El puerto de Sevilla en el siglo XVI
Nombre de barcos
Del carácter americano de la Virgen de los Reyes no solo dan fe las muchas representaciones artísticas que existen en aquel lado del océano. También lo acreditan el número de embarcaciones que llevaron su bendito nombre. En la cultura religiosa de la época era imposible concebir una empresa tan arriesgada sin la protección de María, en cualquiera de sus advocaciones. Colón, precisamente, denominó a su nao capitana con el nombre de «Santa María», titular también de la propia catedral de Sevilla. Diversos registros documentales del Archivo General de Indias acreditan las muchas idas y venidas de barcos con el nombre de «Nuestra Señora de los Reyes y el Santo Rey», hacia América antes de la segunda mitad del siglo XVII. La propaganda barroca promovida desde el seno de la Iglesia hispalense, con el apoyo de Felipe IV, representaba aparejada la Virgen de los Reyes con el monarca que consiguió restaurar el cristianismo en estos lares. Mucho antes de que Roma terminara declarándolo como santo, los maestres de naos, Juan Rendón y Gabriel Pérez de Chaves, comandaron las naves que hermanaba la advocación mariana a la devoción fernandina, entre 1641 y 1644, reivindicando así la canonización del rey Fernando III que ya había solicitado el sacerdote sevillano Bernardo de Toro, en 1630. Se trataba de navíos de propiedad privada, completamente ajenos a la pertenencia estatal. En el transcurso del siglo XVIII persistió el empleo de su título devocional en la denominación de más embarcaciones. Dejó de aparecer acompañado del de San Fernando y pasó a hacerlo junto a los de San Sebastián o San Antonio. Entre las naves que participaron en la ruta de las especierías, del «Galeón de Manila», hemos hallado también algunas intituladas Virgen de los Reyes. Hasta una poderosa compañía de seguros recibía, en 1771, el nombre de «Compañía Española de Seguros buxo (sic) la protección de la Virgen María N. Señora con el título de los Reyes».
Vista de Sevilla, siglo XVII. Fundación Focus
Protección real
Dentro del recinto sagrado de la catedral se guardó, desde tiempo inmemorial, un espacio privilegiado a los monarcas. A esta capilla, en la que los miembros de la realeza española le han rendido culto a la Virgen de los Reyes, la han favorecido los titulares de la Corona tanto económica como institucionalmente. De este modo, la monarquía se garantizaba una presencia continuada dentro del gran centro religioso que representó la seo hispalense, al tiempo que mostraba con ello la legitimidad divina de los reyes. Uno de los más asociados a la Soberana ha sido históricamente el rey Fernando III, a quien el pueblo sevillano comenzó a rendirle fervor a través de esta capilla. En el Barroco también se representó con ellos a San Hermenegildo, el rey godo de Sevilla que fue asesinado por su padre al convertirse al cristianismo. Era el modo de enlazar la Sevilla preislámica con la cristiana, posterior al dominio musulmán, gracias a la acción heroica de Fernando III. Convergen en la ilustración realizada por Domingo Martínez, en 1740, tres de las devociones sevillanas más importantes: la Virgen de los Reyes acompañada por dos santos monarcas, San Fernando y San Hermenegildo. El decente sostenimiento del culto era una constante preocupación de la Corona, que nombraba a los capellanes encargados de gestionar el culto a la Santísima Virgen. A causa de ello, se suscitaron no pocos enfrentamientos entre el cabildo de la catedral y sus capellanes mayores, como fue el caso del famoso licenciado Pacheco a finales del quinientos. Como benefactores importantes de la imagen se han distinguido varios reyes y reinas, como Isabel la Católica que realizó grandes donaciones para su ajuar. Si bien otros monarcas han concedido gracias y privilegios. Sirva como paradigma la Real cédula dictada por Felipe IV, el 17 de agosto de 1628, durante los días de la celebración de su festividad y feria que antaño registraba la asistencia multitudinaria de peregrinos.
Besamanos de la Virgen de los Reyes en la Capilla Real / M. J. RODRÍGUEZ RECHI Además, luce el pecherín denominado de las amatistas, la corona de filigrana de oro, de Manuel González Rojas en 1876. Una pieza antigua y segunda presea quizás de más valor de la Virgen de los Reyes después de la portentosa joya que luciera en su sien el 15 de agosto. Una de las novedades del ajuar que va a lucir en estos días está en el tocado, de encajes de Bruselas, una mantilla de un gran valor que por primera vez porta la Virgen de los Reyes.
Capital indiano
A finales del siglo XVII se acometieron en la capilla real varias remodelaciones con motivo de la fabricación de la urna de plata, destinada a acoger el cuerpo incorrupto de San Fernando. Entre 1685 y 1719 se documentan diversas anotaciones contables en el seno de la Casa de la Contratación, cuyo fondo se conserva en el Archivo de Indias. Desde la Corona se le pidió a esta institución estatal que financiase la confección de un vestido brocado para la hoy Patrona. Para ello se ordenó que pudiese tomar el caudal necesario, extraído de varias partidas, procedentes de las Indias. El capital indiano supuso la principal fuente económica con la que se saldaron todos aquellos gastos. En 1689, el rey Carlos II instó también a la Casa de la Contratación a que solicitara a generales de flotas y galeones, así como a marinos mercantes, que reuniesen el mayor número de limosnas con las que poder abonar las referidas obras. Según ha publicado nuestro admirado historiador, el doctor Salvador Hernández, la monarquía fue la encargada de reunir todo el dinero necesario para sufragar la urna que realizó el prestigioso platero, Juan Laureano de Pina, en la que se veneran los restos de San Fernando. En la petición dirigida por Carlos II al Virrey del Perú, puntualiza que la demanda de limosnas se encargue «también a todos los arzobispos y obispos de las iglesias metropolitanas y catedrales de esas provincias, para que cada uno en su diócesis cuiden de que se pidan dichas limosnas, pues de más de ser obra tan del servicio de Dios nuestro Señor, será para mí de particular agrado la aplicación que en esto pusiéredes». En la construcción de los virreinatos y las nuevas sociedades de las Indias se tomó muy de cerca el modelo de Sevilla. En muchos casos, quienes marcharon a América para asentarse como nuevos pobladores, o gobernantes, procuraron recrearla a su imagen y semejanza. El caudal de fervor que recibió la Virgen de los Reyes en la Edad Media fue diluyéndose con el paso de los años. Al trasladarse la ubicación de la capilla real al interior del gran templo, en 1579, el acceso a la imagen quedó mucho más restringido. Acaso a sectores más elitistas, persistiendo entre sus grandes devotos los distintos ministros eclesiásticos de la catedral. Lo proclama así el himno que entonan los sacerdotes invocando el bautismo de Cristo: «Pueblo de Reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu Señor». Sin embargo, pese a ese afán de preservar su halo especial de majestad, por su vinculación con la monarquía, la Virgen de los Reyes ha terminado universalizándose y formando parte del acervo devocional del pueblo sevillano. Por derecho propio, también encarna el alma de Sevilla.
Grabado de las coplas de la Virgen de los Reyes / BIBLIOTECA NACIONAL

Julio Mayo
En las primeras semanas de 1962, coincidiendo con la disputa del derbi local al que hace referencia Joaquín Romero Murube en su artículo publicado el domingo 28 de enero, volvieron a registrarse en Sevilla nuevas lluvias torrenciales. Nuestros dos equipos militaban entonces en primera división. El encuentro se disputó en el campo del Betis que venció al Sevilla por tres goles a uno. En cambio, eran momentos de gran adversidad. Las inundaciones de la Vega de Triana y parte de la Alameda de Hércules, de los primeros días de enero de 1962, volvieron a traer el dramático recuerdo de la riada provocada por el arroyo Tamarguillo (25 de noviembre de 1961), y el accidente de la avioneta de la «Operación Clavel» (19 de diciembre). Después de aquello, se habían quedado más de 30.000 personas sin hogar. Los destrozos sacaron a la palestra las condiciones calamitosas en las que vivía un sector importante de la población sevillana, hacinada buena parte de ella en corrales de vecinos y suburbios de la ciudad. Sumemos a todo ello, los veintitrés muertos y el centenar de heridos del accidente de la «Operación clavel». Pues bien, ni la crudeza de aquella terrible catástrofe pudieron eclipsar la emoción, y la pasión, del partido entre los eternos rivales, ni impedir que se paralizase la vida de toda la ciudad. La calle, comentaba Joaquín Romero Murube, vivía única y exclusivamente para el fútbol. La actualidad que el escritor traía a su habitual sección de este periódico, tenía que ceñirse, obligatoriamente, al Betis-Sevilla. Un retrato sociológico de la Sevilla de aquel tiempo, que quedaba rendida ante el partido.
Julio Mayo
Uno de los principales responsables de que el tesoro no saliese para Madrid, tras su casual hallazgo el 30 de septiembre de 1958, fue Joaquín Romero Murube, que estuvo entre las primeras autoridades competentes en acudir al escenario de los hechos, como máximo responsable del patrimonio en Sevilla. Le acompañó el profesor don Juan de Mata Carriazo y Arroquia, entonces Delegado del Servicio Nacional de Excavaciones. Ambos quedaron retratados en estas páginas visitando el yacimiento.
El descubrimiento se produjo en unos pequeños cerros del término municipal de Camas, conocidos como carambolos, a tres kilómetros de Sevilla y muy cerca de la antigua Itálica (Santiponce). Los terrenos eran propiedad de la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, que desarrollaba unas obras de ampliación de la pista. El albañil, Alonso Hinojo del Pino, rompió con el pico una vasija que se hallaba enterrada en el suelo.
Según la ley de 7 de julio de 1911 del Reglamento de excavaciones y antigüedades, la propiedad de todo el material descubierto tenía que pasar obligatoriamente al Tesoro Nacional. En virtud de esta disposición, lo que hizo el ayuntamiento sevillano fue solicitar la custodia de las piezas, al Ministerio de Educación Nacional, una vez que se hiciese cargo el Estado de ellas. Joaquín Romero Murube y los profesores universitarios de Arte, don José Hernández Díaz y don Antonio Sancho Corbacho, convencieron al marqués de Contadero para efectuar la negociación.
El 10 de octubre se expusieron en el Ayuntamiento todas las piezas, y el acuerdo de la comisión municipal permanente tuvo lugar en la sesión celebrada el 15 de octubre de 1958. El arqueólogo Fernando Amores alaba la heroica consecución. En su libro dedicado al estudio de la colección arqueológica municipal (2014), cataloga la gestión como verdadero acto de valentía «frente al aparato del Estado en pleno franquismo».
Al concluir la campaña de prospección se elaboró un detallado inventario de todo lo encontrado, que se elevó a escritura pública ante notario. Después, las joyas pasaron a depositarse, con grandes medidas de seguridad, en la entidad bancaria descrita por Joaquín Romero Murube en su artículo «La ironía de El Carambolo». La primera fotografía de las piezas reunidas la hizo Serrano para nuestro periódico, que la difundió el 11 de octubre de 1958, después de la presentación oficial. El traspaso del tesoro al Estado no se cumplimentó legalmente hasta el sábado 24 de febrero de 1962.
El acto de entrega se formalizó en el despacho de la alcaldía, donde el presidente de la Sociedad de Tiro de «El Carambolo» hizo entrega de las joyas al director general de Bellas Artes, don Gratiniano Nieto Gallo. Pero, realmente, era para depositarlas en el Museo Arqueológico. El ayuntamiento hizo constar en acta la petición de obtener el derecho de adquisición del tesoro al Estado. Hasta 1963, no concluirían las obras de reforma del pabellón de la plaza de América, donde Joaquín Romero Murube había propuesto que se instalara el museo en 1947, cuando ejercía como comisario para la Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (P.A.N.) en Sevilla.
El eminente medievalista, Mata Carriazo, refiere en su obra «Protohistoria de Sevilla (1980)» que pudo analizar la figurita pequeña de bronce que representa a la diosa Astarté, cuando paraba en manos de Joaquín Romero Murube, antes de ser llevada ya al Museo Arqueológico. La diminuta efigie, al parecer encontrada por otro obrero en el Carambolo, en opinión de don Juan, no correspondía al conjunto que nos ocupa por tratarse de una pieza de evidente importación. También pasó al mismo museo el conocido como «bronce Carriazo», tras ser encontrado en el Mercado del Jueves, pues representa a la divinidad fenicia Astarté, cuya gigante recreación luce ahora en la entrada de Camas como diosa de las marismas, muy cerquita de mi verdadero alhajamiento.
Defensor del patrimonio
Joaquín Romero Murube comenzó a desempeñar el cargo de comisario de la Defensa del Patrimonio Artístico Nacional en el área de Sevilla, en 1938, cuando todavía no había concluido la Guerra Civil. Su encomienda era la de obtener información detallada de todos los elementos patrimoniales que integraban el tesoro artístico de este sector. Luego, lo fue también para la zona occidental de Andalucía. En el año del hambre, 1940, mantuvo una intensa actividad en esta comisaría. Entre sus actuaciones pueden destacarse la remodelación del Museo de Bellas Artes, cuyo edificio mejoró con el traslado de la portada barroca de la desaparecida iglesia a la parte de su fachada, como luce hoy. Además, consiguió que el ayuntamiento arreglase la plaza delantera.