La construcción del ferrocarril fue uno de los motores decisivos en el despegue final del proceso de industrialización. Además,produjo una auténtica revolución en el mundo de los transportes con importantes consecuencias de todo tipo.
El ferrocarril (del latín ferrum, hierro y carril) es un sistema de transporte terrestre de personas y mercancías guiado sobre una vía férrea. El desarrollo del motor de vapor impulsó la idea de crear locomotoras de vapor que pudieran arrastrar trenes por líneas. La primera idea fue planteada por James Watt en el año 1769 y revisada posteriormente en 1782, pero los motores eran demasiado pesados y generaban poca presión como para ser empleados en locomotoras.
Entre el conjunto de factores que los historiadores deducen para explicar el estancamiento económico de España durante la primera mitad del siglo XIX, suele incluirse el retraso en la construcción del ferrocarril como uno muy significativo, debido entre otras a causas de: inactividad estatal, falta de capitales, ausencia de conocimientos técnicos, atraso económico en general, obstáculos geográficos, ciertos acontecimientos políticos y económicos como la guerra carlista y la crisis del bienio 1847-1848.
No era posible que la nación española, lanzada gloriosamente en la carrera de las reformas útiles con todos los elementos necesarios para realizarlas buscase en la experiencia de otros pueblos el propio desengaño, el resarcimiento de tres siglos de inacción y de miseria. Dejase de reconocer en los ferrocarriles el móvil poderoso de todas las empresas industriales una necesidad de la época y el feliz invento que al estrechar las relaciones de los pueblos disminuye sus distancias. Hace comunes sus productos y adelantos; generaliza los progresos de la civilización, y convierte el mundo entero en una sola familia. Poseer estas vías de comunicación, valía tanto para los amigos sinceros del país, como reanimar los talleres y las fábricas. Abrir al trabajo un ancho vía de progreso y de mejora. Dar vida a los campos desiertos. Utilizar infinitos elementos de riqueza, ahora perdidos o tenidos en poco.
Tanto un particular como una sociedad que quisiese hacer un proyecto sobre la construcción de líneas debía de tener el consentimiento del estado. Éste exige un estudio detallando el trazado, un proyecto pormenorizado y unos documentos fundamentales como: memoria descriptiva, planos, presupuesto y pliego de condiciones particulares de la empresa. Los estudios de iniciativa privada son más frecuentes.
Legalmente cualquiera podía realizar un trabajo sobre un reconocimiento del terreno, pero en la mayoría de los casos se exigía la autorización del gobierno para poder recoger más información sobre las fincas de los propietarios. Las operaciones que conducen a un proyecto de ferrocarril son los trabajos de campo y los estudios de gabinete, los cuales consistían en determinar las características del trazado, los gastos de la construcción, la explotación de la línea y los ingresos que pueden esperarse de ella.
Los documentos que se exigían para la aprobación del proyecto eran: la memoria descriptiva del camino; debía de exponerse las necesidades a satisfacer la línea y las condiciones de la zona que recorre, colección de planos y perfiles horizontal y transversales, presupuesto de las obras, exponiendo los datos imprescindibles para la información del mismo.
Despegue del transporte: el ferrocarril en Marchena (Sevilla) (1858-1940) TRABAJO COMPLETO EN PDF
A partir del año 1777, los horarios de la madrugada del Viernes Santo tuvieron que retrasarse a la hora del alba por orden del rey Carlos III, que impuso una serie de normas restrictivas en las procesiones de Semana Santa, como prohibir los azotes con flagelos a los penitentes y que no permaneciesen de noche las procesiones en la calle. Esta medida, fijada en prevención de evitar todos aquellos desórdenes que pudiera propiciar la nocturnidad, como la convivencia confusa de hombres y mujeres a unas horas tan incontroladas, afectó a muchas hermandades que acostumbraban a recogerse de noche, tanto el Jueves como el Viernes Santo. Pero incidió, en mayor medida, sobre las tres cofradías que integraban nuestra madrugada de entonces: Silencio, Macarena y Gran Poder, que aquel mismo año había anunciado, precisamente, su incorporación. El dictamen real acarreó, por tanto, la alteración de una antigua costumbre. A finales del siglo XVIII, hubo incluso años en los que la Macarena no llegó ni a procesionar, mientras que las del Silencio y Gran Poder se vieron obligadas a salir al amanecer. Sí, por la mañana, aunque hoy nos resulte imposible imaginar a estas dos últimas cofradías cumpliendo sus estaciones penitenciales durante el día.
Por sí sola, la Iglesia no había sido capaz de impedir que las procesiones saliesen de noche, después de haberlo intentado con anterioridad (1714 y 1758). Es con la llegada al ayuntamiento de Pablo de Olavide, que estuvo al frente del gobierno municipal entre 1767 y 1775, cuando se aplican en Sevilla los deseos reformistas del rey Carlos III y sus ilustrados ministros llevándose a efecto, entre otras acciones, el propósito de sanear «torcidas costumbres» de las manifestaciones callejeras de la devoción popular. En la cuaresma de 1768, la mano dura de Olavide determinó que las cofradías no permaneciesen en la calle durante horas nocturnas, obligándolas a que se recogieran en sus templos antes del anochecer. Aquel año, el Silencio, que solía salir a las dos de la madrugada, tuvo que posponer su salida al alba y otras, que se recogían de noche, no salieron (Jueves Santo: Trinidad, Gran Poder y Vera Cruz y Viernes Santo: los Negritos, el Museo y la Soledad). Desde luego, la exigencia no llegó a consolidarse y la mayoría de las cofradías volvieron a retomar, en años sucesivos, sus horas habituales.
Merced a los archivos de la propia catedral y el Histórico Municipal sabemos que en las vísperas de la Semana Santa de 1777 se difundieron dos edictos distintos, para dar cumplimiento a la real orden suscrita por Carlos III, el 20 de febrero de aquel año, debido a la sentina de pecados que constituía la noche, en la que la gente «se valían de las tinieblas para muchos fines reprobados».
Las medidas de control se pusieron en práctica gracias al intervencionismo estatal y religioso, de modo mancomunado. El diecisiete de marzo, el eminentísimo señor don Francisco Delgado y Venegas, a la sazón arzobispo de Sevilla, puso en conocimiento de todo el personal eclesiástico de la archidiócesis «que no se consientan procesiones de noche», y que «de ninguna manera vaya persona alguna con el rostro cubierto sin permitir más que tres trompetas a proporcionada distancia en cada procesión». Señalaba el prelado que, en los días santos, no se pusiesen «en los sitios donde hacen sus estaciones las cofradías mesas de comestibles, ni licores, ni se transite con motivo de vender estos por medio de ellas». Con la norma, se impedía que las hermandades pidiesen limosnas, organizasen rifas, se consumiese alcohol y se dieran los refrescos que acostumbraban ofrecer el día de su procesión. Todo ello bajo la severa amenaza de una pena de excomunión mayor para quienes no cumplieran con el mandato.
Y cinco días más tarde, el veintiuno del mismo mes, hizo público su edicto el teniente de Asistente del ayuntamiento, don Juan Antonio Santa María, que actuaba como principal regidor del consistorio en ausencia de Olavide. Anunció haber encargado a la justicia que «no se permita ni se consientan procesiones de noche (…) que estén recogidas y finalizadas antes de ponerse el sol, para evitar los perjuicios». Los dirigentes, que estaban empeñados en terminar con tantas promesas, milagrerías y supersticiones, ciertamente actuaron sin conocer bien la hondura de las creencias del pueblo. Estos edictos muestran el claro afán que tuvieron los ilustrados de someter a las hermandades con el fin de hacerlos virar hacia unos cánones clericales más institucionales, porque nunca vieron con buenos ojos que las cofradías gozasen de tanto clamor popular y autonomía. De ahí la insistencia en que las procesiones se subordinasen a las leyes del reino.
Ante el nuevo panorama legislativo de tener que «salir con sol y encerrarse con sol», propició un escenario distinto para las hermandades de la madrugada, que se vieron obligadas a salir al amanecer, aunque la catedral permanecería abierta la madrugada del Viernes Santo, durante toda la noche, para la adoración del Santísimo, reservado en el Monumento Pascual. La novedosa circunstancia acarreó una restructuración horaria que no sólo duró hasta el fallecimiento de Carlos III en 1788, sino que luego se mantuvo en vigor bastantes décadas más, durante el transcurso del siglo XIX.
El Silencio
Es la hermandad más antigua de la madrugada y, además, es la que más veces ha cumplido su estación. Al ponerse en vigor la real orden de 1777 se valió de fray Diego José de Cádiz para pedir al cardenal que le permitiese salir a las dos de la mañana, tal como incluso fijaban sus Reglas aprobadas por el Consejo de Castilla en 1768. Pero ni porque gozaba de una real provisión para continuar siendo la única hermandad autorizada a salir el Viernes Santo de madrugada, ni los hermanos tan distinguidos con los que contaba (abogados, procuradores y oidores de la Real Audiencia), volvió a salir de noche como lo hacía desde tiempo inmemorial.
Macarena
Después del Silencio, es la que posee mayor tradición histórica en la madrugada. Establecía su salida en torno a las 5 de la mañana, muy cerca del amanecer, por lo que mantuvo conflictos con el Gran Poder. Alcanzó una enorme popularidad por el casticismo de su barrio y los ingredientes paralitúrgicos que conllevaba su procesión, como la ceremonia de la Humillación, en las explanadas del Arco y la centuria romana. Debido a esta circunstancia, sufrió muy notablemente las medidas reguladoras, pues el Consejo de Castilla le obligó a fusionarse con la hermandad del Rosario de su parroquial de San Gil. Ello ocasionó que se tuviera que llevar muchos años sin salir.
Gran Poder
En los siglos XVII y XVIII procesionaba la tarde del Jueves Santo y sus cofrades de sangre cumplían la estación azotándose. En 1777 acordó retrasar su procesión a la madrugada del Viernes Santo y como no procesionó el Silencio pudo salir a las 4. Ya en los siguientes, por lo general, tuvo que hacerlo media hora después del alba. En 1781 elevó sus reglas al Consejo de Castilla y ya había instituido en ellas la mañana del Viernes Santo como horario de salida. Recibió la aprobación en 1791 y el reglamento mantuvo la salida matutina, pese a la influencia de algunos de sus cofrades en la Audiencia y en Madrid.
MAÑANA DEL VIERNES SANTO EN TIEMPOS DE CARLOS III
Nóminas de los horarios de las procesiones
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Año
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Silencio
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Gran Poder
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Macarena
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Año
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Silencio
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Gran Poder
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Macarena
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1777
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–
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4
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5
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1783
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Alba
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½ h tras alba
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–
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1778
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Alba
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4.30
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5
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1784
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Alba
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4
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–
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1779
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Alba
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½ h tras alba
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–
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1785
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Alba
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½ h tras alba
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–
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1780
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Alba
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½ h tras alba
|
–
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1786
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Alba
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½ h tras alba
|
5
|
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1781
|
Alba
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½ h tras alba
|
–
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1787
|
Alba
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½ h tras alba
|
5
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1782
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Alba
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½ h tras alba
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–
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1788
|
Alba
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½ h tras alba
|
5
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Archivo particular de don Álvaro Ybarra Hidalgo
En muchos pueblos en los que el control no fue tan estrecho, fracasó por completo el procedimiento. No obstante, en algunos como Marchena y Utrera se emplearon las medidas con mayor dureza, debido a importantes altercados registrados en sus procesiones, como la de Consolación, fulminantemente prohibida, de un plumazo, en 1771. Carlos III, ese rey que Madrid admira tanto y considera el mejor «alcalde» de su historia, sin que lógicamente llegase a serlo, y que curiosamente preside el despacho de nuestro actual monarca por ser un modélico Borbón antepasado suyo, se empeñó en trastocar demasiados matices de las expresiones culturales de nuestra tierra. Aquel rey, tan alejado de realidad misma del día a día, nunca llegó a ser consciente de que la teología popular auspiciada por las cofradías, era la auténtica manifestación social y pública de un pueblo, como el sevillano, que ha demostrado a lo largo de siglos quién atesora verdaderamente el poder de legislar las procesiones.
JULIO MAYO ES HISTORIADOR
El Rosario de la aurora es una de las manifestaciones más importantes de la devoción al Rosario en España, y particularmente en Andalucía. Surgido en Sevilla en 1690 junto a los cortejos de prima noche y tarde, alcanzó su máximo apogeo en los siglos XVIII y XIX, sobre todo en el ámbito rural al cuidado de congregaciones y hermandades denominadas de la Aurora y que solían tener como sedes capillas o ermitas, ya que, debido a la hora en que salía el cortejo (en torno a las cuatro de la mañana) las parroquias debían permanecer cerradas.
De estos rosarios son especial exponente las coplas, de amplia tipología: de campanillas (que eran cantadas por los avisadores para convocar al rosario), de misterios (que se entonaban en la dedicación de los mismos durante el cortejo), las de ánimas (durante el mes de noviembre) y otras diversas en función de algunas festividades.
Breve artículo sobre una de las coplas de la aurora más antiguas en Andalucía. Fueron impresas en Sevilla en 1697. Responden ya, en parte, al esquema de la estrofa de siete versos que se hizo tradicional.
SOBRE LAS MÁS ANTIGUAS COPLAS DEL ROSARIO DE LA AURORA. UN INTERESANTE HALLAZGO (PDF)
Entre los repertorios documentales que atesora la Biblioteca Nacional de España, se conserva una Regla de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso, sita en la iglesia parroquial de San Lorenzo de Sevilla, cuyo ejemplar se halla fechado en Sevilla, en febrero de 1826, y del que ni su propia hermandad tenía constancia hasta la fecha. Se trata de una copia literal manuscrita, y encuadernada, del mismo texto que fue aprobado por el Real Consejo de Castilla en el año 1791, que sí obra desde entonces en el archivo de la cofradía de la Madrugada. Gracias a estas reglas elaboradas a inicios de la última década del siglo XVIII, cuando numerosísimas hermandades penitenciales estuvieron a punto ser suprimidas, en función de la gran reforma en materia de religiosidad popular que, con la llegada de las ideas ilustradas a España, se propuso introducir la administración civil borbónica, sabemos que la del Gran Poder de Sevilla basó en la adhesión monárquica la salvación de su continuidad existencial.
Pero después de obtener desde Madrid la aprobación de sus estatutos, se enquistó el problema muy seriamente. En 1798 tuvo que intervenir el Consejo de Castilla en un asunto que no terminaba de arreglar la justicia eclesiástica hispalense entre las cofradías del Gran Poder y Las Tres Necesidades, del barrio de la Carretería, a cuenta de la prioridad en el orden de sus respectivas procesiones en Semana Santa. El real órgano decretó, el 23 de septiembre de aquel mismo año, la extinción de las dos y que les fuesen retiradas sus respectivas capillas, imágenes titulares, alhajas, enseres, insignias, ornamentos litúrgicos y todas las propiedades urbanas y rústicas que poseían. En el expediente de los autos, que hemos tenido la oportunidad de consultar en el Archivo General del Arzobispado, argumenta la del Gran Poder la labor de auxilio económico y social que ofrecía al vecindario del barrio de San Lorenzo, en momentos tan adversos como los que se sufrían a consecuencia de las inundaciones del Guadalquivir. Se solían quedar aislados los vecinos en sus casas y era la hermandad la que socorría «a aquellos pobres afligidos, repartiéndoles pan que conduce en barcas, por medio de las calles, siendo por estos medios útiles a la sociedad».
Finalmente, el Consejo de Castilla decidió anular el mandato de suspensión impuesto sobre ambas hermandades, solucionándose el pleito mediante escritura de Concordia, rubricada aquel mismo año. Cada una de ellas pudo recuperar los bienes y ninguna se vio abocada a su desintegración. Si no hubiese surtido efecto la enorme presión que recibieron en la Corte, tanto a nivel popular como por otros conductos burocráticos, y las medidas que el gobierno de Carlos III, sobre cofradías, no hubiesen fracasado tan rotundamente a la hora de llevarlas a la práctica, desde luego que aquellos hombres de la Ilustración, sobre los que nos ha llegado una imagen tan mitificada, hubiesen consumado una represión popular de no poca dimensión y terminado, además, con una parte muy importante de nuestro activo patrimonial, sin el cual hubiese sido imposible comprender la cultura sevillana.
La festividad litúrgica de la Epifanía del Señor, en la que una de las antífonas del día exalta el poder sobrenatural (como recuerda el lema In manu ejus potestas et imperium) de aquel Rey de Reyes que llevó la cruz a cuestas, camino del Gólgota, permitió a la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder honrar de forma ambivalente, tanto a los Magos de oriente como a las católicas majestades, muy especialmente después de que los Borbones instituyesen la celebración del día de los reyes de España, el 6 de enero de 1782. El origen de esta novena dedicada al Señor que habría de oficiarse fuera de las fechas cuaresmales, si bien en la actualidad se rinde un quinario, se retrotrae al año 1768. Fue promovida por varios cofrades bienhechores, como aclaran unas anotaciones de otras reglas antiguas, de esta misma hermandad, que descubrió en el Archivo Histórico Nacional de Madrid el amigo y profesor don Antonio José López Gutiérrez, y que ha estudiado también el doctor Mira Caballos. Conforme pasaron los años, fueron introduciéndose algunos elementos novedosos, derivados de la actividad impulsora que el misionero capuchino fray Diego José de Cádiz otorgó a estos cultos.
Muchos de los detalles quedaron incorporados a los capítulos de las reglas autorizadas por el Supremo Consejo, en las que se previene que las imágenes titulares pudiesen entronizarse en el altar mayor de la parroquia de San Lorenzo –que era la iglesia en la que radicaba entonces el Gran Poder, antes de trasladarse a su actual basílica–, solamente en la novena, «por el mucho trabajo que cuesta la remoción de dichas santas imágenes a otro sitio y por las quiebras y otros perjuicios que puedan resultar». Según el texto de 1791, los cultos debían dar comienzo el veintinueve de diciembre de cada año y culminar la mañana del seis de enero. Ese día, en el que los hermanos estaban obligados a pagar sus cuotas y renovar el voto en defensa de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, subrayan las reglas que la solemne celebración religiosa «se ofrecerá y aplicará por la importante vida de nuestro católico Monarca y felicidad de esta monarquía».
El Gran Poder sostuvo otra disputa con la cofradía del Silencio, mientras anduvo enfrentada a la de la Carretería, y se preocupó entonces por hacerle llegar al Consejo que anualmente costeaba una función «el día de Pascua de Reyes, por nuestros católicos monarcas, real familia y felicidad de la Monarquía». Comunicó así mismo que había celebrado una misa cuando nacieron los infantes gemelos (1784) y organizado una procesión de rogativas, con gran acogida del pueblo, el día que se publicó la Guerra contra Francia (1793). Hay que tomar en consideración que el Gran Poder tenía ya, en aquellos años de transición del Antiguo al Nuevo Régimen, un buen número de hermanos vinculados con la aristocracia sevillana, como se deduce del apoyo que las reglas confieren a favor de la figura del rey. En el mismo templo parroquial residía igualmente la cofradía de la Soledad, a la que pertenecieron significados miembros de la nobleza local, por lo que es probable que algunos de los cofrades perteneciesen simultáneamente a ambas corporaciones.
Estas reglas están fechadas en Sevilla, el 21 de febrero de 1826. Aquel año volvieron a recuperarse las salidas procesionales de las cofradías, después de que se hubiesen llevado siete años sin salir, desde 1819, debido al ambiente anticlerical que se suscitó en torno el Trienio Liberal (1821-1823). Con la restitución monárquica de Fernando VII volvieron a reorganizarse muchas de las hermandades. La copia manuscrita de estas reglas están firmadas por el secretario primero de la hermandad del Gran Poder, don Carlos Serra, quien también consta haber sido hermano de la Sacramental de San Lorenzo. El documento, que ahora ha sido digitalizado por la Biblioteca Nacional y expuesto en el portal de la Biblioteca Digital Hispánica, llegó a la Biblioteca Nacional de Madrid mediante la donación que realizó el catedrático del Instituto de Toledo, don Antonio Delgado, el 7 de julio de 1876. Hoy forma parte de la sala Cervantes.
*Enlace: http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000096138&page=1
FINAL
En la mentalidad de la sociedad de aquella época, una de las máximas que legitimaban el poder absoluto se basaba en el origen divino de la monarquía y la alianza entre la tradición católica española y la sucesión dinástica. De la misma forma que nuestras cofradías fueron asimilando la cultura monárquica que todas poseen hoy, fue calando en esta ciudad la tradición que el pueblo les profesa a unos Reyes Magos que, todos los años, hacen aquí su mejor regalo. Dedican el día seis de enero al auténtico Rey de Sevilla. A ti, Señor del Gran Poder.
JULIO MAYO ES HISTORIADOR
juliomayorodriguez@gmail.com
Este artículo ofrece una panorámica general del fenómeno de los Rosarios públicos y las coplas de aurora en tierras onubenses durante el siglo XVIII, concretamente en varias poblaciones representativas. El Rosario público o callejero constituye un paradigma de la religiosidad moderna española y crea una amplia tipología de cortejos con sus faroles y estandartes y, sobre todo, las coplas de aurora, cuyas letras hemos recuperado en este artículo.
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Miguel de Cervantes tuvo “una relación personal especial” con Magdalena Enríquez, bizcochera, vecina de Sevilla, casada y madre de dos hijos, según dice a Efe José Cabello Núñez, archivero municipal de la Puebla de Cazalla (Sevilla), quien ha investigado esta figura tras hallarla en un documento cervantino.
Magdalena Enríquez figura en las biografías del autor del Quijote, pero su relación con Cervantes fue de tanta confianza que el autor le concedió poder notarial para que le cobrara su sueldo como recaudador de impuestos.
El nombre de la mujer figura en dos de los seis documentos cervantinos -uno con firma del autor del Quijote- que Cabello Núñez ha descubierto en los dos últimos años en archivos históricos de Sevilla, hallazgo que ha ido completando con otros nuevos relacionados con Enríquez que ha localizado en el de Indias y en el de Protocolos Notariales de Sevilla, todos ellos aun inéditos.
El investigador se puso sobre la pista de Magdalena Enríquez gracias a un poder notarial fechado en Sevilla en julio de 1593, otorgado por el autor del Quijote a esta mujer con la que nunca antes se le había relacionado.
“Ante escribano público, Cervantes la facultaba para que en su nombre cobrara el salario que la Casa de la Contratación de le debía -19.200 maravedís- por sus servicios como comisario real de abastos”, según Cabello Núñez.
El primero de los nuevos documentos localizados recientemente -igualmente inédito hasta ahora-, es la carta de pago que el 28 de marzo de 1594 otorgó Magdalena Enríquez a favor de la Casa de la Contratación, acreditativa de haber cobrado el salario de Cervantes, nombre que también figura en el documento.
Transcurrieron ocho meses desde la fecha de aquel poder notarial de 8 de julio de 1593 y el justificante o recibo de 1594 en el que Magdalena reconoce haber recibido el salario de Cervantes.
Durante ese periodo de tiempo, Cervantes siguió ejerciendo como recaudador en pueblos sevillanos, y supo de la muerte de su madre, Leonor de Cortinas, acaecida en Madrid el 10 de octubre de 1593.
Ese nuevo documento notarial ha permitido al investigador adentrarse y profundizar en la vida y personalidad de esta mujer, fijando su domicilio, su estado civil y su nivel de formación, “desvelando parte del misterio que hasta ahora rodeaba a su persona”.
La relación entre Magdalena y Miguel “fue mucho más allá de la puramente comercial, formando parte de un privilegiado círculo de amistades que Cervantes cultivó en Sevilla, como fue el caso de Tomás Gutiérrez de Castro, cómico y dueño de una de las posadas más afamadas de Sevilla, en la calle Bayona -actual Federico Sánchez Bedoya- donde también tenía Magdalena su domicilio”.
Magdalena, años más tarde, ya casada en segundas nupcias con el bizcochero Francisco de Montesdoca, quien también fue comisario real de abastos como Cervantes, actuará como madrina del bautizo de un hijo de Tomás Gutiérrez, acto social que recogió el académico Norberto González Aurioles en “Cervantes y el Monasterio de Santa Paula de Sevilla”, publicado en 1912.
Según las primeras conclusiones de Cabello Núñez, cuando Cervantes le otorga poder notarial para que cobre su salario, Magdalena era una mujer casada, y mantenía aún su estado civil en 1596 -su primer marido, con el que consta vínculo matrimonial desde al menos el año 1579, fue Cristóbal Bermúdez-.
En 1589, dos años después de que Cervantes comenzara su andadura andaluza como comisario real, Magdalena ya era madre de dos hijos, nacidos del matrimonio con Bermúdez: Ana María Enríquez y Francisco Enríquez, cuyas edades aún no ha podido precisar.
Magdalena aparece como una próspera comerciante, proveedora habitual de la Casa de Contratación de Sevilla, a la que suministraba importantes cantidades de bizcocho para las tripulaciones de los galeones de la Armada y Flota de las Indias, como lo acreditan numerosos asientos y contratos.
Cabello Núñez ha destacado que entre 1579 y 1591 Magdalena no firmaba los documentos porque manifestaba que no sabía escribir, pero que, en cambio, sí los firmará de su puño y letra desde al menos enero de 1593, meses antes de que Cervantes le otorgara su poder notarial, firmando esta carta de pago de 28 de marzo de 1594 en la que nuevamente figura el nombre de Cervantes.
Ante ese hecho, se pregunta “si la amistad de Magdalena con Cervantes y el conocimiento que ella pudiera tener de su faceta de escritor, y la amistad compartida con su vecino y comediante Tomás Gutiérrez, y de éste a su vez con autores de comedias como Mateo de Salcedo, hubieran despertado en Magdalena interés por disfrutar de la obra de Cervantes, motivándola para que aprendiera a leer y escribir”.
Su marido firmaba documentos desde al menos 1579 y no parece haber mostrado interés durante esos años para que su esposa aprendiera a hacerlo, a pesar de que era Magdalena quien llevaba, desde hacía más de veinte años, las riendas de sus negocios.