¿POR QUÉ ERES GRAN PODER?

0671Cofradía del Santísimo Poder y Traspaso (siglo XVII)

En la periferia de la ciudad, radicaba la hermandad del Santísimo Poder y Traspaso de Nuestra Señora, colindando con los paños de muralla cercanos a la Puerta Osario, dentro de una capilla de la iglesia del desaparecido convento franciscano del Valle –precedente del actual templo de los Gitanos–, cuando fue tallado el portentoso Nazareno en el año 1620. Al recibir el encargo, Juan de Mesa tuvo que conocer la significación teológica de la advocación que debía encarnar. Un documento autógrafo aparecido en el interior de San Juan Evangelista, durante su restauración hace varias décadas, nos confirma que dicho escultor había sido su autor (1620) y que éste tuvo que ser muy consciente del título de la advocación del Cristo, como se deduce del manuscrito que expresa literalmente haber sido hecho el Discípulo Amado para la «Santa Cofradía del Poder y Traspaso de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio».

Después de que Mesa realizase la imagen del Señor, los frailes franciscanos ayudaron a aumentar su culto y expandirlo hacia el otro lado del océano, por el Nuevo Mundo. En Quito (Ecuador) se venera desde los años centrales del siglo XVII, una imagen de idéntico título que tomó el modelo sevillano como prototipo escultórico. Gracias a un libro antiguo de «cofradas» que todavía conserva la hermandad del Gran Poder en su Archivo, hemos podido comprobar que en el pasado formaron parte de la corporación ciertas mujeres (Cervantes, Mesa, Miranda y Castro), casadas con tratantes y mercaderes del momento que gozaban de una cierta liquidez económica. Dinamizaron el seno corporativo entonces unos cofrades vinculados a los circuitos comerciales de la época, como lo pone de manifiesto la distribución de huchas y alcancías por muchos enclaves estratégicos, e incluso hasta en América. Esta circunstancia permitió a algunos de sus mayordomos invertir en la adquisición de enseres, vestuarios e imágenes de primer nivel para la cofradía. Representa un claro ejemplo de aquellos cofrades resolutivos, don José García de Verástegui, quien a mediados del siglo XVII logró dotar a la hermandad de un notable esplendor cofradiero, antes nunca conocido, pese a las coyunturas de esterilidad económica propias de la época que le tocó vivir.

En aquella Sevilla corrompida del Seiscientos, todavía con tintes de opulencia debido al tráfico mercantil de los negocios coloniales con América, en la que se vendían y compraban los cargos públicos, con el consentimiento de la Corona, el pueblo llano vivía en medio de una enorme penuria; los privilegiados gozaban de placeres mundanos y la población se martirizaba con cargos de conciencia pecadora, continuamente criticada por los muchísimos curas y frailes que había por todos los rincones. Esa llamada al arrepentimiento arengada desde los púlpitos, llevaba al pueblo a ejercitar prácticas penitenciales que colmasen sus necesidades purificadoras. A diferencia de la cofradía de la Santísima Cruz de Jerusalén (El Silencio), en la que sus penitentes iban descalzos, con coronas de espinas en la cabeza, en imitación de Jesús Nazareno, y con las cruces sobre sus hombros, la del Santísimo Poder permitía a sus penitentes que pudieran sentirse llamados a desprenderse de sus pecados, fortaleciéndose como hombres, emulando los azotes de sus flagelaciones. Prueba del éxito de esta modalidad de disciplina tan arcaica, son las 222 túnicas de sangre, «con sus azotes», que en 1660 empleó la hermandad del Traspaso en su procesión de Semana Santa, al margen de 184 túnicas de luz «para la cera», según recogen las Actas que hemos examinado. En 1680, la sagrada imagen del Gran Poder fue llevada a la Catedral de modo extraordinario en procesión de rogativas, junto a las imágenes más veneradas, por lo que su fama era ya más que notable. Paulatinamente fue eclipsando la importancia devocional del Crucifijo de San Agustín, hermandad vinculada con la nobleza, para cuyo cortejo estaba obligada la hermandad del Traspaso a ceder túnicas de sus disciplinantes, después de cumplir su procesión. En la década última del siglo XVII, la cofradía del Santísimo Poder y Traspaso se marchó del convento del Valle y terminó asentándose en la céntrica parroquia de San Lorenzo (1703), después de haber residido momentáneamente en varias capillas conventuales. Con la llegada a este templo se consuma el fin de una etapa en la que se consagra el éxito devocional de su imagen titular y el de una advocación que trasvasa fronteras, gracias a las iniciativas promovidas por un determinado grupo social adinerado, aunque todavía no aristocrático. Por tanto, esto nos hace ver que el desarrollo iniciático del Gran Poder no la materializó precisamente un barrio, como ocurre en el caso de la Macarena, sino un colectivo aburguesado. Misteriosamente, los devotos encontramos en el rostro del Señor la confortación de una mirada compungida, que parece buscar fervorosamente al pueblo, invitándonos a que lo imitemos y le sigamos; de ahí que el camino de la salvación había de andarse, según la mentalidad religiosa del Siglo de Oro, con el esfuerzo penitente de soportar la cruz de nuestros pecados, a imagen y semejanza del Redentor…, tal como verdaderamente enseña el Gran Poder de Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR Y ESTÁ ESPECIALIZADO EN RELIGIOSIDAD POPULAR

Eres Gran Poder porque…
Desde que la hermandad radicaba en el convento franciscano del Valle, las reglas más antiguas que se conocen, fechadas en 1570, diferenciaban en su título Poder y Traspaso. La primera de las invocaciones califica a Dios, como fuente única de todo poder y no alude a ninguna cualidad intermediadora de la Virgen. De hecho, estas mismas reglas en uno de sus capítulos significa que en la procesión se lleve «un Cristo con su cruz a cuestas que se titule Jesús Nazareno del Gran Poder Santísimo». Esta propuesta de profunda carga teológica, que exalta la omnipotencia divina, hubo de ser sugerida a los cofrades fundadores por algún religioso franciscano, u otro mentor espiritual, buen conocedor de la literatura mística del momento. Por ello, no ha de resultarnos extraño que la imagen fuese conocida a nivel popular como «Santísimo Cristo Jesús Nazareno», sin que llegase a trascender mucho en la calle su auténtica denominación aquellos años del siglo XVII. De hecho, en las propias Actas de la hermandad no figura asentado como Gran Poder hasta 1686, dos años antes de que Ruiz Gijón tallara el paso del Señor (1688), decorado con cartelas de pasajes alusivos a episodios de la Biblia mediante la escenificación del gran poder de Dios sobre el pueblo elegido. Razón ésta más que suficiente para entender que la imagen del Gran Poder no tomó su nombre precisamente del mensaje de las andas labradas por Gijón, como incluso ha llegado a afirmarse, sino que los tarjetones recrean plásticamente la riqueza de matices espirituales de una advocación bastante remota de la que también tuvo que ser conocedor el imaginero utrerano.

ALGUNAS CLAVES DEL ÉXITO (SIGLO XVII)

C O F R A D Í A
▪Ubicación periférica en la iglesia del Valle, desde donde esta expresión de religiosidad popular pudo promover sus cultos penitenciales y difundir los milagros impactantes de su imagen titular.
▪Participación de los frailes franciscanos en la difusión de la advocación (Sevilla y América).
▪Grupo social de cofrades con dinero líquido que invirtió en la adquisición de enseres e imágenes de primer nivel escultórico.
▪Modalidad penitencial de la Disciplina. Supuso todo un reto de hombría en aquella Sevilla del siglo XVII.
▪Sevilla y todo su variopinto entramado poblacional fue clave para el exitoso desarrollo de la religiosidad masiva del barroco.

I M A G E N
▪Idoneidad del título de su advocación.
▪Efigie portentosa y monumental.
▪Encarna un Varón de Dolores lleno de virilidad y plenitud, espejo de virtudes espirituales y humanas.
▪El conjunto de su figura sobrecoge, mueve a devoción, irradia fe y proyecta un enorme poder milagroso y taumatúrgico.
▪Desprende personalidad y atrae al clamor popular, debido a su enorme poder de convocatoria. Propicia poder crear grandes vínculos afectivos y tradición.
▪La devoción de un pueblo. Sevilla lo ha hecho su Señor y Él carga con toda la ciudad entera sobre sus hombros. Es una de nuestras principales señas de identidad.

CACHORRO, PADRE DEL PUEBLO GITANO

0666Con anterioridad a que se constituyese la actual Hermandad de Los Gitanos, un grupo de devotos de esta misma raza profesaba devoción al crucificado de El Cachorro. La portentosa imagen recibía culto en la ermita del Patrocinio, situada casi a las afueras del barrio de Triana, en la misma vega. En el siglo XVII, brotó con especial fortaleza por entre espacios marginales, el fenómeno de la religiosidad popular y la práctica penitencial cuando la adversidad más duramente azotaba a la sociedad.

Una devoción de origen marginal nacida en la ermita del Patrocinio de Triana. (tránsito de los siglos XVII al XVIII)

JULIO MAYO

Sevilla no ha conocido un periodo más pródigo en piedad popular, fervor enaltecido, asociacionismo religioso y producción artística de imágenes sagradas que todos aquellos años del siglo XVII, aunque algunos historiadores actuales mantengan la tesis de que nuestra ciudad cayó entonces en una profundísima decadencia, a raíz del descenso poblacional provocado por las mortandades epidémicas de 1649 y 1650. La adversidad favoreció el crecimiento de manifestaciones religiosas de índole penitencial, y desde aquel momento imágenes como la del Santísimo Cristo de la Expiración, conocido popularmente como «El Cachorro», se convirtieron en receptoras de plegarias y promesas elevadas muy especialmente por los trianeros. Así lo concreta don José Bermejo –primer historiador en abordar el pasado de las cofradías trianeras–, en su libro «Glorias Religiosas» dedicado a la historia de nuestra Semana Santa (1882), quien sitúa entre los principales devotos del crucificado a las personas que vivían cerca de la ermita del Patrocinio, donde la admirable talla comenzó a recibir culto hacia 1690 unos ocho años después de que fuese realizada (1682). Prácticamente en medio del campo, al final de la calzada que transcurría desde Sevilla hacia las tierras de Huelva, Extremadura y Portugal, se suscitó una corriente de religiosidad marginal, alejada del control eclesiástico, que satisfacía las necesidades espirituales de aquellas personas cercanas a la ermita. Detallan en su prefacio las reglas fundacionales de la hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración, aprobadas por el Arzobispado en 1691, que la ermita del Patrocinio –en los extramuros de la vega de Triana– fue un centro de adoctrinamiento para un sector de la población temporera que vivía agolpada en torno al río Guadalquivir, atraída por la abundante mano de obra de su puerto: sogueros, calafates, marinería, cargadores del muelle, acarreadores, aguadores, mendigos, busconas, pícaros y un sinfín de personas de variada calaña. En el reglamento de la recién constituida cofradía se razona que fue así por «estar situada la referida capilla a un extremo del barrio, distar bastante de la ayuda de la parroquia [de Santa Ana] y habitar entre una y otra cerca de dos mil vecinos, los más de ellos pobres trabajadores o jornaleros».

0667Y analizando la nómina de cofrades que integraban la hermandad de El Cachorro, tanto en los años últimos del siglo XVII, como durante buena parte del XVIII, se detecta la filiación de ciertos miembros de familias gitanas con los apellidos como Escalera, Rodríguez, Núñez, Cortés, Hernández de Vilches, etc. Sabemos que estas familias eran de origen romaní porque bajo las denominaciones de «castellanos nuevos» y «gitanos» figuran registrados en las calles del Barrionuevo (actual Alfarería) y en la de los Tejares, cercanas al Patrocinio, como consta en los padrones del barrio custodiados en los archivos de la parroquia de Santa Ana, Municipal de Sevilla y Arzobispado hispalense. Estos asientos vecinales nos reportan indirectamente una peculiar información sobre el nivel socio económico de aquellos gitanos, al concretar los oficios a los que se dedicaban: tratos de ganados, mercadeo de productos agrícolas, arrieros, trajinantes, carboneros, herrería y fraguas, vendedores ambulantes, oficios del barro, astilleros en la construcción y mantenimiento de embarcaciones, pescadores, camaroneros, trabajadores de las fábricas de jabón, etc. Los documentos también resultan bastante esclarecedores respecto al estatus de algunas de aquellas familias gitanas, que poseían un rango superior a otras de la misma raza, que ni tan siquiera tenían un domicilio fijo.
Mucho antes de que naciera la actual Hermandad de los Gitanos, fundada también curiosamente en Triana, el año 1753, un sector de este grupo comenzó a rendirle culto al crucificado de El Cachorro, sin que la hermandad del Cristo de la Expiración llegase a ser una cofradía de naturaleza étnica, como fueron las del Calvario (Mulatos), Cristo de la Fundación (Negritos), o la del Rosario, que existió en el Patrocinio a finales del siglo XVI y que también estuvo integrada por negros. Pues no es que aquellos gitanos trianeros se empleasen en organizar una cofradía expresamente para ellos, sino que debido a la conexión que este grupo social no privilegiado, tan castigado por las desigualdades, tuvo que sentir con la tragedia que tan magistralmente representa su Expiración, similar al sufrimiento de los perseguidos, fueron convirtiéndose, algunos de sus componentes, en los mejores difusores que tuvo la imagen a nivel popular. De hecho, a finales del siglo XIX la prensa nacional divulgaba ya la leyenda que relacionaba el sobrenombre de la efigie con el pueblo gitano y la histórica devoción que los calés venían dedicándole a ese «Cristo clavado en el madero», al que don Antonio Machado parece que dedicó en Campos de Castilla (1912) su composición de «La Saeta», musicalizada hace escasas décadas por Joan Manuel Serrat. Ese «quejío» agónico de El Cachorro, además de haber contribuido a integrar una población tan diversa como la que albergó el barrio de Triana, ayudó a expandir el credo católico entre los gitanos y también, por qué no decirlo, entre otros muchos vecinos del arrabal, que fueron acrecentando un sentimiento de arraigo, gracias a la cohesión entretejida por un icono que, ya no sólo es contemplado como una imagen devocional, sino como un auténtico símbolo que hoy, en pleno siglo XXI, resulta ser ya santo y seña de toda nuestra Ciudad.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR Y ESTÁ ESPECIALIZADO EN RELIGIOSIDAD POPULAR

Escultor de El Cachorro

El historiador Justino Matute reveló en su Historia de Triana (1818) la identidad del artista que efigió el maravilloso crucificado: Francisco Antonio Gijón. En 1930, el profesor sevillano de Historia del Arte, don José Hernández Díaz, descubrió el contrato de ejecución de la imagen fechado el 1 de abril de 1682. Ruiz Gijón había trabajado ya para Triana y su parroquial de Santa Ana con anterioridad a la hechura de El Cachorro. Recientemente, hemos documentado en la sección de los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Sevilla la curiosa estancia y actividad comercial de un tal Fernando Gijón en el barrio de Triana, en 1709. Se abre, de este modo, una sugerente línea de investigación orientada a dilucidar el grado de parentesco del personaje ahora descubierto con el célebre Ruiz Gijón, de quien no debemos olvidar que había venido al mundo en Utrera (1653), lugar en el que históricamente gozó de muy buen asiento la colonia gitana.

EL SAN JOSÉ DEL ESCULTOR DE DIOS

0658En el 400 aniversario de la hechura del San José con el Niño del convento fontaniego de los mercedarios descalzos

Desde 1598, doña Aldonza de los Ríos, viuda de don Álvaro de Guzmán y Fuentes, IXº Señor de Fuentes, venía promoviendo la fundación de un convento de religiosos descalzos en la villa de Fuentes, tarea que no fue nada fácil, pues a pesar de las oportunidades que se prestaban, las diversas congregaciones a las que se les propuso no consideraron la oferta apropiada. Tras desistir, años más tarde se retomó el proyecto, uniéndose la necesidad de religiosos que tenía Fuentes para prestar confesiones y auxilios espirituales.

Por fin, el día antes de la Magdalena del año de 1607 llegaron a Fuentes cuatro religiosos recoletos mercedarios para tratar la posible fundación: fray Luis de Jesús María, que más tarde sería Provincial de la Orden, fray Miguel de las Llagas, fray Alonso de la Concepción y el hermano lego Cosme, llegándose a un acuerdo de establecimiento y haciéndose efectiva la fundación con fecha de 14 de agosto de 1607, quedando concretado el establecimiento, quedó también fijado el lugar destinado para la construcción del convento, que serían unas casas cercanas a la Iglesia Parroquial propiedad del hidalgo don Juan de Alcocer, viudo y padre de la religiosa carmelita María Farfán, recibiendo el cenobio el título de San José, esposo de la Virgen, tras varias opciones.

0659Los frailes tomaron posesión de la casa con el fin de acoger enfermos y transeúntes, con la condición de no ser convento hasta no contar con las rentas suficientes y la oportuna licencia de la autoridad eclesiástica.
Establecidos en la villa, y no con pocas adversidades, el 10 de julio de 1608 el Santísimo era depositado en el nuevo cenobio, abriéndose solemnemente la casa de los PP. Mercedarios de Fuentes de Andalucía, undécimo convento de la Reforma en España, bajo la dirección de fray Miguel de las Llagas. Ante las reducidas dimensiones de la casa, el sermón tuvo lugar en la Iglesia Mayor a cargo del padre fray Luis de Jesús María, y al término de la Misa, el Santísimo fue traslado en la custodia en procesión desde la Iglesia hasta el naciente cenobio, así como fue llevada a hombros la imagen de Nuestra Señora de la Merced que había permanecido en la Parroquial desde que en 1607 había sido traída del Convento de Sevilla, donde la llamaban “La Hermosa”, donada por el Padre maestro Fray Hernando de Rivera, entonces provincial, muy amigo del Marqués de Fuentes.

0660En 1610, con fray Alonso de la Concepción como superior de la Comunidad, se inician las obras, comenzándose a levantar el templo actual cuya construcción se alargó en el tiempo, pues en la década de 1660 aún seguían sin capilla mayor. El edificio se remodeló durante el primer tercio del XVIII, culminándose con la ejecución de la torre y de la destacada fachada.
El padre Alonso era natural de Fuente de Cantos, en Extremadura, y había sido elegido comendador del cenobio fontaniego el 8 de mayo de 1610 en el Capítulo Provincial de los Mercedarios Descalzos celebrado en Écija en la fecha expresada. Dejando su apellido de Cárdenas, paso a llamarse fray Alonso de la Concepción, siendo «uno de los primeros que se descalzó al empezar los Recoletos a fundar en la provincia de Andalucía. Fue gran predicador y de espíritu muy fervoroso, y con su sólida doctrina y moción en sus sermones convirtió a muchísimos pecadores. (…) y era vulgarmente conocido por el Padre de los anteojos, porque siempre los llevaba puestos. Escribió la vida de la venerable sor Juana de Cristo, religiosa terciaria mercedaria descalza» .
Fray Alonso, como quedará demostrado en adelante, sería una pieza clave para la trama que nos ocupa, y que las circunstancias particulares del hecho y el tiempo lo han convertido en un personaje histórico con un papel propio dentro de la vida y obra del genial Juan de Mesa.

Y es que con el inicio de las obras de la nueva iglesia en los primeros años del establecimiento de los frailes en Fuentes, el comendador emprendió las tareas para el encargo de una efigie del titular del convento, San José, llevándole la Providencia hasta el desconocido taller del más destacado discípulo del extraordinario escultor Juan Martínez Montañés: Juan de Mesa y Velasco. Un encargo que convertiría al fontaniego grupo escultórico de «San José con el Niño de la mano» en la primera obra documentada de Mesa, y de cuya hechura, en este año 2015, se vienen a cumplir cuatro siglos.
Juan de Mesa, durante siglos olvidado, se ha convertido en uno de los más importantes escultores de la España del siglo XVII. Varias de sus imágenes más conocidas, aquellas especialmente destacables y muchas veces objeto de la mayor devoción popular, fueron atribuidas a su maestro, el afamado Martínez Montañés. No fue hasta ya avanzado el siglo XX cuando algunos historiadores del arte comenzaron a desvelar los primeros datos sobre sus obras, al localizar algunos documentos firmados por el artista identificando así varias de sus tallas en el fondo de Protocolos Notariales que se conserva actualmente en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla.

0661Juan de Mesa y Velasco (1583-1627), nació en Córdoba en el seno de una familia de maestros pintores y en junio de 1606, con veintitrés años, logró entrar de aprendiz de escultor imaginero en el taller que tenía Juan Martínez Montañés en la universal y próspera Sevilla del siglo XVII.

En 1613 contrae matrimonio, residiendo en la collación de San Martín, y en torno a 1615 es cuando se estipula que se independiza e instala su propio taller, que mantiene hasta su prematura muerte en 1627, ocurrida posiblemente víctima de la tuberculosis.

Entre su abundante producción, se pueden citar tallas de inmenso valor escultórico y devocional en la ciudad hispalense como el Señor de Sevilla -Nuestro Padre Jesús del Gran Poder-, el crucificado del Amor, el Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de los Estudiantes o el de la Conversión del Buen Ladrón de la cofradía de Montserrat.

0662Según la documentación, fue el 9 de octubre de 1615, cuando Juan de Mesa se compromete con el padre fray Alonso de la Concepción, comendador del convento mercedario fontaniego, a realizar la hechura de un San José con el Niño Jesús de la mano, cuya carta de pago se firma a 23 de mayo del año siguiente, ascendiendo su coste total a 70 ducados.

Sin embargo, se tiene conocimiento de que la talla fue entregada a los mercedarios a finales de noviembre de 1615, como se refiere en el documento contractual, y que, asimismo, Mesa había adquirió el 15 de febrero de 1615 tres trozos de madera de cedro para ensamblarlos e iniciar el trabajo . Es probable que existiera un contrato verbal entre los dos personajes antes de la firma oficial del documento; de ahí la premura en la ejecución de la obra, la cual debía hacer íntegramente de su mano.

«(…) como por la pressente me obrigo de haser un san Josefe con un niño Jesus de la mano de escultura de madera de cedro que a de tener el santo siete quartas y media de alto y el niño Jesus una bara de largo poco mas o menos lo que ubiere menester confforme a la buena correspondencia encima de una peana (…) y el niño ambos encima de una peana con su (…) y asujetado y con sus diademas todo hecho bien hecho y acabado con toda perffecion de buena escultura a bista de officiales que entiendan y al contento e satesffacion del dicho padre comendador y de los religiosos del dicho convento el qual dare acavado de la forma suso dicha para que se puede conformar el ultimo dia del mes de noviembre que biene deste año de seiscientos e quinze y por preçio de la madera e manufatura y las demas cossas que e de poner en lo suso dicho se me an de dar e pagar setenta ducados (…)» .

Trasladada hasta Fuentes, la nueva talla pasó a presidir la naciente iglesia de los mercedarios, cuyas obras se prolongaban en el tiempo, extendiéndose hasta bien adentrado el siglo XVIII.

0663En 1737 las obras de mayor envergadura de la Iglesia de San José ya habían finalizado, y aunque la decoración de las capillas continuó a lo largo de la centuria, en septiembre del citado año se consagró el templo con tres días de funciones, en los que «con la mayor solemnidad y sermones», se ocuparon en la bendición del edificio, la colocación del Santísimo Sacramento y la dedicación del templo. A los actos acudió el Cabildo secular de la villa, que correspondió con la entrega de 500 reales de limosna para correr con los gastos del último día de las celebraciones.

Dos décadas más tardes, en 1758, la comunidad mercedaria contrató con el maestro ecijano, afincando en Sevilla, Martín de Toledo el retablo de la capilla mayor de la iglesia, obra que culminó en 1760 , pasando las efigies de San José y el Niño a ocupar el ático del retablo. La talla, que fue contratada con Juan de Mesa sin estofar ni encarnar, fue posiblemente policromada en el siglo XVIII antes de su instalación en el nuevo altar, aunque se ha de hacer constar que el conjunto escultórico ha llegado a tener dos policromías distintas.

En este emplazamiento -zona superior del retablo-, se situaron las dos imágenes hasta mediados del siglo XX, desconociéndose los motivos por los que el 21 de junio de 1947 fueron descendidas bajo la dirección del perito aparejador José Esteve Guerrero , pasando la imagen sedente de la Virgen de la Merced a ocupar el espacio vacante. Una actuación que vino a coincidir con la presencia en Fuentes de los autores del Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla que trabajaban en su confección.

Esta acción tendría unos efectos sumamente importantes para las imágenes que nos ocupan medio siglo después. La madrugada del 31 de enero de 1997, parte de la cubierta y bóveda de la capilla mayor de la Iglesia de San José se desprendieron, destrozando toda la parte alta del retablo y dañando gravemente a la imagen de la Virgen de la Merced que ocupaba el ático, salvándose de la desgracia patrimonial las valiosas tallas de San José y el Niño, que ocupaban la hornacina central del retablo.

En 2001, las tallas fueron sometidas a un estudio radiológico y restauradas por Fátima Bermúdez-Coronel García de Vinuesa, a petición de la Comisión para la Restauración de la Iglesia del Convento de San José, con cargo a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

La imagen de San José mide 155 cm, y la del Niño 85 cm, estando descriptas en la ficha técnica del catálogo de Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico como un “conjunto escultórico de gran calidad artística, (…), de cierto clasicismo en las formas, que recuerda al estilo de su maestro Martínez Montañés. La expresividad gestual y corporal intensa, aunque no crispada, parecen anunciar el estilo de algunas piezas magistrales como el Cristo de la Buena Muerte de la Universidad de Sevilla. La policromía del siglo XVIII, altera y rebaja la calidad de la pieza, nuevamente alterada por restauraciones” del siglo XX.

San José y el Niño; una obra que durante siglos ha estado postergada con indiferencia de propios y extraños y que forma parte de las mejores páginas de la imaginería en la historia del arte.

Que este cuarto centenario de su hechura nos haga ahondar en su estudio, historia, difusión para un mayor conocimiento por todos y puesta en valor, aún más si cabe.

Una verdadera joya, de la que gozan los fontaniegos, salida de las gubias del mismísimo escultor de Dios.

Francis J. González Fernández
www.fuentedelareina.blogspot.com

SEVILLA, LA OTRA CAPITAL REAL DE ESPAÑA

0652Auge y declive del mito de los Montpensier (1848-1895)

En una España donde la centralidad política y cultural se encontraba instalada ya en Madrid, acaparaba Sevilla, sin embargo, toda la atención religiosa y festiva de los medios de comunicación de la época, de muchos escritores, bastantes viajeros y hasta de un incipiente turismo que comenzaba a despertar por aquellos años intermedios del siglo XIX. Y no por el boato de las celebraciones litúrgicas de la catedral hispalense, indudablemente entre las mejores del país, sino por el modo de celebrar su Semana Santa, la multitudinaria participación del pueblo en las procesiones y el atractivo patrimonio de sus cofradías, que le otorgaban a Sevilla una personalidad única. A mediados de siglo, doña María Luisa Fernanda de Borbón, hermana de la reina Isabel II, decidió venirse a Sevilla con su marido, don Antonio María de Orleáns, duque de Montpensier (1824–1895), e instalaron en el palacio de San Telmo una corte distinta a la de Madrid, con la que rivalizó en pomposidad, devolviéndole así a Sevilla su papel de vieja sede monárquica. A los ojos de cualquiera, este matrimonio, con derecho sucesorio al trono español, hizo vida de auténticos reyes, aún sin serlos, en una corte que tampoco llegó a ser oficialmente la real. Hoy se les atribuye a los Montpensier haber propiciado una «reinvención» de nuestra Semana Santa y haber introducido una genuina impronta estética, pero poco se habla de la protección política que ofrecieron a nuestras corporaciones religiosas, y menos debate aún ha creado la indiferencia que algunas otras hermandades, y un cierto sector elitista de la sociedad sevillana del momento, mostraron hacia Sus Altezas, una vez que perdieron influencia y la posibilidad definitiva de poder llegar al trono.

Desde que vinieron a Sevilla en 1848 se ganaron la simpatía de todo el pueblo sevillano. Un documento del Archivo de la Catedral revela la preocupación por contener a la muchedumbre que iba a procurar beneficiarse del reparto de pan, dispuesto a las afueras del templo catedralicio, a principios del mes de septiembre de 1850. Sevilla era para los duques un escenario idóneo donde poder desarrollar su proyecto político. Aspiraban a reafirmar la institución monárquica en España, como el sistema de gobierno que mejor favorecería la preservación de las tradiciones y a la religiosidad popular, ante la enorme inestabilidad política del momento. Esto es, una monarquía nueva y renovada, distinta a la de Isabel II, que había permitido al liberalismo sacar adelante leyes anticlericales, como las expropiaciones desamortizadoras. Recordemos que estas medidas habían provocado en la ciudad el cierre de la mayoría de los conventos masculinos, algunos femeninos, y la confiscación de bienes a las cofradías. Un ambiente enrarecido que vino a amortiguar, en el terreno cofradiero, el papel protector y benefactor de los augustos señores. En muchas ocasiones ofrecieron, sobre la marcha, soluciones legales a nuestras hermandades. Su apoyo resultó más que suficiente para que estas entidades lograran obtener el beneplácito de las autoridades eclesiásticas y pudieran llegar a desarrollar su vida corporativa sin cortapisas y cumplir sus estaciones penitenciales. Gracias al tutelaje de los Montpensier, algunas de nuestras hermandades consiguieron la aprobación de sus Reglas, y con ello adquirieron la legalidad preceptiva para su funcionamiento, después de que viniese peligrando incluso la existencia muchas desde que, a finales del siglo XVIII, lo hubiese decretado así Carlos III. Dos ejemplos muy dispares nos revelan con qué necesidades tan distintas utilizaron las hermandades a los infantes aquí en Sevilla. En la hermandad del Gran Poder fueron recibidos como «hermanos y protectores» el 28 de diciembre de 1848, mientras que la de la Carretería los proclamó «hermanos mayores perpetuos», el 12 de abril de 1849. Y no se trataba de un nombramiento honorario, sino efectivo, correspondiéndole ya luego a la hermandad elegir entre sus cofrades al teniente de hermano mayor.

La Semana Santa de los Montpensier que no dejó escrita Bermejo

A partir de la revolución de septiembre de 1868, se abrió una etapa distinta en la vida de los duques en su relación con la ciudad. Después de aprobarse la Constitución de 1869, don Antonio de Orleáns, tuvo incluso que llegar a exiliarse momentáneamente de Sevilla. Comenzó a perder crédito y resultaba conspirador, desleal y traicionero. Don José Bermejo y Carballo silencia en su libro Glorias religiosas de Sevilla (1882) muchas de las actuaciones de los notables bienhechores. En el Archivo de Borbón-Orleáns consta documentalmente cómo el propio Bermejo, siendo mayordomo de Pasión, se apresuró a acudir al palacio de San Telmo en 1851 suplicando limosnas para «un vestido bordado para San Juan que no desdiga los del Señor y la Virgen», además de los 320 reales de vellón que anualmente se entregaba como limosna para la Novena. Deja de contar en su obra que los duques fueron hermanos mayores de Pasión y otras hermandades como Montesión, Montserrat, etc. Alude con ligereza que sí llegaron a serlo de la Carretería, aunque sin precisar mucho más. En el capítulo dedicado a la Soledad de San Buenaventura, Bermejo deja de subrayar las ayudas que prestaron, tanto a la hermandad, como a la realización de la Dolorosa, tallada por Gabriel de Astorga en 1851. En cambio, cuando la donación partía de la esposa de Orleáns, sí opta por introducir la reseña. Es el caso del vestido y manto bordado que regaló Luisa Fernanda a la imagen de gloria de Nuestra Señora de la O de Triana (1853). Esta actitud de Bermejo contrasta sangrantemente con la de Félix González de León –al que Bermejo desacredita varias veces en su estudio–, cronista que dedicó su Historia de las Cofradías (1852) a los «Serenísimos señores Infantes, los Duques de Montpensier» por haber «reanimado las cofradías de esta ciudad, levantando a algunas casi de la nada».

JULIO MAYO
HISTORIADOR E INVESTIGADOR ESPECIALIZADO EN RELIGIOSIDAD POPULAR

CERVANTES EN UTRERA

0627

A ciencia cierta conocíamos muy poco sobre la visita del escritor Miguel de Cervantes a Utrera a finales del siglo XVI, cuando contaba con 46 años de edad. Gracias al hallazgo de varios documentos, uno de ellos curiosamente otorgado por él mismo -y en el que figura estampada su firma- en mesón utrerano, se descubren ahora algunos de los hombres de la red de colaboradores que ayudaron al Manco de Lepanto, en 1593, a acometer la laboriosa empresa de acopiar granos por los pueblos de Sevilla, para los barcos de la Armada Española. En la revista Vía Marciala de Utrera publicamos un artículo que contextualiza la significación de estos documentos que hemos encontrado y las luces que reportan a la vida profesional y literaria del genial autor del Quijote.

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En el caso del aceite, nuestro término municipal tenía, de igual modo riquísimas haciendas de olivar cuajadas de olivos, así como con numerosas almazaras de aceite distribuidas, tanto fuera, como dentro del propio núcleo urbano. Había sido facultado el escritor, el anterior año de 1592, para recabar una importante cantidad de arrobas por distintas localidades del reino de Sevilla, como Écija, Arahal, Marchena y también, por supuesto, Utrera, por lo que Cervantes terminaría adquiriendo aquí un suculento número de arrobas del zumo de la aceituna para la despensa de las galeras. Muy posiblemente todas estas transacciones referentes al aceite pudiera haberlas realizado Cervantes durante aquellos días de la cuaresma de 1593, en los que estuvo por este lugar, pues se tienen noticias del acopio de aceite gracias a la liquidación de sus cuantías, fechada el 8 de julio de 1593. Tampoco debiéramos descartar que para el asunto concreto del aceite ni tan siquiera llegase a venir personalmente a Utrera y se hubiera valido para cerrar los tratos, supuestamente, de corredores o terceras personas.

 

La Utrera de Cervantes: Una «Sevilla Chica» en la Vereda de la Armada

Encaja a la perfección en la vida andariega de Cervantes, y en la de una persona como él, que llegó a ser encarcelado por diversas irregularidades, aquella Utrera de fines del siglo XVI, que tanto remedaba a Sevilla, hasta en el nombre de algunas de sus calles, auténtica vanguardia de los pueblos más prósperos del reino de Sevilla. Era una agrovilla plagada de curas, frailes, monjas, parroquias, iglesias y conventos, ligada al ejército a través de la Caballería y de la Armada. Disponía de un caserío urbano bien construido, de arquitectura renacentista, y un vecindario elevado, con amplia representación de todos los estamentos sociales. Pero no era oro todo lo que relucía. Frente a los linajes de alta alcurnia y ricos hacendados, convivían muchos jornaleros con serias dificultades para sobrevivir, además de un segmento de población marginal. Unos arrabales nuevos fueron los que acogieron este sector tan variopinto (mendigos, esclavos, negros, moriscos, gitanos, forasteros, etc.). Riqueza y esplendor frente a sufrimiento. En el centro bullía un permanente trasiego de gente que se desvivía por encontrar esa oportunidad que su cuna o su condición social le había negado. Todo este tránsito que se despierta en una villa de paso, como ésta, favorecerá una notable actividad comercial. Aquella Plaza del Bacalao –hoy Enrique de la Cuadra–, donde estaba el Cabildo municipal, acogió las pescaderías, así como otras tiendas y puestos efímeros por la calle, sumergida en una vida intensa de mercaderes y comerciantes. No sólo había áreas marginales, sino que, sobre todo, fue una villa en formación con habitantes de procedencia dispar que se distinguía por hospedar a viajeros que van y vienen al Nuevo Mundo. Todo este movimiento humano, no sólo favoreció la actividad mercantil, sino que también edificó una sociedad que dio a luz a talentos de la altura intelectual de Rodrigo Caro. La entrada y salida de tantas personas, que pasaban por este camino hacia América, posibilitó que creciese el fenómeno devocional de la Virgen de Consolación y acabase por encumbrarse entre las expresiones de masa más multitudinarias del Barroco andaluz. Miles de romeros y peregrinos venían a visitar la milagrosa imagen y en torno a su ermita y convento se apiñaba un inmenso gentío que, en las explanadas del Real, participaba de un animadísimo mercado cualquier día del año. El reclamo de Consolación no hubo de pasar inadvertido para el autor del Quijote por todas las connotaciones, sociales, culturales y económicas que hubo de reunir aquella ambientación tan propicia a la suscitación de la picaresca y el pecado. No olvidemos que Cervantes ha sido uno de los mejores retratistas de estas estampas que también formaron parte de la sociedad española de ese momento.

 

Puede decirse que aquella Utrera del reinado de Felipe II conectó bien con ciertos ideales cervantinos, representados por la ensoñación que el español de la época tenía por la fama, la riqueza, la nobleza y los placeres mundanos, entre otras razones, porque las calles de nuestro pueblo acogían hombres y mujeres que se aventuraban a ir a América para cumplir con el sueño de convertirse en ricos para siempre. Utrera contaba, además, con el encanto añadido de encontrarse situada en el camino de Sevilla hacia los puertos gaditanos, a los mismos pies de la Vereda de la Armada. Recordemos que don Miguel desarrolló gran parte de su comisionado real localizando provisiones de abasto por lugares relacionados con el trazado de esta vía. A los multitudinarios viandantes del camino hacia Cádiz, se añadía el acercamiento al interior de la localidad de muchos de los contingentes militares que empleaban esta vereda para alcanzar los puertos.

 

Lugares cervantinos de Utrera

Con los datos que hasta la fecha hemos podido reunir, los enclaves locales cervantinos documentados, en los que principalmente se desenvolvió Miguel de Cervantes, cuando pisó nuestra tierra, fueron principalmente:

MESÓN DE FELIPE DE ROJAS

Uno de los documentos estudiados en este artículo desprende ese sabor clásico de situar a Miguel de Cervantes en un mesón de Utrera, otorgando un poder notarial a un arriero que se encargarse de acarrear el trigo hasta los puertos gaditanos. Aún desconocemos exactamente la ubicación de este mesón, aunque no deberíamos descartar que se encontrase en las inmediaciones de los paredones del Castillo, o en la actual Plaza de Santa Ana, en confluencia con la Fuente Vieja, cerca de las oficinas del Banco Bilbao Vizcaya (Trasplaza del Altozano). No cabe duda de que los tratos solían cerrarse donde se tomaba vino, ya que los despachos resultaban poco idóneos para culminar un acuerdo de esta índole. Por esta sencilla razón, el mesón significa para el escritor un espacio existencial, en el que el hombre en camino, que está de paso, realiza su trabajo administrativo. Es de suponer que, cuando Miguel de Cervantes se alojó en este mesón, tuvo que venir acompañado de una comitiva no pequeña. Sabemos que las autoridades de la Casa de la Contratación lo apoderaron para poder entrar en los pueblos con vara alta de justicia, ir acompañado de un ayudante y de Juan Sáenz de la Torre, maestro bizcochero de Sevilla[1]. No tiene nada de extraño que, además viniesen escoltándolos algunos soldados de la propia Armada, por lo que todo el séquito, aparentemente, terminaría siendo huésped del establecimiento. En el siglo XVI, aquellos mesones solían contar incluso con un corral en el que se representaban comedias de cómicos bien picantones. Utrera formaba parte en aquellos días del circuito de las mejores representaciones que triunfaban en la capital. El mesón significa para Cervantes un utilísimo espacio de creación literaria. Como comisario de abastos, supo compaginar sus actuaciones burocráticas con su vocación de escritor. No olvidemos que Cervantes recrea en su obra muchas de las vivencias que experimentó recorriendo caminos, pueblos, mesones y ventas negociando con ricos hacendados, conviviendo con hidalgos, tratando a pobres y maleantes, etc.

 

PRIMITIVO AYUNTAMIENTO DE UTRERA (Oficina de Turismo)

En la antigua plaza del Bacalao, actual plaza Enrique de la Cuadra, se hallaba emplazada la casa consistorial del Cabildo, Regimiento y Justicia de Utrera. Hoy quedan vestigios de aquel primitivo edificio, como la puerta de acceso situada junto a la Oficina de Turismo, ubicada sobre el solar del antiguo Bar Limones. En aquellos tiempos, presidía la corporación municipal un Teniente de Asistente que nombraba el Ayuntamiento de Sevilla, pues Utrera era una tierra dependiente de su capital. Integraban la corporación municipal dos alcaldes y un nutrido grupo de regidores. Muchos de los cargos lo poseían, comprados, a perpetuidad, algunas familias adineradas que solían desempeñarlos o bien alquilarlos a aquellas personas que tuvieran interés en ocupar dichos cargos. Debido a la consabida fertilidad de la campiña, así como a la bondad y riqueza del extenso término, Utrera era uno de los lugares elegidos por las autoridades de la Casa de Contratación en la aportación de trigo y aceite para las galeras. Hemos visto cómo en 1593, cuando vino Cervantes se repartió entre los agricultores un total de 1.500 fanegas. Pues bien, el año anterior de 1592, curiosamente había sido unas 1.000. En uno de los cabildos celebrados a inicios de septiembre de aquel 1592, en vísperas de las fiestas de Consolación, se leyó una carta enviada por el proveedor general ordenando que «esta villa de para el servicio de su Majestad y de sus galeras 1.000 fanegas de trigo por este año. Acordaron que las 1.000 fanegas de trigo se repartan entre los vecinos de esta villa que tienen trigo para ello»[2]. Entonces era alcalde precisamente Alonso Jiménez Bohórquez, con quien refirió luego Cervantes, en 1593, tener concertado que debía extraerse las 500 fanegas de trigo. Todos estos asuntos que se debatieron en el Ayuntamiento tuvo en los concejales de entonces a muchos protagonistas que hubieron de relacionarse con don Miguel, sin que sea nada descabellado pensar la concurrencia reiterada del genial escritor al edificio consistorial. Si no fue al Ayuntamiento, ¿dónde iba a ir?

 

PÓSITO Y ALHÓNDIGA MUNICIPAL (Edificio del antiguo Cuartel de Caballería)

En un aposento de titularidad municipal, refieren las actas de 1593 que estaban «encamaradas» las fanegas de trigo para el servicio de las galeras de su Majestad, por lo que es muy factible que Miguel de Cervantes visitase las dependencias del Pósito y Alhóndiga municipal que, en aquellos años, se hallaban emplazadas tras el edificio de la Plaza de Abastos (ubicado en la glorieta de la plazuela del Cuartel y aledaños), que acogió hace ya unas décadas el cuartel de la Guardia Civil, y que desde el siglo XVIII había estado dedicado a cuartel de caballería.

Encantos gastronómicos de Utrera exaltados por Cervantes

En plena conmemoración en este año del IV Centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote (1615-2015), no debe de extrañarnos que una persona como Cervantes, que recorrió tantos lugares, mesones y ventas, terminase promocionando las excelencias gastronómicas de cada enclave. Trigales y olivares fueron desde tiempo inmemorial una de las principales riquezas del agro local, tal como representa simbólicamente el escudo municipal, pero uno de los guiños más sobresalientes que Cervantes brindó a nuestra entonces villa fue resaltar el prestigio de un producto autóctono como la Rosca de Utrera. No era un alimento cualquiera. En su obra refiere que las famosas roscas abrían el apetito y eran muy estimadas en la mismísima cárcel de Sevilla, donde recreó a uno de sus presos deseando volver a Utrera para poder probarlas de nuevo. Estos elogios los inmortalizó don Miguel en su Rufián Dichoso, refiriéndose a ellas como «las blancas roscas de Utrera». Parece ser que las roscas eran mucho mejor que los bizcochos que se elaboraban para las galeras, y cuyo trigo se sacó también de aquí. Juan de Mal Lara hace ya mención de las roscas en su trabajo sobre el Recibimiento que hizo la ciudad de Sevilla a Felipe II, en 1571. Se come todavía la «Rosca Utrera», por carnaval, en el municipio de Herencia, provincia de Ciudad Real, punto asentado en el corazón de la Mancha. Igual que en el siglo XX el Mostachón se ha convertido en un rasgo definitorio y ha sido el principal símbolo gastronómico de Utrera, en el siglo XVI esta rosca adquirió un valor representativo tan universal que, gracias al producto alimenticio, el nombre de Utrera se hizo más célebre, y más gustoso, en el mundo entero.

 

Bibliografía

–ASENSIO Y TOLEDO, José María. Nuevos documentos para ilustrar la vida de Miguel de Cervantes Saavedra. Sevilla, 1864.

–ASTRANA MARÍN, Luis. Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de la época. Instituto Reus, 1956.

 


[1] Información proporcionada por el investigador José Cabello Núñez en su trabajo sobre la visita de Miguel de Cervantes a La Puebla de Cazalla en Actas de las Jornadas «Trigo y aceite para la Armada, el comisario Miguel de Cervantes en el reino de Sevilla», Diputación de Sevilla, 2014 (todavía en prensa).

[2] A.M.U. Sección I (Gobierno). Serie: Actas Capitulares. Libro número 34 (1591-94). Fol. 189. Cabildo celebrado el 3 de septiembre de 1592. Trigo y galeras.

EL ROCÍO: REINO DEVOCIONAL DE LOS MONTPENSIER

0611Cuando la Iglesia se hallaba postrada en el momento más decadente de su historia, a causa del anticlericalismo y las distintas desamortizaciones promovidas por las revoluciones liberales del siglo xix, la religiosidad popular entroniza a la Santísima Virgen del Rocío como referente principal de un culto de masas que celebra una fi esta de encuentro entre paisanos de distintos pueblos, sujeta a un programa de actos colmado de numerosos ritos de la cultura de Andalucía. Con el secreto de este triunfo quedan fascinados los duques de Montpensier, un matrimonio con derecho sucesorio al trono de España, que participará en la festividad durante bastantes años de las décadas comprendidas entre 1850 y 1860. Por un lado, contribuyeron a que el pueblo de Almonte lograse alcanzar una mayor participación en la hermandad de la Virgen, para la que hubo de aprobarse unas nuevas reglas que contemplasen a sus altezas como hermanos mayores, y por otro, consagraron la fama de la romería y su procesión, gracias al gran eco mediático que representaba su anual paso por el Rocío. Es así como fue alzándose este fenómeno devocional entre los más célebres y multitudinarios de España.

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Julio Mayo Rodriguez
Historiador y archivero municipal de Los Palacios y Villafranca (Sevilla)

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