SEVILLA, PRINCIPAL DEFENSORA DEL HONOR DE MARÍA

Óleo sobre lienzo de la Inmaculada Concepción, pintada por Pacheco en 1619

Óleo sobre lienzo de la Inmaculada Concepción, pintada por Pacheco en 1619

Julio Mayo

¿Había nacido la Virgen sin mancha original, o vino al mundo pecadora como el resto de los mortales? En el Siglo de Oro -corría el año 1615-, se avivó la vieja discusión teológica que terminó enfrentando a frailes franciscanos y jesuitas, defensores de la concepción inmaculada de la Madre de Dios, contra los de la orden dominica, que se postularon como maculistas. El asunto desató una gran polémica que pasó a la calle, donde llegó a generar un importante conflicto social. El pueblo sevillano tomó partido, con inusitado fervor, por la defensa de la Pura y Limpia. Enseguida, adoptaron también un claro posicionamiento inmaculista numerosas corporaciones religiosas de la ciudad como las propias cofradías, aunque sus titulares no fuesen marianos, y otras colectividades del ámbito civil (gremios laborales, ayuntamiento, audiencia de justicia, universidad y abundantes entidades locales emblemáticas). Pero los enfrentamientos adquirieron un cariz político que empezó a preocupar a la Corona. Desde Sevilla, fueron a la corte los miembros de una comisión que despertaron el interés de Felipe III, a quien también hicieron saber que, si no apoyaba lo que se defendía aquí, la monarquía hispánica podría terminar acusando una importante crisis. Con la obtención del apoyo de la realeza, fue como mejor pudo presionar en Roma el arzobispo de nuestra ciudad, don Pedro de Castro y Quiñones, a fin de conseguir las bendiciones de la Iglesia con las que legitimar el reconocimiento oficial de la causa.

Los sevillanos enviados a Madrid en 1616 por nuestro arzobispo como embajadores para exponer al rey las consecuencias de la controversia, fueron los sacerdotes don Mateo Vázquez de Leca (canónigo de la catedral y arcediano de Carmona) y Bernardo de Toro. Desde aquel mismo momento, el duque de Lerma favoreció la estancia de los ilustres emisarios en la corte y los apoyó muy decididamente ante Su Majestad. Bernardo de Toro pasó a formar parte de la diplomacia de la monarquía hispánica en Roma, donde pudo elevar las reivindicaciones a la Sede apostólica con mayor cercanía. Allí ejerció durante tres décadas su ministerio eclesiástico en Santa María de Montserrat, actual templo oficial de España, donde ocupó distintos cargos como el de administrador de aquella iglesia. Del entorno de los embajadores españoles ante la Santa Sede surgieron ideas artísticas como fórmulas para encauzar también la promoción de la doctrina.

Con la convicción de promocionar el culto a la Inmaculada, los comisionados en Roma nombrados por la catedral hispalense (Vázquez de Leca y Toro), lograron que el Papa Pablo V autorizase la acuñación de una medalla de la Inmaculada, con la inscripción «concebida sin pecado original», en 1617. Sin embargo, no se puso en circulación hasta el mes de octubre de 1619, hace ahora cuatrocientos años. Fue, precisamente, después de haber sido rechazada en España la propuesta del también sevillano don Enrique de Guzmán y Cárdenas. El mes de enero del mismo 1619, le había presentado al rey un memorial solicitándole que tuviese a bien incorporar el rostro de la Virgen María y el «concebida sin pecado original», en unas monedas nuevas de oro y plata que se iban a fabricar. Bernardo de Toro recogió en Roma la iniciativa de Guzmán, e ideó entonces promover la confección de una medalla que llevaría ese mismo lema por una cara y el cáliz y la hostia consagrada por la otra, bajo la leyenda «Alabado sea el Santísimo Sacramento». En Roma, se comercializaron las medallas unos meses antes de la festividad de la Inmaculada, aunque, ante las protestas de los maculistas, quedarían retiradas de la circulación muy pronto. La mayoría fueron incautadas en noviembre dentro de tiendas romanas, en vísperas de la celebración. Solo unas cuantas se extendieron ocultamente. Sin el niño en los brazos, muestra la representación iconográfica que se puso luego en las medallas que hicieron los franciscanos con el permiso del Papa León X.

Un tierno apasionado de la Inmaculada fue también el citado don Enrique de Guzmán, quien el año 1617 pasó a integrar la embajada sevillana nombrada por el rey en Madrid, tras marchar Vázquez de Leca a Roma en 1616. No cesó de trabajar por la causa durante los reinados de Felipe III y IV. Con sus gestiones, contribuyó a que la monarquía española mantuviese negociaciones diplomáticas con la Santa Sede, orientadas a conseguir el reconocimiento de la Inmaculada Concepción de la Virgen como dogma de fe. Cuando Vázquez de Leca se vino de Roma a Sevilla en 1624, designó embajador en Italia a don Enrique Guzmán, que hasta entonces había sido agente real de la piadosa opinión. Allí fue nombrado también embajador de la Orden militar de la «Inmaculada Concepción de la Virgen María», en julio de 1626, después de haberla instituido Su Santidad, Urbano VIII, en 1624. Con el hábito de esta orden lo retrató Francisco Pacheco en sus «Adicciones a las pinturas sagradas». Fue autor de un tratado denominado «De Immaculata Virginis Conceptione», que no llegó a imprimirse.

Celebración del 8 de diciembre

En las décadas iniciales del siglo XVII, era pleno Barroco, existieron muchas dudas sobre la celebración del 8 de diciembre como fiesta de precepto. En la ciudad de Sevilla y todo su Arzobispado lo era. Por ejemplo, en 1617, el señor arzobispo concedió una indulgencia de cuarenta días a quienes oyesen misa durante la fiesta de la Inmaculada Concepción. Casualmente, el año 1619 coincidió el día 8 con el segundo domingo de adviento, tal como sucede hoy, por lo que surgieron indecisiones sobre la conmemoración de la Purísima aquel mismo día. El señor arzobispo mandó anunciar que sí se celebraría por haberlo acordado así el cabildo catedralicio, conforme a lo dictado en el Concilio de Trento. En los últimos días de noviembre de aquel 1619, publicó el maestro de ceremonias del templo Metropolitano, don Sebastián Vicente de Villegas, un opúsculo que justificaba la celebración litúrgica. En la Biblioteca Colombina se conserva un manuscrito que describe muy ricamente los ceremoniales de aquel periodo. En él pueden advertirse los múltiples matices propios de aquí con respecto a lo establecido por el ritual romano. Valga el ejemplo del antiquísimo baile de los seises. Es un testimonio escrito de gran valor referido al culto rendido a Dios en un templo que nunca tuvo rival en el mundo.

Inmaculada de Pacheco

Distinta es la versión iconográfica esbozada en aquellos años iniciales del efervescente fragor inmaculista a la posteriormente adoptada por el escultor Martínez Montañés, o el pintor Bartolomé Esteban Murillo. Entre las alteraciones más sustanciales figuran cuestiones de indumentaria y la disposición de atributos como la media luna. Tampoco figuraba aún representada la victoria de la Virgen sobre los querubines, como Reina de los Ángeles. Pisaba, más bien, una esfera terráquea oprimiendo al dragón o la sierpe pecaminosa. Fue en 1619 cuando el pintor Francisco Pacheco terminó su lienzo de la Inmaculada, en el que figura el poeta Miguel del Cid, autor de «Todo el mundo en general», por delante de la Torre del Oro y la propia Giralda. Los principales emblemas de aquella opulenta Metrópolis que tanto luchó por conseguir la aprobación de la fiesta de este 8 de diciembre, y que se mantuvo en guardia dispuesta a haber derramado sangre si hubiese sido necesario. Todo en honor de la pureza original de nuestra Madre, la Santísima Virgen María. Pura, Limpia, y Bendita.

Fuente: https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-sevilla-principal-defensora-honor-maria-201912091533_noticia.html

 

BÉTICO Y VECINO DE LA GIRALDA

Julio Mayo

En las primeras semanas de 1962, coincidiendo con la disputa del derbi local al que hace referencia Joaquín Romero Murube en su artículo publicado el domingo 28 de enero, volvieron a registrarse en Sevilla nuevas lluvias torrenciales. Nuestros dos equipos militaban entonces en primera división. El encuentro se disputó en el campo del Betis que venció al Sevilla por tres goles a uno. En cambio, eran momentos de gran adversidad. Las inundaciones de la Vega de Triana y parte de la Alameda de Hércules, de los primeros días de enero de 1962, volvieron a traer el dramático recuerdo de la riada provocada por el arroyo Tamarguillo (25 de noviembre de 1961), y el accidente de la avioneta de la «Operación Clavel» (19 de diciembre). Después de aquello, se habían quedado más de 30.000 personas sin hogar. Los destrozos sacaron a la palestra las condiciones calamitosas en las que vivía un sector importante de la población sevillana, hacinada buena parte de ella en corrales de vecinos y suburbios de la ciudad. Sumemos a todo ello, los veintitrés muertos y el centenar de heridos del accidente de la «Operación clavel». Pues bien, ni la crudeza de aquella terrible catástrofe pudieron eclipsar la emoción, y la pasión, del partido entre los eternos rivales, ni impedir que se paralizase la vida de toda la ciudad. La calle, comentaba Joaquín Romero Murube, vivía única y exclusivamente para el fútbol. La actualidad que el escritor traía a su habitual sección de este periódico, tenía que ceñirse, obligatoriamente, al Betis-Sevilla. Un retrato sociológico de la Sevilla de aquel tiempo, que quedaba rendida ante el partido.

«Manque pierda»

El fútbol atraía la atención de todos por igual. Lo mismo de un albañil que del estudiante, el empresario, la monja o hasta el propio articulista. Por encima de un acontecimiento deportivo se había convertido ya en un evento de calado social. Joaquín Romero Murube se había declarado bético, públicamente, en reiteradas ocasiones. Nuestro diario ABC, publicó un número extraordinario, al cumplirse el 50º aniversario fundacional del Real Betis, en 1958, que contó con la participación del brillante articulista. «Por qué soy bético» es el título del trabajo en el que exalta la moral y fidelidad inquebrantables de los aficionados béticos. Tras las derrotas, el Betis arremetía con más entusiasmo y mayor alegría. No cabe duda de que aquella conducta sin desaliento era la que había dado origen al mítico grito de guerra: «¡viva el Betis, manque pierda!». Confiesa Joaquín Romero Murube que lo que le había seducido para sumarse a esta causa, que ya era un sentimiento vital, había sido la gran fe del equipo de fútbol y los muchos sevillanos que lo seguían. En aquel tiempo, el Real Betis Balompié había suscrito un convenio con el ayuntamiento (noviembre de 1960), mediante el que le adjudicaba el estadio municipal de Heliópolis. Fue a partir del acuerdo cuando el campo pasó a denominarse Benito Villamarín, nombre del presidente del club.

Entre las muchas y variadas lecturas de Joaquín Romero Murube se encontraban también las deportivas del diario «Marca». Conocemos este dato por la «Carta a un muerto vivo», que escribió en el año 1966, dedicada a su compañero de la revista literaria Mediodía, el magnífico poeta Juan Sierra, padre del futbolista bético «Quino». La reseña del ingenuo cronista deportivo, muy mal redactada, venía a decir algo así como que «el primogénito del llorado poeta sevillano, Quino, había marcado el gol de la victoria del Betis sobre el Málaga». Romero Murube se asustó por el empleo del adjetivo llorado y se puso en contacto, de inmediato, con allegados a la familia. Felizmente, descubrió que no habían fallecido ninguno de ellos, ni el padre ni el hijo de su amigo, y que todo se había debido al desacertado empleo expresivo del periodista deportivo.

Reloj de la Giralda

Este artículo tiene una segunda parte muy distinta a la del partido de fútbol al que hemos hecho alusión. La otra, está dedicada a la Giganta de Sevilla. Trajo a su tribuna callejera del diario este tema en el que casi no hubiese reparado nadie, pese a ser de gran interés público. Desde hacía ya algún tiempo, andaba algo desajustado el reloj de la Giralda. El mismo que gobernaba las horas de la ciudad. Pues vaya puntualidad, y menudo gobierno. Joaquín Romero Murube era vecino cercano a la torre catedralicia, que vivía en el Alcázar sevillano, por lo que toda su vida estuvo regida por los toques, solemnes y majestuosos, de la Giralda. Pero, sobre todo, por las horas pautadas desde el alto campanario. Muchas noches esperaba que dieran las doce, según contó a Fausto Botello en una entrevista radiofónica, para persignarse y dormir santificado, tal como le había enseñado su madre desde niño. Joaquín Romero Murube fue el mejor centinela que guardó a la Giralda. Protestó en algunos artículos por las interrupciones de sus campanas. Cuando llevaban algunos días sin oírse, denunciaba que era como dejar sin habla a la Dama más importante de Sevilla. Y en otro artículo, en este caso de 1966, lamentó que hubiesen apartado de la Giralda al relojero, don Rafael Torner, después de que los canónigos prescindiesen de sus servicios. Sus quejas sobre los desajustes horarios, no cayeron en saco roto. Algo tuvo que influenciar sobre los miembros del cabildo de la catedral, que aceleraron ciertas gestiones todavía pendientes por concretar. En la víspera de la festividad del Corpus de aquel mismo año de 1962, qué casualidad, se estrenó el nuevo sistema de electrificación de las campanas de la Giralda, que levantó el recelo de los defensores de los toques tradicionales.

Y con esta entrega, concluimos las líneas contextuales y biográficas que nos ha encomendado esbozar nuestro periódico, a lo largo de esta última semana, en memoria del escritor Joaquín Romero Murube, quien, además de redondear una producción literaria tan imprescindible para nuestra ciudad, se mostró como un gran visionario, capaz de desarrollar y provocar al mismo tiempo una cultura tan rica y amplia para Sevilla.

Fuente: https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-betico-y-vecino-giralda-201911212338_noticia.html

JOAQUÍN ROMERO MURUBE, ARTÍFICE DE LA CUSTODIA DEL CARAMBOLO

Julio Mayo

Uno de los principales responsables de que el tesoro no saliese para Madrid, tras su casual hallazgo el 30 de septiembre de 1958, fue Joaquín Romero Murube, que estuvo entre las primeras autoridades competentes en acudir al escenario de los hechos, como máximo responsable del patrimonio en Sevilla. Le acompañó el profesor don Juan de Mata Carriazo y Arroquia, entonces Delegado del Servicio Nacional de Excavaciones. Ambos quedaron retratados en estas páginas visitando el yacimiento.

El descubrimiento se produjo en unos pequeños cerros del término municipal de Camas, conocidos como carambolos, a tres kilómetros de Sevilla y muy cerca de la antigua Itálica (Santiponce). Los terrenos eran propiedad de la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, que desarrollaba unas obras de ampliación de la pista. El albañil, Alonso Hinojo del Pino, rompió con el pico una vasija que se hallaba enterrada en el suelo.

Según la ley de 7 de julio de 1911 del Reglamento de excavaciones y antigüedades, la propiedad de todo el material descubierto tenía que pasar obligatoriamente al Tesoro Nacional. En virtud de esta disposición, lo que hizo el ayuntamiento sevillano fue solicitar la custodia de las piezas, al Ministerio de Educación Nacional, una vez que se hiciese cargo el Estado de ellas. Joaquín Romero Murube y los profesores universitarios de Arte, don José Hernández Díaz y don Antonio Sancho Corbacho, convencieron al marqués de Contadero para efectuar la negociación.

El 10 de octubre se expusieron en el Ayuntamiento todas las piezas, y el acuerdo de la comisión municipal permanente tuvo lugar en la sesión celebrada el 15 de octubre de 1958. El arqueólogo Fernando Amores alaba la heroica consecución. En su libro dedicado al estudio de la colección arqueológica municipal (2014), cataloga la gestión como verdadero acto de valentía «frente al aparato del Estado en pleno franquismo».

Al concluir la campaña de prospección se elaboró un detallado inventario de todo lo encontrado, que se elevó a escritura pública ante notario. Después, las joyas pasaron a depositarse, con grandes medidas de seguridad, en la entidad bancaria descrita por Joaquín Romero Murube en su artículo «La ironía de El Carambolo». La primera fotografía de las piezas reunidas la hizo Serrano para nuestro periódico, que la difundió el 11 de octubre de 1958, después de la presentación oficial. El traspaso del tesoro al Estado no se cumplimentó legalmente hasta el sábado 24 de febrero de 1962.

El acto de entrega se formalizó en el despacho de la alcaldía, donde el presidente de la Sociedad de Tiro de «El Carambolo» hizo entrega de las joyas al director general de Bellas Artes, don Gratiniano Nieto Gallo. Pero, realmente, era para depositarlas en el Museo Arqueológico. El ayuntamiento hizo constar en acta la petición de obtener el derecho de adquisición del tesoro al Estado. Hasta 1963, no concluirían las obras de reforma del pabellón de la plaza de América, donde Joaquín Romero Murube había propuesto que se instalara el museo en 1947, cuando ejercía como comisario para la Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (P.A.N.) en Sevilla.

El eminente medievalista, Mata Carriazo, refiere en su obra «Protohistoria de Sevilla (1980)» que pudo analizar la figurita pequeña de bronce que representa a la diosa Astarté, cuando paraba en manos de Joaquín Romero Murube, antes de ser llevada ya al Museo Arqueológico. La diminuta efigie, al parecer encontrada por otro obrero en el Carambolo, en opinión de don Juan, no correspondía al conjunto que nos ocupa por tratarse de una pieza de evidente importación. También pasó al mismo museo el conocido como «bronce Carriazo», tras ser encontrado en el Mercado del Jueves, pues representa a la divinidad fenicia Astarté, cuya gigante recreación luce ahora en la entrada de Camas como diosa de las marismas, muy cerquita de mi verdadero alhajamiento.

Defensor del patrimonio

Joaquín Romero Murube comenzó a desempeñar el cargo de comisario de la Defensa del Patrimonio Artístico Nacional en el área de Sevilla, en 1938, cuando todavía no había concluido la Guerra Civil. Su encomienda era la de obtener información detallada de todos los elementos patrimoniales que integraban el tesoro artístico de este sector. Luego, lo fue también para la zona occidental de Andalucía. En el año del hambre, 1940, mantuvo una intensa actividad en esta comisaría. Entre sus actuaciones pueden destacarse la remodelación del Museo de Bellas Artes, cuyo edificio mejoró con el traslado de la portada barroca de la desaparecida iglesia a la parte de su fachada, como luce hoy. Además, consiguió que el ayuntamiento arreglase la plaza delantera.

Itálica

En febrero de 1940, comunicó al director general de Bellas Artes su propósito de trasladar la sección de arqueología a la plaza de América. Se preocupó muchísimo por el estado de las ruinas de Itálica. Precisamente, a finales de 1940, se descubrió la Venus, después de que el alcalde de Santiponce pusiera en conocimiento de Joaquín que había parecido en un corral de su pueblo «una muñeca de mármol, muy grande y en cueros». Aquella anécdota la recoge en su libro sobre Francisco de Bruna y Ahumada (1964), en el que ha dejado magistralmente narrada la mañana que apareció una de las esculturas más bellas que se conservan en el Museo Arqueológico. Hasta los gastos del levantamiento y traslado de la estatua tuvieron que correr por cuenta suya, debido al escaso fondo con el que contaba la comisaría.

Aquellos años en los que se encargó de la Delegación de Patrimonio, simultaneándolos también con la concejalía de Fiestas, consiguió traer de Madrid los tapices de la conquista de Túnez y el cuadro de la Virgen de los Mareantes para el Alcázar. Hizo las gestiones para la recuperación del cuadro de Santa Isabel de Hungría, pintado por Murillo, que se habían llevado los franceses de la iglesia de la Caridad a Madrid, e impulsó la creación de la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla.

Fuente: https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-joaquin-romero-murube-artifice-custodia-carambolo-201911180737_noticia.html

EL RELOJ DE LAS CASAS CONSISTORIALES DE ÉCIJA

Por Juan Méndez Varo

Todo hace proveer que en fechas próximas se van a llevar a cabo el reinicio de las obras del edificio municipal (hay que recordar que ha estado más de diez años  cerrado y apuntalado) nos ha movido pararememoraralgunos datos históricos que pueden ser de interés.

El edificio que data del siglo XIX no tenía las dimensiones apropiadas para ejercer las funciones pertinentes puesto que compartía la estancia con la antigua cárcel. Estas dependencias se comunicaban mediante una puerta falsa y a la cárcel se accedía por la calle del Conde, hasta que ésta fue trasladada a un edificio situado en la Plaza de Puerta Cerrada.

Posteriormente, se fueron anexionando sucesivamente diversos edificios hasta invadir casi totalmente la manzana delimitada por las Plazas Mayor y Santa María, y las calles Mandobles y del Conde. El resultado fue un conjunto caótico que exigía una remodelación total: una vez más es el arquitecto provincial Balbino Marrón el encargado de realizar el proyecto bajo un esquema de fachada clasicista. Debido a dificultades presupuestarias y de adquisición de las casas colindantes, las obras se paralizaron en diversas ocasiones.

La conclusión definitiva de las obras tuvo lugar en los años ochenta del siglo XIX. Para llevar a cabo la ampliación de las Casas Consistoriales fue necesario adquirir a María Dolores Baillo y Justiniani, vecina de la villa de Campo de Criptana, una casa de tres plantas, comprendida entre el centro de la fachada principal y el salón de sesiones con una superficie de 46 metros cuadrados. La compra por precio de 6.500 pesetas se lleva a cabo en ejecución de un acuerdo plenario presidido por el alcalde Pablo Coello y Díaz, de fecha 23 de mayo de 1887  que se materializa mediante escritura pública autorizada por el notario de Écija, don Manuel García de Soria.

Las obras de la última fase de la fachada fueron adjudicadas en subasta pública celebrada el 21 de julio de 1887, a Joaquín María Muñoz Escalera, por 23.493,64 pesetas, pactándose como duración de las mismas cuatro meses a partir del otorgamiento del documento público notarial en el que se dice «que las obras se ejecutarán en todo a las formas y condiciones de las ya construidas con anterioridad puesto que son una continuación de las mismas».

Cuando ya se completaban las obras y se concluyó el templete que corona la fachada principal de las casas consistoriales, en un medio escrito local  se podía leer: “creemos que el municipio debiera comprar un reloj para la misma, pues el que existe solo anda a fuerza de las continuas visitas del señor Galisteo”.

Las primeras noticias que tenemos del actual reloj nos viene de la  sesión plenaria  celebrada de 19 de marzo de 1888 y que estuvo presidida por  alcalde Pablo Coello y Díaz. En ella se dio lectura a una proposición que a la corporación dirige José Oliva, relojero constructor, establecido en la capital de la provincia, obligándose a “facilitar y colocar  en este edificio un reloj de los llamados de torre por la cantidad de 3480 pesetas, el cual ha de tener cuerda para 30 horas, con movimiento de sonería para dar las horas y medias horas y repetición de las primeras las ruedas primeras de bronce con diámetro de treinta y dos a  treinta y tres centímetros, esfera con molduras dorada, de un metro cuarenta centímetros de diámetro, de cristal grueso de una de espejo, campana de bronce de 300 kilos de peso y accesorios que detalladamente consta en la indicada proposición”.

Tres meses después, es decir en la sesión  celebrada el 4 de junio de 1888) se leyó una instancia del mencionado José Oliva con quien se tenía contratada la construcción y colocación  del reloj en la que  expone “la campana al efecto construida tienen 402 kilogramos o sea, 102 kg más de los que tiene obligación de facilitar, por lo que ruega  a la corporación si aceptándola está dispuesta a abonar la suma de 357 pesetas que es el valor del indicado aumento. La municipalidad atendiendo  a las notables condiciones de dicha campana acordó aceptarla y que la mencionada cantidad de 357 pesetas sea satisfecha con cargo al capítulo de imprevistos por no ser bastante el crédito presupuestado para formalizar este gasto y los demás relativo a la reforma de estas casas consistoriales

Por otra parte, el reloj que debía coronar las Casas Consistoriales llegó por ferrocarril a Écija un viernes del mes de junio de 1888. Con ello se ponía fin a las obras de la fachada principal. La expectación de la población fue enorme toda vez que según se leía en El Cronista Ecijano, «el reloj es de lo mejor qué se conoce, siendo todo el engranaje de las ruedas de bronce. La esfera es de cristal de una sola pieza. Mide 1,40 metros y la campana es de buen timbre y las horas que marque se han de oír en todo el recinto de la ciudad».

El reloj y su campana se encontraban ya instalados el 24 de junio de 1888. Por la información recogida en la prensa de la época, las pruebas no fueron del agrado de los ecijanos ya que defraudó todas las expectativas que se habían suscitado. Es el mismo medio local el que se lamentaba de ello señalando que»el sonido de la campana es algo opaco, bien por la oscilación de ella, por el martillo o por no ser de buena calidad, cosa que no podemos precisar por ser incompetente en el asunto pero lo cierto es que no se oye las más de las veces desde los mismos alrededores de la Plaza y cuyo defecto ha de corregirse».

Este medio local concluía con el siguiente tenor: «De todos modosdamos la enhorabuena al Ayuntamiento por las mejoras llevadas a cabo y continúe por ese camino, que es el que debe servir de norma a todo munícipe»1. El tema quedó zanjado con la llegada a Écija del técnico en estas materias, el citado José Oliva, quien graduó el golpe del martillo de la campana, quedando el reloj a plena satisfacción de la población. Si bien el contrato para la construcción y colocación  del reloj se firmó con el sevillano José Oliva,  éste relojero no fue  el quie la construyó y de ello da fe la inscripción que existe en la campana y que haremos referencia más adelante.

Como ya se sabe la campana del reloj fue desmontada y trasladada a las naves municipales a la espera de las obras de rehabilitación. Aprovechando su traslado a las referidas naves y al estar la campana en el suelose hizo un reportaje gráfico que nos ha dado la oportunidad de comprobar que la misma tiene la siguienteinscripción:“Ayuntamiento presidido por Don José Coello y Díaz.  Écija 1888. La hizo Juan Japón. Sevilla”.

Esperamos que a la conclusión de las anheladas obras del Ayuntamiento de Écija volvamos a oír los toques de la popular campana del relojy que  pueda ser escuchada con gran satisfacción de la población.

 

1 Archivo Municipal. El Cronista Ecijano 24junio 1888. Número 331.

ASÍ FUE LA TRAVESÍA DE LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN DE LOS REYES DE SEVILLA HACIA EL NUEVO MUNDO

Por Julio Mayo
Nada más iniciarse la Era de los Descubrimientos en 1492, llegó a las tierras del nuevo continente la singular advocación de la Virgen que se venera en el altar de la capilla real de la catedral –en aquel tiempo situada en un lugar distinto al actual–. Su presencia estaba unida a las claves e identidad de una Iglesia floreciente. Quiso la providencia poner en manos de la sevillana la organización del proyecto misional más ambicioso de la cristiandad: la evangelización del Nuevo Mundo. La Virgen de los Reyes era una de las representaciones marianas más antiguas y emblemáticas de esta urbe, entonces auténtica «Madre cultural de naciones» y «Capital del Mundo», que regentaba el monopolio comercial de todos los negocios de ultramar. Cuando los Reyes Católicos crearon la Casa de la Contratación, en 1503, aglutinaron el poder político, económico y judicial relativos a la Carrera de Indias en esta institución, a la que quisieron otorgarle un marcado cariz religioso. Para ello pusieron todo su control en manos de los canónigos de mayor peso dentro de la catedral. Se prefiguraba, pues, la de los Reyes desde el primer momento como la Reina espiritual de la corte eclesiástica sevillana, con un lugar preeminente reservado a los monarcas, como indica el título de su advocación.

Desde este núcleo portuario del Guadalquivir promovieron la organización de importantes flotas sagaces descubridores como Cristóbal Colón, Pedrarias, Hernán Cortés, Magallanes o Menéndez de Avilés, quienes se apoyaron en la gran tradición navegante, comercial y, sobre todo, piadosa que atesoraba esta plaza. Estos generales no podían dejar de invocar el amparo de la que había resultado principal Valedora de la reconquista cristiana, en 1248. Durante un buen número de años del siglo XVI, la imagen se veneró provisionalmente, mientras se obraba la actual capilla real, afuera en el Patio, cerca de la nave conocida en aquel tiempo como la de los Conquistadores.

El puerto de Sevilla en el siglo XVI

El puerto de Sevilla en el siglo XVI

Nombre de barcos

Del carácter americano de la Virgen de los Reyes no solo dan fe las muchas representaciones artísticas que existen en aquel lado del océano. También lo acreditan el número de embarcaciones que llevaron su bendito nombre. En la cultura religiosa de la época era imposible concebir una empresa tan arriesgada sin la protección de María, en cualquiera de sus advocaciones. Colón, precisamente, denominó a su nao capitana con el nombre de «Santa María», titular también de la propia catedral de Sevilla. Diversos registros documentales del Archivo General de Indias acreditan las muchas idas y venidas de barcos con el nombre de «Nuestra Señora de los Reyes y el Santo Rey», hacia América antes de la segunda mitad del siglo XVII. La propaganda barroca promovida desde el seno de la Iglesia hispalense, con el apoyo de Felipe IV, representaba aparejada la Virgen de los Reyes con el monarca que consiguió restaurar el cristianismo en estos lares. Mucho antes de que Roma terminara declarándolo como santo, los maestres de naos, Juan Rendón y Gabriel Pérez de Chaves, comandaron las naves que hermanaba la advocación mariana a la devoción fernandina, entre 1641 y 1644, reivindicando así la canonización del rey Fernando III que ya había solicitado el sacerdote sevillano Bernardo de Toro, en 1630. Se trataba de navíos de propiedad privada, completamente ajenos a la pertenencia estatal.

En el transcurso del siglo XVIII persistió el empleo de su título devocional en la denominación de más embarcaciones. Dejó de aparecer acompañado del de San Fernando y pasó a hacerlo junto a los de San Sebastián o San Antonio. Entre las naves que participaron en la ruta de las especierías, del «Galeón de Manila», hemos hallado también algunas intituladas Virgen de los Reyes. Hasta una poderosa compañía de seguros recibía, en 1771, el nombre de «Compañía Española de Seguros buxo (sic) la protección de la Virgen María N. Señora con el título de los Reyes».

Vista de Sevilla, siglo XVII. Fundación Focus

Protección real

Dentro del recinto sagrado de la catedral se guardó, desde tiempo inmemorial, un espacio privilegiado a los monarcas. A esta capilla, en la que los miembros de la realeza española le han rendido culto a la Virgen de los Reyes, la han favorecido los titulares de la Corona tanto económica como institucionalmente. De este modo, la monarquía se garantizaba una presencia continuada dentro del gran centro religioso que representó la seo hispalense, al tiempo que mostraba con ello la legitimidad divina de los reyes. Uno de los más asociados a la Soberana ha sido históricamente el rey Fernando III, a quien el pueblo sevillano comenzó a rendirle fervor a través de esta capilla. En el Barroco también se representó con ellos a San Hermenegildo, el rey godo de Sevilla que fue asesinado por su padre al convertirse al cristianismo. Era el modo de enlazar la Sevilla preislámica con la cristiana, posterior al dominio musulmán, gracias a la acción heroica de Fernando III. Convergen en la ilustración realizada por Domingo Martínez, en 1740, tres de las devociones sevillanas más importantes: la Virgen de los Reyes acompañada por dos santos monarcas, San Fernando y San Hermenegildo.

El decente sostenimiento del culto era una constante preocupación de la Corona, que nombraba a los capellanes encargados de gestionar el culto a la Santísima Virgen. A causa de ello, se suscitaron no pocos enfrentamientos entre el cabildo de la catedral y sus capellanes mayores, como fue el caso del famoso licenciado Pacheco a finales del quinientos. Como benefactores importantes de la imagen se han distinguido varios reyes y reinas, como Isabel la Católica que realizó grandes donaciones para su ajuar. Si bien otros monarcas han concedido gracias y privilegios. Sirva como paradigma la Real cédula dictada por Felipe IV, el 17 de agosto de 1628, durante los días de la celebración de su festividad y feria que antaño registraba la asistencia multitudinaria de peregrinos.

Besamanos de la Virgen de los Reyes en la Capilla Real / M. J. RODRÍGUEZ RECHI
Además, luce el pecherín denominado de las amatistas, la corona de filigrana de oro, de Manuel González Rojas en 1876. Una pieza antigua y segunda presea quizás de más valor de la Virgen de los Reyes después de la portentosa joya que luciera en su sien el 15 de agosto. Una de las novedades del ajuar que va a lucir en estos días está en el tocado, de encajes de Bruselas, una mantilla de un gran valor que por primera vez porta la Virgen de los Reyes.

Capital indiano

A finales del siglo XVII se acometieron en la capilla real varias remodelaciones con motivo de la fabricación de la urna de plata, destinada a acoger el cuerpo incorrupto de San Fernando. Entre 1685 y 1719 se documentan diversas anotaciones contables en el seno de la Casa de la Contratación, cuyo fondo se conserva en el Archivo de Indias.

Desde la Corona se le pidió a esta institución estatal que financiase la confección de un vestido brocado para la hoy Patrona. Para ello se ordenó que pudiese tomar el caudal necesario, extraído de varias partidas, procedentes de las Indias. El capital indiano supuso la principal fuente económica con la que se saldaron todos aquellos gastos. En 1689, el rey Carlos II instó también a la Casa de la Contratación a que solicitara a generales de flotas y galeones, así como a marinos mercantes, que reuniesen el mayor número de limosnas con las que poder abonar las referidas obras. Según ha publicado nuestro admirado historiador, el doctor Salvador Hernández, la monarquía fue la encargada de reunir todo el dinero necesario para sufragar la urna que realizó el prestigioso platero, Juan Laureano de Pina, en la que se veneran los restos de San Fernando. En la petición dirigida por Carlos II al Virrey del Perú, puntualiza que la demanda de limosnas se encargue «también a todos los arzobispos y obispos de las iglesias metropolitanas y catedrales de esas provincias, para que cada uno en su diócesis cuiden de que se pidan dichas limosnas, pues de más de ser obra tan del servicio de Dios nuestro Señor, será para mí de particular agrado la aplicación que en esto pusiéredes». En la construcción de los virreinatos y las nuevas sociedades de las Indias se tomó muy de cerca el modelo de Sevilla. En muchos casos, quienes marcharon a América para asentarse como nuevos pobladores, o gobernantes, procuraron recrearla a su imagen y semejanza.

El caudal de fervor que recibió la Virgen de los Reyes en la Edad Media fue diluyéndose con el paso de los años. Al trasladarse la ubicación de la capilla real al interior del gran templo, en 1579, el acceso a la imagen quedó mucho más restringido. Acaso a sectores más elitistas, persistiendo entre sus grandes devotos los distintos ministros eclesiásticos de la catedral. Lo proclama así el himno que entonan los sacerdotes invocando el bautismo de Cristo: «Pueblo de Reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu Señor». Sin embargo, pese a ese afán de preservar su halo especial de majestad, por su vinculación con la monarquía, la Virgen de los Reyes ha terminado universalizándose y formando parte del acervo devocional del pueblo sevillano. Por derecho propio, también encarna el alma de Sevilla.

Grabado de las coplas de la Virgen de los Reyes / BIBLIOTECA NACIONAL

SIGLO Y MEDIO DE LA RIFA DEL COCHINO 1869-2019

Fuentes de Andalucía celebra en los próximos días su centenaria feria, una fiesta a la que está ligada íntimamente la tradición de la rifa de un cerdo vivo, promovida por la Hermandad de la Humildad de la localidad. Una iniciativa que en el presente 2019 cumple su 150 aniversario.

– Francis J. González Fernández –
Investigador local

Las rifas o sorteos son una práctica comúnmente extendida en nuestra sociedad actual, y de todos es conocido su funcionamiento, pues no implica más que la adquisición de papeletas o boletos numerados consecutivamente por un precio fijado, con un procedimiento de sorteo determinado y expresado en el boleto. Extraído el número que determina el ganador en la fecha publicitada, el poseedor de la papeleta se hace acreedor del premio estipulado.

Una práctica de obtención de recursos económicos que está generalizada en el tejido social, pues es una habitual fuente de ingresos para asociaciones, clubes deportivos, hermandades… incluso para personas particulares que han subsistido con la celebración periódica de rifas.

Para la población de Fuentes de Andalucía, habituada a esta práctica por iniciativa de las entidades que dan cuerpo a su tejido social hay, sin lugar a dudas, una rifa que aparece marcada cíclicamente cada año en el calendario, y que a pesar de su cotidianidad, le avala siglo y medio de historia.

Existen determinadas imágenes que están ligadas íntimamente a la tradición y que, el correr del tiempo, no ha querido borrarlas de su espacio. Pasan los años, y los acontecimientos se van adaptando a las distintas épocas históricas que, una tras otra, se van sucediendo. Pasan las generaciones, y las costumbres y hábitos se modifican según las circunstancias sociales, económicas, políticas, etc. de la sociedad. Pero hay cosas que no cambian, que afortunadamente las mantenemos como señas de identidad, con su propia idiosincrasia.

La Feria de Fuentes de Andalucía –originariamente denominada Fiesta de la Ermita–, ha ido sufriendo a lo largo de su dilatada vida una serie de modificaciones sustanciales, de fines, de denominación… pero hay dos características peculiares que se han mantenido en el tiempo: el emplazamiento de su celebración, en el entorno de la ermita de San Francisco y de ahí su denominación primitiva; y desde 1869, la rifa del cochino de la Humildad, como popularmente se le conoce.

Y es que la vida e historia de esta Hermandad está íntimamente relacionada y unida a los anales de la Feria. Los comienzos se remontan a mediados del siglo XVIII, cuando la Hermandad de Nuestra Señora de Consolación y el Señor de la Humildad se encargaba de celebrar la fiesta del Dulce Nombre de María, el día 12 de septiembre, teniéndose los primeros datos documentales en 1758. Se trataba de un conjunto de celebraciones religiosas y lúdicas que dieron origen a la Fiesta de la Ermita y que celebraban en honor de su primera Titular, la Virgen de Consolación, en el arrabal del Postigo, junto a la Puerta del Carbón.

A partir de 1890, el ayuntamiento estableció coincidiendo con esta fiesta una feria de compra-venta de ganado, y en 1948, la Fiesta de la Ermita perdió oficialmente su denominación y pasó a ser Feria y Fiestas de Fuentes de Andalucía. Ya en la década de 1960, la celebración pasó de septiembre a agosto, como se mantiene en la actualidad.

Aprovechando dichas celebraciones, la citada Cofradía, entidad organizadora por aquellos tiempos de la fiesta, puso en marcha una rifa como medio de recaudación de fondos para el sostenimiento de la propia Hermandad y el desarrollo de los fines que le eran propios. Esto ocurrió por primera vez en 1869, año en el que se decidió rifar una mula, y a partir de 1870 se introduce la figura del cerdo.

El día 13 de junio de 1869 «Serreunió la hermandad de el Señor de Humildad / en el sitio de costumbre ermita de S.n Francisco / de Así y seacordo q.e secomprara una bestia mula / para rifarla por dichos hermanos q.e se ayara presente / para q.e coste [conste] cofirmamos todo los concurrentes / en el día de la fecha» [1].

El acuerdo fue rubricado por los oficiales Manuel Labella, José Giménez, Francisco García, Antonio Rivero y Juan de Flores, este último, hermano mayor.

Según los libros de cuentas, la celebración de esta primera edición de la rifa repercutió positivamente en la economía de la hermandad. A pesar de no encontrarse detallados los conceptos, la cofradía ingresó en septiembre de 1769 un montante de 1.912 reales [2], que difería considerablemente con la cifra de 150/200 reales que eran los ingresos habituales al mes en conceptos comunes de donativos o cuotas de los hermanos.

Los óptimos resultados propiciaron que la entidad continuara con la acción emprendida, y al año siguiente, en el cabildo celebrado el 12 de junio de 1870 «Sereunio la ermanda del S.n de la / humirdad en el sitio de costumbre / Ermita de S.n Fran.co de Asi se acordo / q.e cerifase el cochino y seis fanega / de trigo incluso los dos y para q.e / coste [conste] lo firmamos…» [3].

Desde esta fecha, las referencias a la rifa de la Fiesta de la Ermita son habituales en los libros de acuerdos, cuentas… de la Hermandad de la Humildad, conservándose varios boletos correspondientes a distintas épocas.

Hemos de hacer mención que aunque por lo general el agraciado recibía un cerdo vivo, en contadas ocasiones, como lo ocurrido en algunos años de la década de 1940, se sustituyó el animal por un regalo en metálico de 500 pesetas, premio más goloso en aquella época histórica de penuria y necesidad.

Cada tarde/noche de los días de fiesta, un grupo de hermanos sacaba el cerdo de los corrales de la ermita a la calle, colocando una mesa petitoria en la que dispensaban las papeletas, haciendo sonar una característica campana de mano para llamar la atención. Y así se sigue haciendo, ciento cincuenta años después de la primera vez, aunque ya el cerdo no se haya presente, perdiéndose un atractivo para niños y mayores. La remodelación de la huerta de la ermita con motivo de las obras de ampliación de la residencia de ancianas de las Hermanas de la Cruz, acometida hace unos años, produjo la desaparición de los corrales y, por tanto, de un lugar adecuado para acoger al cochino los días de feria, una vez que la Hermandad recogía la mesa de venta de papeletas.

Pero a pesar de ello, –como cada año– se sigue manteniendo esta centenaria tradición y todas las noches de Feria los hermanos se siguen sentando haciendo sonar su campana y vendiendo papeletas frente a «la puerta del campo» de la huerta de la ermita, en la fachada de la nueva caseta municipal.

Y como cada año, el último día de la fiesta, se efectúa el sorteo públicamente. Todas las matrices de las papeletas vendidas son introducidas en el tradicional barril, que a modo de bombo de sorteo, alberga todas las oportunidades y del que, una mano inocente, extrae el número agraciado que se llevará el cochino de la Feria.

Siglo y medio haciendo lo mismo, perseverando una costumbre con solera que la Hermandad mantiene desde el siglo XIX y que perdura en el tiempo cumpliendo fielmente su fin principal: ser una fuente de ingresos para el sostenimiento de la Cofradía.

El Postigo, la Ermita, la Feria, la Humildad, el cochino, sus papeletas… una serie de elementos inseparables que son origen y tradición al llegar cada año está más que centenaria fiesta en Fuentes de Andalucía, y una de cuyas señas de identidad este año está de aniversario.

A la feria, fontaniegos, al Postigo, a disfrutar, y que compren muchas papeletas para que les toque el cochino.

NOTAS:

1] (A)RCHIVO DE LA HERMANDAD DE LA (H)UMILDAD DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro delos Cavildos dela Hermandad de Nuestra Señora de Conzolacion zita Enla Hermita de Nuestro Padre San Franco de esta villa de Fuentes. Año de 1732, f. 72-72 r.

2] A. H. F. Libro de Data de la Hermandad de Nuestra Señora de Consolación y Nuestro Padre Señor de la Humildad. 1803, Cuentas de 1769. Folio sin numerar.

3] A. H. F. Libro delos Cavildos…, f. 75.