Los días 17, 18 y 19 de diciembre del año de la Exposición universal de 1929, hace hoy ochenta y seis años, se distribuyeron en el besamanos de Nuestra Señora de la Esperanza, celebrado en la parroquia de San Gil, unas estampas religiosas de recuerdo que llevaban, al dorso, una oración en la que no pudo ponerse, junto a su advocación, el nombre de Macarena. Un documento que ahora sacamos a la luz, hallado en la serie de los Asuntos Despachados del Archivo del Arzobispado de Sevilla, precisael reparo eclesiásticoque se dispuso desde el Palacio episcopal contra el uso del vocablo, con anterioridad a la impresión de las preces, en base a un informe de censura firmado por el canónigo don Modesto Abín y Pinedo, el 25 de octubre de aquel mismo año. El erudito liturgista, y rector del Seminario, don Modesto Abín, lo calificaba en su escrito como: «un epíteto muy impropio de la seriedad del culto y depresivo de la altísima dignidad de la Santísima Virgen». Además, argumentó que su denominaciónsuponía: «descender al estilo pedestre y vulgarote del propio callejero y ofrecer ocasión a las censuras de los detractores de la religiosidad del pueblo sevillano y de sus renombradas cofradías, es, en una palabra, empequeñecer la grandeza de aquella incomparable criatura que Dios escogió para ser su Madre».
Esta desaprobaciónse contextualiza en unos momentos de poca cordialidad entre la hermandad y el Arzobispado, después de que varios vecinos del barrio se enfrentaran a la decisión adoptada por el cardenal Ilundáin de nombrar como nuevo hermano mayor a don Leoncio Martínez de Bourio Sánchez (1 de febrero de 1929), y que éste no pudiera llegar ni a tomar posesión de su cargo, por impedírselo una gran multitud contrariada con la designación impuesta. La curia decretó el cese de su junta de gobierno, el 26 de abril, y nombró, como regidor circunstancial de una gestora, al militar don Ernesto Ollero Sierra, abuelo del capataz Alejandro Ollero Tassara.
Aunque el pueblo le rezabaa la imagen aclamándola como Macarena, es muy probable que esa connotación despectiva a la que hace alusión el enjuiciamiento revisor, proviniese de la dudosa reputaciónque –a los ojos de la Iglesia sevillana– poseían algunas personas,así como el anticlericalismo e izquierdismo latentedel vecindariode un barrio que, en aquel tiempo, era mucho más castizo que el de Triana. No olvidemos que el arrabal macareno fue la cunade la mayoría de los cantaores, de finales del siglo XIX y los albores del XX, así como el escenario de fiestas irrepetibles que inspiraron numerosísimas composiciones intelectuales (literatura, música, trabajos artesanales, etc.). Quien captó de inmediato el peso que en Sevilla representaba la auténtica religión del pueblo fue Federico García Lorca, que en uno de sus poemas la piropeó como Macarena (1924). El señor arzobispo don Eustaquio Ilundáin, no obstante, permitió a los hermanos Álvarez Quintero, unos años después,que la invocasen como Macarena, en la conocida Salve que le dedicaron los comediógrafos utreranos, en 1935. Y ni qué decir tiene cómo mi paisano Joaquín Romero Murube contribuyó especialmente a dignificar el uso del nombre en su Oración a la Virgen de la Macarena; o la exaltación que hizo de ella Rodríguez Buzón al ensalzarla como, ¡Macarena Soberana!, en las letras que compuso de las coplillas que danzaron los Seises en las vísperas de su coronación canónica(1964). En aquellos años, las mujeres no podían ser bautizadas todavía con el hermosísimo título macareno, por no formar partedel santoral de la Iglesia.
Se convirtió en nombre de mujer
Muchas mujeres se han llamado Macarena,aún sin contar con consentimiento eclesial para tomarlo. Es el caso de Esperanza del Río Rodríguez, hermana del ilustre macareno Sabas del Río. Ella, que nació en 1947, ha tenido que sufrir el castigo de llevarlo casi oculto. De niña tuvo que aguantar alguna que otra reprimenda en el colegio, cuando las religiosas carmelitas de la calle Bustos Tavera, se percataron de que, en su cartilla de escolaridad, figuraba identificada como Macarena.Hasta el año 1959 no comenzaron a inscribirse en el Registro Civil algunas Macarenas, cuando llegó a la Mitra hispalense el arzobispo don José María Bueno Monreal. Es cierto que, algunos años antes, comenzaron a inscribirse algunas niñas con el nombre de Macarena, pero cuando verdaderamente irrumpieron las Esperanzas Macarena, Marías Macarena y otros nombres compuestos con Macarena fue a raíz del anuncio dela concesión vaticana, en 1963. La Iglesia comenzó a ser algo más condescendiente a partir de que la imagen se coronase canónicamente en 1964.A pesar de ello, la Iglesia continuó exigiendo que Macarena fuese un nombre complementario, y no exclusivo. Las niñas han comenzado a ser bautizadassólo como Macarenadesde hace relativamente poco tiempo. Después de todos estos avatares, celebramos, por fin, en el día de las Esperanzas, la onomástica también de las Macarenas.Algunas,se están tomando la molestia de gestionar en los Registros civiles la sustitución del nombre que le pusieron por el que verdaderamente deseaba tener, el de Macarena, como ha hecho la sevillana, afincada en Jerez, Macarena Ferguson Amores, a quien la autoridad civil le autorizó el cambio en el año 2006.
FINAL
Cuando Juanita Reina comenzó ya a cantar, sin ningún miedo, la plegaria escrita por Rafael de León,«Esperanza y Macarena», podemos decir que se había consumado la consagración del triunfo de la piedad popular sobre las directrices del culto oficial. Por encima del folclore, detrás de la Macarena hay religión en el sentido más evangélico y teológico de la palabra. La espiritualidad popular de nuestra ciudad es, esencialmente, marianista, porque la Madre de Dios es un icono también cultural, que representa la realidad más humilde y sencilla de sus barrios. Y ésta es nuestra verdadera consecución, la de contar con una cultura tan rica, que ya quisieran muchas ciudades de Europa poder atesorarla como Sevilla, que encima es capaz de definirla, y resumirla,tan sólo conel llanto, la sonrisa y el suspiro eterno de la Macarena.
JULIO MAYO ES HISTORIADOR
La restauración del Simpecado que confeccionó Sirve para revisar la amplia obra del genial bordador
Del color del río Guadalquivir es el verde macareno del Simpecado de la hermandad del Rocío de Triana que confeccionó el genial bordador sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda, compendiando en él piezas y elementos del antiguo, para la ocasión extraordinaria de la coronación canónica de la Virgen del Rocío de Almonte, en 1919. El canónigo promotor de aquel importante acto religioso, Muñoz y Pabón, hubo de servirse de los conocimientos artísticos de Rodríguez Ojeda, para dignificar un ceremonial de tanta trascendencia, que iba a celebrarse en un entorno rural carente de componentes estéticos fuera de los del paisaje, con la introducción de elementos ornamentales que nunca habían estado presente en las celebraciones rocieras (perfecto atavío de la imagen titular, amplio ajuar de ornamentos litúrgicos, vestiduras sagradas, montaje exterior del altar de cultos, colgaduras y engalanamiento del entorno y uniformidad estética de los cortejos romeros, para los que realizó banderines, estandartes y los simpecados de las hermandades de Huelva y Triana).
Pero las actuaciones de Juan Manuel Rodríguez Ojeda (1853-1930) en el ámbito rociero se remontan bastantes años atrás, como gran devoto que fue de la Santísima Virgen del Rocío. Aunque de momento no podamos precisar con exactitud la fecha de su ingreso en la hermandad de Triana, sí sabemos que entre los años de 1892 y 1895 tuvo que influir ya muy decisivamente en la transformación del simpecado trianero, estrenado tras la conmemoración del dogma concepcionista, en el año 1855. Antiguamente, muchos de los simpecados rocieros de las filiales eran de color blanco y fue precisamente Rodríguez Ojeda quien introdujo el terciopelo verde en la cara principal del mismo, reforzando la ornamentación con bordados mucho más ricos, que seguían de cerca el modelo de la estética neobarroca, que ya se habían puesto de moda en los ambientes de las cofradías penitenciales de la ciudad, y de los que él, precisamente, fue uno de los principales definidores.
Juan Manuel trató de otorgarle a la hermandad de Triana una personalidad estética que realzara su identidad, e hiciera más presente su prestigio institucional con respecto a la de los pueblos, pues no en vano era la hermandad de Sevilla capital. A su talento se debe la puesta en escena del imponente cortejo romero que terminó consiguiendo organizar Triana para su desfile, no sólo mediante la disposición ordenada de unos elegantes romeros caballistas, perfectamente engalanados, en cuyo cuerpo iba lo más granado de la aristocracia ganadera sevillana y hasta sus toreros más renombrados, sino hasta con la estudiada disposición de unas atractivas insignias (banderín de guía, bandera blanca con cruz verde con varios bordados y estandarte), y el empleo de enseres (varas, medallas, frontiles, candelabros, e incluso la carreta del Simpecado que llegó a renovar). Estas aportaciones de Juan Manuel Rodríguez Ojeda ayudaron también a que fuese alcanzando un mayor esplendor la romería del Rocío los años aquellos que había recobrado tanta vigencia la revalorización de las señas históricas de nuestra cultura andaluza, reivindicadas desde revistas como «Bética», que dedicó un amplísimo reportaje al Rocío, y creaciones literarias y musicales inspiradas en este fenómeno devocional como la compuesta por Joaquín Turina.
Miembro de la junta de gobierno del Rocío de Triana
En los libros más antiguos del Archivo de la hermandad del Rocío de Triana, las primeras referencias escritas relacionadas con su pertenencia como miembro de su junta de gobierno corresponden a 1904, año en el que ejerció como mayordomo, aunque su presencia creativa en cuestiones ornamentales es perceptible desde bastantes años antes. Figura Juan Manuel desempeñando el cargo de mayordomo de la filial de Triana en los gastos ocasionados con anterioridad del Rocío de aquel 1904, después de haber promovido la organización de un concurso de carretas en la Feria de Sevilla, con la presencia de la mismísima carreta del simpecado, durante tres días en la calle San Fernando. En 1905, se estrenó el revestimiento plateado del cajón de la carreta –instaurando con ello un canon decorativo similar al de los pasos procesionales–, el mismo día que a Rodríguez Ojeda le robaron, en el Tardón, su cartera, con unas 1.000 pesetas que llevaba, cuando se apeó de su caballo para guardar las insignias en las carretas y comenzar el camino desde la ciudad a la aldea almonteña. Al siguiente de 1906 incorporó la hermandad un nuevo estandarte, bordado en oro sobre terciopelo verde con el escudo de los Montpensier. Continuó ejerciendo el cargo de mayordomo, tal como lo acredita su rúbrica al pie de unas anotaciones de 1907, año en el que comenzó a recogerse dinero para la construcción de un nuevo templete de la carreta. La incorporación de este destacado elemento ornamental vino a rematar el ambicioso proyecto juanmanuelino de renovar la vieja carreta que se hizo en tiempos de los Montpensier, en el siglo XIX. Su compromiso con la reforma de la carreta se deduce del dinero que donó personalmente para saldar el coste del templete.
Por su cariño al barrio de Triana, Rodríguez Ojeda se puso de acuerdo con el párroco de Santa Ana y repartió limosnas «entre los pobres impedidos y que sean hijos del barrio de Triana» en el lluvioso año de 1908. Con los hermanos José y Anastasio Moreno Santamaría, figuras determinantes también en el emerger rociero, formó parte de la junta de gobierno de 1909, cuando además era consiliario primero de la Macarena y ostentaba otro cargo en la hermandad del Cristo de la Exaltación de Santa Catalina. Y con su inagotable inspiración estuvo trabajando dentro del seno corporativo de Triana hasta el año 1911.
Aquel finísimo bordador que tanto hizo por nuestra Semana Santa, también se puso los zahones, la chaquetilla blanca y el sombrero de ala ancha para acompañar a su simpecado, montado a caballo como mayordomo. Durante muchos años preparaba una de las mejores carretas de la comitiva, adornadas con moños, lazos verdes y flores naturales. El Simpecado restaurado en estos meses por Luis Miguel Garduño, que lo empleó la hermandad en sus peregrinaciones hasta que se hizo el actual en 1936, ha recobrado todo su ángel. Y a uno, le llega al alma los rizos encaracolados de los tallos, que parecen envolver todo el arte de esta tierra en sus redondeles, porque en esa metáfora está cosida, con hilos de oro, la significación de Sevilla y la de una manifestación de piedad popular tan profundamente arraigada en Andalucía. Pero la mayor consecución de Juan Manuel Rodríguez Ojeda ha sido la de atraer, con su prodigio, la mirada de tantas y tantas personas hacia el óvalo central que preside el simpecado de su Virgen del Rocío.
JULIO MAYO es historiador y ha publicado numerosos artículos sobre el Rocío de Triana
Rodríguez Ojeda tenía casa en el Rocío
Rodríguez Ojeda tenía casa en el Real del Rocío. Estaba situada en la calle Sanlúcar. A ella llevó invitadas en muchas ocasiones a las muchachas bordadoras que integraban su taller. Una instantánea recoge el grupo de todas sus empleadas dispuestas en torno a él en el patio de la vivienda bajo un retablo cerámico de la Virgen del Rocío. El poeta y veterano rociero de Triana Manolo Lozano nos ha contado que el bordador sevillano llegó a regalarle a la Virgen del Rocío de Almonte hasta dos sombreros, con unos lazos verdes, para cuando lucía sus galas de Pastora. Debido a sus visitas frecuentes al Rocío, se sospecha con fundamento que tuvo que participar en las primeras décadas del siglo XX en el equilibrio compositivo del atavío y formas de vestir de la Patrona de Almonte, tal como puede comprobarse en algunas estampas antiguas.
Desde que en 1836 hombres de capacidad de las villas de Los Palacios y Villafranca de la Marisma acordasen la unión de ellas debido a la ineficacia en la gestión de ambas jurisdicciones y sus ayuntamientos de forma independiente, varias y variopintas han sido las versiones del escudo oficial de la localidad a lo largo de los casi 180 años que han transcurrido desde aquella histórica fusión que aún perdura.
En las profundidades de los orígenes y la evolución de dicho escudo ha estado sumergido durante meses el historiador y archivero palaciego Julio Mayo. Varias son las conclusiones a las que ha llegado en su investigación. Entre ellas destaca el hecho de detectar varias incorrecciones heráldicas llevadas a cabo en los diferentes diseños con el paso de los años, siempre de manera involuntaria y, según Julio Mayo, motivadas por la tosquedad del sello de la estampación del sello municipal que pudo haberse tomado como modelo, en la que es posible que no se apreciaran con nitidez los detalles y dieran lugar a la confusión.
Quizá el más revelador sea el desliz llevado en la calle central del escudo, en el que se plasma de dos modos diferentes (uno en su origen y otro desde 1864 y vigente hoy día) el acuerdo alcanzado entre las dos villas en el que de manera simbólica dos hombres «sellan» dicho pacto entre el señorío y el ramo de labradores. Según documentos a los que ha tenido acceso el archivero, el señor representado con sombrero alto de copa y elegante levita puede representar a la Casa Ducal de Arcos, concretamente un administrador suyo en la villa de Los Palacios; mientras que el hombre con la chaquetilla más corta y sombrero de inferior altura es probable que personificara a los agricultores de ambos pueblos.
El error en dicha representación por los motivos ya expuestos consiste en que en el original estas dos personas confraternizan y oficializan el acto con un abrazo, al modo del «famoso abrazo de Vergara» de 1839 pero a pie, mientras que posteriormente éste es sustituido por un apretón de manos.
En cualquier caso, el escudo palaciego destaca por el poder de sus símbolo, en un reconocimiento de todos los componentes que integran el ser individual: sentido de pertenencia, noción de identidad, curso de su historia y razón de su cultura.
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Julio Mayo
Fuente: http://sevilla.abc.es/provincia/sevi-cambian-error-abrazo-apreton-manos-escudo-palacios-y-villafranca-201510280712_noticia.html
En este artículo se estudian a los tres grandes propagadores de la devoción del Rosario en Europa durante la época moderna: los frailes dominicos Fray Alano de la Roca, Fray Timoteo Ricci y Fray Pedro de Santa María Ulloa. Cada uno se convierte en referencia de una etapa histórica de la devoción del Rosario en Europa: Alano, la fundacional o kerigmática, Ricci la de la primera gran universalización o lepantina y Ulloa la de la popularización o “explosión” rosariana.
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Dos métodos pastorales diferentes para las misiones de California
En su viaje a los Estados Unidos, el Papa Francisco acaba de hacer santo al misionero fray Junípero Serra (1713, Petra (Mallorca) – 1784, Monterrey (California), uno de los españoles más célebres de Norteamérica debido al protagonismo que desempeñó en la construcción de California, como fundador de las «Misiones» que dieron como origen a las ciudades californianas de San Francisco, San José, Monterey, Santa Bárbara, Los Ángeles o San Diego.
Fray Junípero recibió inicialmente una valiosa ayuda en sus labores de adoctrinamiento y civilización de parte del franciscano sevillano, nacido en Los Palacios, fray Juan Ramos de Lora. Ambos formaron parte de una expedición de misioneros franciscanos que partió de Cádiz hacia América del Norte en agosto de 1749. Llegaron al puerto de Veracruz de México, a finales de diciembre del mismo año, y se alojaron en el colegio mexicano de misioneros de San Fernando.
Junto a ocho compañeros más se esmeraron en preparar una Misión en Sierra Gorda, de Querétaro, que fue donde iniciaron su carrera misionera. Después de que frailes de otra orden religiosa fracasasen, los misioneros dirigidos por fray Junípero supieron adaptarse para aprender la lengua de los nativos, tradujeron textos religiosos al idioma de los indígenas, les enseñaron a cultivar la tierra, a montar granjas, instalar talleres e iniciarlos en las artes y el comercio, todo ello, además de adoctrinarlos en los principios de fe católica. De unas tierras prácticamente salvajes consiguieron crear un enclave bastante productivo. El mismo grupo de misioneros cooperó, en 1758, al frente de la Misión de Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol. Ramos de Lora trabajó durante seis años en este proyecto. En aquel período de tiempo se construyó su templo parroquial, en la diócesis de Querétaro (México), aunque el acto fundacional oficial de aquella iglesia corrió a cargo de fray Junípero en 1767.
Las Misiones de California
Después de la expulsión de los jesuitas por Carlos III (1768), las misiones de la baja California quedaron en manos de los frailes franciscanos comandados por fray Junípero Serra. Pese a la edad bastante gananciosa que tenía ya el padre Serra, éste se encargó a de tutelar a doce frailes (siete voluntarios y cinco misioneros de Sierra Gorda) bien experimentados que habían mantenido una intensa actividad entre los indios durante doce años, entre los que se encontraba el palaciego fray Juan Ramos de Lora.
Con el nombre de «Misiones» se conocía al perímetro territorial en el que quedaba establecido el templo, así como a todo el ámbito poblacional en el que los frailes desarrollaban sus tareas de cristianización y civilización. A propuesta de la autoridad civil española, se procedió a transformar las misiones en asentamientos poblacionales, o pueblos, propiamente dicho. Por esta razón, estos religiosos misioneros se convirtieron en auténticos diseñadores de las nuevas sociedades en el Nuevo Mundo, durante el transcurso de aquel siglo XVIII.
La primera de las establecidas por fray Junípero Serra fue curiosamente la de San Diego de Alcalá, en homenaje al santo franciscano sevillano, dando origen, por tanto, a la ciudad de San Diego (1769).
El ejercicio de los misioneros no quedó circunscrito exclusivamente a la difusión del evangelio, sino que también consistió en difundir, entre los indios, un sistema productivo que fuese autosuficiente de cara a un nuevo modo de supervivencia. Aunque fuesen los frailes los principales agentes dinamizadores de las misiones californianas, la fundación de nuevas poblaciones y planteamientos agropecuarios difundidos por los religiosos, no cabe duda de que siguieron muy de cerca el modelo español de colonización promovido en las nuevas poblaciones de Andalucía y Sierra Morena, junto a la reforma agraria emprendida por el ilustrado Pablo de Olavide. Misiones y pueblos cobraron una relevancia especial para la Corona española, como parte de la estrategia globalizadora planificada desde Madrid, en un momento histórico en el que España luchaba todavía por mantener vivo su imperio en América y Sevilla rivalizaba con Cádiz por el control del monopolio comercial de las Indias. Hoy forma parte del legado cultural español toda la obra de aquellos franciscanos que tanto ayudaron a labrar también la propia identidad de la California moderna.
Religiosidad popular en la evangelización de Norteamérica
España siempre ha sido una primera potencia cultural, en cuyo mérito ha tenido muchísimo que ver nuestra ciudad de la Giralda. Se valieron los religiosos misioneros de algunos de los ejercicios y prácticas cultuales, propias del devocionario popular hispalense, como método pastoral para extender la creencia católica sobre los nativos californianos. Fray Junípero atesoraba importantes dotes como predicador y sus biógrafos destacan cómo se valió de muchos ejercicios pasionistas, relacionados con el tiempo cuaresmal de la Semana Santa, para ganarse el corazón de los indígenas, por lo que el sistema de adoctrinamiento empleado se alejaba bastante del ideal ilustrado que ya, en el último tercio del Setecientos, comenzó a difundirse desde las altas esferas eclesiásticas de nuestra península ibérica. El contacto con el pueblo les hacía ver a los misioneros una realidad totalmente distinta a la que los doctores de la Iglesia pretendieron imponer. Por diversos documentos sabemos que los nativos de aquellos lugares mostraron una mayor complicidad con los franciscanos, a quienes le mostraban una mayor obediencia, por lo que los métodos puestos en práctica por fray Junípero, y su equipo, fueron muy eficaces.
Métodos pastorales de Junípero Serra y Ramos de Lora
Sobre las misiones llevadas a cabo en California se conserva un extenso informe enviado por Ramos de Lora al Virrey, Antonio María de Bucareli y Ursúa (Sevilla, 1717- México D.F., 1779), fechado en 1772 cuando el noble sevillano había sido recién nombrado para el desempeño de su cargo en Nueva España. Al margen de las acciones pastorales realizadas por los frailes, esta carta de Ramos de Lora ha servido para conocer ciertos detalles de actividades colonizadoras de carácter civil, encaminadas a obtener el mayor rendimiento de los recursos naturales de aquellos asentamientos, como por ejemplo el refinamiento de las minas de oro y plata.
Con independencia de las actividades religiosas, los padres misioneros se empleaban como maestros y auténticos agentes civilizadores. El método de fray Junípero abogaba por transmitir sus enseñanzas de modo pacífico. Supo tratar a los nativos con sencillez y humildad, en su propósito de hacerlos cristianos. Desde que los jesuitas fueron expulsados en 1768, hasta el año 1772, fueron cuatro los años que fray Juan Ramos de Lora estuvo vinculado a las misiones californianas.
Cada fraile entendía de modo diferente la transformación de las sociedades indígenas, en su afán de educarlos y moralizarlos. Fray Junípero sustentó su método de trabajo en una estrecha convivencia con los indios, a fin de acercarlos a la salvación de sus almas, mientras que Ramos de Lora le otorgó gran prioridad al carácter formativo de los nativos y a los cambios de los hábitos y costumbres de los indios. Este último fraile asume en su trabajo pastoral las ideas ilustradas de mostrar una religión despojada de instrumentos devocionales de la religiosidad popular, herramientas esenciales usadas por fray Junípero para acercarse a las comunidades indias. Los ilustrados veían en la religiosidad popular una acusada falta de compromiso moral y consideraban que aquellas expresiones estaban algo alejadas de una depurada espiritualidad evangélica. El pensamiento ilustrado trató de combatir el barroco artístico y religioso, aunque no con mucho éxito.
Las discrepancias entre Junípero y Juan Ramos de Lora se hicieron patentes cuanto que llegaron a Loreto, en el sur de California. El padre Serra repartió a los misioneros y envió a fray Juan Ramos a la Misión del Pilar, o «Todos los Santos», en la parte meridional de California, con el encargo de que no modificase nada hasta que no llegase el visitador general Gálvez, enviado por Carlos III. Este enfrentamiento obligó al Virrey Bucareli a enviar al norte de California a fray Junípero, y al sur, a fray Juan Ramos, que luego pasaría al convento de los misioneros de San Fernando. El misionero de Los Palacios se quedó apartado, así, de los pobladores nativos, pese a que el mismísimo Gálvez alabase en un informe el modo ejemplar de comportamiento del palaciego con los indios.
Cuando Ramos de Lora regresó en 1772 al colegio misionero, comenzó una nueva etapa como vicario de la comunidad franciscana, hasta que en 1783 fue nombrado por Carlos III como obispo de la recién creada diócesis de Mérida de Maracaibo. De este modo, terminó ocupando la Mitra y pasó a la historia desde los Andes, como hombre visionario, sembrador de una fertilísima semilla cultural que selló, además, la vocación estudiantil de Venezuela.
FRAY JUAN RAMOS DE LORA
(Los Palacios, Sevilla, 1722 – Mérida de Maracaibo, Venezuela, 1790)
Juan Manuel Antonio Ramos de Lora, nació el 23 de junio de 1722, del matrimonio formado por don Manuel Ramos y Bárbara María de Lora, donde fue bautizado cinco días más tarde en la Parroquia de Santa María la Blanca, donde se conserva asentada su partida bautismal en el libro número 13 de Bautismos, al folio 125 vuelto del año en cuestión. Su primer apellido corresponde a una antigua familia de Los Palacios, aunque guarda parentescos con los Ramos utreranos, mientras que su madre, Bárbara María de Lora, es descendiente del que fuese Alguacil mayor de Villafranca de la Marisma, Francisco de Lora, nombrado en la cédula real otorgada por Felipe IV, fechada el 21 de marzo de 1630.
Su carrera como religioso franciscano comenzó cuando ingresó como novicio en el convento de San Antonio de Padua de Sevilla, a los 15 años, donde estudió gramática y humanidades. Profesó como religioso de coro el día 19 de febrero de 1743. Cuando contaba con veinticuatro años, este franciscano de la provincia de Ángeles se ordenó como sacerdote, en el colegio del Santo Ángel de los carmelitas descalzos, el sábado 24 de septiembre de 1746. Con veintisiete años se embarcó en el puerto de Cádiz hacia América como misionero (1749). Hasta 1772 formó parte del grupo misional de fray Junípero. Luego se separaron y terminó siendo nombrado obispo de una ciudad venezolana (1783–1790). Su gran obra fue la fundación del Seminario de Mérida (1787), a cuyo centro donó su biblioteca particular integrada por 600 obras. Al calor de este Colegio se fundaría luego la universidad de los Andes.
UN VIRREY SEVILLANO EN NUEVA ESPAÑA
Fray Junípero Serra y Ramos de Lora mantuvieron con el Virrey, don Antonio María de Bucareli, una relación muy estrecha, pues la coordinación gubernamental fue realmente constante y minuciosa. El Virrey designó en 1775 como gobernador de las Californias a Felipe de Neve, hijo del sevillano Felipe de la Neve Noguera, con quien también se cruzaron numerosos documentos los religiosos misioneros. Cuando falleció el Virrey sevillano lo sintió muy profundamente el padre Serra, quien siempre lo mantuvo informado al detalle del estado de las misiones, acuartelamiento de soldados en los presidios, así como de las carencias que padecían los asentamientos poblacionales.
JULIO MAYO
En el pórtico de la Iglesia Parroquial de Santa María, en el testero de la derecha, se encuentra un interesante retablo cerámico devocional dedicado a la Santísima Virgen en el Misterio de su Concepción Inmaculada. Fue donado por el benefactor Joaquín Castilla y ejecutado en los talleres de Casa González en el popular barrio sevillano de Triana.
En el archivo de la referida parroquia se conserva el acta que recoge su solemne colocación. Gracias a este acta se sabe que a las diez de la mañana del día 12 de octubre de 1930, día de la Virgen del Pilar, Francisco Domínguez Fernández, en su calidad de Arcipreste de esta ciudad y su partido, y el coadjutor, el presbítero José Antonio Jiménez Aguilar, celebraron solemne función de conmemoración, promesa, voto y juramento que a principios del siglo XVII hizo el Cabildo ecijano.
Después de cantada tercia, el clero y numerosos fieles se trasladaron procesionalmente, precedidos por la Cruz Parroquial, al atrio del templo donde se encuentra el azulejo, en cuyo faldón inferior figura la siguiente inscripción: «En agosto de 1615, el cabildo de esta Muy Noble Muy Leal, Constante, Real y Fidelísima Ciudad de Écija, hizo la promesa, voto y juramento de creer, enseñar y defender el Ministerio de la Concepción Inmaculada de María».
A la bendición asistió la autoridad municipal, representada por el teniente de alcalde, Manuel Castellano del Real. También se hallaban presentes los señores oficiales de la Guardia Civil y fuerzas a sus órdenes, y el Jefe de Correos, cuerpos ambos que tienen por patrona a la Virgen del Pilar. Asimismo, los acompañaron el venerable clero secular y regular, junto a las comisiones y representaciones de las hermandades y cofradías, ostentando sus pendones o estandartes.
El arcipreste autorizado por el Exmo. Rvdo. Señor don Eustaquio Ilundain y Esteban, Cardenal Arzobispo de esta Diócesis, procedió a su solemne bendición pronunciando unas palabras de exhortación para que todos pidieran a la Virgen Santísima por las necesidades «y por pacificación de los espíritus, tan agitados en estos tiempos por las luchas sociales». Acto seguido, fue descubierto el azulejo por la Srta. María Concepción Muñoz y Mantilla de los Ríos. El coro de la Parroquia, secundado por los fieles, entonó las coplas de Miguel del Cid «Todo el mundo en general» y el himno del Congreso Mariano Hispano Americano, dándose entusiastas vivas a la Inmaculada Concepción, a la Iglesia Católica y a Écija.
Seguidamente, se celebró la Santa Misa, que fue oficiada por José María Camacho, superior de los salesianos de esta residencia. Después del Evangelio, ocupó la Sagrada Cátedra el arcipreste de la vecina ciudad de Carmona y cura propio de la Parroquia de San Pedro en dicha ciudad, José María Molina y Rivero, que ensalzó las glorias de María Santísima y las muestras de mariano fervor que han manifestado los ecijanos en todos los tiempos.
Igualmente, gracias a la documentación que se conserva en el archivo parroquial conocemos los gastos originados por la colocación del azulejo. Para este fin se emplearon cuatro días e intervinieron dos albañiles: un oficial y un peón. Llama la atención el precio de un saco de cemento, 6,00 pesetas, si lo comparamos con el sueldo de los dos trabajadores, con ocho horas de labor. También es destacable el número de horas empleadas en su colocación, 37, así como que las obras concluyeron un día antes de su bendición el 12 de octubre de 1930, día de la Virgen del Pilar.
Los gastos ocasionados, tanto en mano de obra como en materiales, se hallan detallados de la siguiente forma:
Gastos colocación del azulejo
El día 5. 1 peón y un oficial de albañil 8 horas 9,75 pts.
El día 9. 1 peón y un oficial de albañil 10 horas 12,25 pts.
El día 10. 1 peón y un oficial de albañil 10 horas 12,25 pts.
El día 11. 1 peón y un oficial de albañil 9 horas 11,00 pts.
Dos fanegas de cal de Sánchez Malo a 2,50 pts. 5,00 pts.
Medio carro de arena…………………………………. 1,75 pts.
Un saco de cemento…………………………………… 6,00 pts.
Media de yeso……………………………………………. 1,00 pts.
Espíritu de sal y brocha………………………………… 0,85 pts.
Suma 59,85 pts.
Dejamos, pues, constancia del acto de bendición de uno de los azulejos más representativos de la Inmaculada Concepción, que hoy forma parte del interesante conjunto de retablos callejeros de Écija y que el próximo mes va a cumplir 85 años. Del mismo modo, quedan reseñados datos de interés, como son el acto religioso organizado al efecto, el benefactor y las cantidades invertidas en su colocación en el monumental atrio de la Parroquia de Santa María de nuestra ciudad.
JUAN MÉNDEZ VARO