LA VISITA DE FELIPE V EN 1730 AL GRAN PODER POR LA EPIFANÍA

El primer Borbón, durante el llamado «Lustro real en Sevilla», se postró ante el Señor de Sevilla el 6 de enero de 1730

Entre los poderes milagrosos del «Divino Leproso» figuran también todas las gracias reportadas a reyes como Felipe V. En el apretado programa de actos oficiales que desarrolló el primer Borbón en el trono de España cuando convirtió a Sevilla en capital y corte durante el llamado «Lustro real», el monarca estipuló visitar al Señor el 6 de enero de 1730, fiesta de los Reyes. Después de inaugurar el año con unas jornadas de cacería en la Sierra Norte sevillana, Felipe V regresó el 5 de enero al Alcázar, en cuyo palacio real se hallaba establecido, junto a su esposa, Isabel de Farnesio, sus hijos y la corte que le acompañó aquí en Sevilla, de forma permanente, entre 1729 y 1733. Curiosamente, el Nazareno del Gran Poder ya había salido de forma extraordinaria en 1706 en acción de gracias por el «buen suceso» del propio Felipe V en la guerra librada para acceder al trono. Esta visita real se interpreta como el agradecimiento del monarca católico al Gran Poder por la lealtad institucional que la ciudad le dispensó a lo largo de su carrera sucesoria, así como el reconocimiento también hacia algunos de los cofrades de la hermandad más allegados a los gremios del comercio, de los que recibió gran apoyo. El encuentro de Felipe V con el Gran Poder terminó insertando al Señor de Sevilla entre las imágenes del devocionario particular de los reyes, y consagrándolo como una de las efigies más prestigiosas del Barroco.

Era la primera navidad en que la corte borbónica residía en Sevilla, y en la Capilla Real de la Catedral no existía aún la tribuna desde la que los reyes honrarían a la Virgen de los Reyes cada 6 de enero. En esta ocasión iban a visitar al Gran Poder. El séquito real se puso en marcha hasta la parroquia de San Lorenzo, donde se veneraban los titulares de la hermandad en una capilla recién remozada, y bien equipada con hermoso altar y meritorios enseres. Vestidos de gala los miembros de la familia real, se postraron ante la impresionante representación de Jesús con la cruz a cuestas, la antigua dolorosa del Traspaso y San Juan Evangelista. Ya los habían contemplado en la Semana Santa de 1729, al paso de la cofradía por la plaza de San Francisco, en la tarde del Jueves Santo, que era el día de su estación penitencial.

El ritual de la incorporación del rey como hermano distinguido de la hermandad del Gran Poder se cumplimentó con el juramento solemne de las reglas, en el transcurso de una ceremonia de gran boato, después de que el monarca hubiese notificado su decisión de ingresar como cofrade a la corporación municipal y al cabildo de la catedral. Acompañaba al rey el cardenal Borja, vicario general de los ejércitos reales, quien, precisamente, el día anterior había bendecido los estandartes de las tres compañías de guardias de corps.

Llamaba especialmente el protagonismo excesivo que acaparaba en todos los actos la reina, doña Isabel de Farnesio, ante las limitaciones de un rey un tanto excéntrico. Si bien, el vecindario se embelesaba con las infantas, los infantes y el príncipe de Asturias, futuro rey Carlos III, a quienes veían discurrir con frecuencia por el paseo de la Alameda de Hércules.

En documentos de inicios del siglo XVIII, la hermandad se hace llamar ya de «Jesús del Gran Poder». Consta así cuando arribó a la parroquia de San Lorenzo el 16 de abril de 1703, a la luz de aportaciones documentales reveladas por Ramón Cañizares. Constan estrechos vínculos de algunos hombres dedicados a negocios de ultramar. El indiano Francisco Javier Costilla, mandó dinero desde América, en donde el Gran Poder había llegado a alcanzar una trascendencia universal. Solo un año después de la visita regia, en 1731, la gran influencia de algún cofrade suyo propició que la capilla del Señor, ubicada en San Lorenzo, quedase agregada temporalmente a la basílica de San Juan de Letrán.

Aquella insólita estampa de la adoración del primer rey Borbón al Gran Poder se asemejó, en cierta forma, a la rendida por los Reyes Magos al Niño de Dios en Belén. Felipe V pretendía afianzar su autoridad. Según la mentalidad de la época, quien verdadera y únicamente podía otorgársela al monarca era la divinidad. Y en Sevilla, Dios es el Gran Poder.

Epifanía del Señor

En el Archivo Histórico Nacional de Madrid se conservan las reglas que elaboró el mayordomo don Tomás Díaz de Benjumea, encuadernadas en terciopelo rojo, y aprobadas por la autoridad eclesiástica en 1724. Hace bastantes años, las estudió el profesor Antonio José López Gutiérrez. Advirtió que, entre los pasajes de los evangelios, figura el de la adoración de los Reyes, según San Mateo. Este texto sagrado cumple dentro de las reglas una clara función litúrgica, enfocada al uso de algún tipo de culto. Es posible, por tanto, que la hermandad celebrase ya la festividad de la Epifanía en aquellos años iniciales del setecientos, de algún modo u otro. Aunque tampoco tiene nada de extraño que la conmemorase desde mucho antes. Casi todo el cuerpo textual de las reglas de 1724 fue tomado de otras anteriores, fechadas en 1587 y 1570 respectivamente. En aquellos años finales del siglo XVI la cofradía de sangre del Traspaso residía en el convento franciscano del Valle, actual santuario de los Gitanos, cuando ni tan siquiera Juan de Mesa había tallado su actual titular en 1620. En el transcurso del siglo XVIII fue concretándose el nacimiento de la novena, alrededor de la solemnidad de la Epifanía.

Fuente: https://sevilla.abc.es/pasionensevilla/actualidad/noticias/la-visita-felipe-v-1730-al-gran-poder-la-epifania-138956-1546970601.html

SANTA MACRINA Y EL ORIGEN DE LA MACARENA

¿Qué relación guarda el origen de la hermandad de la Macarena y esta particular santa?

El pálpito piadoso de la Macarena está ligado históricamente aquí en Sevilla a una santa de la Iglesia de Oriente muy antigua: Macrina. Y quedó unida de tres formas distintas, de modo devocional, topográfico y estético. El propio origen de la hermandad de la Esperanza, como  corporación de gloria, arranca en el convento de San Basilio de la calle Relator, donde era venerada esta santa tan singular. Se llamaba así tanto la abuela como la hermana del santo titular del centro religioso, fundado el año 1593 por el comerciante griego asentado en Sevilla, Nicolao Triarchi. Puede que la ubicación del convento se fijase intencionadamente en la demarcación señalada por la tradición religiosa con Macrina. La toponimia rural de los campos cercanos a la Macarena dejó inmortalizada su memoria. Uno de los cordeles ha sido conocido, hasta no hace mucho, como el de Santa Macrina. Quizá en honor de algún ermitorio, basílica o viejo monasterio de los que existieron cerca de la urbe hispalense, antes de que los árabes ocupasen nuestras tierras. San Leandro, pilar de la Iglesia sevillana, con antelación a su acceso a la sede hispalense, como obispo, profesó en uno de ellos. También, su hermana Florentina llegó a ser abadesa de otro. Como pasó en el caso de las mártires hispanoromanas Justa y Rufina, el pueblo de Dios no olvidó el culto rendido a Macrina. La histórica relación de su nombre con el entorno rústico pudo haber motivado la consiguiente denominación del barrio. Por asimilación fonética, Macrina posiblemente terminase siendo Macarena, nombre que ya podría haber sido usado incluso en el periodo musulmán. A esto hay que añadir que la imagen de la santa, tallada en madera, y que tantos años estuvo venerándose junto a la Virgen de la Esperanza, también acabó influyendo en el diseño de la hermosísima dolorosa del Siglo de Oro sevillano.

Artículo completo por Julio Mayo: https://sevilla.abc.es/pasionensevilla/actualidad/noticias/santa-macrina-origen-la-macarena-138067-1545153077.html

UNA MIRADA ATRÁS… FIESTA DEL VERDEO

Llega septiembre y, en Arahal, es hora de coger la talega y el macaco. Un ritual marcado en el calen­­­dario al inicio del Verdeo. Sin embarg­o, la campaña viene pr­ecedida por su fe­r­ia entre volantes y lu­nares donde se vi­ven unos días gra­ndes de esplendor y ale­gría entre sus ciuda­dan­os.

Antiguamente la feria de Arahal tenía lu­­­gar entorno a las Fi­estas Patronales en el mes de Julio, pero debido a los tr­á­gi­cos acontecimie­nt­os sacrílegos de la Gue­rra Civil dejó de ce­lebrarse. Mes aciago, en el que los palos estaban ya co­locad­os, al igu­al que las luces y los adornos, pero no sirv­ieron para cele­brar nada, al contra­rio, cortar­on de ra­íz cu­alquier motivo para el fest­ejo.

Seis años después, en 1942, se retoma la fiesta con la denom­­­inación de Feria del Ganado y Fiestas de Arahal que pasaron a celebrarse en se­p­t­iembre. Siempre se celebraba los días 4, 5 y 6 de septie­mb­re, daba igual el día de la semana que fue­ra. “Poner los pa­los” en la calle Cor­red­era para el alum­brado era el inicio de la celebrac­ión. Y las luces lle­gaban hasta lo que es hoy la Barriada de la Pa­z, entonces sin urba­niza­r, espa­cio ocup­ado por un barranco y el arroyo Alonso Miguel, según el Cron­ista Ofici­al de la Ciudad, D. Antonio Ni­eto Vega.

Entonces el alcalde era D. José Oliva y el secretario, tal como firma en el salu­­­da de dicho progra­m­a, D. Manuel Guari­no, ambos formaban la Comisión de Festej­os, los cuáles fueron los pioneros en or­ga­n­izar la primera Fe­ria de Ganados de Ar­ah­al con un pr­ograma que incluía alegres dianas, concu­rsos de caballistas y de gan­ado (vacuno, mul­ar y caballar), part­ido de fútbol, conci­erto de una banda mi­lita­r, fun­ciones de circ­o, ci­ne y toros y “a­rtís­ticos” fu­egos ar­ti­ficiales. Esta fer­ia tuvo una fama a ni­vel provin­cial, por ser la pri­mera en utilizar el alumbrad­o, siendo co­nocida po­pularmente como «la Feria de La Luz».

Hasta 1967 no cambió el nombre y pasó a llamarse Fiesta del Verdeo, siendo sus fundadores Don Franci­­­sco Pastor y Don Ag­u­stín Catalán, pe­rs­on­as que ocupaban por aquellos años la Del­egación de Fe­ste­jos ostentando la al­cald­ía Don Ram­ón Go­nzále­z. Los anteced­entes que mot­ivaron que na­ciera la Fies­ta del Verdeo surgen con mo­tivo de cele­brarse en Utrera, la Fiesta del Algodón, la cual no tuvo con­tinuidad. Varios ami­gos no vi­nculados por aquél entonces al Ayuntami­­ento, entre ellos Pe­­ña el del Cine, Alf­r­edo Corté­s, Pasto­r, José Jimé­nez, Ag­ustín Catalán, Don Teodo­ro Pérez, Anton­io Ni­eto, en­tre ot­ros… Se preg­untar­on por qué en Arahal no se organiza­ba la fiesta de la aceit­una del verdeo, prin­cipal cul­tivo de nu­estros cam­pos.

Arahal basa su mayor economía en la agri­­­cultura donde la ac­e­ituna de mesa es una de las grandes pr­ot­agonistas de las que se pueden enc­ont­rar entre sus va­ried­ades la manzani­lla y go­rdal, siendo Ara­hal el primer produc­tor a nivel mundial, de estas var­iedades. En esos año­s, «El Corte Inglés» fue el pat­rocinador ofici­al ju­nto con la emp­resa «Agroa­ceitunera» que tenía en Arahal una fábri­ca con 800 muje­res trabajando en el esc­ogido, de­shuesado y relleno de la ac­ei­tuna de me­sa. A la Fiesta eran invitad­­as autorida­des regi­o­nales y del ámbito nacional, embajador­es de todos los país­es y alcaldes de la co­marca ace­itunera que traían de acomp­añan­te a una dama de hon­or de su puebl­o.

El acto central de las fiestas es la Co­­r­onación de la Reina y el Pregón, decla­­ra­do de Interés Tu­r­íst­ico Nacional. Es­te acto tiene lug­ar en un entorno pri­vil­egia­do desde 19­69, la Pl­aza de la Igle­sia del Santo Cristo, aunq­ue en sus ini­cios el acto de coro­nación se cel­ebraba en la Plaza de la Co­rredera.
A lo largo de los añ­os han pasado como pregonero grandes per­sonalidades de di­f­e­rentes ámbitos dest­­acables como el poeta y dramaturgo andal­­uz D. Antonio Gala (1979), el Pre­mio No­b­el de Liter­atura D. Camilo José Cela (19­82), el ac­tor Edu­ardo Velasco (2008), el escritor Juan Ma­nuel Caball­ero Bonald (2010), la directo­ra teatral Pepa Gamb­oa (2012), el period­ista Mod­esto Barragán (2013), la actriz Cri­stina Medina (20­14) o el chef Enrique Sá­nc­hez (2015), entre ot­ros.

Con más de medio sig­­­lo de vida, esta pe­c­uliar festividad ha sufrido una tran­sf­or­mación más hac­ia el interior, para el di­sfrute de todo el pu­eblo en un campo de feria con gr­an número de casetas, donde no hay clases social­es. Pero se tr­ata de una época en la que muchos pi­ensan que la promoci­ón y lucha por el se­ctor aceit­unero tie­ne que part­ir de los mi­smos agr­iculto­res, aquellos que de­ben defender su prec­io y unirse pa­ra ha­cerlo.

Como diría Modesto Barragán, «pueblo que trabaja “para servi­­­rles” le gusta des­p­e­dirse con un “¡A rec­oger las del su­elo que nos vamos!».

Manuel Jesús García Amador

EL CAMERANO AL QUE SEVILLA NO OLVIDA

Sevilla lleva todo el año celebrando los 150 años del nacimiento del Círculo Mercantil, una de las entidades de mayor raigambre de la capital andaluza.
Además de exposiciones y homenajes, la portada de la Feria de Abril 2018 ha estado inspirada en las antiguas casetas del citado Círculo Mercantil, que fue fundado por un hijo de Villanueva de Cameros llamado Simón Martínez y Martínez.

¿Pero, quién era Simón? El ‘pirino’ (natural de Villanueva) Ángel de Pablo García y el profesor de Filología en la UNED de Sevilla Rafael Sánchez Pérez han profundizado en la vida y en la figura de este emprendedor riojano, que triunfó a 800 kilómetros de su tierra, a mediados del siglo XIX. Éste es el resumen de su investigación.

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MURILLO, EL ARTISTA QUE CANONIZÓ A SAN FERNANDO

Hace más de tres siglos y medio que hoy, 30 de mayo, se celebra la festividad litúrgica de San Fernando no sólo aquí en Sevilla y España, sino en todo el mundo cristiano. En el mes de febrero de 1671, la Santa Sede terminó reconociendo la santidad del rey Fernando III, después de un largo proceso promovido desde los primeros años del siglo XVII por las autoridades eclesiásticas sevillanas. En la consecución, resultó trascendental el apoyo político y económico deparado por la reina regente, Mariana de Austria, que actuó en representación de su hijo Carlos II. El pueblo sevillano sentía un fervor especial por la figura del monarca que conquistó su ciudad en 1248, y había conseguido restaurar el cristianismo, por lo que sus restos incorruptos eran venerados como si de una reliquia sagrada se tratase. Hasta su tumba acudían devotos para depositar ofrendas, encender velas y cumplir con el rito de besar su milagrosa espada, capaz de curar enfermos. Cuando el proceso de canonización fue consolidándose, varios canónigos le confiaron a Murillo que definiese el modelo iconográfico del nuevo santo, como había hecho ya con otros históricos (Leandro, Isidoro, Justa y Rufina), empleados por la Iglesia hispalense para reivindicar su esplendoroso pasado en la pugna que sostuvo con la de Toledo. Contar en la Capilla Real de la Seo sevillana con el cuerpo del único rey santificado de nuestro país, ayudó a la catedral a competir con El Escorial, la Capilla Real de Granada y otros templos de patronato regio. Esta santificación constituyó un claro gesto de exaltación a la realeza, que contó, además, con el apoyo del Ayuntamiento de Sevilla, cuyo escudo municipal muestra entronizado al conquistador desde tiempo inmemorial.

Fijando la iconografía

El cabildo catedralicio reclamó los servicios de Murillo para crear la «vera efigie» del santo, por primera vez, en 1649. Entonces, fue autorizado a explorar el cuerpo y el rostro que se conservaban momificados. Junto al pintor López Caro, se convirtió en asesor técnico y artístico de la causa. Tomó muestras de la huella fernandina por diversos enclaves de la ciudad como la propia catedral, el Real Alcázar, la Puerta Jerez e iglesia de Santa María la Blanca. Al fallecer el cardenal Spínola se interrumpieron aquellas primeras pesquisas, que volvieron a reanudarse a partir de 1651. En la segunda tanda, visitaron la cartuja de Santa María de las Cuevas, el monasterio de San Clemente, la Casa Alhóndiga, la Audiencia, el convento de Nuestra Señora de la Paz, el de San Francisco y el Ayuntamiento. A partir de la observación de sus restos y la recopilación de un buen número de manifestaciones artísticas, en las que Fernando III aparecía incluso con aureola de santidad, fueron completando el retrato hagiográfico.

Para encarnar al rey, Murillo se inspiró en la imagen del monarca y los atributos que ya recogió la medalla conmemorativa aprobada en Roma, en 1630, cuando el sacerdote Bernardo de Toro tramitaba su canonización en nombre de Felipe IV. La bola del mundo lo proyecta como Dominus, esto es, señor; la espada, la Lobera, con la que conquistó Sevilla –que es donde se focalizaba buena parte de su culto–, es la palabra de Dios que simbolizaba en el Siglo de Oro la virtud heroica, encarnando un modelo de conducta para los caballeros del barroco, bien reflejado por Calderón de la Barca en sus comedias de capa y espada. Si bien, la coraza y capa de armiño prefiguran la protección de Dios sobre el hombre.

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Donación de su tío

El cuadro del santo rey que se conserva en la catedral, en el que el monarca figura con la mirada levantada hacia el cielo, es de medio cuerpo, y no sabemos exactamente cuándo lo pintó Murillo. En él aparece agarrando la espada con la diestra mientras sujeta el globo terráqueo en la otra mano. Fue donado por el tío de Murillo, don Bartolomé Pérez Ortiz, que era medio racionero del templo metropolitano. Su testamento indicaba que esta pintura se pusiese «en la sacristía mayor de la dicha santa iglesia en la parte que a su señoría pareciere». Pero no llegó a instalarse en la sala capitular hasta 1678. Exhibe con gran maestría el naturalismo psicológico del retratado y expresa esa belleza expresiva y metafísica que Murillo supo introducir en sus creaciones para llevar a la oración.

Murillo, volvió a inspeccionar el cuerpo del rey el 3 de abril de 1671, pocos días después de conocerse en Sevilla la noticia de la concesión papal, y se celebrasen los grandes ceremoniales conmemorativos del 30 de mayo de aquel año. Con él, también estuvo el escultor Pedro Roldán, a fin de que cada uno pudiese elaborar un retrato de gran propiedad iconográfica dentro de su correspondiente disciplina artística. Los diseños de Murillo sirvieron como modelo a la estampa del semblante divino compuesta por Matías de Arteaga, que se difundió en la descripción de las fiestas de canonización publicada por Torre Farfán. El canónigo Justino de Neve y el erudito Juan de Loaysa son en esta última etapa los intelectuales que más lucharon por conseguir la santificación. Ambos impulsaron la organización de las festividades tras la canonización de San Fernando, y se valieron para engalanar los actos de los artistas Juan de Valdés Leal, Matías de Arteaga, Francisco de Ribas y Pedro de Medina. Murillo desaparece a partir de aquel momento del equipo encargado de representar al rey, y emerge, entonces, la figura de Francisco de Herrera el mozo, que estrechó una especial relación con Carlos II, y con quien parece que Murillo tuvo algún desencuentro.

Los servicios prestados en Roma por los canónigos sevillanos en la defensa del misterio concepcionista y la obtención, a un mismo tiempo, de la canonización de San Fernando, demuestran el peso específico dentro de las Españas de aquella Sevilla de los Austrias y el compromiso que mantuvo la monarquía hispánica con la Iglesia universal.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

SAN FERNANDO EN LOS ALTARES

1671
11 de febrero. El Papa, Clemente X, concede el breve de la canonización, que es recibido en Sevilla el 3 de marzo.
25 a 30 de mayo. Gran fiesta sagrada dedicada a San Fernando.
30 de mayo. Este día, fecha del óbito del monarca, se establece como fiesta litúrgica en todos los territorios de la monarquía hispánica.

1672
Al concluir los fastos de la beatificación, los canónigos remitieron a Roma un oficio con las misas y rezos dedicados en honor al monarca canonizado. El Papa Clemente X amplía la veneración de San Fernando a toda la iglesia universal, incluyéndolo en el martirologio romano.
Comienzan a fluir con mayor celeridad las relaciones institucionales entre la Corte y la Iglesia de Sevilla.

Enlace: http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/actualidad/noticias/murillo-artista-canonizo-san-fernando-129406-1527609732.html

LAS FERIAS DE LA PRIMERA REPÚBLICA

Gracias a casetas como la del Círculo Mercantil, una de las más antiguas del real, se consolidó la influencia de la Inglaterra victoriana en Sevilla.

Señala la entrada principal de nuestra feria, una portada monumental que se inspira en antiguas casetas del Círculo Mercantil, en homenaje a la conmemoración de su sesquicentenario aniversario fundacional, después de que sus socios dieran los primeros pasos organizativos en octubre de 1868, coincidiendo con la revolución septembrina. Desde el nacimiento de esta entidad, figuró entre sus propósitos la instalación de una caseta donde poder desarrollar una actividad propia, de eminente carácter socioeconómico. Facilitó la convivencia de integrantes de distintos sectores sociales, en una fiesta de raigambre rural y acogió a personas de la emergente burguesía sevillana, visitantes de otras provincias españolas, y distinguidos extranjeros que venían a vivirla. En aquellos años ya avanzados del siglo XIX, la vida del Mercantil estaba muy cerca del funcionamiento de los clubes londinenses, pues en los atrios de su frecuentada caseta acabaron los británicos por consolidar la Inglaterra victoriana en Sevilla, al tiempo que ayudaron a nuestra ciudad a culminar su tardía Revolución Industrial. A todas aquellas casetas de casinos y sociedades de recreo que existieron cuando la feria permaneció establecida en el Prado de San Sebastián, se debe la reorientación del primitivo carácter ganadero hacia otras formas de esparcimiento lúdico y festivo, después de que contribuyesen a introducir en el recinto a muchos personajes influyentes del momento, que no se hubiesen acercado a él atraídos exclusivamente por el ganado.

En enero de 1870, la sociedad reunida en la Casa Lonja (hoy archivo de Indias y antes Consulado de mercaderes), acuerda establecer su sede en la calle Cuna y formar la junta directiva que presidirá el socio fundador, don Simón Martínez, una vez ya constituida oficialmente ante el Gobierno Civil sevillano, y redactados sus estatutos bajo las pautas políticas que, en materia de economía, anhelaban implantar aquellos burgueses liberales de la ciudad que se agruparon para formar este colectivo, al calor del estallido de la «Gloriosa».

No se había celebrado la sesión inaugural de la sociedad, finalmente organizada el 8 de mayo de 1870, cuando se dio a conocer a los socios, el 6 de abril, que un comerciante había ofrecido la tienda de campaña que poseía alquilada «en el campo de San Sebastián», tal como expresa el acta que nos ha facilitado el profesor José Fernando Gabardón. Por el derecho de entrada, el poseedor de la caseta exigió inicialmente una cantidad económica a cada asistente, aunque sin quedar bien delimitadas las condiciones del disfrute. Por ello, el centro acordó realizar otra propuesta distinta al propietario. A escasos días del inicio de la feria, concretamente el 10 de abril, las dos partes acordaron que los billetes se vendiesen a un precio único por socio, con derecho a los tres días del festejo, sin ninguna restricción.

Caseta de un antiguo Círculo Mercantil. El recinto ferial acogió desde su nacimiento, en 1847, el montaje de suntuosas tiendas de campaña de diversos casinos. Una litografía de la Biblioteca Nacional, nos muestra la maravillosa creación de los arquitectos Sarazola y Fernández, en 1856. Según la Guía comercial de Gómez Zarzuela, editada uno de aquellos años, la tienda del ya extinguido Círculo tenía dos plantas, y contaba con salones de baile, restaurant, salón de descanso, gabinete de tocador, caballeriza y alguna que otra alcoba más, similar estéticamente a un templete chino o pabellones de las ferias de Madrid, Barcelona, o las exposiciones internacionales de París y Londres. A partir de la revolución de 1868, los estatutos de los círculos y casinos constituidos con anterioridad a aquella etapa política quedaron sin efecto, por lo que el actual Mercantil no fue una continuidad institucional del otro.

Tres días por 25 reales

El Mercantil se comprometió, con el señor de la caseta, a entregarle el importe total de los carnets que se expidiesen, más los de otros que la entidad adquiriría para compromisos institucionales, hasta llegar a cubrir los gastos de montaje, según explican las actas del propio Círculo. En la revista mercantil sevillana denominada «La Luz», del 15 de abril (Sábado Santo) se introdujo esta nota informativa: «Esta Sociedad, según circular que ha pasado a sus socios, ha hecho un contrato con el dueño de la casilla –nombre que recibían las casetas de antaño– que en la feria se conoce como del Círculo Mercantil, por el cual se facilitan a los socios del primero billetes para los tres días de baile, al precio de 25 reales».
Se instaló la primera caseta el mismo año que llegó el tranvía a la feria (1870), un mes antes de la inauguración oficial de la sociedad, gracias al ofrecimiento realizado por don Leandro Catalina, un empresario de maderas que entonces regentaba el «Almacén del Rey», ubicado en Reyes Católicos.

Este comerciante vinculado a Jerez de la Frontera, mantenía contactos muy cercanos con socios como el propio presidente, don Simón Martínez, dedicado al comercio de la ropa y los tejidos, o don Antonio Olmedo López, un reputado vinatero, dedicado al comercio del vino, que vivía en la actual calle Albareda, junto a su hermano Fernando, el célebre canónigo de la catedral. Las aserradoras formaban parte del conglomerado de empresas auxiliares existentes en torno a la industria vinícola para la que se fabricaban múltiples utensilios bodegueros. Era alcalde presidente de la ciudad el comerciante de la calle Sierpes, don Laureano Rodríguez de las Conchas, socio del Círculo Mercantil y miembro de su directiva, que pasó a ser presidente en 1872 a la muerte del fundador.

En aquella época del Sexenio democrático (1868-1874), proliferaron un buen número de estos Círculos comerciales y económicos que estaban impregnados de un gran trasfondo político. También formaban parte del bando republicano en Sevilla, diversos comerciantes significativos asentados en las calles del centro urbano, que ya conocían bien las nuevas tendencias del positivismo e intentaban aplicar un modelo económico y político parecido al de Inglaterra. En este Centro Mercantil se unieron con el firme propósito de luchar en pro de la mejora comercial de sus negocios y el consecuente progreso económico de la ciudad.

Entre los documentos administrativos y distintos programas originales que se conservan en el Archivo Municipal, consta que la feria se celebraba aún, de modo invariable, los días 18, 19 y 20 de abril (martes, miércoles y jueves de Pascua de Resurrección). Ya contaba con un gran renombre tanto dentro como fuera del país. Todo el Prado presentaba un pintoresco panorama de tiendas confeccionadas a base de amplios y lujosos lienzos, montadas por el propio Ayuntamiento, los cuerpos militares, diferentes familias pudientes y diversos casinos, entre los que se encontraba este Mercantil que nos ocupa. Al margen de los tratos ganaderos, se anunciaban en las horas de la noche espectáculos sorprendentes con profusión de luces que iluminaban el campo, la improvisación de cantes y bailes propios de la tierra, otro tipo de música más estilizada y saraos en los que se disponían bailes de salón. Contaba con buenas vías de comunicación y un transporte muy económico, especialmente desde la inauguración del ferrocarril en 1862, debido a la cercanía de la feria con la estación de trenes. Todo favorecía enormemente la asistencia de los que acudían por recreo y de los que lo hacían por motivos de negocio, pues en el Real se suscitaban considerables operaciones mercantiles. En 1870 fue la primera vez que se amplió la celebración a varias jornadas más, a petición de los propios industriales tras las pérdidas económicas ocasionadas por las lluvias. Lo narra así Francisco Collantes de Terán en sus Crónicas de la feria.

Liquidación de rentas

Varios documentos del Archivo Municipal revelan que el ayuntamiento tuvo que llamarle la atención al dueño de la casilla, don Laureano Catalina, al año siguiente de 1871, por no liquidar a tiempo la renta que le correspondía al Asilo de San Fernando, centro benéfico al que iba destinada la recaudación de una serie de tiendas establecidas en el paseo central del Real. En el mes de marzo, don Leandro no había manifestado al Círculo todavía si volvería a ceder el espacio, según informó «La Luz».

En 1893, el Ayuntamiento promovió la fabricación de un grupo de casetas con mayores dimensiones, y le pidió al Círculo Mercantil que montase la suya a la vera de otros casinos, agrupando así las de este tipo de sociedades. Los gallardetes que ondean en el remate de la actual portada, evocan aquellos que hermoseaban el conjunto de casetas que la comisión de festejos dispuso construir entonces, diseñadas por el arquitecto municipal José Sáez. Sobre sus elementos constructivos y distintos motivos ornamentales, nos ha proporcionado una amplia información César Ramírez, autor de la portada conmemorativa de este año. Debemos al investigador Mariano Mateo de Pablo-Blanco, la fotografía que ilustra nuestro artículo, correspondiente a tales casetas agrupadas que se idearon levantar en 1893.

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Cultura inglesa

La madrileña revista semanal de «La ilustración española y americana», fue ofreciendo puntual información sobre los hábitos y costumbres inglesas que la colonia británica trajo a nuestra feria, en unos años en los que Inglaterra era la primera potencia económica mundial. En 1872, la expresada revista menciona a Lord Hamilton, cuyo espectacular yate había permanecido anclado en el Guadalquivir, frente al palacio de San Telmo, durante los días festivos. A los señoritos sevillanos les resultaría prácticamente irresistible emular la elegancia de los caballeros anglosajones. Nos visitó el artista y escritor dramático Alfredo Thompson, que acudió a inspirarse en nuestras costumbres. Arribaban muchos hombres de la política, la banca y la aristocracia. Con independencia de los ingleses, deambulaban también norteamericanos, rusos y alemanes. Muchas de las casillas estaban engalanadas con banderas de todas las naciones.

Los ingleses, a los que les perdía el vino jerezano, trajeron las carreras de caballos, que se celebraban en Tablada, conjugándose las grandes fiestas hípicas con las regatas, adoptadas igualmente de su cultura. En las vísperas de la feria de 1876, días 16 y 17 de abril, se acopló una ancha plataforma en el río, desde la que se presenció la competición náutica. A la feria de aquel año llegó el mismísimo príncipe de Gales, don Eduardo VII, proveniente de Gibraltar. En la documentación histórica que conserva este Círculo Mercantil se constata el grado de implicación que llegaron a alcanzar diversas familias inglesas dentro de la sociedad, entendiéndose así, cómo del juego de la pelota llegó a propiciarse la aparición del Sevilla Foot-Ball Club en 1890.

Aquí no llegó la gran Revolución industrial que tuvo Inglaterra, aunque pudimos engancharnos al carro de la transformación y comercialización de muchos productos agropecuarios, gracias también al incomparable escaparate de una feria que, desde mediados del siglo XIX, consiguió atraer a no pocas personas de toda Europa y América. Su implantación constituyó un impulso categórico, de rango internacional, para Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR