Gracias a un laborioso proceso de colaboración entre el Ayuntamiento de La Algaba y la Asociación Comarcal Pro Memoria Democrática Vega Media del Guadalquivir, en el día de hoy se han iniciado los trabajos de exhumación de la fosa común situada en el cementerio viejo de esta localidad sevillana, donde los expertos calculan que se hallan los restos de 144 presos políticos fallecidos en el campo de concentración de Las Arenas.
La fosa del cementerio viejo de La Algaba alberga los restos mortales de los 144 presos políticos fallecidos en su primer año de funcionamiento en el campo de concentración de Las Arenas, en el término municipal de La Algaba, creado por las autoridades franquistas sevillanas para los “mendigos reincidentes de la ciudad”. Estuvo abierto entre los años 1941 y 1942, llegando a albergar hasta 278 reclusos, y es considerado por muchos historiadores como un verdadero campo de exterminio al más puro estilo nazi. Esta fosa tiene una significación especial por la crueldad en la que se desarrolló la vida en Las Arenas. De hecho, la mayoría de las víctimas mortales fallecieron debido al hambre que padecieron, las pésimas condiciones de vida que soportaron, las enfermedades que sufrieron durante su reclusión en este campo y los trabajos forzados que hicieron. Estas víctimas de la represión de la dictadura militar habían nacido en localidades de las ocho provincias andaluzas y en municipios de las provincias de Badajoz, Albacete, Alicante, Barcelona, Ciudad Real, Las Palmas de Gran Canaria, Palencia, Pontevedra, Toledo y Zaragoza, así como en varias localidades de Portugal y Orán (Argelia). En total, hay víctimas de 89 localidades: 86 españolas (66 de Andalucía, 1 de ellos de La Algaba), dos portuguesas y una argelina.
Desde hace meses, se ha venido trabajando en la localización de familiares de las víctimas, pese a la dificultad que entraña, con la colaboración activa de algunos ayuntamientos donde nacieron las víctimas, de otras asociaciones memorialistas y de la Coordinadora Andaluza, de la que forma parte la asociación de la Vega Media del Guadalquivir. En este sentido, la búsqueda de familiares ha dado ya frutos positivos con la localización de 26 familiares de las localidades de La Algaba, Bormujos y Sevilla, en la provincia de Sevilla; Alhama de Granada, Motril, Chucena y Granada, en la provincia de Granada; de Valverde del Camino y Riotinto, en la provincia de Huelva; y, además, en Jaén, Victoria-Gasteiz, Ciudad Real y San Pedro de Ancorados (La Estrada-Pontevedra).
Los trabajos de exhumación de la fosa común de los fallecidos por hambre y enfermedades en el campo de exterminio de Las Arenas serán realizados por la empresa Aranzadi Sociedad de Ciencias con el arqueólogo Juan Manuel Guijo como corrdinador, la misma que está llevando a cabo los trabajos en la fosa sevillana Pico Reja.
La ejecución de dichos trabajos en el antiguo camposanto de La Algaba es posible gracias a una subvención de 18.000 euros concedida por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) al Ayuntamiento algabeño tras la presentación de un proyecto común entre Asociación Comarcal y Consistorio.
El próximo jueves 24 de junio, a las 20:00 horas, tendrá lugar en la iglesia de santa Marina y de san Juan Bautista De la Salle de Sevilla, la presentación del libro “Cien años educando en Sevilla, Colegio La Salle La Purísima, historia, pedagogía y anécdotas (1920-2020)” del que es coautor el socio de la ASCIL, Antonio García Herrera.
En el libro se aportan datos inéditos sobre la historia y el arte de este centro educativo, se analizan los procedimientos pedagógicos de Hermanos y maestros y se cuentan curiosas anécdotas, desde el año 1920, en que los Hermanos de la Escuelas Cristianas (La Salle) se hicieron cargo de las antiguas Escuelas Pías de la Purísima (vulgo san Luis), hasta nuestros días (2020). Aunque del título del libro puede suponerse, con razón, que trata de la vida cotidiana de un colegio en su centenario, el curioso lector, no vinculado al centro ni a la obra lasaliana, podrá adentrarse en la Historia de España y de Sevilla para conocer algunos datos y hechos de gran interés no publicados anteriormente.
“Restos de los cadáveres enterrados sin cajas, hacinados y sepultados como animales. Aterra ver las fotografías de lo ocurrido” aquellos días de posguerra. En Andalucía se construyeron más de medio centenar de campos de concentración para el trabajo esclavo de presos políticos. Muchos vivieron en las peores condiciones de trabajo, higiene y hacinamiento. Sin embargo poco se conoce de uno en particular, un campo de exterminio, ubicado en el municipio de la Algaba (Sevilla), conocido como las Arenas, que comienza esta semana los trabajos de exhumación de sus 144 víctimas.
Sus presos eran “mendigos” reincidentes “tratados como presos políticos en la dictadura franquista en la medida que las autoridades los encarcelaban y actuaban las autoridades de los vencedores nunca Tribunales de Justicia”. María Victoria Fernández Luceño, historiadora experta en este campo señala a Público que aquellos reclusos “no los castigaban y encerraban por delincuentes sino por su forma de vida”. No se puede decir a medias tintas. Era lo que se conocía en la Alemania Nazi como un campo exterminio.
Luceño afirma con rotundidad que “en los documentos del Archivo Municipal [se refleja] que el médico informó de que no le dejaban el régimen hospitalario a los enfermos necesitados de cuidados especiales. Tampoco que fueran hospitalizados”. Todos murieron entre agosto de 1941 y diciembre de 1942. En la fosa de las Arenas hay 144 víctimas de varias nacionalidades, entre ellos algún portugués y otro argelino.
Juana González nunca conoció a su tío, Juan Luis Monge, pero sí el dolor de por vida de su abuela que nunca olvidó “como a su niño se lo llevaron en un coche desde Chucena, Huelva, y nunca más se supo de su paradero”. Francisca, abuela de Juana, intentaría en aquellos años del hambre conocer, descifrar dónde estaba. “Sabía que el alcalde franquista que llegó después de la guerra había dado la orden de quitarlo de en medio. No hacía daño a nadie, pero tenía una discapacidad intelectual y no tuvieron piedad”, aclara Juana a Público.
Juan Luis paseaba por las calles del pueblo. “Se paraba con las vecinas, a veces se sentaba con ellas, pero aquello que hicieron no tuvo nombre y era imposible en aquellos días de la dictadura meterse a investigar”. Juan Luis tenía 18 años y murió en el campo de las Arenas el 7 de mayo de 1942.
La misma edad tenía Manuel Pereira Buzón, natural de San Pedro de Ancorados, en Pontevedra, cuando muere en el campo de las Arenas sin conocer qué ocurrió en su viaje a Cádiz, donde quería embarcarse en busca de una vida mejor. Fina destaca a Público que “Manuel era su tío por parte de padre. Sabemos que se marchó muy joven para irse a Cádiz. No sabemos bien qué ocurrió en aquel viaje, dónde acabó y menos las circunstancias que lo llevaron a aquel campo” en el que murió el 14 de julio de 1942.
Gracias a la Asociación Comarcal Pro Memoria Democrática Vega Media del Guadalquivir se han logrado rescatar a algunos familiares, pero sin apenas datos de aquel proceso ni qué ocurrió para morir en las peores infecciones en aquel campo de muerte. “Ha sido y sigue siendo un trabajo muy complicado, porque han pasado muchos años y por las especiales circunstancias personales en que vivían muchas de las víctimas del campo de exterminio”, destaca Celestino Sánchez-Espuelas Gutiérrez, secretario de la Asociación. “Nos hemos tenido que poner en contacto con los ayuntamientos de procedencia de las víctimas, comunicarles los datos de que disponíamos de las personas fallecidas y si nos podían aportar información sobre posibles familiares”.
La Asociación no ha podido rescatar muchos datos por la falta de contacto entre unas generaciones y otras, pero es real que cuando conocen la historia “les impresiona cuando se enteran de las circunstancias en que fallecieron de hambre, frío, enfermedad y faltos de cuidados”.
Gracias a los registros civiles, donde están identificadas las víctimas, se ha podido conocer por ejemplo como el tío de Juana acabó en el campo de exterminio y murió el 7 de mayo de 1942 de tifus exantemático. “Cosas así te impresionan y te sobrecogen, pero te dan ánimos para seguir trabajando en la recuperación de la memoria y de dignificación de las víctimas”.
Juan Manuel Guijo, arqueólogo encargado de la localización, exhumación e identificación de víctimas en el campo de las Arenas, señala a Público que “los reclusos de Las Arenas representarían en la mayor parte de los casos un grupo humano muy dañado por la enfermedad y el hambre antes de su realojo”.
El equipo evidencia cómo va a encontrar “esqueletos que no deben tener muchas afecciones por violencia directa dado que las víctimas sufrieron un total abandono hasta que su resistencia por la enfermedad o el hambre se quebró”. Al estar muchas de estas personas vinculadas a la marginalidad, muchos de los daños que presenten se podrían deber a esas etapas anteriores. “Posiblemente nos podamos encontrar a un grupo humano terriblemente castigado. Desconocemos si en el encierro sufrieron además otro tipo de malos tratos” concluye Guijo.
Es relevante conocer “procesos infecciosos, traumas, repercusión del hambre y otras evidencias que permitan ver un deterioro físico”. En ninguno de los casos se encontrarán orificios de salida ni fusilados, como ocurre en la mayoría de fosas.
La necesidad de este trabajo en su primera fase se centrará en “exhumar todo lo posible, pero tendrá que haber otra si el depósito se conserva razonablemente bien”. El objetivo esencial además de exhumar lo posible es evaluar la cantidad de sujetos que se pueden encontrar allí. “Deberían ser unos 144, pero la actividad funeraria del espacio puede haber provocado daños”, señala el informe arqueológico previo.
Vestigios y restos en el campo de las Arenas. —J.G.
Es imprescindible que la ciudadanía conozca que fueron las “autoridades sevillanas, gobierno civil y ayuntamiento las que hicieron desaparecer a la población molesta de los pobres vencidos en la guerra civil”, señala la investigadora Luceño. Más de 140 hombres de distintas edades que en unos diez meses “fueron encerrados en un terreno con vallas y personal de vigilancia para que no escaparan y así fueron condenados a morir de frío, hambre y enfermedades“.
Santiago Benítez Castro, hermano de abuelo Francisco Benítez Castro, se encuentra entre las víctimas. Ignacio Benítez, catedrático de la Universidad de Jaén, señala: “Me he enterado hace poco y me encuentro consternado por la noticia. Si sabían algo, nunca lo dijeron”, aclara. Es la radiografía de la represión: silenciar el rastro y no dejar que nunca las historias pudieran salir a la luz. “Ambos nacieron en Alhama de Granada. pero primero vino la guerra y luego la posguerra, donde con el miedo y la ruina no se podía hablar”. Su tío Santiago Benítez parece que no tenía pareja ni hijos.
“Si algún hermano sabía algo de su vida se lo llevó al otro mundo” De forma que cayó en el olvido. Ignacio señala a Público que “este campo de exterminio, como así fue, es un ejemplo de las barbaridades que se practicaron en la aplicación de la ley de vagos y maleantes, que consideraba cómo peligroso a estos méndigos” que pasaron las peores situaciones de carestía y que hoy “merecen recuperar su dignidad como seres humanos”.
En un sencillo y emotivo acto, tenía lugar ayer la inauguración del Archivo Municipal de Villamanrique, que ha recibido el nombre de “Juan Miguel Béjar Díaz y José Zurita Chacón”, cronistas de nuestro pueblo. Este nuevo hogar para la Historia manriqueña, situado en la calle Doctor Mena, atesora 2000 legajos y más de 80 libros, y ha incorporado en los últimos tiempos valiosos documentos de Juan Miguel Béjar, cronista de principios del siglo XX, donados generosamente por su familia.
Del primer cronista manriqueño, la alcaldesa destacó durante su intervención su genialidad y nobleza para legarnos la “memoria escrita de nuestro pueblo, en forma de crónicas, poesías, obras teatrales, dibujos o escritos; un patrimonio que públicamente me comprometo a difundir para que todos puedan disfrutarlo”, aseguró Susana Garrido.
La alcaldesa realizó, asimismo, una sentida semblanza de José Zurita, cronista oficial desde hace más de veinte años, del que destacó su compromiso con la conservación del patrimonio documental local desde su juventud, recordando que con tan solo 19 años dató y fechó el archivo municipal y parroquial; así como su capacidad para “despertar el asombro y la curiosidad de sus alumnos y ser centro neurálgico del conocimiento de la comarca”.
En la línea del primer volumen, editado el pasado año, el Patronato de Arte y Los Amigos de los Museos de Osuna con la colaboración del Ayuntamiento de nuestra Villa Ducal, saca a la luz este II volumen de las obras completas de don Antonio Pedro Rodríguez-Buzón Pineda. Cómo el anterior, la edición ha estado a cargo del profesor don José María Barrera López.
Según nos informa el presidente de los Amigos de los Museos don José María Rodríguez-Buzón Calle, promotor y responsable de la publicación de las obras completas del gran autor ursaonés, en cuanto lo permitan las circunstancias del COVID 19, pudiera ser que, para el otoño próximo, se hiciera la debida presentación del proyecto en la ciudad de Sevilla y Osuna, contando con la presencia de las Instituciones a las que afecta.
Restaurar para conservar obras de arte y, como en este caso, digitalizar un archivo de documentos, es rescatar del deterioro y la pérdida definitiva el patrimonio histórico de una institución. Tratamos aquí del Archivo General de la Parroquia de San Miguel Arcángel de nuestra localidad. Patrimonio documental que recientemente ha sido procesado y digitalizado por D. Bartolomé Miranda Díaz, para su conservación definitiva.
Antes de descubrir el proceso del proyecto y a modo de introducción, me ha parecido bien comenzar con unas palabras de Bartolomé Miranda, remitidas a Cronista de la Villa el 18 de marzo de 2021 por el párroco D. Manuel Martin Riego. <<De uno u otro modo, la pandemia nos ha trastocado a todos la vida. A muchos nos ha obligado a poner en suspenso el trabajo y nos ha ofrecido a cambio un tiempo libre que, a priori, de poco vale en una situación de semi-confinamiento. Sin embargo, llama agradablemente la atención ver cómo muchas personas han decidido poner ese tiempo libre al servicio de los demás, ayudando de muy diversos modos a quienes les rodean. Admirable, como siempre, está siendo la labor de los voluntarios de Caritas y de los bancos de alimentos, la de aquellos que se ofrecen para hacer la compra a sus vecinos mayores o la de quienes, durante el confinamiento más duro, se dejaron los dedos cosiendo mascarillas para los sanitarios. Los que nos dedicamos al mundo de la cultura también hemos puesto nuestro granito de arena. Hay quienes nos regalaron su música desde los balcones, los que nos abrieron una ventana al mundo a través de un trabajo fotográfico compartido, o quienes nos dieron -y siguen dando- alguna que otra charla sobre historia…
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