocación. La de gloria en el convento y otra dolorosa, que es la titular actual de Montesión, en la capilla. El documento certifica que se había consumado el traslado de la de gloria desde el templo conventual de Montesión a San Martín, al iniciarse el Trienio. Hoy en día, aquella imagen de gloria de la Virgen del Rosario que se trasladó a San Martín, está en paradero desconocido.

Los firmantes del oficio en cuestión manifiestan que el sacerdote de San Juan de la Palma, don Juan José Maceda, había sido el encargado de hacer el inventario de imágenes y enseres confiscados de Montesión. Los fieles firmantes reclaman al señor provisor la necesidad que tenían de poder hacer uso de una serie enseres de carácter litúrgico para el adorno de la imagen letífica del Rosario, en su nueva ubicación de San Martín.

Hizo otra petición distinta, por su cuenta, el párroco de San Martín requiriéndole al comisionado Maceda los enseres y adornos propios de la imagen del Rosario, reclamando también para San Martín «las efigies de Santo Domingo, Santa Catalina de Siena que se hallan en dicho convento, y tres confesionarios que hacían falta en el templo parroquial».

Después del Trienio Liberal, Montesión no volvió a procesionar en Semana Santa hasta el año 1827, pues las cofradías dejaron de hacerlo hasta 1826 pese al cambio político. El director del Boletín de las Cofradías, don Rafael Jiménez Sampedro, ha documentado que volvió a hacerlo, luego, en 1829, 1833 y 1834, año en el que suscribió la concordia con la hermandad de la Cena.

Fueron años muy complicados hasta que logró robustecerse en la segunda mitad del siglo XIX, cuando pasó ya a configurarse como una cofradía de corte popular, arraigada en su barrio de la calle de la Feria. Su mayor proeza es haber introducido y mantenido, por encima de tantas vicisitudes, la bellísima advocación mariana de la Virgen del Rosario en la Semana Santa sevillana.

Julio Mayo

Fuente: https://sevilla.abc.es/pasionensevilla/noticias-semana-santa-sevilla/sevi-noticia-bicentenaria-montesion-1821-202103311418_noticia.html

LUZ INMORTAL DE SAN BERNARDO

Buena parte del prestigio que atesora esta hermandad se debe a la idiosincrasia y popularidad de su barrio

 

En plena guerra civil española comenzó la reconstrucción patrimonial de esta hermandad, después de haber perdido sus dos imágenes titulares en el ataque incendiario que sufrió la parroquia de San Bernardo en julio de 1936, donde quedaron destruídas también buena parte de las insignias y enseres procesionales. Lo ha contado con detalle el investigador José María Lobo Almazán, en su reciente publicaciónSevilla vivió también la otra Memoria Histórica’.

En cambio, pudo sobreponerse a los desmanes de aquella cruel hoguera, gracias a la sabia conducción de su entonces hermano mayor, el influyente cofrade y abogado don Antonio Filpo, quien se apoyó en dos estamentos determinantes para renacer de las cenizas: el eclesiástico y el militar.

Todavía con la guerra abierta, los hermanos celebraron sin imágenes la función principal del quinario del año 1937, ante unas fotografías de los titulares perdidos. En tan precaria situación, comunicó a las demás hermandades, afectadas por los asaltos a los templos, que no podría estacionar aquel año. Y fue en aquella complicada coyuntura en la que prendió la chispa para iniciar la epopeya de su reconstitución.

Desde luego, resultó clave la cercanía que mantenían algunos de sus dirigentes con el cardenal Segura, quien permitió ceder a la hermandad un antiguo crucificado de muy buena factura artística, que se veneraba en la Escuela de Cristo. Fue todo tan rápido que, el Miércoles Santo de 1938, volvió a realizar la hermandad su primera estación penitencial en el único paso que se salvó de las llamas.

El 1 de enero del año siguiente de 1939, el mismo Segura se encargó de bendecir la nueva Virgen del Refugio, primera imagen que talló para nuestra Semana Santa el imaginero onubense Sebastián Santos. A esta bella dolorosa se le impuso, en aquel mismo acto, la nueva corona que tuvo que labrarse siguiendo la traza de la anterior, bendecida también por el cardenal, a quien la hermandad distinguió con el título honorario de hermano mayor.

La cofradía a su paso por el puente de los bomberos
La cofradía a su paso por el puente de los bomberos – ABC 

Barrio torero

La presencia del Matadero y los corrales adjuntos donde se guardaba el ganado vacuno, propició que la chavalería más valiente se atreviera a torear las reses encerradas antes de su desuello para el consumo público. Muchos vecinos del barrio trabajaban en aquel sitio periférico de la Puerta de la Carne, que favoreció tanto la aparición de una amplia cantera de aficionados y buenos toreros.

Han estado vinculados a la hermandad lidiadores como el mítico Curro Cúchares, hermano mayor efectivo, cuyos restos reposan en el altar del Cristo desde 1885. También su hijo Currito, su yerno El Tato y Pepete, todos ellos miembros de la junta de gobierno. Han formado parte de ella Pepe Luis, Rafael y Manolo Vázquez, que fue hermano mayor, así como Antonio, Juan y Diego Puerta.

En la Sevilla de la década de 1920 era un acontecimiento espectacular la llegada de esta cofradía al puente, con el acompañamiento multitudinario de los vecinos ataviados con sus trajes de fiesta y cantando saetas. Por esta razón la definió el articulista Muñoz San Román como la cofradía de los toreros, en un artículo publicado en la revista ‘Blanco y Negro’, el 10 de abril de 1927.

Todo el donaire sevillano de su vecindario, tan cercano geográficamente al campo antiguo de la Feria de Sevilla, terminó influyendo también la formación de la identidad de la hermandad, enriquecida con la impronta popular de sus convecinos.

En el cortejo procesional tampoco faltaron militares vestidos de uniforme azul, con bombas en el cuello y correaje, y en las gualdrapas azules festoneadas de doble galón rojo en sus monturas. Ni, por supuesto, al mítico brigada Rafael tocando la corneta durante tantos años. Lo recordó, con viva emoción, en un precioso artículo publicado en este mismo periódico, el teniente general don Manuel Esquivias Franco, hermano de San Bernardo.

En varios pasajes de la película del torero «Currito de la Cruz», estrenada en 1925, aparece fielmente reflejado el arquetipo de cofradía popular de barrio sevillano, que mejor define a esta corporación. Inmortalizó el tránsito de la procesión por la calle Ancha.

El Cristo de la Salud baja por la calle Mateos Gago camino de la Carrera Oficial
El Cristo de la Salud baja por la calle Mateos Gago camino de la Carrera Oficial – ABC 

Se percibe, con sonido real, la fiesta que constituía la salida y el retorno al barrio, en la película cinematográfica de la Fox que ha recuperado el Consejo de Hermandades. También el paso de la Virgen del Refugio, por la noche, a la luz de luminosas bengalas que aparecen entorchadas desde balcones del vecindario, recreando un ambiente festivo parecido al de la calle Castilla de Triana cuando volvían las carretas del Rocío.

Don Manuel Chaves Nogales refirió en uno de sus grandes reportajes periodísticos sobre nuestra Semana Santa que la de San Bernardo era, en la década de 1930, una de las principales cofradías de la ciudad.

Antonio Filpo Rojas

Pero el verdadero promotor del éxito alcanzado en los años veinte del pasado siglo, y el autor intelectual del rescate patrimonial e institucional tras las pérdidas de 1936, fue el reconocido abogado don Antonio Filpo Rojas. Mantuvo una estrechísima relación con el barrio, su universo humano y la vieja torería de San Bernardo. En 1915 protagonizó una anecdótica vivencia con Gallito. Presidiendo la plaza de toros de la Maestranza, tuvo el honor de concederle una oreja al célebre torero macareno, saltándose la vieja tradición que había en Sevilla de no darle orejas a los matadores.

Hizo mucho porque se acercasen a la hermandad, a inicios del siglo XX, altos mandos del Arma de Artillería como los dirigentes y empleados de las fábricas militares de artillería y pirotecnia. Gestionó la incorporación a San Bernardo de la efigie barroca de Santa Bárbara, patrona de los artilleros, proveniente de la parroquia de Santa Ana.

Ayudó a solventar un conflicto recaudatorio de rifas de papeletas en 1924. Por ello le rindieron un homenaje hermanos de San Bernardo, el Cristo de Burgos, Dulce Nombre y la Carretería. En aquel espinoso asunto colaboraron con él Miguel Bermudo Barrera, José Vaca Librero, el diputado don Tomás de Ibarra y Lasso de la Vega, Luis Benjumea y el general don Luis Hermosa. Todo ello lo narró en este periódico su hijo, Antonio Filpo Stevens.

Fue un gran capillita, hermano también de la Macarena, el Dulce Nombre, las Siete Palabras, el Silencio, San Bernardo o el Santo Entierro. En 1949 dio el pregón de nuestra Semana Santa, en cuya intervención recordó a «Caravaca», un antiguo empleado de la pirotecnia, que fue prioste muchos años de San Bernardo, a quien se debía el inconfundible estilo del paso de Cristo.

Cuando llevaba 25 años como hermano mayor, era el año de 1945, tuvo la genial idea de exponerle al Ayuntamiento, del que también fue concejal, el deseo de que la hermandad solicitara la inclusión del lema «Muy Mariana», en el blasón municipal, como felizmente se consiguió.

Reemplazó con éxito, de modo efectivo, a dos imágenes tan emblemáticas como las perdidas, a las que se les profesaba muchísima devoción en toda la ciudad. Supo trazar con diligencia un programa de reconstrucción patrimonial de los principales enseres procesionales perdidos. Se sometió entonces a un proceso de reproducción el magnífico conjunto textil del paso de la Virgen (manto, palio y faldones), que había bordado Rodríguez Ojeda, cuya labor se encargó de acometer el taller de los sobrinos de José Caro, entre 1939 y 1944.

Esta hermandad posee impregnada en su alma toda la gracia y elegancia del viejo arrabal torero. La imperante cuando todavía tocaban allí los pianillos y había corrales de vecinos. Era similar, en animación, a la Macarena y Triana. Es el gran referente del barrio el que ha modelado el estilo y la personalidad del colectivo piadoso, hasta convertirlo en uno de los de mayor enjundia de nuestra Semana Mayor.

A golpe de piqueta fue desapareciendo el primitivo entramado urbano durante los años del desarrollismo. Entre los edificios emblemáticos, que prácticamente han quedado en pie, se encuentra el templo parroquial, desde cuyo centro religioso esta hermandad obra el milagro, todos los Miércoles Santo, de atraer a tantas y tantas familias oriundas, y resucitar el espíritu que antaño lo caracterizó. Por ello, Sevilla necesita la inmortalidad de la luz de San Bernardo.

 

LA HINIESTA: LA PRIMERA EN LA CALLE

Hubo un tiempo en el que la Hiniesta era la cofradía que inauguraba nuestra Semana Santa

Mucho antes de que se fundase la hermandad de La Paz, y para ello tenemos que remontarnos a los albores del pasado siglo XX, llegó a convertirse la Hiniesta en la iniciadora del Domingo de Ramos, incluso por delante de la Estrella cuando salía de San Jacinto. El caso que nos ocupa representa un claro ejemplo del resurgimiento en Sevilla de las cofradías populares en las últimas décadas del siglo XIX. Fue en 1879 cuando un grupo de devotos de la feligresía de San Julián se afanaron en promover la reorganización de la antigua cofradía de sangre de la Hiniesta, aletargada ya desde hacía muchísimos años, con la aprobación del cardenal Lluch y Garriga, y el beneplácito del párroco, don Antonio Naranjo.

Los reorganizadores eligieron un crucificado que existía en la parroquia, que pusieron bajo la advocación de la Buena Muerte, así como a una Dolorosa de enorme valor. La intención inicial fue la de llevar nazarenos con túnica negra y cinturón de esparto. Realizó su primera salida procesional la tarde del Lunes Santo de 1881, con un solo paso, en el que se dispusieron a modo de Calvario, un Crucificado de pasta madera, la Virgen y San Juan.

Dos años más tarde, en 1883, se unió a la Sacramental de San Julián y salió de Madrugada, acompañada por un grupo de soldados romanos. Pasó al Miércoles Santo en 1885, originándose ese año cierto desorden en su procesión. El revuelo provocó una retención de casi 12 horas. Finalmente, pudo regresar a San Julián en torno a las 3 de la mañana.

Probó salir también el Jueves Santo entre los años 1888 y 1891, hasta quedar prácticamente disuelta. Pese a varios intentos de rescate, no pudo volver a salir hasta 1906, pero ahora ya en la tarde del Domingo de Ramos.

 

Domingo de Ramos

Era entonces el año 1906, hace hoy 115 años. Tras un periodo de años sin salir, un grupo de cofrades del barrio se esforzaron en volver a sacar los pasos a la calle y para ello los reorganizadores solicitaron permiso a la autoridad eclesiástica para poder hacerlo el Domingo de Ramos, a primera hora de la tarde. Aquel señalado día del estreno estaba en Sevilla, nada más y nada menos, que el rey Alfonso XIII, alojado en el Real Alcázar, a punto ya de presentarse en los palcos de la Plaza de San Francisco, a escasos días de contraer matrimonio con la princesa británica doña Victoria Eugenia. Desde el Alcázar se dirigió el monarca hasta el Ayuntamiento a eso de las siete y media de la tarde, donde lo aguardaban las autoridades municipales con el alcalde, don Cayetano Luca de Tena, a la cabeza. La Plaza de San Francisco estaba repleta de público, y los palcos permanecían ya llenos de sevillanos, y muchas otras personas que habían venido, en tren, desde distintos lugares del país. El Imparcial de Madrid, del lunes día 9 de abril de aquel año, narra que la primera cofradía en recorrer la carrera fue la de Nuestra Señora de la Hiniesta, que no salía a la calle desde hacía algunos años.

Refiere la crónica que llevaba tres pasos. El primero acogía la representación alegórica del triunfo de la Santa Cruz. El segundo, el Calvario, en el que figuraba el antiguo crucificado que había recuperado la hermandad, mientras que en el tercero procesionaba, bajo palio, la Virgen de la Hiniesta. En aquella primera salida, sus nazarenos vistieron ya túnicas blancas de cola rizada, con cinturón de esparto y antifaz azul, cuyo hábito penitencial llamó muchísimo la atención del público. No pasó inadvertido para el corresponsal el mérito escultórico de la Dolorosa, quien dedicó a aquel semblante rebosante de gracia más de un elogio.

Es el especialista Antonio Mañes quien refiere el estreno, en 1906, del palio y manto bordados por Juan Manuel Rodríguez Ojeda, entonces con una fisonomía de cajón. En un principio, tales piezas fueron bordadas en plata sobre raso azul, hasta que con posterioridad fueron pasadas a nuevo terciopelo y el palio se transformó a uno de figura.

La salida de la Hiniesta era señal inequívoca de que habían comenzado ya las procesiones en Sevilla

Como no se podía contar con la primitiva talla de la Hiniesta en Semana Santa, los dirigentes decidieron incorporar aquella antigua dolorosa, a cuya imagen le rindieron culto bajo la advocación mariana de Hiniesta en su Soledad. Era de ascendencia medieval la desaparecida escultura gótica de la Hiniesta, según estudios del profesor Francisco Ros González, cuya imagen había gozado en el pasado de una amplísima devoción popular. Hasta el punto de haber podido ser patrona de Sevilla, como puso de manifiesto el historiador, Justino Matute, en sus Noticias de la imagen, publicadas en 1804. Con acierto, el investigador Emilio José Balbuena ha sabido conectar la reorganización penitencial del último tercio del siglo XIX, y los primeros años del XX, con la antigua cofradía letífica de la que fue titular la Virgen de la Hiniesta.

En 1907, su segundo Domingo de Ramos, no llegó a ser la primera cofradía en pasar por los palcos. Se antepuso La Estrella, que salía entonces de la iglesia de San Jacinto. Y, a continuación venía la de San Julián de la Hiniesta. Pero al salir de la catedral, el itinerario de regreso lo hizo, como novedad, por las calles Placentines, Francos, Villegas y plaza del Salvador para continuar hacia San Pedro y poder llegar así hasta San Julián. La prensa de la época reflejó que no hubo público por aquellas calles céntricas porque se desconocía que iba a pasar por ellas. Aquel año, La Hiniesta entró casi a la una de la mañana.

 

San Julián

Volvió a ser la primera su tercer Domingo de Ramos, el año 1908. Era conocida entonces como la cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Hiniesta, sin referencias ya a otras advocaciones distintas. Salió a las cuatro de la tarde de la parroquia de San Julián, en medio de una gran expectación. A la puerta del templo, reseña El Noticiero Sevillano del día siguiente, se agrupaba un importante gentío. La cofradía llevaba tres pasos y todos ellos iban adornados con mucho gusto. Continuaba llamando la atención de los que se dieron cita allí las túnicas de los nazarenos de cola, de percal blanco, conjuntadas con los capirotes de raso azul.

La Hiniesta pasa por la Alameda en la década de los 30
La Hiniesta pasa por la Alameda en la década de los 30

Narra la crónica del referido rotativo que la primera cofradía en aparecer por la plaza de San Francisco fue la de San Julián. Cuando desembocó su cruz de guía por la calle Sierpes eran cerca de las 6.30 de la tarde. Los palcos se hallaban ocupados por muchas familias, así como las plateas y sillas colocadas frente al Ayuntamiento. El animado aspecto se asemejaba, según el cronista, al de otros años. En el palco se encontraba el alcalde de Sevilla, el conservador don José Carmona Ramos, junto al teniente de alcalde, señor Hoyuela, y el secretario municipal don Miguel Bravo-Ferrer.

La hermandad de San Julián itineró con mucho orden y bastante lucimiento. Iba precedida por los batidores del regimiento de artillería y presidía el paso de la Virgen el párroco de San Julián, don Antonio González. Al salir de la catedral, aguardaba en el balcón del palacio arzobispal, el señor arzobispo don Enrique Almaraz y Santos, ante el que fueron parados los pasos de la hermandad. Estaba recién designado y no conocía la Semana Santa de nuestra capital, de la que se quedó realmente admirado por la belleza de sus imágenes, la honda devoción con la que participaba el pueblo sevillano, y el riguroso orden de los desfiles procesionales.

A las seis y media de la tarde del Domingo de Ramos, 4 de abril del año 1909, volvió a ser la primera de las hermandades sevillanas en acudir también, aquel año, a la plaza de San Francisco. Llevaba el acompañamiento musical de la banda de música del Hospicio, dirigida por el maestro Palatín, y tras ella venía la cruz de guía de la hermandad de la Estrella.

No fue la primera el Domingo de Ramos, 20 de marzo de 1910, porque se le adelantaron San Roque y Los Negritos que salió este día. La dificultosa salida del paso de palio se había convertido en toda una atracción. No cabían más personas en la puerta de San Julián. Los contornos ojivales de la puerta obligaban a tener que tirar a tierra el palio más de metro y medio. Refleja el noticiero que la dificultosa faena se hizo de modo admirable, ganándose una ovación el capataz que la dirigió. Llevaba tres pasos. Detrás de la Virgen continuaba la banda de música del Hospicio, dirigida por el célebre Palatín. Presidió el párroco de San Julián, don José Vides.

El paso alegórico se suprimió en 1912. A partir de entonces, podía contemplarse en el primer paso la imagen del Crucificado de la Buena Muerte y la Magdalena, mientras que en el segundo procesionaba la preciosa imagen de la Dolorosa, bajo el palio bordado por Rodríguez Ojeda. Junto a la Hiniesta, completaban la jornada del Domingo de Ramos en aquel tiempo las cofradías de la Cena, San Roque, la Estrella, las Aguas (hoy del Dos de mayo) desde San Jacinto, la Amargura y la Sagrada Entrada en Jerusalén, con el Cristo del Amor.

Después de los oficios religiosos de la mañana de olivos y Hosannas del Domingo de Ramos, la multitud que comenzaba a tomar la ciudad, a muy temprana hora de la tarde, iba repitiendo de unos en otros: «¡Ya está la primera en la calle!». Y es que la cofradía de la Hiniesta de la parroquia de San Julián estaba saliendo. Aquel rumor popular era señal inequívoca de que habían comenzado ya las procesiones de la Semana Santa de Sevilla.