Nuestro Archivo Municipal no conserva documentación histórica ninguna sobre el proceso de integración de ambas villas, consumado en 1836. Y no porque hubiesen quedado destruidos los legajos y expedientes por el incendio de 2013, sino por otras vicisitudes de diversa consideración que han impedido que los papeles siquiera llegasen a sobrevivir las primeras décadas de 1900. Esta circunstancia adversa nos llevó a tener que reconstruir este episodio tan importante de nuestra historia local, a través de otros archivos y centros documentales de ámbito provincial, regional y nacional.
En estos días que el Ayuntamiento impulsa la conmemoración del 180º aniversario de la unión, hemos tenido la fortuna de descubrir en el Archivo del Arzobispado de Sevilla una comunicación, fechada el 12 de junio de 1836, que remitió el alcalde don Juan García Vides al gobernador eclesiástico, suplicándole que dejasen ejercer como cura a su hermano don Miguel García en la parroquia del pueblo recién juntado. El oficio lleva estampado, en su parte superior, un precioso sello –primero que se conoce de la unión–, que luego dio origen al escudo municipal. El hallazgo ha venido a resolver muchas dudas sobre el origen del enlace poblacional. Certifica que el nombre que se le otorgó al municipio fue el de Los Palacios y Villafranca, después de que se hiciese desaparecer la referencia locativa «de la Marisma» de Villafranca. Pero una de las aportaciones más novedosas corresponde a la configuración de la escena central, ocupada por dos personas de distinta condición social que representan, por una parte, al administrador de la Casa de Arcos –estado señorial al que perteneció históricamente Los Palacios hasta la definitiva abolición de los señoríos en 1835–, y a un labrador de Villafranca de la Marisma. Estos aparecen curiosamente fundidos en un abrazo fraternal y no dándose la mano, como muestra el escudo actual. Queda patente así la gran victoria de aquellos hombres que consiguieron desterrar privilegios de siglos anteriores y plasmaron así el triunfo de la lucha social y política del momento. Subyace del icono un trasfondo ideológico que exalta la igualdad de los hombres. No solo ante Dios como había sido hasta entonces, sino también ante la ley y la vida misma.
La fusión de Villafranca de la Marisma con Los Palacios constituyó un hito en la distribución racional de la propiedad agrícola y organización del propio término municipal. Se impulsó un reparto equitativo de las tierras expropiadas por el gobierno a la Iglesia mediante la desamortización, y los terrenos de Propios del común se parcelaron para poder ser repartidos en lotes de tierras entre muchas familias, que pudieron comprarlas o alquilarlas. Los medianos propietarios terminarán convirtiéndose en el pilar fundamental de la sociedad local, naciendo así un nuevo movimiento obrero como alternativa al capitalismo.
Por tanto, este primer escudo es un espejo que proyecta la significación que la unión supuso en aquellos momentos del primer tercio del siglo XIX, en el que los pueblos sevillanos y españoles iniciaron su reorganización política, económica y sociocultural, al tiempo que comenzaron a establecer las bases para su desarrollo, después de que el ministro Javier de Burgos hubiese promulgado la división provincial de España en 1833.
Aquel histórico acuerdo de 1836, que encarna el logro de la lucha por la tierra y representa la pujanza de la actividad agroganadera, es a nuestro juicio el homenaje más hermoso que se le puede tributar a la memoria de aquellos y aquellas que han trabajado tanto, de sol a sol, porque son ellos verdaderamente quienes llevan escrita la historia de este pueblo en las palmas de sus manos encalladas y agrietadas, pero también rebosantes de humanidad.
Desde finales del siglo XVII hay una rica y numerosa literatura popular derivada del fenómeno de los rosarios públicos o de la aurora que, auspiciado por misioneros de la Orden de Predicadores y otras congregaciones, supone una extraordinaria manifestación de la religiosidad popular dominicana. Las coplas de la aurora constituyen un patrimonio cultural donde se mezcla la teología culta con la popular, la catequesis misional y la devoción ingenua de los fieles. La ponencia quiere establecer una clasificación de estas coplas y un análisis histórico-literario-teológico de las más representativas de toda la geografía nacional española.
Varias cartas, fechadas entre 1841 y 1845, de la serie documental de los Asuntos Despachados del Archivo arzobispal de Sevilla, arrojan una serie de claves muy sugerentes respecto a la propiedad de Nuestra Señora de Consolación, en las que se discute si la imagen correspondía a la institución eclesiástica, en medio de la disputa que mantuvieron los miembros de su hermandad con el clero parroquial de Santa María de la Mesa –histórica collación de la que depende–, a cuenta de la colecturía de misas y limosnas que se recaudaban en la festividad principal de la Virgen, cada 8 de septiembre. Se suscitaba así la eterna lucha encubierta entre el clero secular y, en este caso, la hermandad de la Virgen por controlar el culto de una imagen de gran devoción, que propicia una considerable fuente de ingreso económico.
Es el propio hermano mayor, don Joaquín Giráldez, quien se dirige entonces al ministro de la Gobernación para manifestar que, después de que los frailes Mínimos fuesen expulsados definitivamente del convento, y quedasen confiscados todos los bienes de la comunidad religiosa por el Estado, el templo de la patrona de Utrera había quedado prácticamente abandonado, como la mayor parte de todos los que se hallaban a las afueras de las poblaciones. Pese a que la hermandad se había hecho cargo de su mantenimiento y el culto a la Virgen, el devoto Giráldez se quejaba de que el clero local se había adjudicado la pertenencia de la imagen, después de la marcha de los monjes. Argumenta en su escrito el hermano mayor que la apropiación se había producido a causa de una circunstancia sobrevenida, provocada excepcionalmente por los dictámenes gubernamentales y que, por tanto, los derechos de propiedad de la misma habían pasado a manos del ordinario eclesiástico de modo accidental.
Devoción de arraigo popular
El caso es que la Virgen de Consolación, después de que los religiosos abandonasen el santuario en 1835, nunca llegó a trasladarse al templo parroquial de Santa María. No recogían las leyes desamortizadoras, en ningún caso, que las tallas pasasen a la parroquia en la que hubiese estado enclavado el convento. Y sí disponían, sin embargo, que se quedasen abiertos este tipo de templos, «necesarios para la comodidad y pasto espiritual», como el utrerano, en los que residía una devoción de arraigo popular.
En el mes de agosto de 1842, se erigió precisamente una nueva hermandad bajo el título de Consolación, para canalizar la enorme devoción que aún continuaba profesándosele a la imagen, pese a que el gobierno ilustrado de Carlos III hubiese ordenado suspenderla, después de que prohibiese la celebración de la romería y procesión, por ejercitarse en ellas prácticas irrespetuosas (1771). No se trató de una extinción de la hermandad por decrecimiento del culto, sino que esta fue forzosamente suspendida como consecuencia de una exagerada medida represora, impuesta desde la Corona, sin posibilidad ninguna de reanudar su actividad hasta que la autoridad civil le facilitó, en aquellos años centrales del siglo XIX, una cierta cobertura legal mediante la aprobación de sus nuevas reglas.
Pero el misterio radica quizá, en saber interpretar adecuadamente el principio de este riquísimo fenómeno devocional. Así narra el erudito utrerano Rodrigo Caro, en su libro sobre el Santuario de Nuestra Señora de Consolación, publicado en 1622, la llegada de la Virgen: «En el año 1507, una mujer vecina de Sevilla, tenía consigo esta venerable imagen. Después de una epidemia de peste determinó venirse a Utrera, donde tenía una hija viviendo que se decía Marina Ruiz». Años más tarde, al hacerse mayor esta utrerana llevó la talla «al emparedamiento del Antigua», de donde pasó al poco tiempo a la ermita de los monjes, establecida en el camino de los espiritistas, muy cerca del actual santuario.
Nos enseña la historia de Consolación que aquella imagen, ofrecida por una señora particular, se llevó después al extrarradio del pueblo, lejos del templo parroquial, donde creció su prestigio y fama como imagen milagrosa, sin que su origen guarde relación ninguna con Santa María, para cuya iglesia ni fue hecha ni donada. De hecho, cuando a finales del mes de marzo de 1561 se hicieron cargo de la ermita los frailes Mínimos, y se protocoló ante notario el inventario de los bienes, figura asentada en la relación que hemos consultado la imagen de Nuestra Señora de Consolación. Es cierto que los derechos de la colecturía los percibía la parroquia. Pero su clerecía, como mucho, limitó siempre sus funciones a vigilar el uso digno de una representación sagrada de la Virgen María, sin que nunca interfiriera sobre las donaciones que recibían los Mínimos ni en el adorno de la efigie, como lo pone de manifiesto el hecho de que el barquito de oro lo donase, a los propios monjes, Rodrigo de Salinas en 1579, y no a la parroquial. En el pasado, la Iglesia no mostró tampoco mucha preocupación sobre la cuestión jurídica de la propiedad de la imagen, pues su interés radicaba más bien en la administración de un bien espiritual, y no en el de una talla física.
Virgen de los gitanos
Por la ermita iban y venían personas de condiciones sociales y nacionalidades distintas (flamencos, portugueses, italianos…). Pero al margen de los participantes de la Carrera de Indias, que imploraban protección en sus travesías hacia América (marineros, pilotos, capitanes, comerciantes, frailes, etcétera) cuando marchaban hacia los puertos gaditanos, se convirtieron en grandes devotos suyos un buen número de peregrinos pobres y errantes que acudían en romería durante todo el año para suplicarle a la Virgen buenaventura. En sus orígenes, Consolación atrajo una población marginal perdida, en muchos casos, para la vida de la Iglesia, que terminó agrupándose en una pequeña aldea organizada en torno a la ermita. La enorme concurrencia de peregrinos y la animada actividad comercial de este escenario de trueque, hizo que allí se avecindaran varias familias gitanas. Nació así la feria. Es un hecho constatado la presencia de ganado en el interior de la ermita, en una de las ocasiones que fue abandonada antes de que llegasen los Mínimos. No deja de ser sintomático también que el rostro de la Virgen fuese inicialmente moreno y «muy oscurecido» hasta que, con los años, terminó aclarándose. Contaba en el siglo XVII el escritor sevillano Juan de Arguijo que Consolación obraba milagros a gitanos como don Diego Tello, un caballero de Sevilla hábil, en juegos de naipes, que había perdido la vista de un ojo refinando un poco de pólvora. Así se entiende ahora que algunas gitanas como María Hernández dispusiesen en su testamento, fechado en 1589, enterrarse dentro del santuario junto a la Virgen.
Y porque nadie como Ella ha sabido llenar de espiritualidad mariana, y ocupar los espacios del alma de esta tierra purísima, sus hijos lucharon desde muy antiguo por acogerse bajo la protección de su Madre y Reina. Casi una década antes de que concluyera aquel floreciente siglo XVI, el ayuntamiento la había nombrado ya patrona de la localidad, aunque no se conserva el acta de la proclamación. Conocemos la noticia por otros documentos del propio Archivo municipal y los testimonios escritos del mismo Rodrigo Caro. El pueblo la hizo suya a base de amor, porque en su intermediación encontró soluciones a tantos conflictos, adversidades y fatalidades, que acabó hermanando el bello título de la advocación con su identidad misma, que en definitiva es su propia pertenencia. Razón esta por la que, desde hace ya varios siglos, Consolación es patrimonio del pueblo de Utrera.
JULIO MAYO ES HISTORIADOR
Y AUTOR DE NUMEROSOS ESTUDIOS
SOBRE CONSOLACIÓN DE UTRERA
Publicado en ABC de Sevilla, viernes 5 de agosto de 2016, pág. 28.
Concerniente al patronazgo que la Santísima Virgen de las Nieves viene regentando históricamente sobre Los Palacios, había sido muy escueta la información que hasta el momento poseíamos, mínimamente aportada por varios expedientes de la segunda mitad del siglo XVIII, y otros tantos fechados en el transcurso del XIX. Conocíamos que una pequeña efigie gótica de talla era la representación escultórica de la primitiva imagen titular de la parroquia –pues la actual es de vestir–, dedicada precisamente al título de Santa María la Blanca, desde que se edificara el templo hacia 1440 por mandato del duque de Arcos, don Juan Ponce de León. Sin embargo, el descubrimiento del acuerdo adoptado por el Concejo municipal de Los Palacios, el 9 de febrero de 1653, en el que figura invocada como patrona –según expresa el acta– «la gloriosa Virgen, Santa María de las Nieves», documenta con rigor la alta distinción que los moradores de la población le habían otorgado ya, con anterioridad a aquel momento de tanta penuria de mediados del siglo XVII, en el que tantos estragos causó la pestilencia entre los habitantes. En razón de la protección milagrosa que la Virgen Blanca hubo de proporcionar al vecindario en momentos adversos, es muy posible que la corporación la hubiese proclamado patrona, incluso antes de que visitasen el pueblo los Reyes Católicos (1490), y hasta el mismísimo Cristóbal Colón, acogido como huésped por el cura y cronista, don Andrés Bernáldez en 1496, después de que el conquistador regresase de su segundo viaje a América.
Este interesantísimo manuscrito se conserva en el Archivo parroquial de San Juan Bautista de Marchena, cuyo municipio fue durante varios siglos cabeza del estado de Arcos y, en cuyo templo llegaron a solemnizarse importantes funciones religiosas, a las que acudían los representantes de cada uno de los lugares del señorío. Una de aquellas convocatorias colectivas tuvo lugar el domingo 26 de febrero de 1653, día en el que la casa de Arcos renovó su adhesión a la defensa de la pureza inmaculada de la Virgen María, por haber sido concebida sin mancha de pecado original. Al margen de los valores religiosos del documento que analizamos, queremos resaltar así mismo la significación política que representó aquel gesto de apoyo institucional, brindado por la casa de Arcos a la monarquía hispánica, que tanto se involucró en requerir al Papa la definición del dogma concepcionista, entre la gran oleada de votos que se suscribieron aquel mismo año de 1653 en numerosos pueblos de Andalucía, a raíz de la iniciativa promovida desde la Corte. A aquella misma fecha corresponde también, por ejemplo, la invocación inmaculista rogada por el pueblo de Almonte a la Virgen del Rocío.
El acta remitida por el Ayuntamiento de Los Palacios no puede confundirse con el nombramiento oficial del patronazgo, porque se trata de una petición implorada por la corporación municipal a la Virgen de las Nieves, así como a todos los santos del cielo, con el propósito de que ayudase a conservar vivo este misterio de la fe católica entre los pobladores del estado de Arcos. El entonces duque, don Rodrigo Ponce de León, solicitó a cada uno de los cabildos civiles que se oficiara simultáneamente en la iglesia principal de cada pueblo, con independencia de la celebración en Marchena, otro acto litúrgico de gran boato, en el que se invocara la virtud virginal de María. Según el testimonio que hemos descubierto, componían el Concejo, Justicia y Regimiento de Los Palacios, el corregidor don Juan Esteban Pachón, los alcaldes Nicolás Martín Moreno y Andrés López Gallardo, el Alguacil mayor Diego Lozano Cortés, y los regidores Hernando Moreno, Alonso Muñoz Parrales, Domingo Hurtado y Francisco Falcón, junto a otros tantos concejales más. Es muy llamativo que uno de los testigos comparecientes ante el escribano palaciego que autentificó el acuerdo, fuese el vecino de Villafranca de la Marisma, Francisco Begines. En aquellos años del Barroco aún no se había producido la unión de ambas localidades. No obstante, a nivel eclesiástico sí dependían conjuntamente del mismo templo parroquial, situado en la jurisdicción de la antigua villa de Los Palacios.
Hasta 1836, una vez que desaparecieron los señoríos, no se consumó la unidad política entre Villafranca y Los Palacios, que continuó conservando el reinado espiritual de Nuestra Señora de las Nieves. El gran esfuerzo de su vecindad por formar un solo pueblo –fundamentado en el hermanamiento y no en la independencia–, no se ha perdido, pues fue el acontecimiento más importante de toda la Historia local. Como tampoco quedó relegado al olvido el compromiso religioso y la perseverancia de aquellas mujeres y hombres que mantuvieron intacto el legado cultural recibido de sus antepasados, cuyo símbolo más logrado aún lo encarna hoy, cuando se conmemora el 180º aniversario de la unión (1836-2016), la resplandeciente blancura inmaculada de su Madre de las Nieves.
JULIO MAYO ES HISTORIADOR Y ARCHIVERO MUNICIPAL DE LOS PALACIOS Y VILLAFRANCA
Terminaron consiguiendo el perdón de Dios por el duende de su arte. Los gitanos tuvieron el ángel de encontrar su sitio entre los numerosos grupos de danzantes del Corpus Christi de la Sevilla imperial del siglo XVI, en la que llegaron a vivir músicos de alto nivel, debido al prestigio cultural que alcanzó nuestra urbe como capital económica de Europa. Pero no de inferior reconocimiento fueron los novedosos bailes de invención, considerados de mal hacer por romper con normas académicas, que tanto aplaudía la sociedad del Siglo de Oro español. La gran procesión eucarística de nuestro templo Metropolitano y Patriarcal, exhibía un pintoresco cortejo repleto de simbólicas representaciones religiosas y profanas, en el que figuraban estos artistas tan espontáneos danzando y tocando instrumentos sencillos, como el tamboril y las castañuelas. Basándonos en diversas referencias documentales, prácticamente inéditas hasta el momento, trataremos de explicar cómo consiguieron los gitanos integrarse en la sociedad sevillana mediante las celebraciones procesionales de la religión católica.
Hemos encontrado testimonio de los pagos realizados por el Ayuntamiento a los responsables de crear y ejecutar las danzas tributadas en honor al Santísimo, desde la segunda mitad del siglo XVI hasta buena parte del siglo XVIII, en la sección II (Contaduría) del Archivo Municipal de Sevilla. Entre el variado repertorio temático de las interpretadas se repitió, con bastante frecuencia, la llamada de «Las Gitanas». Referidas a sus bailes, la primera referencia localizada se remonta a 1564. Aquel año se encargó de dirigirla el sevillano, Lorenzo Salado. Un tal Pedro Guerra aparece como responsable de su organización en 1572, y el zapatero Juan Jiménez en 1574. El año 1580 consta haberse efectuado una liquidación al gitano Baltasar Maldonado. Luego, ya en la década de 1590, la iniciativa recayó sobre el sombrerero, Pedro de Santa María (1593), y Baltasar de Guzmán (1596 y 1597). A inicios del siglo XVII, en 1601, se responsabilizó de escenificarla Juan Calvo, y en años posteriores –conocida ya esta danza como la de «Los Gitanos y Las Gitanas»– sobresalió Hernando Mallén, a quien le correspondió ejecutarla entre 1613 y 1616. Así continuaron sucesivamente representándose durante casi dos siglos.
Con independencia de los maestros de estos grupos, los bailarines y bailarinas sí que eran zíngaros. En 1699, el director de danza, Juan Fernández de Velasco, comunicó al Ayuntamiento hispalense que la Inquisición había llevado a la Cárcel Real a cuatro de los gitanos que bailaban en el Corpus, y no tenía tiempo de poder localizar a otros, por lo que tuvo que presentar varios testigos para acreditar que los encarcelados eran castellanos viejos. El entonces Cardenal, don Jaime de Palafox, trató de separar a los gitanos del Corpus, quejándose de la indecencia que provocaban sus caras pintadas y enmascaradas. Se escandalizó el señor arzobispo de que las gitanas bailasen también en la celebración dentro de un lugar sagrado. No opinaban así el propio maestro de ceremonias de la Catedral, don Adrián de Elossu, ni los concejales municipales. Finalmente, una Real Cédula de 1699 redujo y reformó la celebración de las danzas. El rey dictó una provisión autorizando a que solo bailasen los hombres, sin que se mezclaran con las mujeres. Por tanto, en el siglo XVIII, las danzas del Corpus debían ser solo masculinas, aunque seguro que las féminas bailaron encubiertas otras muchas veces. Después de que Carlos III interpusiese tantos obstáculos legislativos, a finales del Setecientos, para desterrar los bailes populares en este tipo de celebraciones, ha sobrevivido únicamente el de los Seises. Algunos de sus movimientos y el repiqueteo de los palillos, ¿no son, quizá, reminiscencia de los primitivos bailes gitanos?.
Seises Algunos movimientos y el repiqueteo de los palillos, ¿no son reminiscencia quizá de los bailes gitanos?
Los gitanos constituían un grupo marginal perseguido por la justicia, tanto por su origen étnico como por la concepción religiosa tan peculiar que tenían del cristianismo. A mediados del siglo XVI, se habían asentado ya en Sevilla numerosos clanes, a los que la sociedad, genéricamente, despreciaba. Aunque muchas familias consiguieron avecindarse y encontraron trabajo para sus miembros, otras deambulaban errantes, haciendo tratos de ganado, mendigando, y dedicadas a las artes adivinatorias. Una ocupación que, en aquellos tiempos, resultaba algo inmoral. Lamentablemente, los hombres gitanos estaban catalogados como ladrones, y las mujeres como si muchas fueran de vida pública, por lo que, a los ojos de las autoridades religiosas y civiles, no eran muy fiables. Pero, a pesar de ello, obtuvieron cierta aprobación social. Así lo pone de manifiesto el hecho de que fueran requeridos y contratados para realizar estos rituales de alabanza al Augusto Sacramento, que tanto servían, también, de divertimento a todo el pueblo.
Eran considerados los «egipcianos» o «egitanos», reseñados así en los documentos examinados, como si fueran oriundos de Egipto y otros lugares remotos, donde no se rendía culto católico. Se visualiza la intervención gitana, en los desfiles del Corpus, como una acción de la Iglesia sevillana para hacer pública demostración de los logros evangelizadores conseguidos sobre otras razas y naciones –reconvertidas ya al cristianismo–, bajo un credo común dentro del proyecto estatal de llevar la fe hasta el confín de la Tierra. Además, se disponían danzas de indígenas de América y negros de Guinea, portugueses, franceses, italianos, etcétera. Incluso llegaron a escenificarse otras que encarnaban a países en los que el cristianismo mantenía una gran lucha por imponerse, como las coreografías dedicadas a los moriscos, turcos, húngaros, herejes ingleses, chinos y japoneses. La reunión de unas representaciones tan plurales colmaba los gustos de las autoridades y, sobre todo, de unos espectadores dispares que convivían en una ciudad enormemente cosmopolita.
En el Renacimiento, la Iglesia (religión, cultura y pueblo) sale en pleno de la Catedral a la calle para que Sevilla sea toda entera el mismo cuerpo de Cristo. De ahí, que muchas de las actividades culturales que desde la baja Edad Media se celebraban en su interior, pasasen a formar parte de un amplísimo cortejo integrado por ingeniosos carros, como la Tarasca, que representaba los vicios y pecados de la sociedad, junto a representaciones alegóricas de distintos personajes mitológicos (Hércules), históricos (Julio César), literarios (El Quijote) y bíblicos (Sansón y Dalila). Todo ello, sin que faltasen los espectáculos teatrales de las vidas de los Santos, Autos Sacramentales y de las Virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad), ni caracterizaciones de la grandeza política y religiosa de la ciudad, (Giralda, Catedral y Guadalquivir). Esta manifestación religiosa, de carácter renacentista terminó barroquizándose, en las últimas décadas del siglo XVI, y aumentó su teatralidad escénica en la calle, por la necesidad surgida después de Trento, de hacer ver a los protestantes en qué consiste la transustanciación (la conversión de las especies del pan y vino en el Cuerpo y Sangre del Señor). No se trataba únicamente de una festividad litúrgica, sino de la celebración de una auténtica feria, que transcurría durante los días de su octava. Se instalaban puestos de turrones en torno al itinerario, se organizaban juegos de cañas y de toros, y había permisividad para comer y beber, en claro contrapunto a la austeridad penitencial de la Semana Santa. Todas estas circunstancias favorecieron que esta fiesta fuera multitudinariamente seguida.
Durante varios siglos, el Corpus fue la solución a la integración de los gitanos en Sevilla. Aquí, la gitanería ha alcanzado un grado de convivencia superior al de otros lugares del país. La admiración que sentimos hacia ellos, ha contribuido a que se admitan muchas de sus costumbres, como buenas. Le debe la cultura sevillana importantes legados, como la influencia de muchas de sus formas festivas y estéticas (atuendo, convivencia, estética de la romería y la expresión musical a través del cante y baile flamenco). Con el tiempo, los gitanos han llegado a compartirlas con nosotros los sevillanos, sin que ellos nunca renunciasen a su propia personalidad. No olvidemos que la raza calé –inspiradora, por ejemplo, de que nuestras mujeres se vistan hoy de gitanas para acudir a las principales fiestas– le ha enseñado a Sevilla la alegría de vivir.
Las precipitaciones que tanto han dificultado en estos días el camino de las hermandades hacia el Rocío, denotan mucha parte de la razón de ser del título de esta advocación mariana tan original. En la mentalidad barroca, el agua bendita del cielo era un remedio divino que venía a aliviar las muchas necesidades que provocaban las sequías. En este sentido, resulta verdaderamente aclaratorio un acuerdo plenario del Ayuntamiento de Almonte, celebrado el 26 de noviembre de 1726, que dispuso dirigir los ruegos a su Protectora con la fe de que trajese el «Santo Rocío de sus Aguas». Parece evidente que Rocío, como título devocional, haga referencia por tanto al agua de lluvia. Tan preciada, y piadosamente solicitada, en una tierra como la nuestra, en la que dependemos tanto del fruto del campo, como de la providencia del cielo.
Bien es sabido, que la talla comenzó a venerarse en la Edad Media como Señora de las Roçinas, en alusión al paraje donde recibía culto, dedicado a la cría de yeguas y caballerías en general. De hecho, en los Libros de Subsidio y Escusado de la Catedral de Sevilla del siglo XVI, aparece reseñada la ermita bajo el título curioso de Nuestra Señora de las «Rocias», en posible alusión a rocinas o bestias rucias. Pero, ¿en qué momento se produjo la renovación de Roçinas por Rocío, y cuáles fueron las motivaciones? Para indagar sobre ello acudimos a las Reglas más antiguas de la hermandad Matriz, impresas en 1758. En su introducción relata que el título de la Virgen se mudó con el tiempo, aunque no llega a concretar la cronología exacta ni explica el contexto del cambio. Lo que sí hace referencia es al motivo que provocó la sustitución, argumentado que se produjo «no sin mystica alusion». El empleo de la palabra mística está ligado aquí al carácter milagroso y sobrenatural que siempre ha poseído la imagen por intervenir en favor de su pueblo. Así se explica, que en otro fragmento del preámbulo de las mismas Reglas, se implore a la titular como «Rocío del cielo», elogiándola además con la ostentación de «la abundancia de la tierra». Por ello, la efigie marismeña se presentaba ante los ojos de sus devotos como una eficaz intercesora que otorgaba parabienes en beneficio de los campos, ganados, y todo el vecindario. Esta forma de manifestación de la Virgen acabó reforzando su carácter de imagen peregrina e itinerante, sometida a frecuentes traslados verificados desde su Santuario a Almonte, cada vez que lo demandaban sus hijos. La mayoría de las idas y venidas estuvieron motivadas por causas ambientales, especialmente en situaciones de calamidades agro ganaderas.
Tantas veces trajo el agua y quitó el hambre, que el Ayuntamiento de Almonte terminó nombrándola oficialmente como Patrona, el 25 de abril de 1653, sesión capitular en la que también se acordó vincular su devoción a la defensa del voto Concepcionista de la Virgen María. Lo especificaba así la propia Acta municipal, que en la actualidad se halla en paradero desconocido y cuya transcripción conocemos gracias al historiador rociero Juan Infante Galán. Ya, a partir de aquellos años centrales del siglo XVII, en los que imperaba tanta efervescencia mariana, comenzarán a aparecer las primeras menciones al título de Rocío como advocación de la Virgen. No podemos descartar el posible influjo portugués en la adopción del nuevo título, debido a la cercanía del amplio término de Almonte con las tierras de Portugal. En siglos pasados, el vocablo rocío es posible que les hubiese resultado familiar a muchos almonteños, pues en el país vecino está presente en todas las ciudades y municipios desde fechas muy remotas. Allí, designa el enclave de las ferias de ganados por la existencia en tales espacios de abrevaderos y fuentes de agua para las bestias. Sírvanos como principal exponente el caso de su capital Lisboa, donde es conocida la «Praça do Rossio».
Aunque el diccionario dice que rocío son gotas agua, el significado de la advocación ha venido identificándose en el mundo rociero con el pasaje evangélico de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, suponiéndose que el motivo de la mudanza de Roçinas a Rocío se habría producido cuando la festividad de la Virgen, pasó a celebrarse en Pentecostés. Esta teoría carece de fundamento después de que hayamos descubierto, además, que la Virgen comenzó a llamarse Rocío cuando todavía su fiesta se celebraba en septiembre, casi dos décadas antes de que se adelantase a Pentecostés (1670). El verdadero tirón del Rocío es la Virgen porque tiene un poder tan milagroso que es capaz de reunir a tantísimos pueblos y ciudades del mundo, en torno a un nombre que no hizo falta buscarlo en ningún devocionario litúrgico. Almonte lo encontró en el inmenso cielo de su marisma.
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