EN OTRA CASA DE LA CALLE CASTILLA

La ubicación de la casa en la que vivió el matrimonio fundador del Rocío de Triana se ha fijado tradicionalmente en un inmueble de la calle Castilla, que hasta hace muy pocos años ha sido el número 11, aunque hoy es el 9. Don Francisco Antonio Hernández y doña María del Carmen Tamayo, nacidos en el propio barrio de Triana y no en Villamanrique de la Condesa, como se ha venido sosteniendo, fueron sus primeros promotores. En el año 2013 quedó reconocido el domicilio con la colocación de un mural cerámico que conmemora su acto fundacional, acaecido el año 1813. Es verdad, que en la documentación obrante, tanto en el archivo de la propia hermandad, como en las partidas de defunción de los fundadores, aparece como número de la residencia el 11. Pero, a raíz de nuestros trabajos de investigación en estos años, hemos podido comprobar que la numeración se correspondía con otro tramo de la calle, vinculado a la feligresía de la Iglesia auxiliar de la O. Antiguamente, la numeración de las casas se repetía por sectores, dentro de una misma calle, y era distinta a la actual. En uno de los padrones conservados en la parroquia de Santa Ana, fechado en 1817, el matrimonio consta asentado en el tramo tercero de la O, en una vivienda marcada con el número general 110.

Ha sido determinante el hallazgo de hasta dos testamentos distintos del matrimonio, en los que quedan recogidas diversas descripciones del entorno urbano de la casa. Por detrás, colindaba con un tinajón de bueyes, propio de los titulares, que daba a la entonces llamada callejuela del Estudiante, ahora conocido este callejón como el de Magallanes. Según estos documentos, el postigo de la propiedad tenía salida hacia el campo, por el camino de los tejares de ladrillos que se hallaban cerca de la «Alcantarilla de los Ciegos». Por tanto, la ubicación de la casa, en la que vivieron los fundadores del Rocío de Triana, no es la que indica el azulejo conmemorativo que está frente al callejón de la Inquisición, tan cerca de la plaza del Altozano. Se corresponde con una distinta, situada al otro extremo en dirección a la capilla del Patrocinio, tras sobrepasar la parroquia de la O. Se sitúa, justamente, en la confluencia de las calles Castilla con la de Alvarado, en el número 103 de Castilla, junto a Chapina (Plaza de Matilde Coral).

El descubrimiento de la localización de la casona pone de manifiesto la realidad de una familia entroncada con el tejido económico y social de una Triana, que dependía de la actividad de los tejares, así como de la incipiente industria cerámica. Además, llegaron a hacerse hermanos rocieros varios miembros del gremio de los alfareros, como los Mensaque, Alvarado, Ruiz, y Vera. A través del Guadalquivir se fomentaron aquellos negocios en destinos tan rocieros como Cádiz, el Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda, de donde precisamente era la ahijada del matrimonio fundador, que al no tener hijos, acogió en su casa a la señorita María Dolores de la Llana, hija de don José de la Llana y doña Margarita Villegas, casada luego con don Pedro Ruíz Cortegana, heredero de la devoción rociera de su esposa y miembro de la Junta de Gobierno del Rocío durante muchísimos años.

A quienes fueron hermano mayor del Cachorro y camarera de la Virgen dolorosa del Patrocinio, Triana no solo le debe el recuerdo del lugar exacto donde se guardó el Simpecado tantos años, sino la introducción en este popular barrio sevillano de un buen número de elementos fundamentales para entender la religiosidad y personalidad propia de la cultura andaluza.

JULIO MAYO

SEVILLA Y LA FAMILIA INGLESA DE CERVANTES

SEVILLA Y LA FAMILIA INGLESA DE CERVANTES
JULIO MAYO

«La española inglesa» está colmada de referencias que establecen la relación entre el escritor y la Inglaterra
Shakespeare

Hace 400 años falleció en Madrid el escritor español más universal de todos los tiempos el mismo día en que dejó de existir también Shakespeare. Mucho se ha escrito de la influencia estilística y temática de Miguel de Cervantes sobre aquel otro genio de la Literatura, pero ¿llegaron a leerse el uno al otro? No es casual que don Miguel escribiese «La española inglesa», una novela en la que nos brinda una serie de reseñas que precisamente no fueron inventadas. Después de una ardua labor de indagación documental, y poner en pie la vinculación de Cervantes con unos familiares suyos de sangre inglesa, sabemos que la obra está colmada de referencias que mantienen una estrechísima correspondencia con su vida real. Estas nuevas claves interpretativas quizás puedan ayudarnos a entender la urdimbre establecida entre el escritor español y la Inglaterra de Shakespeare. Si en aquellos años finales del siglo XVI, e inicios del XVII, hubo una ciudad que centralizase la capitalidad de toda Europa, esa fue Sevilla, la gran metrópoli de la monarquía hispánica que canalizaba también muchas transacciones mercantiles de los mercaderes ingleses.

 
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La historia es que, hace un año, dimos con un documento que probaba la visita de Cervantes a Utrera, localizado en la sección de los Protocolos Notariales del Archivo Histórico Provincial de Sevilla. Esta acta notarial, hasta ahora desconocida, contiene la extraordinaria singularidad de que está firmada por el propio Miguel de Cervantes, de su puño y letra. La aparición ante el notario utrerano se produjo, el 30 de marzo de 1593, en el mesón de Felipe de Rojas, cuando don Miguel actuaba como Comisario regio, encargado de adquirir trigo y víveres para abastecer a los soldados de las flotas que daban escolta a las embarcaciones mercantes que iban, y venían, a América. No nos dejó indiferente que el compromiso se celebrase en una posada, el escenario habitual de su actividad literaria y profesional, en la que compareció también la figura de un arriero. A este transportista, que formaba parte de la red de colaboradores con los que tuvo que contar Cervantes, le encargó que recogiese ciertas cantidades de cebada y trigo en pueblos de la campiña para acarrearlas hasta los puertos gaditanos, a través de la vereda de la Armada. Pero cuando nos dispusimos a contrastar en qué momento exacto pudo haberse presentado Cervantes en el Ayuntamiento de Utrera, para consumar la requisa, nos llevamos la sorpresa de comprobar que la demanda de los géneros la efectuó un tal Juan Titón de Cervantes, y no don Miguel. ¿Estábamos ante un hábil juego de suplantación de identidades con el que Cervantes pretendía camuflar la discrecionalidad de su oficio?

Después de no pocas averiguaciones, pudimos saber que el susodicho Juan Titón era hijo de Hugo Titón de Cervantes, uno de los integrantes de la colonia de mercaderes de la ciudad de Bristol que se había establecido en Sanlúcar de Barrameda, por iniciativa de la Brotherhood of St. George (la hermandad de San George), fundada en 1517, con autorización de Señor de Sanlúcar de Barrameda. El origen inglés de esta familia se remonta al momento en el que don Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, había financiado en 1482 operaciones estratégicas capitaneadas, entre otros, por John Tintam contra los intereses portugueses en la costa de Guinea. El apellido inglés Tintam acabó castellanizándose como Titón. Un descendiente suyo fue Hugo Titón, de quien refiere Loomie en un trabajo sobre Thomas James, el cónsul inglés de Andalucía, que era un espía católico al servicio de la corona española, asentado aquí en la península, que viajaba con frecuencia a Inglaterra en aquellos años de conflictos entre españoles e ingleses. Documentos del Archivo General de Simancas revelan a Hugo como padre del sanluqueño Juan Titón de Cervantes. Una fuente distinta, el Archivo de Indias, nos ayuda a demostrar cómo Juan Titón de Cervantes fue nombrado Comisario real encargado de recoger trigo en 1593, junto al propio Miguel de Cervantes, por otras poblaciones, como las entonces separadas, de Villafranca de la Marisma y Los Palacios. El hecho de que coincidiesen ambos personajes en los mismos lugares, como fue el caso de Utrera, y compartiendo el desempeño de un oficio similar, nos llevan a concluir que ambos hubieron de compartir un parentesco familiar bastante cercano, y un conocimiento profundo de la logística militar de la Armada.

Familiares religiosas de origen inglés

No han pasado desapercibidas las noticias ofrecidas en «La española inglesa» sobre el convento de Santa Paula. Desde hace más de un siglo, los investigadores han acudido a los Libros de la congregación para dilucidar los motivos que llevaron a su autor a utilizar el convento como destino español de la protagonista. Fue abadesa, en 1590, doña Juana de Cervantes Saavedra, hija de Diego de Cervantes y de doña Catalina Virués de Cervantes, familiares carnales del literato. Pero las coincidencias se acentúan al comprobarse que vivía en frente del convento doña María Titón y Francisco de Cifuentes, un señor con el mismo apellido del hidalgo burgalés que Cervantes había ubicado en «La española inglesa», como propietario de la casa que estaba enfrente de las monjas de Santa Paula. Pues una de las hijas del matrimonio entró como religiosa, como puede comprobarse en el Libro de las profesiones de la clausura. Lo sorprendente es que también profesase otra hija del matrimonio formado por Juan de Herver de Cervantes e Isabel de Salamanca, en 1577. El erudito José Gestoso nos dice que los Herver asentados en Sevilla eran plateros y habían llegado, en los albores del Quinientos, procedentes de Córdoba, por lo que queda de manifiesto el entronque familiar con Cervantes y el origen británico de los Herbert.

Estos hechos no solo prueban la vinculación de Cervantes con católicos ingleses en Sevilla, sino que demuestran las raíces familiares antes de su venida a Sevilla. El cronista del siglo XVII Méndez Silva afirma que Cervantes contaba aquí con parientes ilustres. Especulamos que corresponden a su misma saga doña Francisca Serbantes y Mariana de Servantes, que se hicieron hermanas del Gran Poder en 1602 y 1603, respectivamente, como queda recogido en el Libro primero de cofrades, cuando la hermandad se hallaba establecida en el desaparecido convento franciscano del Valle.

«La española inglesa» ilumina, por tanto, el decisivo papel de Sevilla en la relación de España con la Inglaterra de Shakespeare, mediante un argumento que presenta una modélica convivencia de creencias religiosas (catolicismo y anglicanismo), sin llegar a desprender ningún ápice de animadversión contra el enemigo inglés. Promueve el mismo espíritu de respeto, paz y armonía que fomentaban los jesuitas ingleses del colegio sevillano de San Gregorio en la última década del siglo XVI, en el que se formaban en lengua inglesa a los misioneros. Cervantes entró en el universo literario del dramaturgo William Shakespeare, como se deduce de la inspiración que el autor inglés tomó de trasuntos y personajes de la primera parte del Quijote. Sentía auténtica predilección por la picaresca. Una de las últimas obras de teatro del inglés, «Cimbelino», parece estar inspirada en la historia del «Curioso impertinente», así como «Cardenio», otra pieza basada en capítulos de la primera parte del Quijote. En los próximos días se organizará una exposición, en el Archivo de Indias, donde van a mostrarse diversos documentos que acreditan las importantes cantidades de ejemplares del Quijote que, en 1605, se llevaron desde Sevilla hasta México, a los pocos días de salir de la imprenta. El lanzamiento de la obra impresa suponemos que tuvo que llegar a los miembros de la generación de Shakespeare, habida cuenta de la conexión existente entre los puertos de Sevilla y Londres. La acogida inglesa tuvo que llegar a despertar tal grado de entusiasmo que, cuando se publicó su segunda parte (1616), fue traducida al inglés de inmediato. Un libro inglés llegaba entonces a Sevilla antes que a Madrid, o cualquier otra parte de España. Aquí vinieron numerosas obras de la Literatura inglesa, tal como testimonia el inventario de la biblioteca de los jesuitas ingleses residentes en esta ciudad. Y es muy posible que aquellos ejemplares hubiesen llegado a consultarlos la curiosidad lectora de don Miguel de Cervantes.

Soneto dedicado a Felipe II

Cuando falleció Felipe II (1598), se levantó en el interior de la Catedral de Sevilla un majestuoso monumento funerario para honrar el alma de quien había llegado a ser el Señor de la Tierra. Cervantes, que tuvo que conocer muy bien la iglesia Metropolitana, pues durante un tiempo vivió prácticamente en el entorno de la actual confluencia de la calle Federico Sánchez Bedoya con la Avenida de la Constitución, dedicó un Soneto al Túmulo (Voto a Dios que me espanta esta grandeza/ …), maravillándose de la riqueza y monumentalidad del catafalco. En los versos equipara a Sevilla con la Roma triunfante por el homenaje brindado al emperador de su Imperio. Se produjo un ruidoso enfrentamiento entre los mandamases de la Audiencia, el Cabildo catedralicio y la propia Inquisición a cuenta del figureo entre las autoridades asistentes a los funerales del rey. De las relaciones cortesanas que mantuvo don Miguel de Cervantes, resaltó su amistad con don Mateo Vázquez, que había sido secretario particular del monarca fallecido y al que Cervantes dedicó en vida una hermosísima Epístola. Este don Mateo Vázquez, fue don Mateo Vázquez de Leca, el influyente eclesiástico sevillano que tanto le ayudó a progresar en su carrera militar, cortesana y burocrática, sin que debamos confundirlo con su sobrino Vázquez de Leca, Arcediano de Carmona.

Sevillanía de Cervantes

Al alcanzar los 40 años, se asentó más de diez junto al Guadalquivir. Desde 1588 hasta 1601, ejerció como hombre de armas, sin dejar de ser cortesano ni escritor. Era el molde de la época. Tal como Garcilaso. Reinaba Felipe II y Cervantes recibió el encargo militar, como hombre de Imperio, de participar en el ataque a Inglaterra pero sin subirse a los barcos. Su misión era más importante. Recoger los géneros y víveres precisos para alimentar a los soldados de la Armada naval, aunque luego cayeron derrotados en las costas inglesas. Después, en otra etapa que se sitúa en la década de 1590, se dedicó a efectuar requisas para proveer las galeras de la Armada que escoltaban los buques mercantes de la Carrera de las Indias. En cualquier caso, su condición de militar no le privó nunca de poder integrarse, con plenitud, en la vida de una ciudad que contaba con unos universos pintorescos, capaces de hechizar la inspiración del poeta. Así se desprende de las continuadas referencias que efectuó en toda su obra. Leyéndola, podemos conocer, por ejemplo, cómo era el pueblo llano de Sevilla con más precisión y detalle que el de Madrid. De la integración social en la vida de la ciudad habla el gran número de amistades que cultivó con todo tipo de personajes (posaderos, arrieros, funcionarios de la Casa de la Contratación, canónigos, hombres Veinticuatros y Jurados del Ayuntamiento, abogados de la Audiencia, escritores como Mateo Alemán o cómicos y cómicas que actuaban en los grandes patios de comedias). En «La española inglesa» llegó a escribir de aquella Sevilla americanista, que la joven que aspiraba a introducirse como monja en la clausura del convento de Santa Paula «jamás visitó el río, ni pasó a Triana, ni vio el común regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el día de San Sebastián, celebrado de tanta gente, que apenas se puede reducir a número. Finalmente, no vio regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla». Cervantes se sintió en nuestra tierra, escritor, y de los mejores del país. Lo reconoció al comprometerse ante notario a componer seis comedias que habían de ser –según refiere en la escritura él mismo– de «las mejores de España». Uno de los grandes logros del Quijote, esa obra que comenzó a esbozarla bajo estos luminosos cielos azules, es que el pueblo reconociera con tanta prontitud a los personajes, don Quijote y Sancho Panza. Lo demuestra la participación de sus caracterizaciones en muchos desfiles populares que se celebraron, al poco tiempo de editarse la segunda parte, en pueblos como Utrera. La presencia de don Miguel en la batalla de Lepanto, los cinco años de cautiverio que padeció en Argel, o las ventas y pueblos de la Mancha, son episodios que tuvieron que hacerle adquirir muchísima mundología, pero la ciudad que, como capital económica del Imperio español en aquellos momentos, introdujo en el mundo al mayor representante de la Literatura del Siglo de Oro, esa fue la universal Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR
juliomayorodriguez@gmail.com

EL TRIUNFO DE LA ESPERANZA DE TRIANA

Es mucho más antigua la devoción trianera a la Virgen de la Esperanza –con culto documentado en la parroquia de Santa Ana, en las primeras décadas del siglo XVI– que la que comenzó a profesársele en el barrio de la Macarena, a finales de la misma centuria dentro del convento de San Basilio. No en vano, aquel monasterio no se fundó hasta que promovió el establecimiento de esta orden religiosa un cofrade de la Esperanza de Triana, en 1593. Se trata del rico comerciante asentado en nuestra ciudad, que era de origen greco–chipriota y solía operar por la orilla trianera, llamado Nicolás Triarchi. Movido por la devoción a su paisano San Basilio, cedió una casa que poseía en la collación de Ómnium Sanctórum, donde los frailes construyeron el colegio de la orden. ¿Puede decirse, entonces, que el bienhechor se llevó la devoción de la Esperanza desde Triana a aquel otro lado de Sevilla?.

Fray Hernando de la Cruz accedió a que pudiera fundarse, en el colegio de San Basilio Magno, la Cofradía de Nuestra Señora de la Esperança y hermandad de penitencia, a finales de noviembre de 1595, fecha oficial de la aprobación canónica de la corporación macarena. Sin embargo, en la parroquia de Santa Ana del barrio de Triana venía rindiéndosele culto a la Esperanza, desde finales del siglo XV, en un altar sobre el que instituyó una capellanía el sacerdote don Gonzalo de Herrera hacia 1520. Se data en 1565 la cláusula testamentaria de Juan de Vidal, avecindado en Triana, que ordenó acompañar su entierro «de la dicha cofradía de Nuestra Señora de’Esperança, que hace su ayuntamiento en la dicha iglesia del Espíritu Santo». De hecho, en el sínodo convocado por el cardenal Niño de Guevara, en 1604, se ordenaron las cofradías por antigüedad para que hiciesen estación a la Catedral y se cita a la Esperanza de Triana en séptimo lugar, detrás de El Valle (El Silencio, La Hiniesta, Los Negritos, Vera Cruz, Gran Poder, El Valle y Esperanza de Triana). La de la Macarena ni consta. En la actualidad se considera a la hermandad de la Macarena, sin embargo, más remota que la de Triana. El equívoco pudo haberse inducido al verificarse la reunión la de Tres Caídas, en los primeros compases del siglo XVII.

Mirando al puerto camaronero estaba la capillita de la casa-hospital de los religiosos del Espíritu Santo, ya desaparecida, cuyo postigo daba a la calle Pureza. Allí residía ya, en 1565, la cofradía de la Esperanza que contaba con numerosos cofrades dedicados al tráfico marítimo. Por mandamiento del Arzobispado, el año 1616 tuvo que fusionarse con la de las Tres Caídas, creada poco tiempo antes en un cercano convento de clausura de monjas Mínimas. La corporación resultante permaneció instaurada en la iglesia del Espíritu Santo, de cuyo hecho histórico se conmemora la efeméride del cuarto centenario (1616–2016).

Pone de manifiesto la histórica vinculación que guardó la Esperanza con el gremio de los marineros, un documento de concordia, hasta hoy inédito, que hemos hallado en el Archivo de Protocolos Notariales. Es un acuerdo, suscrito en 1815, entre la entonces Congregación de mareantes y la cofradía de las Tres Caídas, con el piadoso fin de que la imagen de Guía, hasta entonces venerada también en el Espíritu Santo, pudiera recibir culto en la capilla de la calle Pureza, que iba a reabrirse.

La de los Marineros era un espacio religioso incardinado en el corazón del propio barrio, no en un lugar tan excéntrico como la capilla del Patrocinio en el extrarradio. En ella había cinco retablos. El principal lo ocupaba el Cristo caído, junto a las imágenes de San Juan Evangelista y María Magdalena. En una de las paredes laterales recibía culto la Esperanza y una pequeña talla de Jesús atado a la columna, mientras que en la de enfrente estaba la hornacina de Nuestra Señora de Guía, además de la de San Telmo y una Santa Cruz. Precisamente, se cumplen ahora doscientos años del estreno de su nueva capilla e imagen dolorosa de la Esperanza, tallada por Juan de Astorga según escribe José Bermejo en su libro de las Glorias religiosas (1882). Salió en procesión el Jueves Santo 11 de abril de 1816, a las tres de la tarde, después de que en Sevilla no hubiese estacionado ninguna cofradía por impedirlo la lluvia, como cuenta el cronista Félix González de León.

Además de la gente marinera, Nuestra Señora de la Esperanza extendía su protección sobre los vecinos de un barrio eminentemente alfarero y calé. Colaboró muy estrechamente con la hermandad de los Gitanos, cuando se fundó en la misma capilla trianera del Espíritu Santo, el año 1753, a instancia del «castellano nuevo» Sebastián Miguel de Varas, o Vargas. Le cedió varios enseres para que pudiese realizar su primera salida procesional, que finalmente hizo desde el convento del Pópulo, en la Magdalena, aquel año central del siglo XVIII. Y aún residiendo los Gitanos fuera de Triana, volvió la de las Tres Caídas a prestarle insignias y otros utensilios necesarios para la procesión de la Semana Santa de 1827. Del protagonismo que comenzaron a tomar como hermanos los artesanos del arrabal, nos habla un expediente que hemos analizado en el Archivo del Arzobispado, de la década de 1840, en el que figuran ya una serie de cofrades dedicados a la carpintería (suponemos que de ribera) y la alfarería. Volvió a salir en procesión en 1845, después de muchos años sin hacerlo y fue a la Catedral por primera vez.

Desde su establecimiento en Sevilla, los duques de Montpensier ayudaron a fomentar las salidas procesionales de varios años con la entrega de limosnas, como en 1851. Desfiló el Viernes Santo por la tarde y cuando venía de regreso de la Catedral se cruzó con la de Montserrat por la antigua calle Génova (actual García de Vinuesa). Sus hermanos discutieron sobre cuál habría de llevar la iniciativa y se originaron importantes altercados. Comenzó a correr la multitud y la autoridad tuvo que llegar a hacer uso de las armas, repartiendo palos a diestro y siniestro. El diario sevillano «El Porvenir» recogió que hubo que lamentar varias desgracias entre algunas señoras. Visitó la capilla de la calle Pureza la duquesa doña María Luisa Fernanda de Borbón, el día 18 de diciembre de 1852, festividad de la Esperanza. Desde entonces quedó sellada la vinculación con los Montpensier, como testimoniaba en el antiguo escudo la flor de lis, tan distintiva de aquella familia con derecho a sucesión monárquica.

Razones de su protagonismo devocional y popular

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Pero cuando verdaderamente comenzó la Esperanza de Triana a labrar el enorme mito que representa hoy dentro de nuestra Semana mayor, fue a partir de su incorporación a la jornada de la Madrugada, en 1889. Vino a reemplazar a la también trianera cofradía de la O, que lo había estado haciendo de noche, desde que cruzase a Sevilla para ir a la Catedral (1830). Su prioste, don Francisco Díez, comunicó a las autoridades la intención de dejar el horario nocturno, en la cuaresma de 1888, recalcando literalmente que lo hacía «para evitar los excesos que se cometen, no propios en actos religiosos». Queda claro que aquella otra hermandad del barrio no había logrado sintonizar con el ambiente que despertaba la noche, tan en boga ya en Triana. El representante de las Tres Caídas, don Francisco Ollero, trasladó a la corporación municipal y al señor Provisor del Arzobispado, que su hermandad saldría a las tres de la madrugada del Viernes Santo de aquel 1889. Desde luego, la Esperanza, sí consiguió atraer a los segmentos más carismáticos de un entorno marginal y a toda aquella gama de personajes y artistas maravillosos a los que tanto les inspiraba la nocturnidad.

Este nuevo horario terminó confiriéndole un importante empuje a la proyección universal de la hermandad, al entrar en concurso ahora una serie de circunstancias determinantes, como la de pasar a desfilar por el centro de la ciudad detrás de la cofradía de la Macarena. Tradicionalmente, los macarenos, vitoreaban con entusiasmo a su hermosísima titular mariana, cuya muestra de fervor se propusieron contrarrestar los trianeros con unas aclamaciones mucho más continuas, ovaciones más sonoras y la interpretación de saetas por doquier. Que se enterase Sevilla cuál era la más guapa, era el afán. Era la lucha por la supremacía de un barrio sobre el otro. Esta pugna, tras la que subyace una reivindicación vecinal de la identidad de una Triana que en aquel tiempo añoraba poder ser hasta un pueblo independizado de Sevilla, trascendió al dominio devocional y se suscitaron entonces no pocas disputas, relativas a dilucidar cuál de las dos imágenes salía mejor vestida y con mayores adornos. Aquella rivalidad se conoció en todo el mundo, como lo demuestra el peculiar reportaje publicado por el periodista Stephen Bonsal, en la revista norteamericana The Century Magazine (1898).

Hasta dónde llegarían los piques entre ambas que sólo diez años más tarde, en 1899, el vicario diocesano decidió comunicarle a la de Triana que su horario de salida pasaría a ser las 9 de la mañana del Viernes Santo. Tras no pocas protestas, se permitió que saliese a las 2,30 de la madrugada, aunque ya no detrás de la Macarena. Desde la alcaldía y el Palacio episcopal, se le ordenó en las vísperas de la Semana Santa de 1899, que verificase su estación a la santa iglesia Catedral, «no sólo con el recogimiento y orden propios del acto que realizan, sino después de la hermandad del Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación, apercibiéndose de que en caso de no acatar lo dispuesto se multaría a la cofradía». Esta medida de gobierno, consistente en intercalar como «cortafuego» otra procesión entre ambas, aunque la curia justificase la introducción con argumentos del Derecho canónico, no tuvo más que un sentido práctico: atajar el descontrol de las porfías. En el seno de la hermandad se vivió entonces una fortísima división interna y la autoridad eclesiástica suspendió a su junta de gobierno y nombró una gestora.

Rodríguez Ojeda, un bordador macareno para la Esperanza de Triana

Uno de los que contribuyó a alimentar la dualidad de las dos Esperanzas (Triana y Macarena), fue el bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda, quien se involucró muy activamente en el diseño y ejecución de distintas piezas textiles, bordadas en oro, para las imágenes titulares, así como la puesta en escena del conjunto de la cofradía, mediante el embellecimiento de enseres e insignias corporativas.

GARCÍA LORCA EN TRIANA

A finales del mes de abril de 1935, Federico García Lorca vino a disfrutar de nuestra Semana Santa. Fue la última vez que estuvo aquí pues, sólo un año más tarde, fue fusilado al estallar la Guerra Civil. Desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección lo acogió el poeta Joaquín Romero Murube en los Reales Alcázares, como alcaide-conservador que era ya del emblemático edificio. Según cuenta Juan Ramírez de Lucas, un amante del escritor granadino, Federico disfrutó especialmente con la «bisagra de poderío estético que es la Madrugada». De la mano de Romero Murube como guía, acompañado por Pepín Bello y algunos otros jóvenes más, al llegar la mágica Noche cruzaron el puente con el propósito de ver salir a la Esperanza de Triana desde San Jacinto, entre el jolgorio de «guapa, guapa…». Cuando asomó a la puerta del templo el paso del Cristo de las Tres Caídas, le sorprendió a Federico el llamativo y desigual tocado de plumas que llevaban los romanos del Misterio procesional. Murube le sopló que «ante la escasez de los últimos años, las mujeres de los cabarets de la zona, incluso algunos transformistas, habían regalado a la hermandad sus abanicos y tocados de plumas para que las imágenes secundarias las lucieran». Acto seguido, con la Virgen en la calle, García Lorca se quedó impresionado con la densa marea de pétalos danzantes que caían desde los balcones para la Reina del barrio. La acompañaron hasta el otro lado del puente y se emocionó muchísimo al sentir que el pueblo de a pie se expresaba detrás de Ella con tanta espontaneidad. Llegaron a la Plaza Virgen de los Reyes y allí vieron salir de la Catedral a la Macarena, que también venía haciendo su recorrido. Al presenciarla, exclamó: -«Qué alegría, una ciudad con dos Esperanzas tan guapas, tan morenas, tan andaluzas». De pronto, se acercó a ellos por detrás un jovenzuelo y les dijo. -«¡Eso sólo podría ocurrírsete a ti, Federico». Éste se volvió y comprobó que era, nada más y nada menos, que Rafael de León, el sevillano autor de tantas coplas que, por aquellos años, era ya amigo de García Lorca.

Desde siglos pasados, el barrio de la Macarena se distinguió por mantener muchas de las costumbres y tradiciones sevillanas. En su demarcación nacieron un buen número de personajes populares y cantaores flamencos. Aunque con el paso del tiempo, Triana fue arrebatándole aquella vitola y tras la fundación de la hermandad del Rocío (1813), conquistó bastantes ápices del acervo folclórico y religioso popular. A finales del siglo XIX, Nuestra Señora de la Esperanza consiguió impregnarse plenamente de la idiosincrasia de su arrabal y terminó convirtiéndose en el mejor vehículo de expresión de la realidad religiosa, social y cultural de Triana en Sevilla.

A lo largo de la historia ha contribuido a realzar el prestigio de esta hermandad, el hecho de que su Mocita morena haya sido el ancla de salvación de marineros y llegase a socorrer la desesperanza de tantísimos humildes vecinos de corrales, gitanos y alfareros. Su mayor gloria es haber nacido en Triana. Pero tu principal triunfo radica en…que también es de Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

Publicado en ABC de Sevilla, el jueves 24 de marzo de 2016, páginas 46 y 47.

LA DEVOCIÓN AL ROSARIO EN LA CIUDAD DE ZARAGOZA DURANTE LA MODERNIDAD (SIGLOS XV AL XVIII)

Este artículo ofrece un estado actual de la cuestión sobre la devoción del Rosario en la ciudad de Zaragoza durante la Modernidad (siglos XV-XVIII) . Para ello se analiza la evolución de las constituciones de la Cofradía del Rosario establecida en
el Convento de Predicadores. Posteriormente se destaca la figura del Cardenal Xavierre, dominico zaragozano, en la conformación del rezo tras la Batalla de Lepanto. Igualmente damos noticia de la singular devoción al Rosario en los ámbitos monacales de la ciudad. Finalmente estudiamos el fenómeno de los Rosarios públicos, tan importante en la Zaragoza del siglo XVIII.

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COFRADÍAS DE LAS ATARAZANAS EN EL SIGLO XVI

0932De las diecisiete naves que integraban las Atarazanas, un sector de la octava fue destinado desde sus inicios medievales a acoger una iglesia «porque los que allí trabajasen tuviesen un lugar donde rezar», según los documentos fundacionales del siglo XIII. La capilla real de las Atarazanas, que pertenecía a la corona española como todo el edificio, poseía un recinto sagrado bastante reducido en el que se festejaba desde antiguo el día de San Nicolás, como intercesor de los navegantes en situación de naufragios, debido a la conexión del conjunto constructivo con el río.

En cuaresma, los sermones tenían que predicarse en la calle porque los fieles no cabían en su interior y ni se predicaba cuando llovía. Dentro de las Atarazanas, la capillita carecía de muros colindantes, por lo que a los sacerdotes le resultaban muy molestos los ruidos de las continuas manufacturas de todo el enclave. En el último tercio del siglo XVI se decoró la puerta de entrada a esta capilla con un retablo que ocupaba el vano de acceso y su fachada principal. Este altar exhibía –según el investigador Celestino López Martínez– un «Misterio» (Crucificado, con la Virgen y San Juan), flanqueado a su derecha por la Caridad y San Jorge a la izquierda, respectivamente. Remataba el conjunto un Dios Padre sobre trono de ángeles, pintado por el artista Juan Díaz en 1575.

0930Delante de las Atarazanas se extendía un amplio espacio, desde el Arenal hasta la Resolana de la Torre del Oro, en el que cohabitaba la tentación del pecado del puerto –al que no paraban de llegar novedades de Europa y otras partes del mundo–, con muchos ingredientes culturales y religiosos, propios de la entrada y salida de mercadurías y viajeros. Desde luego, no fueron pocos los artículos que se recibían relacionados con ejercicios devocionales (cera, rosarios, cruces, flagelos, instrumentos de martirio, sermonarios, hábitos, cíngulos, túnicas, calzado, etc.). En este terreno inmediato al río de tanto trasiego, situado en un espacio marginal fuera de las murallas, se daba una forma de vida que se alejaba de los postulados eclesiásticos.

Los aledaños del Guadalquivir amparaban uno de los grandes foros comerciales, en el que se cometían numerosísimos abusos y excesos (engaños, robos, asesinatos, lujurias, etc.), con simultaneidad a las operaciones mercantiles. Transitaban pícaros y rufianes, chamarileros y prostitutas del cercano Compás de la Laguna, clérigos y canónigos de la catedral, comerciantes, inquisidores, carreteros y vendedores de todo tipo de géneros, soldados y marineros del puerto. Lope de Vega refirió que toda su arena era dinero, «porque es plaza general / de todo trato y ganancia». En medio de aquel ambiente también se realizaban numerosos ejercicios piadosos. La población gozaba de una extensa red conventual, integrada por casi todas las órdenes religiosas que atendían las necesidades espirituales del pueblo sevillano, al tiempo que daba respuesta a la organización de las campañas misionales a desarrollar en el Nuevo Mundo. Era en las inmediaciones de las Atarazanas, muy cerca del puerto, donde se solemnizaban los rituales de envío de misioneros. Los frailes y clérigos se involucraban con empeño pastoral en depurar su escandalosa –a decir por los eclesiásticos– grey pecadora.

Santa Caridad

Sevilla era la ciudad de la caridad. El sombrío contraste de su abundancia era ver vagar por las calles a pobres, enfermos, lisiados y otros muchos vagabundos que hacían oficio de sus miserias. Y no, precisamente, por falta de hospitales. A inicios del siglo XVI, como herencia de la Edad Media, se contabilizaban en el núcleo urbano más de un centenar de centros hospitalarios. Con anterioridad a la reorganización que, a mediados del siglo XVII, vivió la hermandad de la Caridad, deambuló por otras sedes.

El cronista Ortiz de Zúñiga refiere en sus Anales que cuando se aprobaron sus reglas, en 1578, la hermandad de la Caridad gozaba ya de más de un siglo de existencia. En 1564 pasó a un hospital, adyacente al templo parroquial de San Isidoro, hasta que sus cofrades decidieron trasladarse a la capilla real de las Atarazanas. En la junta celebrada el 1 de abril de 1588, sus integrantes acordaron organizar la procesión de disciplina del Jueves Santo. Por los Libros de la hermandad de la Caridad sabemos que tenía 106 túnicas con capirotes y disciplinas, 98 de sangre y 8 de luz. El cortejo procesional, abierto con la insignia de la Santa Caridad, salía de la capilla de las Atarazanas y se encaminaba hacia la catedral, El Salvador, La Magdalena, San Pablo y San Isidoro, donde se celebraba el ritual del Lavatorio.

0931A finales del siglo XVI, sus cofrades eran personas con cierto poder adquisitivo, en los que se registraba una alta presencia de flamencos como hermanos. Había mercaderes, negociantes, armadores de barcos, abogados, caballeros de órdenes militares, y algunos nobles, sobre todo a partir del siglo XVII, en el que se incorporaron sacerdotes y canónigos de la catedral. Aquella primitiva cofradía de la Caridad, o de San Jorge, no sólo cumplía con el precepto de sepultar cadáveres de pobres ajusticiados, o fallecidos a causa de algún accidente en el río, sino que atendía también a enfermos y accidentados en los trabajos de carga y descarga de las mercancías remitidas a Flandes y América. Esta labor requería el concurso de un sinfín de obreros, esclavos, marineros y trabajadores del muelle. Entre 1608 y 1610, la hermandad de la Caridad dejó de ejercitar su carácter penitencial y pasó a dedicarse a los enfermos y al enterramiento digno de pobres desolados.

Toneleros y Carretería

A orillas del Guadalquivir, arraigó el oficio de los toneleros dedicado a la construcción de cubas para el arqueo de las embarcaciones en las que se transportaban los productos líquidos. Por lo general, todos se avecindaban en los arrabales que nacieron al calor de la amplia mano de obra que demandaban las propias Atarazanas: barrios de la Carretería, Tonelería y Cestería. Estos toneleros tuvieron hospital propio en la Carretería e instituyeron en él una cofradía en época medieval. Por los Libros de los impuestos de «Subsidio y Escusado» del Archivo de la Catedral, se documenta la continuidad del centro asistencial advocado a «San Andrés y San Antón», en el transcurso del siglo XVI. En el centro hospitalario recibían culto varias imágenes: dos crucificados, Nuestra Señora de Los Remedios, un Niño Jesús y un San Sebastián pequeño. La capilla había sido reedificada por sus cofrades que les daban sepultura a muchas personas, en un cementerio aledaño muy pequeñito. En ella confesaba un capellán, que la asistía y decía misa los domingos y festivos para mucha «gente de la mar y pobres que no tienen capas». Con autorización eclesiástica, oían misa los moriscos que vivían cerca, quienes también recibían enseñanzas de doctrina cristiana. A aquélla primitiva cofradía hubo de fusionarse, en el transcurso del siglo XVI, la hermandad de la Virgen de la Luz –probablemente ya con uno de los crucificados como titular cristífero–. Cuando el Arzobispado le aprobó sus primeras reglas a la cofradía penitencial de Las Tres Necesidades (1586), ésta ya radicaba en esta capillita. Tras el cierre del hospital en 1587, la cofradía de Las Tres Necesidades se trasladó a la parroquia de San Miguel, primero, y luego a la iglesia de San Francisco de Paula. En el siglo XVIII pretendió establecerse en la capilla de Nuestra Señora de la Piedad, del Baratillo, ofreciéndose incluso a ampliarla (1753), aunque finalmente construyó una capilla sobre un solar que le compró al cabildo de la catedral en la antigua calle Varflora de este barrio de la Carretería (actual emplazamiento). Finalizadas las obras, se celebró su estreno en 1761.

Usos históricos de las Atarazanas

Originariamente fueron concebidas como astilleros, aunque desempeñando esta funcionalidad no cosechó demasiado éxito. Cesaron las actividades vinculadas a la construcción naval a finales del siglo XV. Los Reyes Católicos ordenaron que pudieran ser empleadas como pescaderías, almacenes y bodegas. En 1503, acogió la primera sede de la Casa de la Contratación de Indias, aunque a los pocos meses se dispuso que este organismo se trasladase a unas dependencias del Real Alcázar. Sin embargo, las Atarazanas continuaron siendo servibles para la Contratación durante buena parte del siglo XVI. En la cárcel de los Caballeros, situadas dentro de las Atarazanas, a las espaldas del actual edificio de Helvetia, estuvo preso el prestigioso marino don Pedro Menéndez de Avilés, antes de conquistar la isla Florida (1565). Sus espaciosas naves albergaban infinidad de actividades industriales ligadas a las carpinterías de ribera, cordelerías, cerrajerías, carreterías, cesterías, tonelerías, odrerías, panaderías, carnicerías, etc. Se guardaban mercadurías y géneros de toda naturaleza que llegaban, o salían, por el río. Sirvieron como almacenes de azogue durante bastante tiempo. Cobijaron municiones pertenecientes a los buques de la Armada que escoltaban a las embarcaciones mercantiles durante sus arriesgadas travesías oceánicas. Una parte que estaba a la intemperie sirvió como corral de comedias.

A decir de Rodrigo Caro, la Aduana edificada en 1583 dentro de las Atarazanas, «ocupaba buena parte de ellas. Su fábrica está edificada a modo de un templo, con su crucero, toda de bóveda. Aquí vienen a parar todas cuantas mercaderías y cosas que se vienen a vender a Sevilla y así está siempre llena de fardos, cajones, tercios, y otros géneros de carga que apenas se puede andar por ella, estando las mercancías una sobre otras, haciendo grandes y altos túmulos de ellas».

La administración real arrendaba amplios espacios a comerciantes flamencos y alemanes para que pudieran almacenar sus mercancías. En algunas zonas llegaron a construirse hasta viviendas particulares. Otra función importante que prestó el conjunto monumental fue la religiosa. A mediados del siglo XVII era necesario bajar diez escalones para entrar en la capilla de las Atarazanas, que se inundaba. Cuando se reedificó el hospital de la Caridad y amplió el recinto de la iglesia, se rellenó con el fin de elevar su suelo hasta la cota actual.

Otras cofradías

Varios grabados y pinturas de siglos pasados testimonian la presencia de hasta dos cruces de piedra delante de las propias Atarazanas. En un antiguo humilladero que hubo allí se erigió la hermandad de la Santa Cruz hacia 1635. Hoy es la actual Capilla de Nuestra Señora del Rosario, a la que llegó más tarde la hermandad penitencial de las Aguas, fundada en el convento de San Jacinto de Triana el año de 1750. Tenemos noticias también de que en el Arenal estuvo establecido el gremio de barqueros, que fundó una hermandad advocada a Nuestra Señora de Guadalupe.

El historiador don Antonio Domínguez Ortiz concluyó que el principal argumento de la grandeza de «fiestas, mayorazgos, fundaciones religiosas era verdaderamente la ganancia opulenta del negocio de la Flota de Indias». A ello tenemos que añadir que uno de los mayores éxitos de nuestra Semana Santa, como principal fiesta de la ciudad, es la calle. La gran aportación sevillana fue saber convertir todo su entramado urbano en un gran templo popular. Toda esta trama descrita, con tantos y tantos actores que desfilaron a lo largo de la historia, los aglutinó un escenario único. El mejor de todos ellos para la celebración de la Semana Santa en la calle: Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

Publicado en diario ABC de Sevilla,
sábado 5 de marzo de 2016, págs. 38 y 39.

ANTIGUO CRUCIFICADO DE VERA CRUZ DE LOS PALACIOS Y EL CASTILLO DE LAS GUARDAS

El antiguo Cristo de la hermandad de Vera Cruz de Los Palacios, que en este 2016 cumple su 450º aniversario fundacional, se encuentra hoy en la Parroquia de El Castillo de las Guardas, después de que fuese llevado allí en 1940 cuando la hermandad de Los Palacios recibió en donación el actual titular cristífero, que es una talla realizada por Antonio Castillo Lastrucci.
En base a unos interesantísimos documentos localizados en el Archivo del Arzobispado, probablemente pueda recuperarse la imagen del Crucificado para el pueblo de Los Palacios.

Cesión del antiguo Crucificado de la Vera Cruz a la parroquia de El Castillo de Las Guardas (1940)

A la memoria de Julio Murube Baquero (q.e.p.d.).
Cuánto hubieras disfrutado con este artículo…

El descubrimiento reciente, por nuestra parte, de unos documentos que se encuentran custodiados en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla, dentro de la serie «Asuntos Despachados» y que no se hallan accesibles a la consulta de los investigadores, van a ayudarnos a reconstruir, con rigor, un episodio de la historia reciente de nuestra hermandad que, hasta el momento, no estaba del todo claro. Cuando mi abuelo Juan Antonio Rodríguez, el de «la Curá», donó oficialmente el actual Crucificado a esta cofradía en propiedad, el 17 de marzo de 1940 , se habían producido ya previamente una serie de trámites administrativos y actos de carácter técnico, como la visita a nuestro pueblo girada por el catedrático de Historia del Arte, don José Hernández Díaz. El eminente profesor de la Universidad hispalense, que luego llegaría a ser incluso hasta alcalde de la ciudad de Sevilla, vino como miembro de la Delegación diocesana de arte a inspeccionar las posibles fórmulas de plegar la cruz de la nueva imagen realizada por Lastrucci, con el fin de poder salvar las dimensiones reducidas que entonces tenía el vano de la puerta de la capilla cuando verificase la salida en el paso procesional. Al día siguiente de haber estado aquí, Hernández Díaz elevó un informe al Arzobispado en el que reflejaba el escaso valor, que a su juicio, poseía el antiguo Crucificado y significó, además, que aquel había sido cedido por una devota. Se deducía de su dictamen, lógicamente, que la imagen no era propiedad de la Iglesia. El fragmento de su veredicto, redactado el 15 de enero de aquel 1940, quedó expresado al tenor siguiente: «Dicha cofradía posee como titular una imagen de Crucificado, de tamaño académico, carente de interés artístico, que donó hace años doña Ana Saldaña. Esta imagen desea ser sustituida por una figura de dicha advocación, tallada por el Sr. Castillo Lastrucci, obra de buena factura, digna de ser bendecida y expuesta a la pública veneración» .

 Institución Colombina. Solicitud de doña Nieves Murube a la autoridad eclesiástica,
reconociendo ser la familia Murube propietaria del Crucificado. 1940

Precisamente, doña Nieves Murube, madre del escritor palaciego y conservador de los Reales Alcázares de Sevilla, Joaquín Romero Murube, se erigió en portavoz de la familia Saldaña–Murube para reclamar la pertenencia del expresado Crucificado al tiempo que solicitaba poder trasladarlo al templo parroquial de El Castillo de Las Guardas, a cuyo pueblo había llegado su otro hijo, Rafael Romero Murube, para desempeñar el cargo de secretario municipal en Ayuntamiento de aquel municipio. El 20 de septiembre de 1940, doña Nieves Murube Pérez, que figura en el documento de solicitud domiciliada en el Patio de Banderas, número 1 (vivía ya con Joaquín en el Alcázar), exponía al cardenal Segura su petición así:

«Doña Ana Saldaña viuda de Felipe Murube donó a la Capilla de Los Remedios del vecino pueblo de Los Palacios, un crucificado con su dosel, en ocasión de no haber ninguno en dicha Capilla [de Los Remedios]. Posteriormente ha sido ya dotada la referida Capilla con una hermosísima imagen de Jesús Crucificado donación también de otras personas piadosas amantes de la meritada Capilla de Los Remedios. No recibiendo culto actualmente de ninguna clase el primer Crucificado antes mencionado, y sin que ello cause ninguna perturbación pues ha sido previamente consultado el Párroco de Los Palacios, pedimos a Su Eminencia Reverendísima autorice el traslado del primer crucificado con su dosel al Pueblo del Castillo de las Guardas, cuya Iglesia saqueada en tiempo de los rojos, no conserva ninguna imagen. Pedimos la autorización de Vuestra eminencia ya que sin ella no sería posible este traslado que tanto beneficiaría los actos piadosos de un pueblo tan castigado por la furia antirreligiosa como lo fue el Castillo de las Guardas. Los gastos que pudieran subvenir por el traslado de la meritada Imagen, correrían a cargo de personas piadosas del pueblo que recibiría la imagen, las cuales se unen fervorosamente en mi ruego» .


Institución Colombina. Informe suscrito por el párroco de Los Palacios, don Manuel Fontades

Una vez que las autoridades eclesiásticas sevillanas recibieron la instancia en el Palacio Arzobispal, requirieron con fecha 27 de septiembre al señor cura párroco de nuestro pueblo, en aquel tiempo don Manuel Fontades Rodríguez, que redactase un informe sobre lo suplicado por la señora Murube, en el que sentenció: «Digo que por mi parte no hay inconveniente aunque sea cedido el Crucificado interesado, pues aunque tenía el proyecto de colocarlo en la capilla del Cementerio, cuando ésta se arreglara, pero, para esto, me será fácil obtener otra imagen parecida (…/..), si al ilustrísimo señor Vicario le parece bien, puede decretar la autorización para que sea entregada la citada imagen a la Parroquia de Castillo de las Guardas» .

Los Murube quedaron emparentados con la familia Saldaña por mediación de don Felipe Murube Murube, que estuvo casado con doña Ana Saldaña Garzón, a cuya señora hizo reconocimiento público nuestro Ayuntamiento, en el año 1928, designándola como Hija Predilecta de la villa, después de las obras de mejora que costeó en nuestra capilla. La abuela de don Joaquín Romero Murube, doña Ana Pérez Jiménez, pagó de su dinero particular la restauración del antiguo Crucificado, en 1889, y su hija doña Nieves Murube Pérez quedó como legítima propietaria de la imagen que habían cedido los Saldañas muchísimos años antes. Cuando Rafael Romero Murube entró a trabajar como secretario municipal del Consistorio de El Castillo de Las Guardas, como la iglesia de aquel pueblo había quedado despojada de imágenes sagradas después de la Guerra Civil, se valió de su madre doña Nieves para cumplimentar la tramitación del envío de la efigie, que fue trasladada en una camioneta de la compañía «Marismas». Viven dos hijas de Rafael Romero Murube: Rafaela Romero de la Maya, «Fali», y Nieves, esposa del médico don Juan Antonio Rivero.

*Bibliografía: MAYO RODRÍGUEZ, Julio: «Un siglo de obras en la Capilla de San Sebastián», en Boletín Vera Cruz, cuaresma de 1998, págs. 8–13; del mismo autor: «Túnicas negras de cola y faja de esparto para nuestros nazarenos. Noticias históricas de la reorganización de nuestra Hermandad», en Boletín Vera Cruz, cuaresma de 2000, págs. 14–16; También del mismo autor: «Doña Ana Saldaña Garzón. Su nombramiento de Hija Predilecta de la villa», en Boletín Vera Cruz, cuaresma de 2001, págs. 23 y 24.

Es el momento de recuperar el antiguo Crucificado que está en el Castillo de Las Guardas

Estos escritos dejan muy claro que el Cristo antiguo que había en la capilla de San Sebastián, con anterioridad a la llegada del tallado por Castillo Lastrucci, no poseía una tradición de siglos ligada a nuestra hermandad. Por esta sencilla razón, cualquier pretensión teórica de querer hacer coincidir su autoría con documentos de siglos pasados, que acreditaban el autor de un Crucificado que se mandó hacer para la Parroquia de Santa María la Blanca, de aquí de Los Palacios (en 1619), queda completamente invalidada.


Foto del antiguo Crucificado (Imprenta Furraque o Libro antiguo de Fotos del pueblo)

Y, sobre todo, los oficios administrativos que hemos hallado lo que acreditan es que el Crucificado que se encuentra en unas dependencias de la parroquia de El Castillo de las Guardas, retirado del culto, no forma parte de la propiedad de aquella iglesia. Sin embargo, sí lo es de la familia Murube-Saldaña. En este sentido es sumamente clarificador el informe emitido por el mismo párroco de Los Palacios de aquellos años, don Manuel Fontades, quien argumenta muy explícitamente que el Cristo fue cedido a la parroquial de aquel otro pueblo sevillano (ver ilustración 2). Ahora, es el momento para reivindicar la devolución del antiguo Crucificado que está en El Castillo de las Guardas, donde ya no tiene utilidad, después de haber sido cedido por una familia de nuestro pueblo en el año 1940.

*JULIO MAYO ES ARCHIVERO MUNICIPAL E HISTORIADOR

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