Desde la reconquista de Sevilla por el rey Fernando III, nuestra ciudad se convirtió en una plaza mercantil muy transitada, gracias al Guadalquivir. En la Edad Media comenzó a extenderse la peste negra principalmente por ciudades comerciales de Europa, consiguiendo matar a un porcentaje considerable de la población. Pero conforme pasaron los siglos, estas plagas fueron haciéndose más mortíferas. En 1649, cuando Sevilla era prácticamente la capital económica del mundo, estaba superpoblada y era un denso hormiguero de contactos humanos, la peste redujo el censo casi a la mitad (de 110.000 bajó a 70.000 habitantes), después de que los contagios se propagasen a una velocidad vertiginosa.

Fue una catástrofe humana mucho mayor que cualquier guerra. Era una enfermedad incurable y espantosa, con dolencias realmente horribles, que traía de inmediato la muerte. Quedaron desiertas las calles, sus tiendas y las casas de los muertos abandonadas, en las que robaban los ladrones.

Los grandes perdedores de la epidemia fueron los pobres. Tan horrendo drama era asumido como castigo divino: la «guerra de Dios Todopoderoso». Muchos siglos después, en 1894, un científico descubrió que el mortífero contagio provenía de las ratas negras, cuyas pulgas se volvían hambrientas cuando moría el roedor y saltaban a los humanos. Pero en la década de 1980, vino a rebatir la tesis un historiador que situó el origen epidémico en otro flanco muy distinto.

Sevilla apestada

Los documentos que se conservan de la época no hacen referencia, en ningún caso, a apariciones masivas de ratas muertas, por lo que la transmisión de la bacteria que había causado la muerte a tantas personas tuvo que producirse, principalmente, mediante la interacción de las personas.

En el caso de Sevilla, hemos reunido una documentación de archivo importante, correspondiente a brotes de plagas registrados durante las últimas décadas del siglo XVI, y muy especialmente en 1649.

También nos ha resultado de mucha ayuda la amplia labor de consulta bibliográfica efectuada por el historiador sevillano, Pedro Álvarez, documentalista de la serie «La Peste».

Escrutadas estas fuentes, podemos extraer, en consecuencia, que la enfermedad se ensañaba mayormente con la población más indefensa (como niños, mujeres o esclavos), y la más expuesta a contagios. Es decir, todo el personal sanitario (médicos, barberos, cirujanos, boticarios y sirvientes enfermeros), además de los clérigos. Los más pudientes huían de la ciudad y acampaban en residencias rurales, que eran para ellos refugios seguros. Pero la mayoría de la gente no tenía donde acudir.

Los únicos que permanecieron dentro eran los más desgraciados. Dentro de las murallas se quedaron abandonados muchos niños infectados, que llorando y desquiciados gritaban: «¡padre!, ¿por qué me abandonas?» Aquella gran peste sobrevino en las primeras semanas del mes de mayo de 1649. De inmediato, el Ayuntamiento hispalense creó una Junta de la Salud, que ordenó medidas preventivas y fórmulas de protección conocidas ya de siglos anteriores.

Curiosamente, muchas de las adoptadas ahora para frenar el coronavirus, son prácticamente las mismas de entonces. Resultaba crucial asilar a los portadores de la enfermedad

Medidas sanitarias

Esto es la cuarentena. Entre las medidas higiénicas ordenadas, a nivel colectivo, pueden resumirse en guardar y custodiar las puertas de la ciudad, que eran fortificadas con maderas, vigilancia de las afueras, limpieza general de las calles, plantas aromáticas para purificar el aire, pulverización de las casas, prohibición de comercializar mercancías, celebración de reuniones entre los médicos, agrupamiento de los contagiados en hospitales, sepultura a los muertos, quema de ropas, prohibición de aglomeraciones y cierre de locales públicos (comedias, teatros, escuelas), clausura de las casas de apestados.

Mientras que las seguidas de modo individual pueden sintetizarse en la huida o aislamiento, llevar un régimen de vida específico durante la crisis, adoptar una dieta alimenticia especial; restringir las relaciones sexuales, medicarse en caso de adquirir el contagio, portar amuletos y adquirir el particular certificado de salud.

No en vano, muchas de ellas se incumplían. Era el caso de las piadosas procesiones de rogativas que se organizaban de noche, espontáneamente, con el consiguiente enfado de los funcionarios.

Fueras de las murallas, se dispusieron varios lazaretos, como el hospital de la Sangre en la Macarena, hoy sede del Parlamento de Andalucía, o el de San Lázaro, acondicionado exclusivamente para acoger a mujeres contagiadas de la plaga.

En el de la Sangre ingresaron más de 25.000 enfermos, de los que fallecieron la gran mayoría. Muchos murieron en la puerta, en cuyas explanadas se dispuso un amplio hospital de campaña, tal como recrea la pintura que se conserva en el Pozo Santo.

Se autorizó la transformación de algunos corralones y otros grandes espacios para acoger «morberías», aisladas del resto de la población. En determinados enclaves se establecieron cordones sanitarios, quedando completamente apartados del resto.

El primero se organizó en Triana, junto al río, como arrabal por donde penetró el contagio desde los barcos mercantes. A aquellos lugares marginales, los diputados llevaban hombres, mujeres y niños ya sin remedio humano. En el frente del monasterio de la Cartuja murieron miles y miles de pestilentes. En la otra orilla del Guadalquivir, se cercaron lugares en los barrios de la Carretería, los Humeros y el Baratillo. No se podía circular libremente.

El núcleo urbano estaba acordonado por guardas, e incluso para entrar dentro tenía que hacerse por dos o tres puertas habilitadas al efecto. No paraban de enterrar cadáveres apestados. Se abrieron numerosos carneros, a modo de amplias fosas comunes, donde la mayoría de los cadáveres eran hacinados y enterrados, prácticamente a flor de suelo.

Sin funeral, misa, ni atención espiritual. Por las calles, deambulaban perros con pedazos de restos humanos en la boca. Muchos hombres masticaban tabaco con tal de disuadir el olor y el sabor amargo de la muerte.

En el centro urbano se dispusieron para fosas comunes el «corral de los Naranjos» de la catedral y el patio del Salvador, a los que había que sumar los otros 18 carneros excavados en los exteriores del hospital macareno. Pero fueron insuficientes.

Los diputados sanitarios mandaron hacer otros cementerios en el extrarradio, como los de la Huerta del Rey en San Bernardo, el Alto de Colón o de los Humeros, junto a la Puerta Real, Almensilla, Barqueta, cerca de San Sebastián (el Porvenir y Tablada), amén de los de las puertas de Osario, Triana y Macarena. Para enterrar los muertos, e incluso cuidar a los infectados, se protegían con tela gruesa de esterlín. Los médicos empleaban máscaras con picos de ave, como las que han pervivido en el carnaval de Venecia (en emulación de las actuales mascarillas), y así salían a recogerlos.

Quedaron prácticamente deshabitados en el amplio barrio macareno las collaciones de San Gil, Santa Lucía y Santa Marina, por cuyas calles apenas quedaron vecinos. Aquella purga desbocada de mediados del seiscientos no tuvo compasión. Pasó por aquí sembrando un miedo colectivo aterrador y llevándose, mayormente, decenas de millares de mujeres y niños. Y fue así, como quedó debilitado lo más tierno del alma humana de una de las primeras capitales del mundo: Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

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