EXPOSICIÓN DE PINTURA GUARDIANES DE LA CATEDRAL

1120Del 15 de diciembre 2016 al 7 de enero 2017 tendrá lugar en el Palacio de Benamejí. Museo Histórico Municipal de Écija la Exposición de pintura «Guardianes de la Catedral». Obras de José Ramón Beviá.
(Inauguración, jueves, 15 de diciembre 2016. (12:30 h).

CARTA DE OBLIGACIÓN DE JUAN DE ALFARO Y CUESTA, PLATERO PARA HACER UNA CUSTODIA PROCESIONAL DEL CORPUS PARA LA IGLESIA CATEDRAL DE CANARIAS Y CARTA DE FINIQUITO DE LA CUSTODIA

0988Si los protestantes niegan la presencia de Cristo en la Eucaristía ¡saquemos la custodia a la calle!, dicen los católicos, y toda España se erizó de torres procesionales para exaltar a Dios sacramentado. Son microarquitecturas de plata que, los Jueves del Corpus, fulgurantes de reflejos y empujadas por el fervor popular, recorren entre repiques de campanas y nubes de incienso un itinerario alfombrado de juncia, alhucema y romero, presidiendo la procesión cívico-religiosa más popular del año litúrgico. El Archivo Histórico Provincial de Sevilla conserva el contrato y las cartas de pago de la última gran custodia del renacimiento que faltaba por documentar: la isleña de la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria.

Fue encargada el 21 de marzo de 1611 por su cabildo eclesiástico al platero Juan de Alfaro y Cuesta, estrenándose el 18 de junio de 1615 en la estación eucarística que transitó las calles del barrio de Vegueta. Recién cumplido el Cuarto Centenario de su inauguración parece oportuno hacer este homenaje documental a quienes la promovieron: los canónigos, sus agentes de negocios en Sevilla, y el veinteañero y malogrado artífice que la labró.

Desde su fundación el cabildo de la Catedral de Canarias se declaró sufragáneo del hispalense, por eso no resulta extraño que, cuando los canónigos isleños son convocados para tratar «si conviene hacer una custodia para la procesión del Corpus Christi», acuerden fabricarla en Sevilla. Acto seguido, confiaron la gestión de la obra a sus apoderados en la capital andaluza, el ministril Gerónimo de Medina y el inquisidor Pedro del Camino, y aceptaron sin discrepar la autoría del joven Alfaro y Cuesta.

¿Quién es este platero? El epígono de una lustrosa dinastía de orfebres que, procedente de Valladolid, se estableció en Córdoba, Sevilla y Toledo, labrando obras memorables para el arte español. Los libros parroquiales descubren que fue bautizado el 7 de marzo de 1588 en la iglesia de San Ildefonso, de Sevilla, y que recibió sepultura en la capilla sacramental del Sagrario metropolitano el 22 de julio de 1615, sin conocer el éxito que acababa de cosechar «su» custodia entre la sociedad canaria. Los protocolos añaden un corto catálogo artístico, caracterizado por el continuo aumento de su cotización, pues pasa de tener un caché de 1’75 ducados por marco de plata trabajado a cobrar 6. El precio de la custodia canariense se cerró en la última tarifa y ascendió a 29.663 reales, según revela otro documento singular del Archivo: la escritura del pesaje, entrega y finiquito de la obra. Por éste acta notarial y las cartas de pago precedentes sabemos que fue recibiendo el dinero en metálico, conforme iban llegando las letras de cambio desde Canarias.

Cuatro siglos después el templete eucarístico, aunque privado del relicario interior de Alfaro y Cuesta, sigue siendo un bello ejemplo del romanismo sevillano, al compendiar en su arquitectura las proporciones clásicas de los tratados, exhibir un estilo monumental en la escultura y optar por el grutesco cristianizado en la ornamentación.

Ah! Una precisión final, para la que le ofrezco un minúsculo diccionario artístico. Lo que en la península se llama «custodia procesional de asiento», en las Islas Canarias recibe el nombre de «andas del Corpus».

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LA CATEDRAL DEL GUADALQUIVIR

0762Los altos perfiles de la Catedral hispalense y todo el conjunto de su majestuosa silueta formaban parte del hito paisajístico del entorno del río, en aquellos años fascinantes del Descubrimiento de América, cuando el entramado urbanístico no era tan abigarrado como hoy. Debido a su proximidad geográfica con la zona portuaria –conectada con la gran iglesia por la antigua calle de la Mar (actual García de Vinuesa) y otras vías que partían de las inmediaciones de la Torre del Oro–, la relación entre ambos espacios se mantuvo bastante cercana, pues el amplio templo constituía todo un atractivo lugar de auxilio espiritual para quienes llegaban a nuestra ciudad, o tenían que partir, por el río. De hecho, en el siglo XV, la compañía que poseía la exclusividad de la carga y descarga de los barcos que atracaban en la ribera honraba a la Virgen del Pilar que se veneraba en su interior. Dentro de aquella relación suscitada entre la Catedral y el Guadalquivir fueron muy numerosos los beneficios mutuos que se ofrecieron con asiduidad. La corporación catedralicia contó hasta con muelle propio, en el embarcadero de la torre ya citada, donde poseía establecida una elevada rueda de madera, que a modo de grúa descargaba los pesadísimos sillares de piedra que se trajeron a Sevilla por el Guadalquivir para realizar la obra gótica de la Catedral y posteriores labores constructivas del siglo XVI. Durante los años de las conquistas americanas, nuestra Catedral continuó prestando ese consuelo piadoso, en este caso, a los participantes de las expediciones oficiales, como las de Colón, Pedrarias o Hernán Cortés. Constituye una estampa bastante significativa de este tipo de atención religiosa la visita de agradecimiento que le rindieron a la vieja pintura de la Virgen de la Antigua, en 1522, los veintidós marineros supervivientes a la arriesgadísima vuelta al mundo que capitaneó Juan Sebastián Elcano. Las vírgenes de los Reyes y de la Sede también recibieron culto de la gente que embarcaron hacia América.

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Navegantes y viajeros que arribaban al puerto de Sevilla con noticias de los nuevos descubrimientos realizados y experiencias de otras culturas y tradiciones de Occidente, tuvieron que visitar alguna vez la Catedral, como gran espacio del conocimiento que era. La institución más importante de la Iglesia sevillana la formaba toda una «corte eclesiástica» de altas dignidades, dotada de un elevado nivel intelectual e importante reputación humanística en las más diversas disciplinas, que contaba con la lealtad de toda la nobleza aristocrática residente en la ciudad, después de que la monarquía le hubiese conferido un poder superior al otorgado al propio Ayuntamiento de Sevilla. No olvidemos que mediante el Guadalquivir se adentraron en Sevilla corrientes nuevas de pensamiento como el Humanismo, cuyo mensaje cultural iluminó tanto saber a los integrantes del Cabildo Catedral. Ahí está el ejemplo del canónigo magistral Maese Rodrigo de Santaella, fundador del colegio de Santa María de Jesús (1505–1509) –germen de la Universidad de Sevilla–, quien se distinguió por sacar de los muros de la Catedral el legado de la cultura grecolatina para depositarlo en la sociedad. Este fecundo intercambio humano y cultural, que tienen a la actividad del río y la sabiduría de la Catedral como protagonistas, fueron los ejes motrices de la importante transformación que experimentó nuestra ciudad en el surgimiento de la Edad Moderna.

En las primeras décadas del siglo XVI, la Catedral recibió también el sobrenombre de Patriarcal, en razón de la dirección espiritual que ejercitó sobre las primeras diócesis de América (México, Santo Domingo y Lima), Gran Canarias y Filipinas, vislumbrándose así a la sevillana como un poderosísimo centro administrador de normas para la fundación y construcción tanto de templos, como de poblaciones, del Nuevo Mundo. Al menos, inicialmente, muchas de aquellas ciudades se hicieron a imagen y semejanza de la nuestra. Es el caso de Lima, conocida entonces como la pequeña Sevilla. Los Reyes Católicos, que encontraron en la evangelización del nuevo continente la legitimación de sus conquistas militares, con las que tamizar las abultadas ganancias económicas que supuso la explotación de nuevas demarcaciones territoriales, también depositaron en los dirigentes eclesiásticos más cualificados de la Catedral el control absoluto de las actividades mercantiles del comercio colonial. Lo mismo que congraciaron a Sevilla con que su puerto regentase el monopolio exclusivo de la Carrera de Indias, Sus Majestades don Fernando y doña Isabel encomendaron al entonces deán de la Catedral, don Juan Rodríguez de Fonseca, tanto la organización eclesiástica de las Indias como, sobre todo, la creación de la Casa de Contratación (1503). Fonseca, que está considerado el primer organizador de la política colonial castellana en las Indias, era miembro del consejo de los Reyes Católicos y fue un estrecho colaborador de Colón, con quien también discrepó muchísimo. Influyó el deán Fonseca para que la tesorería de Contratación la regentase otra persona del cabildo catedralicio, en este caso el canónigo Sancho Ortiz de Matienzo, y completó el tercero de los puestos más importantes de la Casa con la colocación del padre de otros dos canónigos, los hermanos Jerónimo y Pedro Pinelo. De esta guisa, quedó nombrado como factor de la Contratación el progenitor de los anteriores, don Francisco Pinelo, un riquísimo comerciante genovés afincado en Sevilla, que llegó a ser amigo personal de Cristóbal Colón. En el contexto humanístico de la época se entiende que su hijo Hernando Colón, erudito y bibliógrafo, colmase su biblioteca privada de manuscritos, impresos y una sugerente colección de estampas que hoy proporcionan tanta riqueza documental a la Biblioteca Colombina de la propia Catedral.

Dinero de medio mundo

En el siglo XVI, se dirigió la economía de medio mundo desde las Gradas, por no decir desde el seno de la misma Catedral. En los aledaños del templo se resolvieron y organizaron muchísimos de los viajes a América. El arzobispo de Sevilla quiso censurar la permisividad de los oficiales de la Casa de Contratación, controlada por algunos dirigentes destacados de la Catedral, que dejaban negociar libremente con el dinero en la ciudad. Fue entonces el rey don Fernando el Católico, quien aconsejó al prelado que permitiese el negocio de los préstamos (1509). Tan intensa fue la participación de la cúpula directiva catedralicia en los negocios coloniales que, además de anunciarse con gran algarabía la llegada de los barcos cuando se aproximaban por el río a Sevilla, llegaron a realizarse muchos de los tratos incluso en el interior del templo, tal como narra el historiador Rodrigo Caro.

Marinera y Americanista

Debido a las relaciones marítimas que el Guadalquivir atrajo a Sevilla, la Catedral tuvo ya desde la Edad Media un programa devocional, y todo un personal eclesiástico, capaz de albergar la atención religiosa y pastoral tanto de pilotos y marineros, como de toda la gente de la mar. Tras el descubrimiento de América, nuestra Catedral se convirtió en el principal templo americanista de este lado del Atlántico. Esta vocación americana es perceptible en numerosos elementos del conjunto monumental, enriquecido gracias también a las suculentas inversiones de capital indiano con las que se financiaron muchas de las obras. Traigamos el ejemplo del canónigo Matienzo, quien se encargó de solicitar ayuda a la Corona, cuando fue primer tesorero de la Casa de la Contratación, con el fin de costear los trabajos de reputados maestros canteros en el arreglo del cimborrio que se desplomó en 1511.

A lo largo de sus diversas etapas históricas, el río permaneció vinculado al mercadeo y mantuvo a Sevilla introducida en un considerable ajetreo comercial, como lo pone de manifiesto la presencia en ella de comerciantes nacionales (catalanes, burgaleses, vizcaínos…) y europeos (placentines –de Piacenza–, genoveses, milaneses, alemanes, flamencos, portugueses, franceses, ingleses…). Merced a ello, la Catedral alcanzó, durante la Edad Media, un notorio prestigio nacional e internacional dentro del concierto europeo aunque realmente fue a partir del Descubrimiento, cuando esta misma vía fluvial hizo mundialmente famosa a Sevilla y terminó por consagrar la universalización de esta Metropolitana y Patriarcal «Catedral del Guadalquivir».

Julio Mayo es historiador