LA CRISIS DE 1708-1709 EN SEVILLA A LA LUZ DE LA NUEVA DOCUMENTACIÓN

(I). Noticias manuscritas y estampas de protección y (II). Las certificaciones parroquiales. En Congreso Internacional Andalucía Barroca. II. Historia demográfica, Económica y Social. Actas, Consejería de Cultura – Junta de Andalucía, 2009, pp. 259-268 y pp. 269-277.

En el invierno de 1708 Europa occidental padeció una grave epidemia de gripe que fue seguida en muchas regiones por sucesivos brotes de tifus. Los contemporáneos no lograron ponerse de acuerdo sobre el origen y causas de este mortífero catarro que afectó también a las tierras de las colonias americanas con enorme violencia.

Aún hoy se discute la etimología de la fiebre maligna, así como el alcance y duración de su impacto, si bien los datos disponibles apuntan a un ciclo trienal (1708-1710) y un escenario atlántico. (…)

Andalucía había contribuido con hombres y caudales a sostener la causa borbónica desde el principio de la contienda y este desgaste mermó, sin duda, la capacidad de reacción frente a la adversidad natural, azote imprevisto que sobrevino en noviembre de 1708. Por si fuera poco, las razzias portuguesas fustigaron la frontera onubense en varias ocasiones entre 1706 y 1710, siendo el ataque de julio de 1708 uno de los más devastadores y persistentes.

En semejantes circunstancias, hubiera bastado el infausto golpe de una cosecha exigua para derribar, como un castillo de naipes, las frágiles energías que aún se mantenían en pie. Pero el destino deparaba algo peor: la sucesión ininterrumpida de fuertes huracanes, lluvias torrenciales y heladas persistentes, entre octubre de 1708 y febrero de 1709, que fueron seguidas por una devastadora plaga de langosta que acabó con lo poco que había sobrevivido de la cosecha, antes de que el tifus exantemático, conocido como tabardillo, se cebara con una población que se moría de hambre por las calles.

Corría el mes de abril de 1709. Las noticias que tenemos de la situación en el reino de Sevilla, ámbito preferente de este estudio, coinciden en lo sustancial. El invierno de 1708 se distinguió por los incesantes temporales. Y la primavera no fue más caritativa, pues dio un parto de hambre, muerte y desolación para los andaluces. (…)

Crisis 1708-1709. Sevilla

Jaime García Bernal y Francisco Javier Gutiérrez Núñez

 

HISTORIA DE LOS ESTRAGOS DE PESTILENCIAS Y CONTAGIOS EN LA CIUDAD MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO, EN EL SIGLO DE ORO

Desde la reconquista de Sevilla por el rey Fernando III, nuestra ciudad se convirtió en una plaza mercantil muy transitada, gracias al Guadalquivir. En la Edad Media comenzó a extenderse la peste negra principalmente por ciudades comerciales de Europa, consiguiendo matar a un porcentaje considerable de la población. Pero conforme pasaron los siglos, estas plagas fueron haciéndose más mortíferas. En 1649, cuando Sevilla era prácticamente la capital económica del mundo, estaba superpoblada y era un denso hormiguero de contactos humanos, la peste redujo el censo casi a la mitad (de 110.000 bajó a 70.000 habitantes), después de que los contagios se propagasen a una velocidad vertiginosa.

Fue una catástrofe humana mucho mayor que cualquier guerra. Era una enfermedad incurable y espantosa, con dolencias realmente horribles, que traía de inmediato la muerte. Quedaron desiertas las calles, sus tiendas y las casas de los muertos abandonadas, en las que robaban los ladrones.

Los grandes perdedores de la epidemia fueron los pobres. Tan horrendo drama era asumido como castigo divino: la «guerra de Dios Todopoderoso». Muchos siglos después, en 1894, un científico descubrió que el mortífero contagio provenía de las ratas negras, cuyas pulgas se volvían hambrientas cuando moría el roedor y saltaban a los humanos. Pero en la década de 1980, vino a rebatir la tesis un historiador que situó el origen epidémico en otro flanco muy distinto.

Sevilla apestada

Los documentos que se conservan de la época no hacen referencia, en ningún caso, a apariciones masivas de ratas muertas, por lo que la transmisión de la bacteria que había causado la muerte a tantas personas tuvo que producirse, principalmente, mediante la interacción de las personas.

En el caso de Sevilla, hemos reunido una documentación de archivo importante, correspondiente a brotes de plagas registrados durante las últimas décadas del siglo XVI, y muy especialmente en 1649.

También nos ha resultado de mucha ayuda la amplia labor de consulta bibliográfica efectuada por el historiador sevillano, Pedro Álvarez, documentalista de la serie «La Peste».

Escrutadas estas fuentes, podemos extraer, en consecuencia, que la enfermedad se ensañaba mayormente con la población más indefensa (como niños, mujeres o esclavos), y la más expuesta a contagios. Es decir, todo el personal sanitario (médicos, barberos, cirujanos, boticarios y sirvientes enfermeros), además de los clérigos. Los más pudientes huían de la ciudad y acampaban en residencias rurales, que eran para ellos refugios seguros. Pero la mayoría de la gente no tenía donde acudir.

Los únicos que permanecieron dentro eran los más desgraciados. Dentro de las murallas se quedaron abandonados muchos niños infectados, que llorando y desquiciados gritaban: «¡padre!, ¿por qué me abandonas?» Aquella gran peste sobrevino en las primeras semanas del mes de mayo de 1649. De inmediato, el Ayuntamiento hispalense creó una Junta de la Salud, que ordenó medidas preventivas y fórmulas de protección conocidas ya de siglos anteriores.

Curiosamente, muchas de las adoptadas ahora para frenar el coronavirus, son prácticamente las mismas de entonces. Resultaba crucial asilar a los portadores de la enfermedad

Medidas sanitarias

Esto es la cuarentena. Entre las medidas higiénicas ordenadas, a nivel colectivo, pueden resumirse en guardar y custodiar las puertas de la ciudad, que eran fortificadas con maderas, vigilancia de las afueras, limpieza general de las calles, plantas aromáticas para purificar el aire, pulverización de las casas, prohibición de comercializar mercancías, celebración de reuniones entre los médicos, agrupamiento de los contagiados en hospitales, sepultura a los muertos, quema de ropas, prohibición de aglomeraciones y cierre de locales públicos (comedias, teatros, escuelas), clausura de las casas de apestados.

Mientras que las seguidas de modo individual pueden sintetizarse en la huida o aislamiento, llevar un régimen de vida específico durante la crisis, adoptar una dieta alimenticia especial; restringir las relaciones sexuales, medicarse en caso de adquirir el contagio, portar amuletos y adquirir el particular certificado de salud.

No en vano, muchas de ellas se incumplían. Era el caso de las piadosas procesiones de rogativas que se organizaban de noche, espontáneamente, con el consiguiente enfado de los funcionarios.

Fueras de las murallas, se dispusieron varios lazaretos, como el hospital de la Sangre en la Macarena, hoy sede del Parlamento de Andalucía, o el de San Lázaro, acondicionado exclusivamente para acoger a mujeres contagiadas de la plaga.

En el de la Sangre ingresaron más de 25.000 enfermos, de los que fallecieron la gran mayoría. Muchos murieron en la puerta, en cuyas explanadas se dispuso un amplio hospital de campaña, tal como recrea la pintura que se conserva en el Pozo Santo.

Se autorizó la transformación de algunos corralones y otros grandes espacios para acoger «morberías», aisladas del resto de la población. En determinados enclaves se establecieron cordones sanitarios, quedando completamente apartados del resto.

El primero se organizó en Triana, junto al río, como arrabal por donde penetró el contagio desde los barcos mercantes. A aquellos lugares marginales, los diputados llevaban hombres, mujeres y niños ya sin remedio humano. En el frente del monasterio de la Cartuja murieron miles y miles de pestilentes. En la otra orilla del Guadalquivir, se cercaron lugares en los barrios de la Carretería, los Humeros y el Baratillo. No se podía circular libremente.

El núcleo urbano estaba acordonado por guardas, e incluso para entrar dentro tenía que hacerse por dos o tres puertas habilitadas al efecto. No paraban de enterrar cadáveres apestados. Se abrieron numerosos carneros, a modo de amplias fosas comunes, donde la mayoría de los cadáveres eran hacinados y enterrados, prácticamente a flor de suelo.

Sin funeral, misa, ni atención espiritual. Por las calles, deambulaban perros con pedazos de restos humanos en la boca. Muchos hombres masticaban tabaco con tal de disuadir el olor y el sabor amargo de la muerte.

En el centro urbano se dispusieron para fosas comunes el «corral de los Naranjos» de la catedral y el patio del Salvador, a los que había que sumar los otros 18 carneros excavados en los exteriores del hospital macareno. Pero fueron insuficientes.

Los diputados sanitarios mandaron hacer otros cementerios en el extrarradio, como los de la Huerta del Rey en San Bernardo, el Alto de Colón o de los Humeros, junto a la Puerta Real, Almensilla, Barqueta, cerca de San Sebastián (el Porvenir y Tablada), amén de los de las puertas de Osario, Triana y Macarena. Para enterrar los muertos, e incluso cuidar a los infectados, se protegían con tela gruesa de esterlín. Los médicos empleaban máscaras con picos de ave, como las que han pervivido en el carnaval de Venecia (en emulación de las actuales mascarillas), y así salían a recogerlos.

Quedaron prácticamente deshabitados en el amplio barrio macareno las collaciones de San Gil, Santa Lucía y Santa Marina, por cuyas calles apenas quedaron vecinos. Aquella purga desbocada de mediados del seiscientos no tuvo compasión. Pasó por aquí sembrando un miedo colectivo aterrador y llevándose, mayormente, decenas de millares de mujeres y niños. Y fue así, como quedó debilitado lo más tierno del alma humana de una de las primeras capitales del mundo: Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-coronavirus-historia-exterminio-sevilla-ciudad-mas-importante-mundo-siglo-202003290819_noticia.html

ROGATIVAS EN MORÓN A NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO EN EL SIGLO XVII

Según recoge Francisco Collantes de Terán y Caamaño en su Historia de Morón de la Frontera (escrita a fines del XIX y publicada en 1990), nos describe qué según Balbuena, la villa en 1670 contaba sobre tres mil vecinos, entre ellos quince de títulos de Castilla. Fue tal el refinamiento de los caballeros que ninguno tomaba esposa en el pueblo, sino que las habían de traer de fuera, y esto con tanto luego y ostentación que sus caudales no podían soportar los gastos que se le originaban, habiendo llegado a tal extremo esta manía, que ya en los últimos tiempos, no las iban a buscar, sino que las hacían traer a sus casas, en lo cual consistían el gran puesto de su caballería.

Estas calamidades, conllevó en ese mismo año, por falta de cosecha, las autoridades se vieron precisadas a poner una horca en la Plaza de la Carrera, para contener los desórdenes de la gente pobre que salían a robar el pan y los ganados de todas clases, pues llegó a valer la hogaza de pan cuatro reales siguiendo en aumento al precio del trigo. En el año 1679, se presentó una buena cosecha, pero una lluvia que cayó a mediados de junio, seguida de un sol abrasador hizo que se perdiera todo, quedando los trigos negros prolongándose la falta de pan al año siguiente, en el cual los pobres atropellaban las casas buscando de comer y para contenerlos, así como para remediar tan extrema necesidad, acordaron las autoridades nombrar diputaciones que pidiesen por todas partes dinero, trigo, frutos y efectos, y en un depósito que se estableció en la calle del Recaudador, se empezó a distribuir socorros el día 17 de mayo habiendo acudido en este día 1899 vecinos.

Ya en el año 1680, ante la necesidad y sin llover, comienzan las rogativas a la Iglesia, realizándose una novena a Nuestra Señora del Rosario, que se concluyó el 24 de marzo, y no cayó ni una gota de agua. Entonces el Señor Vicario “…Mañana es día de la Encarnación del Hijo de Dios prevénganse todos confesados y comulgando, ayunen a pan y agua, y a la tarde haremos una procesión, iremos por Nuestro Padre Jesús Nazareno y lo traeremos a la Parroquia, mediante estas diligencias usará Dios de su misericordia…”

Llegó la tarde deseada, el Sr. Vicario al clero, se encerraron en la Sacristía, se descalzaron todos de pies y manos, pusieron sogas al cuello y con sólo la sotana tomó cada uno su cruz sobre sus hombros y empezó a salir la procesión con gentío, todos vestidos de negro, los vecinos los vieron de esta manera que empezaron a dar gritos, retirándose para no ver a su sacerdote en aquella disposición. Siguió la procesión por la calle del Pósito para llegar a la Fuensanta, entonces cuatro sacerdotes que iban sin cruces tomaron a Jesús y lo sacaron de la ermita.

Caminó la procesión hasta la Plaza del Cabildo, en onde esperaba la Virgen del Rosario: “Señora, ahí tenéis a vuestro Santísimo Hijo, suplicadle que nos envíe el agua”, y al momento comenzó a nublarse el cielo y a caer algunas gotas; llegaron a la Parroquia y enseguida subió al pulpito un sacerdote religioso de San Francisco, que predicó un elocuente sermón, y cuando concluyó no se podía salir de la Iglesia, por lo mucho que llovía. Continuó después lloviendo por espacio de trece días, hubo absolución general y se cantó, el “Te Deum”.

Imagen de la bendición del actual titular en el año 1940, procedente de la colección local de la sección de fotografías de la B.P.M. Morón de la Frontera.

Manuel Jesús García Amador

LA EPIDEMIA DE TERCIANAS QUE ASOLÓ A CAÑADA ROSAL, EL CAMPILLO Y LA LUISIANA EN 1769-1770

TODO UN EJEMPLO DE RESISTENCIA Y HEROICIDAD COLONA
Por José Antonio Fílter Rodríguez

Poco pudieron disfrutar los colonos llegados a esta colonia de La Luisiana de “aquel jardín verde, de aquella constante primavera donde florecen los árboles, en todas las épocas del año, y no puede verse nunca la nieve” descrito en los panfletos y proclamas del aventurero y contratista Thürriegel[1].

No empezó el verano del año de 1769 a asomarse cuando ya comenzó a cobrarse las primeras víctimas la epidemia de fiebres tercianas y obstrucciones de vientre que tuvo lugar en las colonias, especialmente en La Luisiana, El Campillo y Cañada Rosal  Esta virulenta epidemia que acabó casi con la población y se temió se paralizase por completo, se produjo por las condiciones tan deplorables en que se encontraban los colonos, viviendo amontonados en barracas, sin unas condiciones higiénicas-sanitarias mínimas y por las duras condiciones climáticas que tuvieron que soportar.

Acostumbrados al clima de sus países, se encuentran con un sol que quema y un verano riguroso, añadido al fuerte trabajo de desmonte, podemos hacernos idea de la situación que tenían que superar para poder sobrevivir; lo que muchos no pudieron resistir. Muchos de los que habían buscado el “puerto de felicidad” o el soñado paraíso de las proclamas de Thürriegel se encontraron con la muerte en una tierra lejana y desconocida.

En pleno verano, la epidemia se cobra el mayor número de muertes, por lo que la situación se considera alarmante.

Estando el inspector de las colonias Pérez Valiente en Écija, en visita de su cargo, recibió de un carpintero de La Luisiana la noticia sobre el número de muertos que se estaban dando en esta colonia, señalando el carpintero que “había tantos que no caben en el Campo Santo[2].

Rápidamente el Sr. Valiente pidió información al oficial de suizos Carlos Yann y a don Ceferino Ximénez, director de La Luisiana. Estos no informaron verazmente, ocultando la realidad y quitando importancia a la epidemia. Negaron que hubiera tantas muertes, dando como datos que en dos meses solo se habían producido cuatro muertes de personas mayores en La Luisiana y de niños. Carlos Yann dijo que habían muerto unos 60, mientras que Ceferino Ximénez aseguró que unos 30 más o menos. Sin embargo coincidieron los dos en decir que había bastantes enfermos de tercianas y melancolía.

El 28 de julio de 1769 mandó el Sr. Valiente a un médico de Écija,  José Delgado, para que realizara una visita a toda la población y diese un informe del estado de la colonia. Estuvo dos días y el 30 del mismo mes dio un informe del número de enfermos, enfermedades que padecían, causas y los más inmediatos remedios. Señaló que eran tercianas y obstrucciones de vientre con grandes dolores de estómago. Había gran cantidad de personas infectadas y necesitaban asistencia médica. Coincidió en todo con don Sebastián Kelnes, cirujano de La Luisiana, quién expuso que ante el gran número de enfermos y contando además con que están muy dispersos en el terreno, necesitaba a personas que le ayudaran en su tarea. También pidió que se le aumentase el sueldo por el exceso de trabajo[3]. Con fecha de 3 de agosto de 1769 el Sr. Valiente, ante la propuesta de Kelnes, nombra al médico don José Delgado para que todas las semanas visitase una vez a los enfermos de La Luisiana y otro día a los de Fuente Palmera. El médico se puso en contacto con los directores de La Luisiana y Fuente Palmera para aunar esfuerzos dirigidos para atajar el mal. Se le fijó al Sr. Delgado, para cada uno de estos viajes, un sueldo de 16 pesos de quince reales. Serían ocho viajes al mes, por lo que percibiría 128 pesos mensuales; además se le pagaron 120 rs. de vellón por el primer viaje que hizo con carácter de información. El tiempo de duración del contrato fue fijado para todo el verano y otoño hasta que cesaran las enfermedades.

A  Sebastián Kelnes se le aumentó el sueldo a 12 reales de vellón en lugar de los 8 que antes cobraba; se le dio una casa en La Luisiana, donde podía descansar y a la vez se pretendía instalar en ella una botica; para realizar los viajes se le proveyó de una caballería. Para ayudarle a sangrar y atender a los enfermos se nombró a Vicente Vázquez y Antonio González, que estarían bajo su dirección. A éstos se les pagarían 8 reales al día y cesarían en su trabajo en el momento que cesaran las enfermedades.

Las normas que dictó Pérez Valiente y que comunicó a Quintanilla para que las llevara a cabo fueron[4]:

a) Cubrir con madera la fuente de La Luisiana que antes estaba al descubierto. Darle corriente y ponerle uno o varios caños donde pudieran los colonos tomar agua limpia para beber y utilizar la que sobrara para lavar, evitando así que se lavasen allí mismo y la contaminasen, pues el cirujano pensaba que esto era lo que había provocado las obstrucciones.

b) Velar por la calidad del pan porque se había dado varios casos en que el pan era de mala calidad y olor, debido a la harina impura y la mala cochura.

c) Para impedir el mal olor y acelerar la corrupción de los cadáveres, se hicieron las fosas de más de dos varas de profundidad, echando sobre cada cadáver tres o cuatro espuertas de cal viva.

d) Que los enfermos que no pudieran curarse en sus casas o chozas, ni en los hospitales provisionalmente instalados en La Luisiana y Fuente Palmera -el de La Luisiana se llamó Juan Bautista Alvitt- se conducirían, según el dictamen del médico y con la mayor comodidad posible, a los Hospitales de San Sebastián o San Juan de Dios en Écija.

Muchos colonos enfermos tuvieron que ser alojados en la parte alta de las viviendas de la plaza de España de Écija o “Salón” como popularmente se le conoce en la zona conocida como “El Barco”, anexo a la iglesia de San Francisco.

Valiente informó al secretario del Rey sobre las medidas tomadas y éste, con fecha 17 de agosto de 1769, recibió un escrito firmado en San Ildefonso, en que se le comunicaba que se le había informado al Rey de las decisiones tomadas por éste para remediar las enfermedades, considerando S.M. muy propia de su celo las disposiciones adoptadas, pero que S.M. estaba persuadido de que en observancia de lo resuelto por el Consejo, se debía hallar de vuelta en Madrid y Olavide reintegrarse a la Superintendencia.

En el Archivo Parroquial de La Luisiana hemos encontrado en los libros de defunciones, la negra lista de colonos extranjeros muertos a causa de la voraz epidemia. Firma las partidas el cura de La Luisiana, Pedro Jerónimo de Arbizú, aunque también aparecen algunas firmadas por el segundo capellán Manuel de Acosta y Vargas.

Dada la importancia que tiene esta epidemia y su influencia en la vida de las colonias, hemos realizado un estudio detallado de las defunciones producidas en el primer año de existencia de estas poblaciones.

El número total de personas fallecidas desde mayo de 1769 hasta abril del siguiente año, incluyendo ambos meses, asciende a 361. De estas, 220 son consideradas en el estadillo como mayores (más de 7 años) y 141 como párvulos (menos de 7 años).

Dentro del número total de fallecidos sólo figura un español, los demás son todos extranjeros. Es a partir de mayo-junio del año 1770 cuando se asientan partidas de defunciones con nombres de colonos españoles, sobre todo valencianos.

Este elevado número de muertes nos hace pensar que la epidemia se llevó consigo la mayor parte de la población extranjera. Ojeando las siguientes partidas registradas en posteriores años observamos que pocos colonos extranjeros aparecen. Incluso nos atrevemos a afirmar que fueron muchas las familias extranjeras que desaparecieron en su totalidad. Esta hipótesis se deduce, por un lado, por el parentesco que señalan las partidas y por otro por los apellidos extranjeros que hoy quedan en estos pueblos. De un total de 123 familias que señala el Estado General de la Nuevas Poblaciones de Andalucía del mes de octubre de 1769, hoy en estos municipios sólo se conservan una decena de apellidos extranjeros.

Analizando el estadillo de defunciones producidas en este primer año de existencia de La Luisiana y sus núcleos, observamos lo siguiente:

  • La media de muertes por meses se cifra en 30, por lo que son los meses de Julio, agosto, septiembre, octubre y Noviembre de 1769 los que sobrepasan la media. En concreto, desde que comienzan las fuertes calores hasta que empiezan a aparecer los primeros fríos y las primeras aguas.
  • El mes que registró más defunciones fue el de septiembre con 77 fallecimientos, siguiéndole octubre y agosto respectivamente.
  • Los meses que están por debajo de la media/mes son: mayo, junio, diciembre, enero, febrero, marzo, y abril, siendo estos tres últimos los que menor número de defunciones registraron.

Los meses que superaron el número de párvulos fallecidos a los de mayores fueron mayo, junio y julio.

  • Los días que se registran mayor número de muertes fueron el día 13 de septiembre y 28 de octubre, siendo el número diario de 9.

Sobre el resumen que presentamos, extraído de las relaciones de personas mayores fallecidas que también acompañamos, sacamos  las siguientes conclusiones:

  • La nacionalidad de los fallecidos no aparece en la mayoría de las partidas. Sólo encontramos anotadas la nacionalidad de 6 personas francesas, 2 alemanas y 6 italianas.
  • En el estado de colonos fallecidos predominan las personas solteras (98), lo que supone el 44,5% del total. Le siguen los casados con 85 individuos, lo que supone el 38,6% y en último lugar los viudos que suman 32, lo que representa el 14,5%.
  • En la edad reflejamos no sólo los considerados mayores sino toda la población, encontrándose en primer lugar los menores de siete años que suman un total de 141, representando el 39,3%. A continuación le siguen las edades comprendidas entre los 26 y 35 años, siendo la cifra de 53, lo que supone el 14,5%. El menor número lo engloban las personas mayores de 46 años, registrándose a partir de los 65 años sólo 2 fallecimientos, lo que representa el 1%. De ello deducimos que la mayor parte de los colonos muertos sólo alcanzaron la edad de 45 años, siendo muy pocos los que sobrepasaron esta cifra.
  • Con respecto a la situación de los individuos, lo englobamos en colonos y agregados. En la mayor parte de las partidas no se especifica su situación.
  • En cuanto a los que recibieron los sacramentos de la penitencia, eucaristía y algunos extremaunción, se recoge que la mayoría (151) recibieron estos sacramentos en su último momento, lo que supone el 68,6% muriendo la mayoría de éstos en el hospital montado para tratar a los enfermos. No recibieron ningún sacramento 69 individuos (31,4%). Consideramos que éstos no fueron atendidos pastoralmente en su último momento, bien porque murieron de repente como se señala en las partidas, o bien porque murieron en sus barracas, no pudiéndose trasladar el cura para administrar los sacramentos.
  • Referente a la consideración de pobre de solemnidad, figuran como talla mayoría de ellos, 161 en total, representando el 73,2%. De ello se deduce la situación económica que atravesaban los colonos de esta zona en sus comienzos. Frente a éstos, sólo 59 individuos no reciben este título, lo que supone el 26,8%.

Podríamos continuar profundizando en el estudio de las frías cifras de mortandad que ocasionó esta epidemia que tantos estragos hizo en estos núcleos de La Luisiana, El Campillo, Los Motillos y Cañada Rosal;  pero consideramos que con lo anterior es más que suficiente para hacernos una idea de ello.

Lo que sí es cierto es que el espectáculo no podía ser más dantesco, al llegar a afirmar el propio Pablo de Olavide que es

tal el fetor y hediondez que infecta el lugar que los que estamos aquí no podemos tolerar”. (…) Yo me he consternado en este espectáculo y me aflige…

Los remedios, a pesar de las medidas tomadas, eran escasos y poco más se pudo hacer. Así lo afirma Olavide en su informe diciendo:

Lo más triste es que siendo tantos enfermos no hay ningunos medios tomados para su alivio y curación (…)”. “No hay tiempo para tomar disposiciones sólidas que no cuesten riesgo” “(…) no hay fuerza humana que pueda remediar esto en el momento[5].

La única esperanza que sostenía Olavide era esperar a que pasaran los meses más fuertes de calor y aguardar a que llegaran las primeras aguas, lo que junto a la providencia era lo único en lo que se podía confiar.

ESTADILLO      DEFUNCIONES PRODUCIDAS EN EL PRIMER AÑO DE EXISTENCIA DE LA COLONIA (Mayo 1769-70)

 Meses            Defunciones      Mayores         Párvulos       Extranjeros     Españoles

 

Mayo                     10                   –                   10                      10                    –

Junio                      11                   1                   10                      11                    –

Julio                       37                12                   25                      37                    –

Agosto                    61                34                   27                      61                    –

Septiembre             77                41                   36                      77                    –

Octubre                   65               46                   19                      65                    –

Noviembre              37                34                      3                      37                    –

Diciembre               28                21                      7                      27                     1

Enero                      20                17                      3                     20                     –

Febrero                    6                   5                      1                       6                     –

Marzo                       4                   4                      –                       4                     –

Abril                         5                   5                      –                       5                     –

TOTALES                 361               220                   141                   360                     1

 

RESUMEN

EDADES DE LAS PERSONAS FALLECIDAS (Mayo 1.769-70)

                                                        Núm.                  %

Hasta 7 años                                    141                   39,3

De 8 a 15 años ……………………            49                 13,5

De 16 a 25 años ………………….            38                 10,5

De 26 a 35 años ………………….            53                 14,5

De 36 a 45 años ………………….            40                 11,3

De 46 a 55 años ………………….            13                   4

De 56 a 65 años ………………….             8                   2,5

Más de 65 años …………………..             2                   1

No figura ……………………………           11                   3,4

ESTADO COLONOS FALLECIDOS (Excluidos Párvulos)

                                   Núm.                  %

 

Solteros                      98                    44,5

Casados                     85                    38,6

Viudos                        32                    14,5

No figura                      5                      2,4

 

RECIBIERON SACRAMENTOS DE LA PENITENCIA, EUCARISTÍA Y EXTREMAUCIÓN (excluidos párvulos)

                        Núm.                 %

 

SÍ                    151                  68,6

NO                   69                  31,4

 

FIGURAN COMO POBRES DE SOLEMNIDAD (excluidos párvulos)

                       Núm.                  %

SI                    161                  73,2

NO                   59                  26,8     [6]

 

A finales de agosto de 1769 volvió Pablo de Olavide a las Nuevas Poblaciones de Andalucía, después de la inspección realizada por el visitador Pérez Valiente. Estando concretamente en La Luisiana, cuyo estado deplorable le causó bastante impresión, describió en unas hojas, que hemos encontrado de su propia mano, así la situación:

“No he podido ver sin mucho dolor el deplorable estado en la que la he encontrado.

Dejé esta población en el mes de abril y desde entonces acá no solo no se ha puesto un ladrillo más en las obras sino que está todo revuelto y desordenado, siéndome muy doloroso se haya perdido un verano entero, que es el único tiempo oportuno para las obras y que no puede ya repararse por la inmediación del invierno.

 Familias que dejé colocadas en sus tierras que para que trabajasen en ellas, han sido pasadas a La Luisiana por orden del visitador, estando deportadas hasta tanto decidiese otro paraje a donde transferirlos.

 Mi Subdelegado Gral. le hizo ver los inestimables perjuicios que habían de resultar de esta providencia. Y en efecto no era difícil comprender que fuera de perjuicio tener tanta gente ociosa comiendo inútilmente el pan y prest que les da S.M. perdiendo el tiempo y acostumbrándose a la embriaguez.

 Muchas gentes viven en barracones de madera, sin más defensa en el techo que una tabla, se caldean mucho con las fuertes calores de Andalucía, exponiéndose a estas gentes a padecer mucho en su salud. Por eso todo mi deseo era adelantar la fábrica de casas este verano pasado y estuviesen a cubierto pues se observa que las que viven en ellas padecen menos o casi nada. Y ya que no era posible hacerlas todas a un tiempo, porque para esto no hay ni manos ni materiales, por lo menos cada familia viviese en su tierra haciendo una barraca en ella con lo que no solo conseguía estuviese apto vecino y como obligado al trabajo, sino que conservaba mejor su salud viviendo cada familia separada con mayor ventilación y en barracas cubiertas de palmas y demás ramas que cubren mejor del sol y donde pueden habitar con más aseo, no en los impracticables barracones de tablas que se orugan por centenares de personas todos revueltos y estando unidos los grandes con los chicos, los sanos con los enfermos, expuestos a la inmundicia, al desorden y al contagio.

 Pero parece que el Sr. Valiente no tuvo a bien acceder a las representas de mi Subdelegado. Yo he encontrado en esta población cerca ya de mil personas, pero todas revueltas en sus infelices barracones de tablas hechos con triste objeto para la humanidad. Los calores del verano han alterado la salud de estas gentes no acostumbradas a ellos, y viviendo unos encima de otros. Empezaron a enfermar y no bastando para poner a cubierto los enfermos pues hoy pasan de 200, en las casas que se habían construido en el lugar, ha sido preciso dejarlos en los mismos barracones de tablas revueltos con los sanos, propagándose por momentos un contagio que pudiera ser general con fatales consecuencias para toda la providencia, diciéndome el cirujano de la población que se trata de una epidemia declarada de fiebres inflamatorias.

 En efecto, es tal el fetor y hediondez que infecta el lugar que los que estamos aquí no podemos tolerar.

 Lo más triste es que siendo tantos enfermos no hay ningunos medios tomados para su alivio y curación. Como yo no dejé más que un pequeño número de familias no puse más que los socorros proporcionados a ellas. Pues éstos se aumentan a medida que el número de colonos lo va exigiendo. Así solo les tenía puesto un cirujano con una botica manual y una docena de camas prevenidas que es lo que prudentemente podía necesitar por entonces aquella gente. Pero yo he encontrado aumentado el número de colonos hasta cerca de mil y ningún medio de socorrerlos sino los que dejé y llevo indicados; ni se me ha informado de que el Sr. Visitador haya dado otra disposición en su alivio sino mandar un médico de Écija al que se señaló sueldo por verlos una vez cada semana y que fuesen tres sangradores por instancia que le hizo aquel cirujano.

 Yo me he consternado mucho en este espectáculo y me aflige tan más viendo que en el día no es fácil el remedio. Pues todo el estrecho que queda que pasar a este mes de Septiembre en que son más comunes y peligrosas las enfermedades y no hay tiempo para tomar disposiciones sólidas que no cuesten riesgo.

 Llevar los enfermos a Écija, que es la ciudad más inmediata, para que se curen allí tiene el inconveniente de la distancia de más de tres leguas en que es fuerza sufran mucho los enfermos fuera de los padres, maridos e hijos, no viendo ellos bien que se le quiten las personas que quieren. Y en efecto, habiéndolo propuesto a muchos colonos me han hecho conocer con disgustos su repugnancia.

 Pero lo que más me ha detenido tomar este partido es que habiendo mandado otra vez al Contador Principal de estas poblaciones que don Miguel Ondeano fuese a reconocer el Colegio de los Jesuitas de Écija para ver si allí se podría hacer un hospital. El Alcalde Mayor de aquella ciudad le declaró que si intentaba hacerlo la ciudad haría una formal oposición. Y como ya conozco por experiencia la mala disposición de aquellos capitulares, la nula deferencia con los que les sirve el Alcalde Mayor y el poco respeto con que todos miran mis órdenes, no he querido perder el tiempo en ineptas, sino aprovecharlo en alivio de los enfermos.

 Con esta idea y no hallándose aquí con oficial ninguno porque todas las obras estaban paradas, he despachado propios a Fuentes, Carmona y Sevilla pidiendo albañiles y carpinteros a todo precio. Y respecto de que la Iglesia del lugar no le falta otra cosa que cubrirla y que no tiene inconveniente de poner en ella los enfermos, como las paredes están secas pues se concluyeron en el pasado abril, he mandado que a todas manos se pongan a ponerle el cubierto trabajando por tandas de día y de noche y me han ofrecido que dentro de ocho días estará cubierta.

 Al mismo tiempo he mandado construir en medio del campo y con bastante ventilación un barracón de madera que está acabándose, pero cubierto de teja con el fin de que la Iglesia sirva para Hospital de hombres y éste para mujeres.

 He dado disposición para que inmediatamente se me transporten de la Provincia 200 camas de tablas con jirones. He mandado hacer las correspondientes sábanas y almohadas. He llamado a un médico, he pedido una botica con un boticario. He hecho hacer todos los útiles para enfermos y he dado por fin todas las disposiciones convenientes para que se forme un Hospital en forma como corresponde ya al aumento de esta colonia.

 Bien quisiera ponerla también en el orden porque en el desvaralo en que está hoy es imposible sujetarla a reglas. No solo veo con dolor que tanta gente esté ociosa perdiendo el tiempo imposibilitándose el sembrar este año y acostumbrándose a la ociosidad y embriaguez, sino que ni el mismo pan y prest se les puede suministrar con la debida cuenta y razón, pues como están amontonados y nadie los conoce por no tener jefe inmediato que los cuide, unos mueren sin que se sepa y otros se van sin que se note.

 Pero no hay fuerza humana que pueda remediar esto en el momento a causa de las muchas enfermedades que padecen. Todo el orden y arreglo de estas colonias depende de las decisiones de las familias, de su colocación en sus tierras y de la Subdelegación con que un número determinado de ellas con distinciones de nombre, de sexos y edades se pone al cuidado inmediato de un Inspector que, viendo entre ellos y visitándolo diariamente, avise todas las novedades de alta y baja de que se dé noticia para su gobierno a los oficios de cuenta y razón. Pero es imposible practicar ahora que todos están desalentados y las mismas familias desencuadernadas, pues en una están enfermos los padres, en otras las madres y en esta situación siendo tanto el número de enfermos es imposible establecerlas.

 No hay pues por ahora otro remedio que esperar a que pase este mes que es el más funesto para la salud. Aguardar las primeras aguas del otoño que es con lo que por lo ordinario se calman las enfermedades y sufrir que esta colonia corra otro mes más con el mismo desorden que ha padecido los pasados. Entretanto, procurar disipar el contagio que se iba propagando, cuidar de que los enfermos se restablezcan y esperar a que Dios nos envíe mejores tiempos para ponerla entonces en el debido orden.

 Yo quisiera poder estar aquí para hacerlo todo, pero me llama la atención las demás poblaciones, principalmente La Carlota, que es la capital, y adonde tengo noticia que el Sr. Valiente mandó poner los colonos que llegaron a ella amontonados también en barracones. Lo que no puede dejar de haber producido los mismos malos efectos. Así he resuelto trasladarme allá mañana dejando a bien las disposiciones referidas encargadas a personas de confianza, sobre todo a D. Manuel de Medina, sujeto de talento y probidad que está graduado de teniente coronel y a quien he nombrado director de aquella población con fundada esperanza de que la dirija bien.

 Ya se deja entender que este estado de cosas aumentará mucho el tiempo y el gasto que se necesitan para concluir las colonias. Ya no es posible sembrar este año, ni los colonos han barbechado sus tierras, ni los nuevos las han desmontado, ni es posible que lo hagan ahora por lo avanzado del tiempo y estado de su salud. Los gastos también es preciso que crezcan no solo por las forzadas y tumultuarias disposiciones que no es preciso tomar sino porque, retardándose con la siembra, la cosecha no es posible hasta que la tengan los colonos y que el Rey salga al paso del gravamen de su manutención.

 Yo debo exponerlo todo al Consejo con sinceridad para que nunca se me imputen los atrasos y consecución que preveo y para que, hecho cargo de la verdadera situación de estas colonias, considere si será conveniente para recobrarlas ponerlas en manos mejores que las mías. Yo sé que emplearé por mejorarlas si fuese menester hasta la última gota de mi sangre, pero para obras de esta importancia que han padecido tan terrible descalabro no basta el celo, es menester talento y autoridad. La mía está decaída y le confieso que el espectáculo de esta triste población me ha dejado tan desconsolado como abatido”[7].

El documento refleja, con inusitado detalle, la situación trágica y dramática de La Luisiana. El Campillo y Cañada Rosal en sus comienzos. Este no puede ser más clarificador, puesto que en boca del propio Olavide se describe una situación y un panorama en el que el comentario sobra.

Pero los colonos y colonas fueron capaces de resistir  y sobrevivieron a la epidemia en unas ínfimas condiciones de vida. Ellos resistieron y ganaron la batalla. Lucharon ante la adversidad y su heroicidad les hizo seguir mirando al futuro con esperanza. Su entrega, tesón y lucha no fue baldía. Doscientos cincuenta años después nuestros pueblos y nuestras gentes son el mejor testimonio de ello[8].

[1] WEISS, JOSEPH. La colonia alemana en Sierra Morena …

[2] AHN. Sección Gobernación. Legajo núm. 328.

[3] Ibidem

[4] Ibidem

[5] AGS. Sección de Hacienda. Legajo 498.

[6] Para conocer la relación completa de colonos fallecidos en el primer año de la creación de estas colonias  consultar FÍLTER RODRÍGUEZ, J.A. “Carlos III y las Nuevas Poblaciones” (págs. 213-220)  y Las colonias sevillanas de la ilustración (págs. 116-127) .

[7] AGS. Sección de Hacienda. Legajo 498.

[8]  FÍLTER RODRÍGUEZ, JOSÉ ANTONIO. Inmigrantes centroeuropeos en la Andalucía del siglo XVIII. Ayuntamiento de Cañada Rosal y La Luisiana. 620 pgs.

Con la colaboración de Diputación Provincial de Sevilla.

ISBN: 978-84-697-6468-8 (rústica)

 

LOS BARREOS DE LA VILLA DE FUENTES PARA PREVENIR LAS EPIDEMIAS EN EL SIGLO XVII

Estos días de confinamiento mucho se habla ineludiblemente del coronavirus, pero a lo largo de la historia otras pandemias marcaron la vida de la población mundial. Las infecciones y las epidemias ya eran la principal causa de mortalidad cuando el homo sapiens vivía en las cavernas hace decenas de miles de años. Y ahora que resurge de nuevo ese temor ancestral al contagio, en una sociedad que creía haber alejado esas amenazas gracias al avance del conocimiento, podemos remontarnos al pasado y narrar las medidas que los pueblos ponían en marcha para su protección.

A lo largo de la historia ciudades y pueblos han contado con murallas y cercas, unas tenían fines defensivos y otras servían para control fiscal y sanitario. De este modo, y gracias a diversas citas localizadas en los archivos municipal y parroquial, podemos traer a colación diversos barreos que a finales del siglo XVI y durante la centuria del XVII se hicieron en la villa de Fuentes, situada a escasas leguas de los notables núcleos poblacionales de Carmona y Écija, en el viejo reino de Sevilla.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el término barrear, hoy en desuso, significa «cerrar, fortificar con maderos o fajinas un sitio abierto», y en la Edad Media simplemente cercar o amurallar [1].

Con esta práctica, y ante males tan contagiosos, los pueblos se intentaban librar de las epidemias protegiendo a sus habitantes con el aislamiento de los mismos, controlando el acceso a los núcleos de población y cerrando todas sus puertas, salvo una o dos por las que se tenían que acceder forzosamente bajo estricto control. También, debido al alto componente religioso de la época, las poblaciones se acogían a la protección de un determinado santo, y que en el caso particular de Fuentes, fue San Sebastián.

A lo largo de los siglos XVI y XVII la peste fue la pandemia crónica que más afectó ineludiblemente a Fuentes y su comarca, y son diversos los registros documentales que dan testimonio de ellos, así como de los consiguientes barreos llevados a cabo por iniciativa del propio cabildo municipal.

El profesor Cerro Ramírez, en su libro «La villa de Fuentes. 1578-1800» cita cómo en las décadas finales del siglo XVI y durante el siglo XVII «Fuentes, al ser una pequeña población con escaso número de habitantes […] y estar aislado de otros núcleos de población importante, se fue librando de las sucesivas pandemias. La forma más común para evitar el contagio era declarar la villa en cuarentena y aislarla de la presencia de posibles portadores de la enfermedad, procedentes de lugares que estuvieran infectados por tan terrible mal» [2].

El primer cercado de la villa del que se tiene conocimiento se remonta a 1583. En el cabildo celebrado por el Concejo, Justicia y Regimiento de la villa el 2 de marzo de este año se acordó –ante la amenaza de la peste– el barreo del núcleo de Fuentes, dejando solo abiertas las puertas de Marchena –en la parte baja de la Barrera de Palacio, hoy plaza de España– y la del Monte –al final de la calle Carrera–, siguiendo el ejemplo de otras localidades del entorno geográfico.

«[…] En este Cabildo el dicho señor Alcalde, Cristóbal Gómez Tortolero propuso que ya que a sus mercedes es notorio como la ciudad de Écija, villa de Carmona, Marchena, Osuna y otros lugares de esta comarca se han barreado y van barreando con toda diligencia para guardarse de la peste que se dice andar en muchas partes de esta Andalucía, de manera que por la misma causa conviene asimismo que esta dicha villa se guarde y barree porque no haciéndolo se les impedirá a los vecinos de esta dicha villa la entrada, trato y comunicación con las demás partes que se guardan y que están declaradas. Una de las cuales es la ciudad de Sevilla, de donde tanto daño se seguirá a los dichos vecinos de esta dicha villa si no entrasen y tratasen en ella.

Que sus mercedes provean lo que convenga y debiéndose barrear de adonde se proveerá el dinero para ello.

[…] Asimismo que solamente queden dos puertas: la una, la puerta de Marchena, otra a la puerta del Monte que es al fin de la Carrera. Y que se tenga cuidad de enviar a la dicha ciudad de Écija por razón de los lugares de que se guarda» [3].

Hemos de tener en cuenta que durante centurias Fuentes se encontraba en la línea de paso para comunicar Sevilla con Córdoba. Si durante quince siglos la Vía Augusta había sido la principal vía de comunicación, que viene a coincidir con el actual trazado de autovía del Sur (A-4), es en la primera mitad del siglo XVI cuando, por primera vez, aparece documentalmente un nuevo trazado que influiría considerablemente en el desarrollo y auge de la naciente villa de Fuentes y que sería conocido como Carril o Ruta de la Lana. La significativa localización geográfica como punto de paso en una importante vía de comunicación, provocó que Fuentes recibiera importantes personalidades históricas de la época y se convirtiera en lugar de paso obligado, que por el contrario no era nada beneficioso en épocas de epidemias.

Fernando Colón, hijo del descubridor, realizó en torno a 1517 un conjunto de noticias geográficas que darían lugar a su obra «Descripción y Cosmografía de España». En ella aparecían dos caminos para unir Sevilla y Córdoba con Toledo, Madrid y Alcalá de Henares, en el centro de la Península, recogiendo dos trazados para desplazarse entre Córdoba y Sevillla: uno por la margen derecha del Guadalquivir, y otro por Guadalcázar, Écija, Fuentes, Carmona y Sevilla, atravesando la villa fontaniega a través de la entonces calle Mayor.

Es también en la centuria del XVI cuando aparecen los primeros repertorios de caminos, posiblemente las primeras publicaciones europeas con carácter utilitario, a modo de guías de viaje, que aportaban valiosa información sobre los caminos existentes y su estado de conservación.

De este modo surgen los trabajos de Pero Juan Villuga en 1546 y Alonso Meneses en 1576. Ambos recogen el camino para ir de Sevilla a Córdoba que pasaba por Fuentes y que ya citara Colón, añadiendo los lugares geográficos de la Venta del Alvar, entre Carmona y Fuentes, y la Venta del Palmar, entre Fuentes y Écija.

Estos itinerarios se consideraban los más rápidos para los desplazamientos y eran los que probablemente se encontraban en mejores condiciones, pero a la vez, por la actividad en el paso de diligencias, caminantes y viajeros, convertían a los núcleos de paso en lugares más propicios para la expansión de epidemias y otras enfermedades contagiosas.

En 1727, Pedro Pontón sigue localizando a Fuentes como lugar de paso obligado en el camino de Madrid a Sevilla [4].

Retomando la cuestión que nos ocupa, en el cabildo celebrado el 9 de junio de 1599 [5] se volvieron a adoptar medidas para barrear la villa y librarla de la epidemia vigente, y dos años más tardes, el 19 de marzo de 1601 [6], se tomaron nuevas acciones de cercado a consecuencia de la epidemia. Ante la magnitud de la enfermedad, en el Cabildo del 27 de mayo de 1601 «se trató como respecto de que cada día va en aumento las enfermedades del hambre que por los lugares comarcanos crece, se mandó cerrar las puertas de límite y que sólo se sirviese esta villa por la Puerta del Monte y que en ella guardasen personas responsables y de confianza que pudiesen despachar entre muros y lo demás que se le ofreciese». […] «los vecinos que fuesen señalados por guardas para la dicha puerta del monte, el uno de ellos ha de tener la llave y a las 3 de la mañana ha de abrir y estar advertido el día sin que ninguno falte salvo a horas de comer yendo uno y quedando otro» [7].

Décadas más tarde, en el cabildo acontecido el 3 de junio de 1637 [8], se encomendó a los regidores Pascual García Pilares y Francisco Martín de Góngora que se personaran en los lugares de la comarca con presencia de epidemia de peste, para conocer de primera mano la situación a la hora de adoptar las medidas pertinentes en la villa de Fuentes. De tal magnitud era la epidemia que días más tarde, en cabildo convocado para el 23 de junio, los presentes determinaron barrear la villa para guardarla de la peste.

Pero las epidemias no cesaban, y en 1649 amenazó de nuevo estos lares de la campiña sevillana. En cabildo del 6 de enero se acordó acometer el barreo de la villa «para evitar contagio de enfermedades» [9], de la misma forma que lo estaban haciendo otros núcleos cercanos.

Ante el temporal de invierno, que había dañado considerablemente las cercas, en abril se acordó el reparo de las cercas y portillos que servían para proteger la villa. Durante el periodo de tiempo que la epidemia estuvo vigente, el acceso a la población era controlado por cuatro aguaciles, a los que, en cumplimiento de lo dictado en el cabildo de 12 de julio de 1649 [10], se le otorgaron 40 reales a cada uno por su diligencia en la vigilancia de las puertas y otros actos relativos a evitar el contagio de la peste.

La epidemia no remitía, y un nuevo brote se expandió por la zona, por lo que en enero de 1650 se toma la decisión de cerrar la Puerta del Monte y que sólo quede abierta la de Marchena, con los guardas pertinentes [11]. De tal magnitud fue la epidemia que el cabildo prosiguió tomando medidas en los meses siguientes, como consta en las actas de los cabildos de 24 de abril y 1 de mayo.

Casi un siglo después del primer barreo documentado de 1583, en el verano de 1679 se llevó de nuevo a cabo esta práctica en la villa de Fuentes, según unas notas aparecidas al final del libro de colecturía de la Iglesia Parroquial que da comienzo en el año 1711 [12].

«Cuando se hallavan los Pueblos sincumbezinos con la calamidad de la peste…» […] «…se Barreo esta villa teniendo en cada puerta un diputado con sus guardas para que no entrase ningun transitante». Parece ser que el 27 de agosto de 1679, habiendo sido «Dios servido de precabidad de tal conatgio», Fuentes y sus vecinos «le votaron fiesta a Ntra. Sra. y a su Patron Sn. Sebª. [San Sebastián]». Seguidamente la inscripción cita, en referencia a la fiesta del patrón, «la que se selebra la ultima Dominica de Sep. [septiembre] con visp. [víspera] tercia procesión sermón y missa, con la Mayor Solemnidad que cabe». Esto último nos confirma la inexistencia de peste en Fuentes en esta época, ya que el pueblo celebró fiestas de acción de gracias en honor del patrón por la liberación de tal mal.

Finaliza el documento diciendo: «Todo consta del Cabildo que se celebró ante Juan Cid de Villanueba… …siendo corregidor el Licdo. Dn. Miquel Pachi de Cardona, Aguacil Mayor Alonso López Pilares y regidores Juan Caro Barrera, el Capitán Nuñez Valeros y Luis Sánchez Arjona y otro. Fdo.: Bart. [Bartolomé] de Sarria».

 

Francis J. González Fernández
Cronista oficial de Fuentes de Andalucía

 

 

NOTAS:

1] NAVARRO LORA, José María. Del barreo de la villa de Fuentes. En Aires Nuevos: Periódico de información local. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Asamblea local de Nueva Izquierda-Verde Andaluza (NIVA), julio 2001, I época, núm. 4, pág. 7.

2] CERRO RAMÍREZ, Jesús. La villa de Fuentes (1578-1800). Fuentes de Andalucía (Sevilla): Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2011, p. 105.

3] (A)RCHIVO HISTÓRICO (M)UNICIPAL DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Actas Capitulares. Libro 1. Cabildo 2-III-1583.

4] GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Francis J. Fuentes de Andalucía, una mirada al pasado: Tomo II. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2013, p. 19-20.

5] A.M.F. Actas Capitulares. Libro 3. Cabildo 9-VI-1599.

6] Ibídem. Cabildo 19-III-1601.

7] Ibídem. Cabildo 17-IV-1601.

8] Ibídem. Libro 4. Cabildo 3-VI-1637.

9] Ibídem. Libro 5. Cabildo 6-I-1649.

10] Ibídem. Cabildo 12-VI-1649.

11] Ibídem. Cabildo 11-I-1650.

12] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro X de Colecturía y Entierros de 1711. Fol. X. (Referencia incompleta que será actualizada al término del estado de alarma y podamos personarnos en el Archivo Parroquial).

1820. CUANDO SEVILLA SE QUEDÓ SIN COFRADÍAS, PERO EN FUENTES DE ANDALUCÍA SALIERON LOS PASOS A LA CALLE

Ante la situación de excepcionalidad que vivimos por esta pandemia que nos asola, y en ejercicio de nuestra responsabilidad, hoy se ha ratificado por sentido común la cancelación de las estaciones de penitencia en la próxima Semana Santa de 2020 en la ciudad de Sevilla, y como es de esperar la decisión se irá extendiendo a todas la diócesis.

En una Cuaresma inédita, las vísperas se han esfumado y la Semana Santa será íntima, en nuestra clausura particular.

Quedémonos en casa y salgamos lo estrictamente necesario. Recemos con fe por el pronto descenso de la curva de contagiados, por los responsables políticos en su toma de decisiones, por los profesionales sanitarios, por los del sector de la alimentación, agricultura y ganadería, fuerzas de seguridad… Imploremos a Dios la recuperación de los enfermos y encomendemos al Señor el alma de los difuntos.

Hace 200 años –como ocurrirá éste– Sevilla se quedó sin cofradías en las calles de la ciudad donde habita la Esperanza, pero en Fuentes si salieron los pasos. Este ha sido una de mis aportaciones a la Revista de Semana Santa 2020, y hoy lo traigo a colación para su lectura en estos inéditos días de reclusión familiar.

 1820. CUANDO SEVILLA SE QUEDÓ SIN COFRADÍAS, PERO EN FUENTES DE ANDALUCÍA SALIERON LOS PASOS A LA CALLE

Se cumplen doscientos años del pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego contra el rey Fernando VII a consecuencia de su gobierno absolutista y despótico; un hecho que aconteció el 1 de enero de 1820 en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan.

El alzamiento dio paso a un periodo de tres años en los que el monarca tuvo que aceptar la Constitución de Cádiz de 1812 y permitir una monarquía constitucional en España, el denominado Trienio Liberal (1820-1823).

Dos meses y medio después del suceso de Las Cabezas de San Juan, se juró en Sevilla la Constitución y, «como al restablecerse el nuevo régimen eran muchos los descontentos de él, y no pocos los instigadores de influencia suficiente, fue preciso a las nuevas autoridades que tomaron el mando de la provincia adoptar algunas medidas en evitación de sucesos desagradables, próximos siempre a ocurrir en aquellos turbulentos días en que los odios y rencores políticos estaban tan enconados» [1].

Ante tal realidad y siendo inminente la llegada de la Semana Santa, el general Moreno y Daóiz, «jefe superior político» dictó una normativa sobre la forma en la que las cofradías debían procesionar. En ella impedía a las hermandades el uso de capirotes, antifaces y túnicas, les prohibía estar en la calle después del toque de oraciones y mandaba a las de madrugada que no salieran hasta el amanecer, todo ello en bien del «interés público y la conservación del orden». Ante ello, las corporaciones que tenían previsto salir en los días siguientes declinaron el hacerlo por «las extrañas condiciones que imponía la autoridad civil con alardes arbitrarios y las hostilidades a las nuevas ideas», argumentando que lo dispuesto iba en contra de sus tradiciones.

Las estrictas reglamentaciones se prologaron durante los años sucesivos, dando lugar a un largo quinquenio sin cofradías en las calles de Sevilla. Una ausencia que se extendió más allá del regreso del absolutismo, no recuperándose la normalidad hasta la Semana Santa de 1826.

Pero que no lo hicieran en la capital, no implica que en otros puntos de la geografía provincial las cofradías no realizaran sus pertinentes estaciones de penitencia, en cumplimiento de su regla de dar culto público a sus Titulares, siempre que las condiciones económicas de las corporaciones, las circunstancias atmosféricas u otra serie de aspectos mayores lo permitieran.

De este modo, los apuntes correspondientes en los Libros de Colecturía y Entierros del Archivo Parroquial Santa María la Blanca, dan prueba documental que en Fuentes de Andalucía hubo cofradías en las calles en los días de Semana Santa durante determinados años del periodo histórico que nos ocupa.

El 24 de marzo de 1820 era Viernes de Dolores, y mientras el país andaba convulso con el acatamiento, de nuevo, de la Constitución de 1812, en la villa de Fuentes la vida transcurría con relativa normalidad. En la iglesia parroquial, culminaba en esta jornada con fiesta solemne el Septenario de la Virgen de los Dolores de los Servitas, «con misa, manifiesto y responso» [2], en las vísperas de una nueva Semana Santa.

La primera de las cofradías que realizó su estación de penitencia en este año que nos ocupa fue la del Señor de la Humildad y Nuestra Señora de los Dolores, desde la ermita de San Francisco, en el arrabal del Postigo del Carbón. Y lo hizo, como era propio, en la tarde del Miércoles Santo, abonando por su salida a la Colecturía de la Parroquia 35 reales y tres cuartos [3].

Al día siguiente, Jueves Santo, 30 de marzo, hizo su estación de penitencia la muy antigua cofradía de la Vera Cruz, que tuvo que abonar por ello a la Colecturía 23 reales y un cuarto [4]; y el Viernes Santo lo haría la última de las tres corporaciones que pusiera sus andas en la calle en 1820, la del Santo Entierro, y que según consta llevó «el Santo Sepulcro al Hospital» de la Caridad, aportando a la Colecturía 25 reales y 16 velas [5].

En 1821 fueron dos las cofradías que pudieron procesionar. El 19 de abril, Miércoles Santo, lo hizo la de la Humildad y el Jueves Santo, la de Jesús Nazareno, desde el convento de los padres mercedarios descalzos.

Y es a partir de este –1821– cuando se produce un trienio en el que las cofradías fontaniegas no llevan a cabo sus públicas estaciones de penitencia, sumándose de este modo a la larga ausencia de la capital hispalense. Los libros de Colecturía no muestran apuntes relativos a las procesiones de las semanas santas de 1822, 1823 y 1824; omisión de desfiles que podría estar causada por diversos motivos, no solo políticos. De este modo, no se pueden descartar los fenómenos meteorológicos, puesto que hay crónicas de la época que relatan cómo –por ejemplo– la de 1822 fue una Semana Santa muy lluviosa y muy fría.

Tanto en términos generales como propiamente locales, el convulso siglo XIX dejó sus secuelas en el mundo de las cofradías, y del mismo modo, en las corporaciones fontaniegas. No hay un periodo de tiempo donde hayan sucedido tantas vicisitudes históricas que hayan afectado tan directamente a las cofradías. Desde epidemias, una invasión, guerras, leyes desamortizadoras, la marcha de los mercedarios descalzos y el cierre y deterioro del convento, desorganizaciones… hasta otros aspectos como el nacimiento de la cofradía de la Soledad y su posterior fusión con la del Santo Entierro, la reordenación en los días de salida perdiéndose la madrugada fontaniega, la recuperación de la iglesia de San José y la fundación de la hermandad del Señor de la Salud, el esplendor de la hermandad servita, las obras de ampliación de la ermita de San Francisco, la propagación de la devoción al Señor de la Piedad y Misericordia y construcción de su ermita en el Calvario, el cambio de sede de la cofradía de la Vera Cruz…

A principios del siglo que nos ocupa, –concretamente en 1803– salieron y por tanto estaban activas las cofradías de la Humildad, Vera Cruz, Jesús Nazareno y Santo Entierro, que realizaban por costumbre sus estaciones de penitencia, respectivamente, el Miércoles Santo, Jueves Santo, madrugada del Viernes Santo y tarde del Viernes Santo [6].

Fue únicamente la de la Humildad la que consiguió mantenerse activa ininterrumpidamente durante estas primeras convulsas décadas del siglo XIX. Tanto es así, que desde 1825 a 1830 –ambos inclusive– es la única hermandad que logra poner su cofradía en la calle durante la Semana Santa fontaniega.

Ya en la década de 1830 se localizan datos esporádicos de actividad en las cofradías de Jesús Nazareno y del Santo Entierro, y no es hasta 1841 cuando de nuevo certificamos documentalmente una Semana Santa completa con las cofradías de Humildad el Miércoles Santo, Vera Cruz en la tarde de Jueves Santo, Jesús en la madrugada del Viernes Santo y el Santo Entierro en este último día en horario vespertino.

Francis J. González Fernández
Cronista oficial de Fuentes de Andalucía

Ref. bibliográfica: GÓNZALEZ FERNÁNDEZ, Francis J. En Revista de la Semana Santa de Fuentes de Andalucía 2020. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Jesús de la Santa Vera Cruz y María Santísima del Mayor Dolor, 2020, núm. 25, págs. 20-22.

NOTAS:

[1] CHAVES, Manuel. La Semana Santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823. Sevilla, Imprenta de E. Rasco, 1985, p. 1.
[2] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro 14 de Colecturía y Entierros. Fol. 13.
[3] Ibídem. Fol. 13v.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.
[6] A.P.F. Libro 12 de Colecturía y Entierros. Fol. 39v.