El Alcalde de la ciudad en sesión celebrada el 25 de diciembre de 1905, expone, y es aprobada la propuesta “de que en caso de que la Remonta – apruebe la proposición de arrendamiento de varias fincas rústicas, en Ecija se dirija escrito a su coronel ofreciendo Casa Cuartel para las tropas a su mando”. El local que en un principio se pensaba ofrecer era el perteneciente al Ex-Convento de Monjas Blancas sito en la calle Mayor, e invitando a dicho coronel para que forme una comisión que inspeccione dicho edificio, con objeto de hacer en él cuantas reparaciones sean necesarias para el mejor servicio y comodidad.
La sesión de la corporación municipal de fecha 24 de febrero de 1906 quedará como fecha histórica en este largo proceso. El Alcalde, con evidentes signos de satisfacción, toma la palabra tan pronto se abre la sesión y dirigiéndose a los señores concejales les informa de la noticia en estos términos: “Señores, tengo una inmensa y verdadera satisfacción como Presidente y como ecijano amante de mi pueblo: El Ministro de la Guerra, General Luque, ha firmado la resolución por la cual se ordena sea trasladado a Écija el Establecimiento de la Remonta de Extremadura, hoy en Morón. La corporación municipal a partir de ese momento pone toda su ilusión y empeño en ofrecer un local decoroso para el Establecimiento de la Remonta.
A la secretaría del Ayuntamiento llegan propuestas de ecijanos ofreciendo sus casas para este fin. En una de las sesiones se da lectura a las propuestas presentadas:
* Federico Fernández de Bobadilla ofrece las casas en calle Tetúan números 18, 19 y 21 (hoy Sor Ángela de la Cruz), y una casa en Calle Comandante Cirujada (hoy Ancha), en precio de 32.500 pesetas pagadas al contado, siendo de cuenta del Ayuntamiento los gastos de escritura.
* Don Santos Martínez y Martínez, propone la casa número dos de la calle Rodríguez Lagunilla, (hoy llamada la Marquesa) en precio de 27.500 pagadas a plazos.
* Doña Elia Fernández Golfín y Murcia ofrece la suya sita en calle Rejón, 7, y solares agregados a la misma en precio de 35.000, admitiendo el pago en plazos y poniendo entre otras la precisa condición de que se ha de firmar la escritura dentro de los ocho días, recibiendo entonces 10.000 pesetas.
*Otra proposición fue la presentada por don Cristóbal, doña María y doña Pilar Martel y del Conde de Valhermoso que proponen la casa palacio de Valverde, situada en calle Cánovas del Castillo, número 18, en precio de 40.000 pesetas, pagándose 30.000 pesetas a la firma de la escritura y el resto cuando justifiquen su participación los señores don Luis y doña Carmen Martel.
Abierta la discusión acerca de las cuatro proposiciones, hace uso de la palabra en aquel acto el Alcalde para manifestar que desde luego consideraba más ventajosa la proposición referente a la Casa Palacio de Valverde, y además se unía a esto la buena impresión que se llevó la Comisión de la Remonta que la visitó, así como que estaba en el ánimo de todo el pueblo adquirirlo desde hace muchos años, teniendo otras ventajas cuales son, que para el día de mañana, cuando “las circunstancias ignoradas del futuro hagan o puedan hacer que la Remonta no necesite el Palacio, podrá utilizarlo el Ayuntamiento en Escuela, Casa de Correos y demás servicios públicos compatibles con gran economía para el municipio, y ello también, para conservar el mejor edificio de este pueblo”.
Puesto el tema a votación, fue aceptada la proposición del Conde de Valverde por 16 votos a favor y uno en contra de José Aguirre que votó en favor de adquirir la casa en calle Rejón exponiendo que, pese a reconocer que el Palacio es el mejor edificio, la oferta de Elia Fernández era más ventajosa, no solo por el desembolso que tenía que realizar el ayuntamiento, sino que la ofrecía a plazos, mientras del Palacio de Valverde ofrecía algunos problemas, entre ellos, que varias participaciones indivisas pertenecientes a varios señores podrían resultar de difícil adquisición por el ayuntamiento, y que pueden proporcionar a éste serias complicaciones. Efectivamente, la oferta presentada por los señores Martel se refería a una participación del 73% del Palacio. Pese a que el tema fue ampliamente debatido y por el concejal Ostos Angelina se pidiera a la Presidencia la votación del asunto, pues lo creía bastante discutido, el señor Alcalde argumento “que deseaba oír la opinión de más señores y dar a esta discusión la mayor amplitud y libertad posible”. Puesta a votación las diferentes ofertas, resultó aceptada la del Conde de Valverde como queda dicho.
Inmediatamente de este acuerdo, el Ayuntamiento se puso en contacto con el Conde de Valverde y demás copropietarios a fin de gestionar la transmisión urgente del inmueble. Paralelas a estas gestiones –(a veremos que serán lenta y costosas) concluyen otras: En Morón se firmó la escritura de arrendamiento de diferentes fincas rústicas en término de Écija: el Cortijo llamado de la Estrella perteneciente a Montesión; el Cortijo de Alcotrista, con su isla y otras islas llamadas de Villaverde, Ibarra, las Animas y San Bartolomé.
Para hacernos una idea del acoso que recibe el ayuntamiento en este asunto, basta ver la pretensión del citado de Montesión. Después de firmar el contrato de arrendamiento de sus fincas con la Remonta en Morón, se dirige al ayuntamiento ecijano para solicitar 5.000 pesetas, importe de la indemnización que ha pagado al arrendatario de su finca “La Estrella” a fin de dejarla libre y desocupada y a disposición de la Remonta argumentando este noble “que esta cantidad debería pagarla el Ayuntamiento”.
La Corporación, en vista de ello, facultó al Alcalde para que se dirigiera a dicho señor a fin de que se le expusiera la precaria situación del erario municipal por los cuantiosos gastos que te nía que hacer para la instalación del Cuartel y, solicitándole que dejara libre al Municipio en ese tema, y que como propietario de la finca pagara él la indemnización por la rescisión del contrato.
Urgentemente se acometen las obras necesarias de restauración y de adaptación; obras que no mutilan su distribución originaria pues principalmente se llevan a cabo la restauración y acondicionamiento de diversas dependencias y que, sin ser de gran envergadura, supuso un importante desembolso. Son diferentes las sesiones donde el Alcalde solicita el aumento de presupuesto de obras y en todas ellas se accede con buen ánimo. En una de ella -sesión de 17 de septiembre de 1906-, expone que habiendo comenzado las obras, se habían presentado dificultades que no estaban previstas y que motivaron tener que ejecutar algunas nuevas. La Corporación, en consideración de la urgencia de la solución, las aprobó, facultando al Alcalde para que, en lo sucesivo, ordenara la ejecución de cualquier otro trabajo que fuera necesario. Las obras fueron presupuestadas por el Maestro de Obras del Municipio y en una primera fase ascendieron a 9.866,33 pesetas, solicitándose para ello la declaración de exención de subasta para la ejecución de las mismas en fecha breve.
Por otra parte, el Ayuntamiento remite al Gobierno Civil de la Provincia expediente para su adquisición, y cuya compra fue aprobada el día 2 de Abril de 1906. En dicho expediente se expone en uno de sus considerandos que se pretende la compra de este Palacio por “redundar en beneficio de los intereses generales del vecindario, por los nuevos elementos de vida que aporta a la población, sin que con su realización se lastimen intereses de ninguna clase, toda vez que, anunciado al público en forma no se ha presentado ninguna reclamación y ha sido informado favorablemente por la Comisión Provincial, (expediente que se aprueba con fecha 16 de julio de 1906)
En otra sesión, el Alcalde expone que ya se había otorgado la escritura de compraventa, informando la primera autoridad ecijana, que ya se había concluido con éxito lisonjero la parte más difícil, que como obra humana había producido trabajos y sinsabores, y muy especialmente para el activo Diputado a Cortes señor Serrano Carmona, el cual y como en otras ocasiones, ha demostrado su gran actividad y su cariño hacia nuestra ciudad, por todo lo cual y como elocuente demostración de gratitud del pueblo ecijano para con su dignísimo Diputado, propuso y se acordó rotular con el nombre de Serrano Carmona la calle Comandante Cirujada, ya que este último nombre, si bien muy respetable por ser muy ilustre soldado de la patria, nada recuerda a los ecijanos. Ya dijimos que la adquisición de la totalidad del Palacio sería lenta y costosa. La razón es bien clara, la titularidad del mismo no estaba en una sola persona y varios de los propietarios de participaciones indivisas estaban en paradero desconocido. De tal forma que la primera escritura de compra de participaciones se firma en Ecija el día 28 de Julio de 1906, y la última en 13 de diciembre de 1923, es decir 17 años después de la primera compra, y por esta razón tiene que abonar algo más de 13.000 pesetas en el precio ofertado. En total, el Ayuntamiento abonó por la compra del Palacio la suma de 53.477,22 pesetas.
Finalizadas las obras necesarias, el día 25 de noviembre de 1906, el Notario don Antonio Greppi se constituye en la Casa Palacio de Valverde a requerimiento de don Plácido Ostos Angelina, Teniente Alcalde en funciones de Alcalde-Presidente, para hacer entrega del Palacio al señor Coronel Jefe del Establecimiento de la Remonta llamado de Extremadura, don Luis de los Santos y Fontordera, cesión que se realiza “nada más que para uso exclusivo de la Remonta, y mientras ésta subsista en Écija”.
Sobra decir que el Palacio de Benameji -modelo de arquitectura civil en el barroco español y una de las joyas del gran siglo ecijano- revertió al ayuntamiento y dicho Palacio se ha destinado para albergar un magnífico Museo Arqueológico, orgullo de todos los ecijanos.
La ciudad de Écija, como otras muchas ciudades, tiene en su historia fechas de amargo recuerdo: terremotos, inundaciones, sequías. Pero ninguna más desoladora que la realidad de una enfermedad mortal que siega las vidas inexorable y masivamente, sin humana posibilidad de curación como eran las plagas. Al dolor familiar se suceden esfuerzos sobrehumanos por la supervivencia, ruina moral y material.
Una corbeta llamada Delfín, anclaba el 6 de julio del 1800 en el puerto de Cádiz que estaba recién salida de los astilleros de Baltimore vendida en la Habana a una casa comercial española. Durante la travesía, tres pasajeros habían fallecido de una enfermedad epidémica: la fiebre amarilla. Este terrible mal, desconocido en Europa, se propagó rápidamente por Cádiz y la costa atlántica, alcanzando en breves días las risueñas orillas del Guadalquivir (1).
Écija no escapó al azote de esta enfermedad en los albores del siglo XIX. Situada en una encrucijada de caminos, bañada por el Genil y por numerosos arroyos, con unos veranos prolongados y calurosos, ofrecía unas condiciones propias para el desarrollo de la epidemia. El año 1800 fue estéril: las copiosas lluvias del invierno y el desbordamiento del Genil a finales de enero arruinaron la cosecha. El día 2 de septiembre el Marqués de Quintana de las Torres, alcalde honorífico, comunicó en cabildo el notorio contagio que padecían Cádiz y Sevilla, así como la necesidad de adoptar unas primeras medidas higiénico-sanitarias. En virtud de la proposición del Marqués de Quintana se crearon enfermerías y lazaretos en algunos caseríos y ermitas distantes de la ciudad; acordonaron éstas poniendo guardas para evitar la entrada a los forasteros y asimismo acordaron “que todos los viajeros que vinieren de aquella carrera, entrasen por los alrededores del pueblo, haciendo en sus extremos la corta parada más indispensable y no parasen tiempo alguno más que aquel indispensable, sin que por eso se negase la hospitalidad a aquellos que no pudiesen caminar…” también se coloquen bandos “ordenando el aseo de las calles, prohibiendo que los vecinos y pasajeros echen excrementos, perros, gatos y otros animales muertos, pues todos estos fetóres, infestan los aires y propagan aún más el contagio, debiendo entenderse esta providencia, para todos los vecinos de la Plaza Mayor, que vacían los vasos comunes por los balcones de ella, luego que dan las once de la noche…” (2).
Ante el fracaso del médico, actúa el sacerdote. Misiones, rogativas, novenas, quinarios y procesiones. Sobradamente conocido es el sentimiento teúrgico de que estaba impregnada la mentalidad del hombre en estos tiempos, para quien la enfermedad era enviada por Dios como castigo a sus inmoralidades. Y, por supuesto, si Dios enviaba la enfermedad también concedía la salud. En los momentos de máxima aflicción o alegría, Écija acudía a su Patrona. Considerada tradicionalmente como especial intercesora ante Dios, se convirtió en el centro de las rogativas y funciones de acción de gracias organizadas en la ciudad con motivo de las epidemias de fiebre amarilla (3) .
A instancia de varios ecijanos el cabildo acordó trasladar la imagen en procesión solemne a la iglesia Parroquia de San Gil. A tal efecto, el día 1 de octubre de 1800 se constituye en el Monasterio de Religiosos de la Sagrada Orden de San Gerónimo, previo requerimiento, el escribano de Écija José Payba Saravia, a fin de redactar la oportuna escritura (4). En el referido documento se hace constar “que estando en el Monasterio de Religiosos de la Sagrada Orden de San Gerónimo, titular de Nuestra Señora del Valle, extramuros de la ciudad de Écija y en la celda Prioral, ante mí el escribano de su cabildo y Ayuntamiento y testigos que se expresaran se juntaron y convocaron a toque de campana con respecto a su instituto y costumbre, el M.R.C. P. don Juan José Calatrava, actual prelado y los RR.PP. Sr. Diego de Córdoba, Sr. Don Rafael de Miguel, Sr. Luis de la Trinidad, Sr. Andrés de Montachez, Sr. Antonio del Valle, Sr. Juan Galindo, Fray Pedro de San Gerónimo Sr. Antonio de San José Ortega y Fray Alonso de Pareja, todos religiosos, presbíteros y monjes del referido Monasterio, y que se componen su comunidad “.
La Comunidad prestó su consentimiento para hacer entrega de la soberana imagen para el fin que queda expuesto, “y otorgan y prestan solemne jurado por Dios nuestro Señor su Divino y Santo Evangelio según fuero y forma, y desde luego se obligan a sacar de este monasterio en la tarde del día de mañana dos del corriente año, si no hay impedimento por razón de lluvia, la soberanas imagen de María Santísima, con el título del Valle su patrona, trasladando a S.M. en procesión general a la otra Iglesia Parroquial de San Gil y colocar y tener en ella con la mayor decencia, culto y veneración como se había practicado en otras ocasiones los días que se tributen rogativas y santidades a las que precisamente han de asistir los señores diputados para que por intersección se experimente la preservación al referido vecindario de esta epidemia. Y el último día, estos señores diputados contraen igual obligación a restituir y traer a la misma soberna Imagen a este Monasterio con igual procesión general decencia y culto debido” (5).
La comunidad religiosa prestó su consentimiento al traslado de la Virgen del Valle, pero además de solicitar de las autoridades locales la mayor decencia y fervor en el traslado, impone fuertes condiciones, que van más allá de exigir esa debida decencia y fervor, pues obliga al cabildo ecijano a garantizar la restitución de la Imagen al Monasterio, tan pronto concluyan los actos y, se pactó expresamente, lo siguiente: “A cuya firmeza y cumplimiento sujetaron los bienes propios y rentas de esta M.N. ciudad presentes y futuros y dan el competente y poder a la Justicia y Jueces S.M. a cuyo fuero y jurisdicción se someten y renunciando a todas las leyes fueros y privilegios.
En prueba de conformidad firmaron la escritura de recibo de la imagen del Valle, el dia 1 de octubre de 1800, siendo testigos Francisco Castro, Francisco Antonio Castro, Francisco Gómez y José Coello, vecinos de esta ciudad.
HERMOSILLA MOLINA, Antonio. Epidemia de fiebre amarilla en Sevilla en el año 1800. Sevilla 1978
OSTOS Y OSTOS, Manuel ¡¡alfajores de Écija!!. Sevilla. 1909. Págs. 292-203.
3 MARTIN OJEDA, Marina, Epidemias de fiebre amarilla en Écija. Años 1800 y 1804. . Écija en la Edad Contemporánea. Actas del V. Congreso de Historia. Excmo. Ayuntamiento de Écija. 2000.
MÉNDEZ VARO, Juan. Amigos. Hermandad del Resucitado. 1993. Págs. 154-155
Archivo Notarial del Distrito de Écija. Notaría de José Payba Sarabia. 1800.
(I). Noticias manuscritas y estampas de protección y (II). Las certificaciones parroquiales. En Congreso Internacional Andalucía Barroca. II. Historia demográfica, Económica y Social. Actas, Consejería de Cultura – Junta de Andalucía, 2009, pp. 259-268 y pp. 269-277.
En el invierno de 1708 Europa occidental padeció una grave epidemia de gripe que fue seguida en muchas regiones por sucesivos brotes de tifus. Los contemporáneos no lograron ponerse de acuerdo sobre el origen y causas de este mortífero catarro que afectó también a las tierras de las colonias americanas con enorme violencia.
Aún hoy se discute la etimología de la fiebre maligna, así como el alcance y duración de su impacto, si bien los datos disponibles apuntan a un ciclo trienal (1708-1710) y un escenario atlántico. (…)
Andalucía había contribuido con hombres y caudales a sostener la causa borbónica desde el principio de la contienda y este desgaste mermó, sin duda, la capacidad de reacción frente a la adversidad natural, azote imprevisto que sobrevino en noviembre de 1708. Por si fuera poco, las razzias portuguesas fustigaron la frontera onubense en varias ocasiones entre 1706 y 1710, siendo el ataque de julio de 1708 uno de los más devastadores y persistentes.
En semejantes circunstancias, hubiera bastado el infausto golpe de una cosecha exigua para derribar, como un castillo de naipes, las frágiles energías que aún se mantenían en pie. Pero el destino deparaba algo peor: la sucesión ininterrumpida de fuertes huracanes, lluvias torrenciales y heladas persistentes, entre octubre de 1708 y febrero de 1709, que fueron seguidas por una devastadora plaga de langosta que acabó con lo poco que había sobrevivido de la cosecha, antes de que el tifus exantemático, conocido como tabardillo, se cebara con una población que se moría de hambre por las calles.
Corría el mes de abril de 1709. Las noticias que tenemos de la situación en el reino de Sevilla, ámbito preferente de este estudio, coinciden en lo sustancial. El invierno de 1708 se distinguió por los incesantes temporales. Y la primavera no fue más caritativa, pues dio un parto de hambre, muerte y desolación para los andaluces. (…)
Desde la reconquista de Sevilla por el rey Fernando III, nuestra ciudad se convirtió en una plaza mercantil muy transitada, gracias al Guadalquivir. En la Edad Media comenzó a extenderse la peste negra principalmente por ciudades comerciales de Europa, consiguiendo matar a un porcentaje considerable de la población. Pero conforme pasaron los siglos, estas plagas fueron haciéndose más mortíferas. En 1649, cuando Sevilla era prácticamente la capital económica del mundo, estaba superpoblada y era un denso hormiguero de contactos humanos, la peste redujo el censo casi a la mitad (de 110.000 bajó a 70.000 habitantes), después de que los contagios se propagasen a una velocidad vertiginosa.
Fue una catástrofe humana mucho mayor que cualquier guerra. Era una enfermedad incurable y espantosa, con dolencias realmente horribles, que traía de inmediato la muerte. Quedaron desiertas las calles, sus tiendas y las casas de los muertos abandonadas, en las que robaban los ladrones.
Los grandes perdedores de la epidemia fueron los pobres. Tan horrendo drama era asumido como castigo divino: la «guerra de Dios Todopoderoso». Muchos siglos después, en 1894, un científico descubrió que el mortífero contagio provenía de las ratas negras, cuyas pulgas se volvían hambrientas cuando moría el roedor y saltaban a los humanos. Pero en la década de 1980, vino a rebatir la tesis un historiador que situó el origen epidémico en otro flanco muy distinto.
Sevilla apestada
Los documentos que se conservan de la época no hacen referencia, en ningún caso, a apariciones masivas de ratas muertas, por lo que la transmisión de la bacteria que había causado la muerte a tantas personas tuvo que producirse, principalmente, mediante la interacción de las personas.
En el caso de Sevilla, hemos reunido una documentación de archivo importante, correspondiente a brotes de plagas registrados durante las últimas décadas del siglo XVI, y muy especialmente en 1649.
También nos ha resultado de mucha ayuda la amplia labor de consulta bibliográfica efectuada por el historiador sevillano, Pedro Álvarez, documentalista de la serie «La Peste».
Escrutadas estas fuentes, podemos extraer, en consecuencia, que la enfermedad se ensañaba mayormente con la población más indefensa (como niños, mujeres o esclavos), y la más expuesta a contagios. Es decir, todo el personal sanitario (médicos, barberos, cirujanos, boticarios y sirvientes enfermeros), además de los clérigos. Los más pudientes huían de la ciudad y acampaban en residencias rurales, que eran para ellos refugios seguros. Pero la mayoría de la gente no tenía donde acudir.
Los únicos que permanecieron dentro eran los más desgraciados. Dentro de las murallas se quedaron abandonados muchos niños infectados, que llorando y desquiciados gritaban: «¡padre!, ¿por qué me abandonas?» Aquella gran peste sobrevino en las primeras semanas del mes de mayo de 1649. De inmediato, el Ayuntamiento hispalense creó una Junta de la Salud, que ordenó medidas preventivas y fórmulas de protección conocidas ya de siglos anteriores.
Curiosamente, muchas de las adoptadas ahora para frenar el coronavirus, son prácticamente las mismas de entonces. Resultaba crucial asilar a los portadores de la enfermedad
Medidas sanitarias
Esto es la cuarentena. Entre las medidas higiénicas ordenadas, a nivel colectivo, pueden resumirse en guardar y custodiar las puertas de la ciudad, que eran fortificadas con maderas, vigilancia de las afueras, limpieza general de las calles, plantas aromáticas para purificar el aire, pulverización de las casas, prohibición de comercializar mercancías, celebración de reuniones entre los médicos, agrupamiento de los contagiados en hospitales, sepultura a los muertos, quema de ropas, prohibición de aglomeraciones y cierre de locales públicos (comedias, teatros, escuelas), clausura de las casas de apestados.
Mientras que las seguidas de modo individual pueden sintetizarse en la huida o aislamiento, llevar un régimen de vida específico durante la crisis, adoptar una dieta alimenticia especial; restringir las relaciones sexuales, medicarse en caso de adquirir el contagio, portar amuletos y adquirir el particular certificado de salud.
No en vano, muchas de ellas se incumplían. Era el caso de las piadosas procesiones de rogativas que se organizaban de noche, espontáneamente, con el consiguiente enfado de los funcionarios.
Fueras de las murallas, se dispusieron varios lazaretos, como el hospital de la Sangre en la Macarena, hoy sede del Parlamento de Andalucía, o el de San Lázaro, acondicionado exclusivamente para acoger a mujeres contagiadas de la plaga.
En el de la Sangre ingresaron más de 25.000 enfermos, de los que fallecieron la gran mayoría. Muchos murieron en la puerta, en cuyas explanadas se dispuso un amplio hospital de campaña, tal como recrea la pintura que se conserva en el Pozo Santo.
Se autorizó la transformación de algunos corralones y otros grandes espacios para acoger «morberías», aisladas del resto de la población. En determinados enclaves se establecieron cordones sanitarios, quedando completamente apartados del resto.
El primero se organizó en Triana, junto al río, como arrabal por donde penetró el contagio desde los barcos mercantes. A aquellos lugares marginales, los diputados llevaban hombres, mujeres y niños ya sin remedio humano. En el frente del monasterio de la Cartuja murieron miles y miles de pestilentes. En la otra orilla del Guadalquivir, se cercaron lugares en los barrios de la Carretería, los Humeros y el Baratillo. No se podía circular libremente.
El núcleo urbano estaba acordonado por guardas, e incluso para entrar dentro tenía que hacerse por dos o tres puertas habilitadas al efecto. No paraban de enterrar cadáveres apestados. Se abrieron numerosos carneros, a modo de amplias fosas comunes, donde la mayoría de los cadáveres eran hacinados y enterrados, prácticamente a flor de suelo.
Sin funeral, misa, ni atención espiritual. Por las calles, deambulaban perros con pedazos de restos humanos en la boca. Muchos hombres masticaban tabaco con tal de disuadir el olor y el sabor amargo de la muerte.
En el centro urbano se dispusieron para fosas comunes el «corral de los Naranjos» de la catedral y el patio del Salvador, a los que había que sumar los otros 18 carneros excavados en los exteriores del hospital macareno. Pero fueron insuficientes.
Los diputados sanitarios mandaron hacer otros cementerios en el extrarradio, como los de la Huerta del Rey en San Bernardo, el Alto de Colón o de los Humeros, junto a la Puerta Real, Almensilla, Barqueta, cerca de San Sebastián (el Porvenir y Tablada), amén de los de las puertas de Osario, Triana y Macarena. Para enterrar los muertos, e incluso cuidar a los infectados, se protegían con tela gruesa de esterlín. Los médicos empleaban máscaras con picos de ave, como las que han pervivido en el carnaval de Venecia (en emulación de las actuales mascarillas), y así salían a recogerlos.
Quedaron prácticamente deshabitados en el amplio barrio macareno las collaciones de San Gil, Santa Lucía y Santa Marina, por cuyas calles apenas quedaron vecinos. Aquella purga desbocada de mediados del seiscientos no tuvo compasión. Pasó por aquí sembrando un miedo colectivo aterrador y llevándose, mayormente, decenas de millares de mujeres y niños. Y fue así, como quedó debilitado lo más tierno del alma humana de una de las primeras capitales del mundo: Sevilla.
Según recoge Francisco Collantes de Terán y Caamaño en su Historia de Morón de la Frontera (escrita a fines del XIX y publicada en 1990), nos describe qué según Balbuena, la villa en 1670 contaba sobre tres mil vecinos, entre ellos quince de títulos de Castilla. Fue tal el refinamiento de los caballeros que ninguno tomaba esposa en el pueblo, sino que las habían de traer de fuera, y esto con tanto luego y ostentación que sus caudales no podían soportar los gastos que se le originaban, habiendo llegado a tal extremo esta manía, que ya en los últimos tiempos, no las iban a buscar, sino que las hacían traer a sus casas, en lo cual consistían el gran puesto de su caballería.
Estas calamidades, conllevó en ese mismo año, por falta de cosecha, las autoridades se vieron precisadas a poner una horca en la Plaza de la Carrera, para contener los desórdenes de la gente pobre que salían a robar el pan y los ganados de todas clases, pues llegó a valer la hogaza de pan cuatro reales siguiendo en aumento al precio del trigo. En el año 1679, se presentó una buena cosecha, pero una lluvia que cayó a mediados de junio, seguida de un sol abrasador hizo que se perdiera todo, quedando los trigos negros prolongándose la falta de pan al año siguiente, en el cual los pobres atropellaban las casas buscando de comer y para contenerlos, así como para remediar tan extrema necesidad, acordaron las autoridades nombrar diputaciones que pidiesen por todas partes dinero, trigo, frutos y efectos, y en un depósito que se estableció en la calle del Recaudador, se empezó a distribuir socorros el día 17 de mayo habiendo acudido en este día 1899 vecinos.
Ya en el año 1680, ante la necesidad y sin llover, comienzan las rogativas a la Iglesia, realizándose una novena a Nuestra Señora del Rosario, que se concluyó el 24 de marzo, y no cayó ni una gota de agua. Entonces el Señor Vicario “…Mañana es día de la Encarnación del Hijo de Dios prevénganse todos confesados y comulgando, ayunen a pan y agua, y a la tarde haremos una procesión, iremos por Nuestro Padre Jesús Nazareno y lo traeremos a la Parroquia, mediante estas diligencias usará Dios de su misericordia…”
Llegó la tarde deseada, el Sr. Vicario al clero, se encerraron en la Sacristía, se descalzaron todos de pies y manos, pusieron sogas al cuello y con sólo la sotana tomó cada uno su cruz sobre sus hombros y empezó a salir la procesión con gentío, todos vestidos de negro, los vecinos los vieron de esta manera que empezaron a dar gritos, retirándose para no ver a su sacerdote en aquella disposición. Siguió la procesión por la calle del Pósito para llegar a la Fuensanta, entonces cuatro sacerdotes que iban sin cruces tomaron a Jesús y lo sacaron de la ermita.
Caminó la procesión hasta la Plaza del Cabildo, en onde esperaba la Virgen del Rosario: “Señora, ahí tenéis a vuestro Santísimo Hijo, suplicadle que nos envíe el agua”, y al momento comenzó a nublarse el cielo y a caer algunas gotas; llegaron a la Parroquia y enseguida subió al pulpito un sacerdote religioso de San Francisco, que predicó un elocuente sermón, y cuando concluyó no se podía salir de la Iglesia, por lo mucho que llovía. Continuó después lloviendo por espacio de trece días, hubo absolución general y se cantó, el “Te Deum”.
Imagen de la bendición del actual titular en el año 1940, procedente de la colección local de la sección de fotografías de la B.P.M. Morón de la Frontera.
TODO UN EJEMPLO DE RESISTENCIA Y HEROICIDAD COLONA Por José Antonio Fílter Rodríguez
Poco pudieron disfrutar los colonos llegados a esta colonia de La Luisiana de “aquel jardín verde, de aquella constante primavera donde florecen los árboles, en todas las épocas del año, y no puede verse nunca la nieve” descrito en los panfletos y proclamas del aventurero y contratista Thürriegel[1].
No empezó el verano del año de 1769 a asomarse cuando ya comenzó a cobrarse las primeras víctimas la epidemia de fiebres tercianas y obstrucciones de vientre que tuvo lugar en las colonias, especialmente en La Luisiana, El Campillo y Cañada Rosal Esta virulenta epidemia que acabó casi con la población y se temió se paralizase por completo, se produjo por las condiciones tan deplorables en que se encontraban los colonos, viviendo amontonados en barracas, sin unas condiciones higiénicas-sanitarias mínimas y por las duras condiciones climáticas que tuvieron que soportar.
Acostumbrados al clima de sus países, se encuentran con un sol que quema y un verano riguroso, añadido al fuerte trabajo de desmonte, podemos hacernos idea de la situación que tenían que superar para poder sobrevivir; lo que muchos no pudieron resistir. Muchos de los que habían buscado el “puerto de felicidad” o el soñado paraíso de las proclamas de Thürriegel se encontraron con la muerte en una tierra lejana y desconocida.
En pleno verano, la epidemia se cobra el mayor número de muertes, por lo que la situación se considera alarmante.
Estando el inspector de las colonias Pérez Valiente en Écija, en visita de su cargo, recibió de un carpintero de La Luisiana la noticia sobre el número de muertos que se estaban dando en esta colonia, señalando el carpintero que “había tantos que no caben en el Campo Santo”[2].
Rápidamente el Sr. Valiente pidió información al oficial de suizos Carlos Yann y a don Ceferino Ximénez, director de La Luisiana. Estos no informaron verazmente, ocultando la realidad y quitando importancia a la epidemia. Negaron que hubiera tantas muertes, dando como datos que en dos meses solo se habían producido cuatro muertes de personas mayores en La Luisiana y de niños. Carlos Yann dijo que habían muerto unos 60, mientras que Ceferino Ximénez aseguró que unos 30 más o menos. Sin embargo coincidieron los dos en decir que había bastantes enfermos de tercianas y melancolía.
El 28 de julio de 1769 mandó el Sr. Valiente a un médico de Écija, José Delgado, para que realizara una visita a toda la población y diese un informe del estado de la colonia. Estuvo dos días y el 30 del mismo mes dio un informe del número de enfermos, enfermedades que padecían, causas y los más inmediatos remedios. Señaló que eran tercianas y obstrucciones de vientre con grandes dolores de estómago. Había gran cantidad de personas infectadas y necesitaban asistencia médica. Coincidió en todo con don Sebastián Kelnes, cirujano de La Luisiana, quién expuso que ante el gran número de enfermos y contando además con que están muy dispersos en el terreno, necesitaba a personas que le ayudaran en su tarea. También pidió que se le aumentase el sueldo por el exceso de trabajo[3]. Con fecha de 3 de agosto de 1769 el Sr. Valiente, ante la propuesta de Kelnes, nombra al médico don José Delgado para que todas las semanas visitase una vez a los enfermos de La Luisiana y otro día a los de Fuente Palmera. El médico se puso en contacto con los directores de La Luisiana y Fuente Palmera para aunar esfuerzos dirigidos para atajar el mal. Se le fijó al Sr. Delgado, para cada uno de estos viajes, un sueldo de 16 pesos de quince reales. Serían ocho viajes al mes, por lo que percibiría 128 pesos mensuales; además se le pagaron 120 rs. de vellón por el primer viaje que hizo con carácter de información. El tiempo de duración del contrato fue fijado para todo el verano y otoño hasta que cesaran las enfermedades.
A Sebastián Kelnes se le aumentó el sueldo a 12 reales de vellón en lugar de los 8 que antes cobraba; se le dio una casa en La Luisiana, donde podía descansar y a la vez se pretendía instalar en ella una botica; para realizar los viajes se le proveyó de una caballería. Para ayudarle a sangrar y atender a los enfermos se nombró a Vicente Vázquez y Antonio González, que estarían bajo su dirección. A éstos se les pagarían 8 reales al día y cesarían en su trabajo en el momento que cesaran las enfermedades.
Las normas que dictó Pérez Valiente y que comunicó a Quintanilla para que las llevara a cabo fueron[4]:
a) Cubrir con madera la fuente de La Luisiana que antes estaba al descubierto. Darle corriente y ponerle uno o varios caños donde pudieran los colonos tomar agua limpia para beber y utilizar la que sobrara para lavar, evitando así que se lavasen allí mismo y la contaminasen, pues el cirujano pensaba que esto era lo que había provocado las obstrucciones.
b) Velar por la calidad del pan porque se había dado varios casos en que el pan era de mala calidad y olor, debido a la harina impura y la mala cochura.
c) Para impedir el mal olor y acelerar la corrupción de los cadáveres, se hicieron las fosas de más de dos varas de profundidad, echando sobre cada cadáver tres o cuatro espuertas de cal viva.
d) Que los enfermos que no pudieran curarse en sus casas o chozas, ni en los hospitales provisionalmente instalados en La Luisiana y Fuente Palmera -el de La Luisiana se llamó Juan Bautista Alvitt- se conducirían, según el dictamen del médico y con la mayor comodidad posible, a los Hospitales de San Sebastián o San Juan de Dios en Écija.
Muchos colonos enfermos tuvieron que ser alojados en la parte alta de las viviendas de la plaza de España de Écija o “Salón” como popularmente se le conoce en la zona conocida como “El Barco”, anexo a la iglesia de San Francisco.
Valiente informó al secretario del Rey sobre las medidas tomadas y éste, con fecha 17 de agosto de 1769, recibió un escrito firmado en San Ildefonso, en que se le comunicaba que se le había informado al Rey de las decisiones tomadas por éste para remediar las enfermedades, considerando S.M. muy propia de su celo las disposiciones adoptadas, pero que S.M. estaba persuadido de que en observancia de lo resuelto por el Consejo, se debía hallar de vuelta en Madrid y Olavide reintegrarse a la Superintendencia.
En el Archivo Parroquial de La Luisiana hemos encontrado en los libros de defunciones, la negra lista de colonos extranjeros muertos a causa de la voraz epidemia. Firma las partidas el cura de La Luisiana, Pedro Jerónimo de Arbizú, aunque también aparecen algunas firmadas por el segundo capellán Manuel de Acosta y Vargas.
Dada la importancia que tiene esta epidemia y su influencia en la vida de las colonias, hemos realizado un estudio detallado de las defunciones producidas en el primer año de existencia de estas poblaciones.
El número total de personas fallecidas desde mayo de 1769 hasta abril del siguiente año, incluyendo ambos meses, asciende a 361. De estas, 220 son consideradas en el estadillo como mayores (más de 7 años) y 141 como párvulos (menos de 7 años).
Dentro del número total de fallecidos sólo figura un español, los demás son todos extranjeros. Es a partir de mayo-junio del año 1770 cuando se asientan partidas de defunciones con nombres de colonos españoles, sobre todo valencianos.
Este elevado número de muertes nos hace pensar que la epidemia se llevó consigo la mayor parte de la población extranjera. Ojeando las siguientes partidas registradas en posteriores años observamos que pocos colonos extranjeros aparecen. Incluso nos atrevemos a afirmar que fueron muchas las familias extranjeras que desaparecieron en su totalidad. Esta hipótesis se deduce, por un lado, por el parentesco que señalan las partidas y por otro por los apellidos extranjeros que hoy quedan en estos pueblos. De un total de 123 familias que señala el Estado General de la Nuevas Poblaciones de Andalucía del mes de octubre de 1769, hoy en estos municipios sólo se conservan una decena de apellidos extranjeros.
Analizando el estadillo de defunciones producidas en este primer año de existencia de La Luisiana y sus núcleos, observamos lo siguiente:
La media de muertes por meses se cifra en 30, por lo que son los meses de Julio, agosto, septiembre, octubre y Noviembre de 1769 los que sobrepasan la media. En concreto, desde que comienzan las fuertes calores hasta que empiezan a aparecer los primeros fríos y las primeras aguas.
El mes que registró más defunciones fue el de septiembre con 77 fallecimientos, siguiéndole octubre y agosto respectivamente.
Los meses que están por debajo de la media/mes son: mayo, junio, diciembre, enero, febrero, marzo, y abril, siendo estos tres últimos los que menor número de defunciones registraron.
Los meses que superaron el número de párvulos fallecidos a los de mayores fueron mayo, junio y julio.
Los días que se registran mayor número de muertes fueron el día 13 de septiembre y 28 de octubre, siendo el número diario de 9.
Sobre el resumen que presentamos, extraído de las relaciones de personas mayores fallecidas que también acompañamos, sacamos las siguientes conclusiones:
La nacionalidad de los fallecidos no aparece en la mayoría de las partidas. Sólo encontramos anotadas la nacionalidad de 6 personas francesas, 2 alemanas y 6 italianas.
En el estado de colonos fallecidos predominan las personas solteras (98), lo que supone el 44,5% del total. Le siguen los casados con 85 individuos, lo que supone el 38,6% y en último lugar los viudos que suman 32, lo que representa el 14,5%.
En la edad reflejamos no sólo los considerados mayores sino toda la población, encontrándose en primer lugar los menores de siete años que suman un total de 141, representando el 39,3%. A continuación le siguen las edades comprendidas entre los 26 y 35 años, siendo la cifra de 53, lo que supone el 14,5%. El menor número lo engloban las personas mayores de 46 años, registrándose a partir de los 65 años sólo 2 fallecimientos, lo que representa el 1%. De ello deducimos que la mayor parte de los colonos muertos sólo alcanzaron la edad de 45 años, siendo muy pocos los que sobrepasaron esta cifra.
Con respecto a la situación de los individuos, lo englobamos en colonos y agregados. En la mayor parte de las partidas no se especifica su situación.
En cuanto a los que recibieron los sacramentos de la penitencia, eucaristía y algunos extremaunción, se recoge que la mayoría (151) recibieron estos sacramentos en su último momento, lo que supone el 68,6% muriendo la mayoría de éstos en el hospital montado para tratar a los enfermos. No recibieron ningún sacramento 69 individuos (31,4%). Consideramos que éstos no fueron atendidos pastoralmente en su último momento, bien porque murieron de repente como se señala en las partidas, o bien porque murieron en sus barracas, no pudiéndose trasladar el cura para administrar los sacramentos.
Referente a la consideración de pobre de solemnidad, figuran como talla mayoría de ellos, 161 en total, representando el 73,2%. De ello se deduce la situación económica que atravesaban los colonos de esta zona en sus comienzos. Frente a éstos, sólo 59 individuos no reciben este título, lo que supone el 26,8%.
Podríamos continuar profundizando en el estudio de las frías cifras de mortandad que ocasionó esta epidemia que tantos estragos hizo en estos núcleos de La Luisiana, El Campillo, Los Motillos y Cañada Rosal; pero consideramos que con lo anterior es más que suficiente para hacernos una idea de ello.
Lo que sí es cierto es que el espectáculo no podía ser más dantesco, al llegar a afirmar el propio Pablo de Olavide que es
“tal el fetor y hediondez que infecta el lugar que los que estamos aquí no podemos tolerar”. (…) Yo me he consternado en este espectáculo y me aflige…”
Los remedios, a pesar de las medidas tomadas, eran escasos y poco más se pudo hacer. Así lo afirma Olavide en su informe diciendo:
“Lo más triste es que siendo tantos enfermos no hay ningunos medios tomados para su alivio y curación (…)”. “No hay tiempo para tomar disposiciones sólidas que no cuesten riesgo” “(…) no hay fuerza humana que pueda remediar esto en el momento”[5].
La única esperanza que sostenía Olavide era esperar a que pasaran los meses más fuertes de calor y aguardar a que llegaran las primeras aguas, lo que junto a la providencia era lo único en lo que se podía confiar.
ESTADILLO DEFUNCIONES PRODUCIDAS EN EL PRIMER AÑO DE EXISTENCIA DE LA COLONIA (Mayo 1769-70)
Meses Defunciones Mayores Párvulos Extranjeros Españoles
Mayo 10 – 10 10 –
Junio 11 1 10 11 –
Julio 37 12 25 37 –
Agosto 61 34 27 61 –
Septiembre 77 41 36 77 –
Octubre 65 46 19 65 –
Noviembre 37 34 3 37 –
Diciembre 28 21 7 27 1
Enero 20 17 3 20 –
Febrero 6 5 1 6 –
Marzo 4 4 – 4 –
Abril 5 5 – 5 –
TOTALES 361 220 141 360 1
RESUMEN
EDADES DE LAS PERSONAS FALLECIDAS (Mayo 1.769-70)
Núm. %
Hasta 7 años 141 39,3
De 8 a 15 años …………………… 49 13,5
De 16 a 25 años …………………. 38 10,5
De 26 a 35 años …………………. 53 14,5
De 36 a 45 años …………………. 40 11,3
De 46 a 55 años …………………. 13 4
De 56 a 65 años …………………. 8 2,5
Más de 65 años ………………….. 2 1
No figura …………………………… 11 3,4
ESTADO COLONOS FALLECIDOS (Excluidos Párvulos)
Núm. %
Solteros 98 44,5
Casados 85 38,6
Viudos 32 14,5
No figura 5 2,4
RECIBIERON SACRAMENTOS DE LA PENITENCIA, EUCARISTÍA Y EXTREMAUCIÓN (excluidos párvulos)
Núm. %
SÍ 151 68,6
NO 69 31,4
FIGURAN COMO POBRES DE SOLEMNIDAD (excluidos párvulos)
A finales de agosto de 1769 volvió Pablo de Olavide a las Nuevas Poblaciones de Andalucía, después de la inspección realizada por el visitador Pérez Valiente. Estando concretamente en La Luisiana, cuyo estado deplorable le causó bastante impresión, describió en unas hojas, que hemos encontrado de su propia mano, así la situación:
“No he podido ver sin mucho dolor el deplorable estado en la que la he encontrado.
Dejé esta población en el mes de abril y desde entonces acá no solo no se ha puesto un ladrillo más en las obras sino que está todo revuelto y desordenado, siéndome muy doloroso se haya perdido un verano entero, que es el único tiempo oportuno para las obras y que no puede ya repararse por la inmediación del invierno.
Familias que dejé colocadas en sus tierras que para que trabajasen en ellas, han sido pasadas a La Luisiana por orden del visitador, estando deportadas hasta tanto decidiese otro paraje a donde transferirlos.
Mi Subdelegado Gral. le hizo ver los inestimables perjuicios que habían de resultar de esta providencia. Y en efecto no era difícil comprender que fuera de perjuicio tener tanta gente ociosa comiendo inútilmente el pan y prest que les da S.M. perdiendo el tiempo y acostumbrándose a la embriaguez.
Muchas gentes viven en barracones de madera, sin más defensa en el techo que una tabla, se caldean mucho con las fuertes calores de Andalucía, exponiéndose a estas gentes a padecer mucho en su salud. Por eso todo mi deseo era adelantar la fábrica de casas este verano pasado y estuviesen a cubierto pues se observa que las que viven en ellas padecen menos o casi nada. Y ya que no era posible hacerlas todas a un tiempo, porque para esto no hay ni manos ni materiales, por lo menos cada familia viviese en su tierra haciendo una barraca en ella con lo que no solo conseguía estuviese apto vecino y como obligado al trabajo, sino que conservaba mejor su salud viviendo cada familia separada con mayor ventilación y en barracas cubiertas de palmas y demás ramas que cubren mejor del sol y donde pueden habitar con más aseo, no en los impracticables barracones de tablas que se orugan por centenares de personas todos revueltos y estando unidos los grandes con los chicos, los sanos con los enfermos, expuestos a la inmundicia, al desorden y al contagio.
Pero parece que el Sr. Valiente no tuvo a bien acceder a las representas de mi Subdelegado. Yo he encontrado en esta población cerca ya de mil personas, pero todas revueltas en sus infelices barracones de tablas hechos con triste objeto para la humanidad. Los calores del verano han alterado la salud de estas gentes no acostumbradas a ellos, y viviendo unos encima de otros. Empezaron a enfermar y no bastando para poner a cubierto los enfermos pues hoy pasan de 200, en las casas que se habían construido en el lugar, ha sido preciso dejarlos en los mismos barracones de tablas revueltos con los sanos, propagándose por momentos un contagio que pudiera ser general con fatales consecuencias para toda la providencia, diciéndome el cirujano de la población que se trata de una epidemia declarada de fiebres inflamatorias.
En efecto, es tal el fetor y hediondez que infecta el lugar que los que estamos aquí no podemos tolerar.
Lo más triste es que siendo tantos enfermos no hay ningunos medios tomados para su alivio y curación. Como yo no dejé más que un pequeño número de familias no puse más que los socorros proporcionados a ellas. Pues éstos se aumentan a medida que el número de colonos lo va exigiendo. Así solo les tenía puesto un cirujano con una botica manual y una docena de camas prevenidas que es lo que prudentemente podía necesitar por entonces aquella gente. Pero yo he encontrado aumentado el número de colonos hasta cerca de mil y ningún medio de socorrerlos sino los que dejé y llevo indicados; ni se me ha informado de que el Sr. Visitador haya dado otra disposición en su alivio sino mandar un médico de Écija al que se señaló sueldo por verlos una vez cada semana y que fuesen tres sangradores por instancia que le hizo aquel cirujano.
Yo me he consternado mucho en este espectáculo y me aflige tan más viendo que en el día no es fácil el remedio. Pues todo el estrecho que queda que pasar a este mes de Septiembre en que son más comunes y peligrosas las enfermedades y no hay tiempo para tomar disposiciones sólidas que no cuesten riesgo.
Llevar los enfermos a Écija, que es la ciudad más inmediata, para que se curen allí tiene el inconveniente de la distancia de más de tres leguas en que es fuerza sufran mucho los enfermos fuera de los padres, maridos e hijos, no viendo ellos bien que se le quiten las personas que quieren. Y en efecto, habiéndolo propuesto a muchos colonos me han hecho conocer con disgustos su repugnancia.
Pero lo que más me ha detenido tomar este partido es que habiendo mandado otra vez al Contador Principal de estas poblaciones que don Miguel Ondeano fuese a reconocer el Colegio de los Jesuitas de Écija para ver si allí se podría hacer un hospital. El Alcalde Mayor de aquella ciudad le declaró que si intentaba hacerlo la ciudad haría una formal oposición. Y como ya conozco por experiencia la mala disposición de aquellos capitulares, la nula deferencia con los que les sirve el Alcalde Mayor y el poco respeto con que todos miran mis órdenes, no he querido perder el tiempo en ineptas, sino aprovecharlo en alivio de los enfermos.
Con esta idea y no hallándose aquí con oficial ninguno porque todas las obras estaban paradas, he despachado propios a Fuentes, Carmona y Sevilla pidiendo albañiles y carpinteros a todo precio. Y respecto de que la Iglesia del lugar no le falta otra cosa que cubrirla y que no tiene inconveniente de poner en ella los enfermos, como las paredes están secas pues se concluyeron en el pasado abril, he mandado que a todas manos se pongan a ponerle el cubierto trabajando por tandas de día y de noche y me han ofrecido que dentro de ocho días estará cubierta.
Al mismo tiempo he mandado construir en medio del campo y con bastante ventilación un barracón de madera que está acabándose, pero cubierto de teja con el fin de que la Iglesia sirva para Hospital de hombres y éste para mujeres.
He dado disposición para que inmediatamente se me transporten de la Provincia 200 camas de tablas con jirones. He mandado hacer las correspondientes sábanas y almohadas. He llamado a un médico, he pedido una botica con un boticario. He hecho hacer todos los útiles para enfermos y he dado por fin todas las disposiciones convenientes para que se forme un Hospital en forma como corresponde ya al aumento de esta colonia.
Bien quisiera ponerla también en el orden porque en el desvaralo en que está hoy es imposible sujetarla a reglas. No solo veo con dolor que tanta gente esté ociosa perdiendo el tiempo imposibilitándose el sembrar este año y acostumbrándose a la ociosidad y embriaguez, sino que ni el mismo pan y prest se les puede suministrar con la debida cuenta y razón, pues como están amontonados y nadie los conoce por no tener jefe inmediato que los cuide, unos mueren sin que se sepa y otros se van sin que se note.
Pero no hay fuerza humana que pueda remediar esto en el momento a causa de las muchas enfermedades que padecen. Todo el orden y arreglo de estas colonias depende de las decisiones de las familias, de su colocación en sus tierras y de la Subdelegación con que un número determinado de ellas con distinciones de nombre, de sexos y edades se pone al cuidado inmediato de un Inspector que, viendo entre ellos y visitándolo diariamente, avise todas las novedades de alta y baja de que se dé noticia para su gobierno a los oficios de cuenta y razón. Pero es imposible practicar ahora que todos están desalentados y las mismas familias desencuadernadas, pues en una están enfermos los padres, en otras las madres y en esta situación siendo tanto el número de enfermos es imposible establecerlas.
No hay pues por ahora otro remedio que esperar a que pase este mes que es el más funesto para la salud. Aguardar las primeras aguas del otoño que es con lo que por lo ordinario se calman las enfermedades y sufrir que esta colonia corra otro mes más con el mismo desorden que ha padecido los pasados. Entretanto, procurar disipar el contagio que se iba propagando, cuidar de que los enfermos se restablezcan y esperar a que Dios nos envíe mejores tiempos para ponerla entonces en el debido orden.
Yo quisiera poder estar aquí para hacerlo todo, pero me llama la atención las demás poblaciones, principalmente La Carlota, que es la capital, y adonde tengo noticia que el Sr. Valiente mandó poner los colonos que llegaron a ella amontonados también en barracones. Lo que no puede dejar de haber producido los mismos malos efectos. Así he resuelto trasladarme allá mañana dejando a bien las disposiciones referidas encargadas a personas de confianza, sobre todo a D. Manuel de Medina, sujeto de talento y probidad que está graduado de teniente coronel y a quien he nombrado director de aquella población con fundada esperanza de que la dirija bien.
Ya se deja entender que este estado de cosas aumentará mucho el tiempo y el gasto que se necesitan para concluir las colonias. Ya no es posible sembrar este año, ni los colonos han barbechado sus tierras, ni los nuevos las han desmontado, ni es posible que lo hagan ahora por lo avanzado del tiempo y estado de su salud. Los gastos también es preciso que crezcan no solo por las forzadas y tumultuarias disposiciones que no es preciso tomar sino porque, retardándose con la siembra, la cosecha no es posible hasta que la tengan los colonos y que el Rey salga al paso del gravamen de su manutención.
Yo debo exponerlo todo al Consejo con sinceridad para que nunca se me imputen los atrasos y consecución que preveo y para que, hecho cargo de la verdadera situación de estas colonias, considere si será conveniente para recobrarlas ponerlas en manos mejores que las mías. Yo sé que emplearé por mejorarlas si fuese menester hasta la última gota de mi sangre, pero para obras de esta importancia que han padecido tan terrible descalabro no basta el celo, es menester talento y autoridad. La mía está decaída y le confieso que el espectáculo de esta triste población me ha dejado tan desconsolado como abatido”[7].
El documento refleja, con inusitado detalle, la situación trágica y dramática de La Luisiana. El Campillo y Cañada Rosal en sus comienzos. Este no puede ser más clarificador, puesto que en boca del propio Olavide se describe una situación y un panorama en el que el comentario sobra.
Pero los colonos y colonas fueron capaces de resistir y sobrevivieron a la epidemia en unas ínfimas condiciones de vida. Ellos resistieron y ganaron la batalla. Lucharon ante la adversidad y su heroicidad les hizo seguir mirando al futuro con esperanza. Su entrega, tesón y lucha no fue baldía. Doscientos cincuenta años después nuestros pueblos y nuestras gentes son el mejor testimonio de ello[8].
[1] WEISS, JOSEPH. La colonia alemana en Sierra Morena …
[6] Para conocer la relación completa de colonos fallecidos en el primer año de la creación de estas colonias consultar FÍLTER RODRÍGUEZ, J.A. “Carlos III y las Nuevas Poblaciones” (págs. 213-220) y Las colonias sevillanas de la ilustración (págs. 116-127) .
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