EL DOMINGO DE RAMOS EN TIEMPOS DE MURILLO

El pintor vivió en la época de mayor
esplendor barroco, cuando las cofradías no
llegaban a la Catedral hasta el Miércoles Santo,
pero celebraban cabildos de hermanos el domingo

JULIO MAYO

A Murillo le tocó vivir en sus distintas etapas vitales (1617-1682), el esplendor barroco más álgido de una Semana Santa que, en el terreno espiritual, exhibirá la intensidad de un exacerbado fervor penitencial, orientado a la contemplación del misterio de la cruz. Esta profundización en los postulados del concilio de Trento, centrados en revivir la Pasión y Muerte de Jesucristo en aquella Sevilla superpoblada que mantenía la cabecera comercial de la Carrera de Indias y en la que se cometían tantos pecados –según los clérigos–, motivó un gran reproche teológico por parte del mundo protestante que no entendía que esos cultos no tuvieran su centro en la Resurrección del Señor.

1888La participación directa de Murillo en la defensión y definición del misterio de la concepción inmaculada de María, ayudó a que el culto mariano creciese en la ciudad y se equilibrase, por tanto, el exclusivamente dedicado a Cristo los días de la Semana Mayor. Por su profunda experiencia espiritual, Murillo podía competir en cuanto a su comportamiento con cualquier canónigo de la catedral. Pero no por ello renunció al compromiso de formar parte de aquella Semana Santa germinante.

El 3 de mayo de 1653, ingresó como hermano de la antigua cofradía de la Vera Cruz, establecida en su capilla del convento «casa-grande» de San Francisco, para la que había pintado una Inmaculada Concepción junto al fraile franciscano, fray Juan de Quirós, en 1652. Sin embargo, su estreno cofrade se produjo en 1644, al hacerse hermano de la de Nuestra Señora del Rosario, del convento dominico de San Pablo. También intervino, en 1657, en el alquiler de una serie de túnicas para los cofrades de Montesión. Facilitó hábitos para la procesión de Semana Santa.

Según un expediente del Archivo del Arzobispado, se le abonaron 562 reales de vellón «por el alquiler de las túnicas de sangre y de luz que dio para la estación de el Jueves Santo». Con el tiempo, muchas de las imágenes titulares de las cofradías que se reactivaron entonces, terminaron efigiándose bajo los parámetros artísticos de sus creaciones pictóricas.

1889

Todas las cofradías de sangre radicaban en iglesias de conventos, ermitas y parroquias apartadas de la catedral, adonde tenían la obligación de acudir en el transcurso de sus respectivos desfiles procesionales, después de disponerlo así el cardenal don Fernando Niño de Guevara, en el sínodo diocesano de 1604. Pero, sin embargo, aquel sínodo prohibió que se celebrasen procesiones el Domingo de Ramos, porque tal día día no podían entrar pasos en el monumental templo.

Aquel siglo que le tocó vivir a Murillo, las cofradías no llegaban a la catedral hasta el Miércoles Santo. Las reglas de muchas hermandades de aquel tiempo nos revelan que, en cambio, era tradicional la celebración de cabildos de hermanos el Domingo de Ramos, así como organizar y distribuir las demandas de limosnas, con cuya recaudación se sufragaban los gastos de la salida. Un expediente del Archivo de la Catedral de Sevilla, que contiene decretos emitidos por el señor provisor del arzobispado, fechados entre 1620 y 1633, conserva uno que prohibía asistir a las mujeres, de noche, a la iglesia, y regulaba la visita que se realizaba durante la cuaresma a la Cruz del Campo, concretándose que las mujeres fuesen por la mañana y los hombres cumpliesen por la tarde.

Hasta dos hermandades dedicadas al título de la Entrada de Jesús en Jerusalén llegaron a coexistir en aquella misma centuria. Una es la actual hermandad de la Borriquita, y la otra, que era de Triana, terminó extinguiéndose. Esta última corporación sí parece que llegó a salir algún que otro Domingo de Ramos, aunque sin retirarse de su demarcación trianera. No es hasta muy finales del siglo XVII, en 1696, cuando la autoridad eclesiástica ordenó incluir en las reglas de la Amargura que la estación debía cumplirla el Domingo de Ramos. Así se conformó como jornada de procesiones.

Ceremoniales en la Catedral

El edificio de mayor relevancia de la ciudad era, en el siglo XVII, la Seo Metropolitana y Patriarcal, como centro multifuncional más destacado de la época Moderna. Con gran pompa y riguroso protocolo, se conmemoraban eventos solemnísimos en los que participaban las instituciones de poder más representativas (corporación municipal, justicia, dirigentes de la Casa de la Contratación y la propia Iglesia hispalense). Las vísperas del Domingo de Ramos se iniciaban en el domingo anterior, conocido como el de «Lázaro». El «Sábado de Ramos», tenía lugar la ceremonia de la «ostensión de la Seña» (reboleo de la bandera negra con cruz roja, a cargo de un ministro eclesiástico, con la que se anunciaba la proximidad de los días santos en los que el Redentor padeció por nosotros). Ese mismo sábado, quedaba ya abierta la catedral para la procesión de palmas del Domingo de Ramos, cuyas puertas no se cerraban durante la Semana Santa, con el fin de no interrumpir el recorrido litúrgico durante las jornadas penitenciales.

Con la entonación de la antífona «Asperges me» se verificaba el ritual de bendición de los ramos de olivos, mientras se rociaban las palmas y ramitas de olivos con agua bendita, especialmente preparada para la Semana Santa. A continuación, salía la «Procesión de los Ramos» alrededor del templo catedralicio, a la que asistían todas las cruces parroquiales. Los fieles cantaban, imitando a los niños hebreos que salieron a recibir al Señor con el «Hosanna». Mientras la procesión discurría por debajo de las gradas, tañían las campanas de la Giralda. Se hacía el «Attollite portas» en la puerta de la «Entrada del Señor en Jerusalén», conocida como la de Campanillas, que es por donde el cortejo regresaba al interior. De este modo, la catedral constituía una imagen metafórica de la Jerusalén del Cielo, por lo que la entrada de los fieles portando palmas y ramas de olivos era equiparable a la consecución de la Gloria como fin de salvación. Acto seguido se celebraba el canto de la Pasión, antes de proceder a oficiar la misa y el sermón propio del día.

1891
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Procesión de Palmas en 1649

Expresa literalmente un Libro de costumbres litúrgicas de la Catedral de Sevilla que «este año de 1649, el Domingo de Ramos no pudo salir la procesión de los Ramos por ençima de gradas por haber llovido y llover toda la mañana. Aunque no llovió cuando salió hizose la procesión por las últimas naves de la iglesia, salió por el lado del púlpito de la Epístola y la nave de la antigua a la puerta de San Miguel, y por detrás del Monumento a la pila del Bautismo y a la puerta de los Palos y salió al dicho patio a la puerta de los meaderos y entró por la puerta de la Entrada de Jerusalén y allí se hizo al estación y ceremonia de cerrar la puerta». No se suspendió por la epidemia, sino por la inundación provocada por el Guadalquivir.

Representación pasional

En 1611, Alonso Lobo compuso para la catedral un libro de polifonía con el repertorio de Semana Santa, en el cual se habían incorporado las cuatro Pasiones. Merced a la documentación obrante en el Archivo de la Catedral sobre ceremoniales litúrgicos, sabemos que, en 1630, se escenificaba el canto de la Pasión. En la puerta de la capilla mayor se había colocado un tablado pequeño, donde un cantor encarnaba a Cristo. «Saldrán los tres (cantores) de la sacristía, los que han de cantar la Pasión, el primero el que hace el Evangelista y el segundo el que significa a las personas particulares y el último el que hace la persona de Cristo». Los músicos, tenían la obligación de asistir el Domingo de Ramos, como bien ha estudiado Juan Ruiz Jiménez en su trabajo sobre la actividad musical en la catedral, «para cantar los Pasos que tocan a la plebe, conforme están señalados en el libro que hay de esto». Por la «Regla de Coro» se sabe que la versión que se interpretaba del himno «Strope Vexilla regis» de Francisco Guerrero, fue sustituida por la de Luis Bernardo Jalón en el siglo XVII. El altar mayor quedaba cubierto por un amplio velo blanco hasta que era rasgado y retirado el Miércoles Santo. Desde Sevilla se exportaron todos estos ceremoniales a las iglesias de América, donde se conservan todavía muchos rituales en catedrales como la de Quito (Ecuador).

Procesión de Huesos

Por la tarde, la hermandad de la Santa Caridad, de la que formaba parte Murillo, y para la que también realizó grandes cuadros, organizaba una procesión con restos óseos y cajas mortuorias en las que se traían, desde fuera de la ciudad, los despojos mortales de personas de devenir miserable. Cumplía así con uno de sus fines piadosos: enterrar a los pobres. Y, sobre todo, a los defenestrados por la sociedad (mendigos, ladrones, ahorcados, condenados, asesinados, pendencieros, bandoleros y un amplio número de personajes de la marginalidad más desarraigada). El pintoresco cortejo lo abría el muñidor, cuya figura aún conserva la Hermandad. Al cabo de la comitiva venían los ataúdes y urnas de huesos de los pobres, portados a hombros por los cofrades de la Caridad. Atravesaban la catedral y cruzaban la actual Avenida para llegar a la capilla del colegio de San Miguel, donde hoy se encuentra la plaza del Cabildo. Allí había un compás, o cementerio, donde un benefactor mandó remozar una capilla para que los entierros de los proscritos también fuesen dignos.

Pese a la riqueza litúrgica y la grandeza institucional de nuestra santa iglesia catedral, en la que se han solemnizado rituales litúrgicos imponentes, como en ninguna otra de España, la religiosidad popular de nuestra ciudad se ha engrandecido en el escenario donde públicamente pidieron perdón por sus pecados tantos penitentes, tantos devotos y tanta gente con sus disciplinas, rezos y promesas: las calles de Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

Fuente: ABC SEVILLA 25-03-2018-SEVILLA-54

JUNÍPERO SERRA Y JUAN RAMOS DE LORA

0776Dos métodos pastorales diferentes para las misiones de California

En su viaje a los Estados Unidos, el Papa Francisco acaba de hacer santo al misionero fray Junípero Serra (1713, Petra (Mallorca) – 1784, Monterrey (California), uno de los españoles más célebres de Norteamérica debido al protagonismo que desempeñó en la construcción de California, como fundador de las «Misiones» que dieron como origen a las ciudades californianas de San Francisco, San José, Monterey, Santa Bárbara, Los Ángeles o San Diego.

Fray Junípero recibió inicialmente una valiosa ayuda en sus labores de adoctrinamiento y civilización de parte del franciscano sevillano, nacido en Los Palacios, fray Juan Ramos de Lora. Ambos formaron parte de una expedición de misioneros franciscanos que partió de Cádiz hacia América del Norte en agosto de 1749. Llegaron al puerto de Veracruz de México, a finales de diciembre del mismo año, y se alojaron en el colegio mexicano de misioneros de San Fernando.

Junto a ocho compañeros más se esmeraron en preparar una Misión en Sierra Gorda, de Querétaro, que fue donde iniciaron su carrera misionera. Después de que frailes de otra orden religiosa fracasasen, los misioneros dirigidos por fray Junípero supieron adaptarse para aprender la lengua de los nativos, tradujeron textos religiosos al idioma de los indígenas, les enseñaron a cultivar la tierra, a montar granjas, instalar talleres e iniciarlos en las artes y el comercio, todo ello, además de adoctrinarlos en los principios de fe católica. De unas tierras prácticamente salvajes consiguieron crear un enclave bastante productivo. El mismo grupo de misioneros cooperó, en 1758, al frente de la Misión de Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol. Ramos de Lora trabajó durante seis años en este proyecto. En aquel período de tiempo se construyó su templo parroquial, en la diócesis de Querétaro (México), aunque el acto fundacional oficial de aquella iglesia corrió a cargo de fray Junípero en 1767.

Las Misiones de California

0777Después de la expulsión de los jesuitas por Carlos III (1768), las misiones de la baja California quedaron en manos de los frailes franciscanos comandados por fray Junípero Serra. Pese a la edad bastante gananciosa que tenía ya el padre Serra, éste se encargó a de tutelar a doce frailes (siete voluntarios y cinco misioneros de Sierra Gorda) bien experimentados que habían mantenido una intensa actividad entre los indios durante doce años, entre los que se encontraba el palaciego fray Juan Ramos de Lora.

Con el nombre de «Misiones» se conocía al perímetro territorial en el que quedaba establecido el templo, así como a todo el ámbito poblacional en el que los frailes desarrollaban sus tareas de cristianización y civilización. A propuesta de la autoridad civil española, se procedió a transformar las misiones en asentamientos poblacionales, o pueblos, propiamente dicho. Por esta razón, estos religiosos misioneros se convirtieron en auténticos diseñadores de las nuevas sociedades en el Nuevo Mundo, durante el transcurso de aquel siglo XVIII.

La primera de las establecidas por fray Junípero Serra fue curiosamente la de San Diego de Alcalá, en homenaje al santo franciscano sevillano, dando origen, por tanto, a la ciudad de San Diego (1769).

El ejercicio de los misioneros no quedó circunscrito exclusivamente a la difusión del evangelio, sino que también consistió en difundir, entre los indios, un sistema productivo que fuese autosuficiente de cara a un nuevo modo de supervivencia. Aunque fuesen los frailes los principales agentes dinamizadores de las misiones californianas, la fundación de nuevas poblaciones y planteamientos agropecuarios difundidos por los religiosos, no cabe duda de que siguieron muy de cerca el modelo español de colonización promovido en las nuevas poblaciones de Andalucía y Sierra Morena, junto a la reforma agraria emprendida por el ilustrado Pablo de Olavide. Misiones y pueblos cobraron una relevancia especial para la Corona española, como parte de la estrategia globalizadora planificada desde Madrid, en un momento histórico en el que España luchaba todavía por mantener vivo su imperio en América y Sevilla rivalizaba con Cádiz por el control del monopolio comercial de las Indias. Hoy forma parte del legado cultural español toda la obra de aquellos franciscanos que tanto ayudaron a labrar también la propia identidad de la California moderna.

Religiosidad popular en la evangelización de Norteamérica

España siempre ha sido una primera potencia cultural, en cuyo mérito ha tenido muchísimo que ver nuestra ciudad de la Giralda. Se valieron los religiosos misioneros de algunos de los ejercicios y prácticas cultuales, propias del devocionario popular hispalense, como método pastoral para extender la creencia católica sobre los nativos californianos. Fray Junípero atesoraba importantes dotes como predicador y sus biógrafos destacan cómo se valió de muchos ejercicios pasionistas, relacionados con el tiempo cuaresmal de la Semana Santa, para ganarse el corazón de los indígenas, por lo que el sistema de adoctrinamiento empleado se alejaba bastante del ideal ilustrado que ya, en el último tercio del Setecientos, comenzó a difundirse desde las altas esferas eclesiásticas de nuestra península ibérica. El contacto con el pueblo les hacía ver a los misioneros una realidad totalmente distinta a la que los doctores de la Iglesia pretendieron imponer. Por diversos documentos sabemos que los nativos de aquellos lugares mostraron una mayor complicidad con los franciscanos, a quienes le mostraban una mayor obediencia, por lo que los métodos puestos en práctica por fray Junípero, y su equipo, fueron muy eficaces.

Métodos pastorales de Junípero Serra y Ramos de Lora

0778Sobre las misiones llevadas a cabo en California se conserva un extenso informe enviado por Ramos de Lora al Virrey, Antonio María de Bucareli y Ursúa (Sevilla, 1717- México D.F., 1779), fechado en 1772 cuando el noble sevillano había sido recién nombrado para el desempeño de su cargo en Nueva España. Al margen de las acciones pastorales realizadas por los frailes, esta carta de Ramos de Lora ha servido para conocer ciertos detalles de actividades colonizadoras de carácter civil, encaminadas a obtener el mayor rendimiento de los recursos naturales de aquellos asentamientos, como por ejemplo el refinamiento de las minas de oro y plata.

Con independencia de las actividades religiosas, los padres misioneros se empleaban como maestros y auténticos agentes civilizadores. El método de fray Junípero abogaba por transmitir sus enseñanzas de modo pacífico. Supo tratar a los nativos con sencillez y humildad, en su propósito de hacerlos cristianos. Desde que los jesuitas fueron expulsados en 1768, hasta el año 1772, fueron cuatro los años que fray Juan Ramos de Lora estuvo vinculado a las misiones californianas.

Cada fraile entendía de modo diferente la transformación de las sociedades indígenas, en su afán de educarlos y moralizarlos. Fray Junípero sustentó su método de trabajo en una estrecha convivencia con los indios, a fin de acercarlos a la salvación de sus almas, mientras que Ramos de Lora le otorgó gran prioridad al carácter formativo de los nativos y a los cambios de los hábitos y costumbres de los indios. Este último fraile asume en su trabajo pastoral las ideas ilustradas de mostrar una religión despojada de instrumentos devocionales de la religiosidad popular, herramientas esenciales usadas por fray Junípero para acercarse a las comunidades indias. Los ilustrados veían en la religiosidad popular una acusada falta de compromiso moral y consideraban que aquellas expresiones estaban algo alejadas de una depurada espiritualidad evangélica. El pensamiento ilustrado trató de combatir el barroco artístico y religioso, aunque no con mucho éxito.

Las discrepancias entre Junípero y Juan Ramos de Lora se hicieron patentes cuanto que llegaron a Loreto, en el sur de California. El padre Serra repartió a los misioneros y envió a fray Juan Ramos a la Misión del Pilar, o «Todos los Santos», en la parte meridional de California, con el encargo de que no modificase nada hasta que no llegase el visitador general Gálvez, enviado por Carlos III. Este enfrentamiento obligó al Virrey Bucareli a enviar al norte de California a fray Junípero, y al sur, a fray Juan Ramos, que luego pasaría al convento de los misioneros de San Fernando. El misionero de Los Palacios se quedó apartado, así, de los pobladores nativos, pese a que el mismísimo Gálvez alabase en un informe el modo ejemplar de comportamiento del palaciego con los indios.

Cuando Ramos de Lora regresó en 1772 al colegio misionero, comenzó una nueva etapa como vicario de la comunidad franciscana, hasta que en 1783 fue nombrado por Carlos III como obispo de la recién creada diócesis de Mérida de Maracaibo. De este modo, terminó ocupando la Mitra y pasó a la historia desde los Andes, como hombre visionario, sembrador de una fertilísima semilla cultural que selló, además, la vocación estudiantil de Venezuela.

FRAY JUAN RAMOS DE LORA
(Los Palacios, Sevilla, 1722 – Mérida de Maracaibo, Venezuela, 1790)

Juan Manuel Antonio Ramos de Lora, nació el 23 de junio de 1722, del matrimonio formado por don Manuel Ramos y Bárbara María de Lora, donde fue bautizado cinco días más tarde en la Parroquia de Santa María la Blanca, donde se conserva asentada su partida bautismal en el libro número 13 de Bautismos, al folio 125 vuelto del año en cuestión. Su primer apellido corresponde a una antigua familia de Los Palacios, aunque guarda parentescos con los Ramos utreranos, mientras que su madre, Bárbara María de Lora, es descendiente del que fuese Alguacil mayor de Villafranca de la Marisma, Francisco de Lora, nombrado en la cédula real otorgada por Felipe IV, fechada el 21 de marzo de 1630.

Su carrera como religioso franciscano comenzó cuando ingresó como novicio en el convento de San Antonio de Padua de Sevilla, a los 15 años, donde estudió gramática y humanidades. Profesó como religioso de coro el día 19 de febrero de 1743. Cuando contaba con veinticuatro años, este franciscano de la provincia de Ángeles se ordenó como sacerdote, en el colegio del Santo Ángel de los carmelitas descalzos, el sábado 24 de septiembre de 1746. Con veintisiete años se embarcó en el puerto de Cádiz hacia América como misionero (1749). Hasta 1772 formó parte del grupo misional de fray Junípero. Luego se separaron y terminó siendo nombrado obispo de una ciudad venezolana (1783–1790). Su gran obra fue la fundación del Seminario de Mérida (1787), a cuyo centro donó su biblioteca particular integrada por 600 obras. Al calor de este Colegio se fundaría luego la universidad de los Andes.

UN VIRREY SEVILLANO EN NUEVA ESPAÑA

Fray Junípero Serra y Ramos de Lora mantuvieron con el Virrey, don Antonio María de Bucareli, una relación muy estrecha, pues la coordinación gubernamental fue realmente constante y minuciosa. El Virrey designó en 1775 como gobernador de las Californias a Felipe de Neve, hijo del sevillano Felipe de la Neve Noguera, con quien también se cruzaron numerosos documentos los religiosos misioneros. Cuando falleció el Virrey sevillano lo sintió muy profundamente el padre Serra, quien siempre lo mantuvo informado al detalle del estado de las misiones, acuartelamiento de soldados en los presidios, así como de las carencias que padecían los asentamientos poblacionales.

JULIO MAYO

«APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DEL ROSARIO EN ESPAÑA DURANTE LA ÉPOCA MODERNA», NUEVO LIBRO DE CARLOS JOSÉ ROMERO MENSAQUE

0266El próximo jueves 11 de octubre, a las 20 horas tendrá lugar en el salón de actos del Excmo. Ateneo (C/ Orfila, 7), la presentación del nuevo libro de Carlos José Romero Mensaque bajo el título «Aproximación al estudio del Rosario en España durante la época moderna». La presentación del acto correrá a cargo de Fray Antonio Larios Ramos, OP.

 

Premios ASCIL 2009

 

  • II PREMIO ASCIL A LA INVESTIGACIÓN LOCAL EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

Don Evaristo Ortega Santos

  • II PREMIO ASCIL A LA MEJOR OBRA DE INVESTIGACIÓN LOCAL EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

Patrimonio cultural y desamortización. Marchena 1798-1901 de Manuel A. Ramos Suárez y a la institución patrocinadora de la obra Área de Cultura e Identidad de la Diputación de Sevilla.

  • II PREMIO ASCIL AL FOMENTO DE LA INVESTIGACIÓN LOCAL EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

Cajasol Obra Social