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En estos días de confinamiento en casa la lectura es uno de los mejores recursos para pasar el tiempo, desconectar y disfrutar de lo que nos llena y reconforta.

ASCIL te ofrece la oportunidad de acercarte a la historia y el patrimonio de la provincia a través de las Actas de las Jornadas que cada año organiza.

En su web www.ascil.es las tienes y puedes descargartelas.

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ESCRIBANÍA DE GUERRA: LOS LITIGIOS DEL MUNDO MILITAR SEVILLANO

El Archivo Histórico Provincial de Sevilla ha puesto a disposición de los estudiosos sus fondos de la Escribanía de Guerra, unos tribunales que entendían de todas las causas penales y civiles en las que estuviese implicado un militar. Esta jurisdicción especial se implantó a comienzos del siglo XVIII y fue  suprimida en 1875. La consulta de los fondos desvela interesantes aspectos sobre los negocios que se celebraban en Sevilla en los siglos XVIII y XIX, la muerte de soldados en Ultramar o las epidemias que sufrió la ciudad.

Al igual que la Escribanía de Marina, estos 400 legajos permanecieron en el Archivo de Protocolos de Sevilla sin realizar ninguna actuación sobre ellos hasta que llegaron al Archivo Histórico Provincial en julio de 1990.

Alfareros, circos ecuestres y otros oficios

Lo primero que sorprende son los oficios que existían en Sevilla: De 1759 data un pleito en el que el “capataz de las bestias que sirven en las obras de la nueva fábrica de tabacos” reclama a Fernando Gutiérrez, soldado agregado al cuerpo de inválidos y encargado de la “guardería de los borricos”, por el valor de dos animales que faltaron.

Amparo Alonso trabaja sobre un antiguo legajo en su despacho

La Escribanía de Guerra conserva un legajo de 1738 en el que Pablo Guerrero, capitán del regimiento de infantería de León y comisionado para la compra de género para uniformes, demanda a un tal Felipe de la Barrera, vecino de Sevilla, por “incumplimiento de un contrato para fabricar galones de plata para 80 chupas y sombreros”. Y de 1859 data una reclamación de un sastre vecino de Sevilla contra Angelo Baldini, actor de la compañía del Circo Ecuestre, para el cobro de una deuda.

Tal vez consecuencia de la Guerra de la Independencia sea la demanda en 1814 de un sargento retirado llamado Francisco Puyol “para que se le reconozca como dueño de la fonda de su padre y se expulse de la misma al cocinero francés André Colinet”.

Ya entonces los alfareros debían ser un sector potente: En 1827 Juan Espinosa, “fabricante de loza en el barrio de Triana”, pleiteó contra un cirujano del ejército para cobrar varias partidas de loza y en 1855 se abrió el concurso de acreedores de José Camilo de Angelo, propietario de una “fábrica de azulejos y losetas” en la calle Alfarería.

Jorge Cisneros, dueño de una fábrica de loza en la calle Tintes, entabló un pleito en 1814 contra un farmacéutico del hospital militar que le había dejado a deber “200 botes blancos para su botica”.

En 1777 se registró la demanda de dos súbditos franceses contra Diego de San Román, vecino de Sevilla, por la disolución y liquidación de cuentas de la empresa que entre los tres habían formado para fabricar cola, y fue en 1794 cuando Enrique Francisco de Araujo, administrador de la fábrica de suelas denominada Los Portugueses, reclamó contra un sargento que le debía 32 cueros curtidos.

El presbítero administrador de la casa hospicio de los Niños Toribios reclamó en 1823 al teniente Manuel Rosendo los réditos de un reñidero de gallos y de 1818 data la demanda de María Reales contra un “sargento retirado y maestro cerrajero con fragua en la calle Feria” para el cobro de una obra que le hizo su difunto marido.

Resulta curiosa la cantidad de reclamaciones del mundo del espectáculo: en 1850 Santiago Morera y Antonio Aguilar exigieron la “devolución de algunas prendas y objetos de ópera que arrendaron para su uso en el teatro de Córdoba”, en 1852 el esposo de Rachele de Bernardi, primadonna contralto del teatro San Fernando, reclamó a la empresa lírica el sueldo que le debía y en 1864 Luis Monnier, Carlos Ladof, Eugenio Perrin y otros artistas circenses pleitearon para el pago de unos reales pendientes.

Inquilinos peligrosos

El incivismo no parece exclusivo de nuestros días: ya en 1834 María del Carmen Linares, vecina de Sevilla, denunció al inquilino de una casa de su propiedad, que para más señas era maestro herrador del cuerpo de artillería, para que “quite la fragua que tiene en su habitación y la caballería de la puerta, por el riesgo que supone para todo el vecindario”.

En el año 1730, Juan Solano, maestro fundidor de la Real Fundición de Artillería, se querelló contra un vecino para que “no le inquiete en el goce y posesión de una haza de tierra en la Vega de Triana”.

En 1833 se abrieron unas diligencias a instancias de Josefa de la Cruz Rivero contra Antonio María Tellechea, vice cónsul francés, para que el diplomático “saque las gallinas del huerto” de la señora.

De 1818 data el litigio de José de Cubas, propietario de una casa en la calle Ancha de San Martín, para que un  sargento de la compañía de inválidos “deje libres las habitaciones de dicha casa”.

La compraventa de esclavos y los fallecidos en Ultramar

La esclavitud se abolió en España en 1880 y hasta entonces los esclavos estuvieron conceptuados como mercancía. La Escribanía de Guerra conserva una demanda de 1729 de Josefa Bazán, esposa de “Pedro Balbuena, ausente en Indias”, contra Francisco de Garay “para que le devuelva una esclava que le pertenece”.

En 1818 fue un ciudadano de Marruecos quien demandó a un compatriota para que le pagase 2.000 reales que le prestó o “a cambio le deje vender su esclavo negro”.

En el capítulo de herencias y testamentos, existen muchos procedimientos por militares fallecidos abintestato en Filipinas, en América, en Puerto Rico o durante el trayecto hacia puertos españoles en fragatas como la Hispano Filipina, Colón, Santa Justa Católica, Isabel II, Bella Gallega o Ninfa.

Un procedimiento de 1816 intentaba aclarar la herencia de un teniente coronel llamado Francisco Machado, “muerto en combate contra los corsarios” en la fragata mercante Juan Bautista.

Existen legajos realmente exóticos como el inventario de bienes (1756) de “Vicente Carballo, gobernador de las provincias de Metepec y Sinacantepec”.

Hijos naturales, matrimoniales y adulterinos

Se conservan muchos expedientes para el reconocimiento de hijos, cumplimiento de promesas de matrimonio y para el pago de dotes, alimentos y “legítimas”: En 1833 María de la Salud Ruiz, vecina de Sevilla, demandó a un sargento del regimiento de Saboya para que reconociese a su hija y en 1842 José y Josefa Filet pidieron ser reconocidos como hijos de un sargento de infantería de Hivernia (Irlanda) muerto en campaña.

En 1841 fue Prudencia Martínez quien demandó a Juan Gómez Verdugo, obrero de artillería, para “el reconocimiento de sus hijos naturales y otros matrimoniales”.

También hubo reclamaciones en sentido contrario: en 1858 Juan Eloy de Góngora, comandante de infantería, la presentó contra su esposa Rosalía Rodríguez para que “se declaren adulterinos ciertos hijos de esta y que se les borre el apellido de Góngora”.

Manuela Bernad,  abadesa del convento de Nuestra Señora del Socorro de Sevilla, reclamó en 1835 a su hermano,  el brigadier Ramón Bernad, una pensión de alimentos.

La Escribanía de Guerra conserva una petición de 1826 de José Antonio Forte para que su mujer María del Carmen Fernández sea ingresada en la Casa de los Inocentes de Sevilla “por estar demente”.

Resulta ilustrativo como se designaba a las mujeres: en 1715 María de Mendoza, “de estado doncella”, reclamó la posesión de unos pinares en la villa de Hinojos y en 1784 Bernarda De Pro, “religiosa profesa de velo negro de Nuestra Señora de la Candelaria”, y María Dolores Rosalía, “de estado honesto”, actuaron contra la testamentaria de Angel de Murga para el cobro de una cantidad.

No faltaba la preocupación por el maltrato infantil: en 1818 Pedro Benito Fernández, tutor de un menor llamado Francisco Valladares, denunció a un sargento primero de milicias “por los malos tratos infligidos al menor, manipulación de bienes y castigarlo ingresándolo en la Casa de los Toribio, el hospicio para niños de la calle.

LA CRISIS DE 1708-1709 EN SEVILLA A LA LUZ DE LA NUEVA DOCUMENTACIÓN

(I). Noticias manuscritas y estampas de protección y (II). Las certificaciones parroquiales. En Congreso Internacional Andalucía Barroca. II. Historia demográfica, Económica y Social. Actas, Consejería de Cultura – Junta de Andalucía, 2009, pp. 259-268 y pp. 269-277.

En el invierno de 1708 Europa occidental padeció una grave epidemia de gripe que fue seguida en muchas regiones por sucesivos brotes de tifus. Los contemporáneos no lograron ponerse de acuerdo sobre el origen y causas de este mortífero catarro que afectó también a las tierras de las colonias americanas con enorme violencia.

Aún hoy se discute la etimología de la fiebre maligna, así como el alcance y duración de su impacto, si bien los datos disponibles apuntan a un ciclo trienal (1708-1710) y un escenario atlántico. (…)

Andalucía había contribuido con hombres y caudales a sostener la causa borbónica desde el principio de la contienda y este desgaste mermó, sin duda, la capacidad de reacción frente a la adversidad natural, azote imprevisto que sobrevino en noviembre de 1708. Por si fuera poco, las razzias portuguesas fustigaron la frontera onubense en varias ocasiones entre 1706 y 1710, siendo el ataque de julio de 1708 uno de los más devastadores y persistentes.

En semejantes circunstancias, hubiera bastado el infausto golpe de una cosecha exigua para derribar, como un castillo de naipes, las frágiles energías que aún se mantenían en pie. Pero el destino deparaba algo peor: la sucesión ininterrumpida de fuertes huracanes, lluvias torrenciales y heladas persistentes, entre octubre de 1708 y febrero de 1709, que fueron seguidas por una devastadora plaga de langosta que acabó con lo poco que había sobrevivido de la cosecha, antes de que el tifus exantemático, conocido como tabardillo, se cebara con una población que se moría de hambre por las calles.

Corría el mes de abril de 1709. Las noticias que tenemos de la situación en el reino de Sevilla, ámbito preferente de este estudio, coinciden en lo sustancial. El invierno de 1708 se distinguió por los incesantes temporales. Y la primavera no fue más caritativa, pues dio un parto de hambre, muerte y desolación para los andaluces. (…)

Crisis 1708-1709. Sevilla

Jaime García Bernal y Francisco Javier Gutiérrez Núñez

 

HISTORIA DE LOS ESTRAGOS DE PESTILENCIAS Y CONTAGIOS EN LA CIUDAD MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO, EN EL SIGLO DE ORO

Desde la reconquista de Sevilla por el rey Fernando III, nuestra ciudad se convirtió en una plaza mercantil muy transitada, gracias al Guadalquivir. En la Edad Media comenzó a extenderse la peste negra principalmente por ciudades comerciales de Europa, consiguiendo matar a un porcentaje considerable de la población. Pero conforme pasaron los siglos, estas plagas fueron haciéndose más mortíferas. En 1649, cuando Sevilla era prácticamente la capital económica del mundo, estaba superpoblada y era un denso hormiguero de contactos humanos, la peste redujo el censo casi a la mitad (de 110.000 bajó a 70.000 habitantes), después de que los contagios se propagasen a una velocidad vertiginosa.

Fue una catástrofe humana mucho mayor que cualquier guerra. Era una enfermedad incurable y espantosa, con dolencias realmente horribles, que traía de inmediato la muerte. Quedaron desiertas las calles, sus tiendas y las casas de los muertos abandonadas, en las que robaban los ladrones.

Los grandes perdedores de la epidemia fueron los pobres. Tan horrendo drama era asumido como castigo divino: la «guerra de Dios Todopoderoso». Muchos siglos después, en 1894, un científico descubrió que el mortífero contagio provenía de las ratas negras, cuyas pulgas se volvían hambrientas cuando moría el roedor y saltaban a los humanos. Pero en la década de 1980, vino a rebatir la tesis un historiador que situó el origen epidémico en otro flanco muy distinto.

Sevilla apestada

Los documentos que se conservan de la época no hacen referencia, en ningún caso, a apariciones masivas de ratas muertas, por lo que la transmisión de la bacteria que había causado la muerte a tantas personas tuvo que producirse, principalmente, mediante la interacción de las personas.

En el caso de Sevilla, hemos reunido una documentación de archivo importante, correspondiente a brotes de plagas registrados durante las últimas décadas del siglo XVI, y muy especialmente en 1649.

También nos ha resultado de mucha ayuda la amplia labor de consulta bibliográfica efectuada por el historiador sevillano, Pedro Álvarez, documentalista de la serie «La Peste».

Escrutadas estas fuentes, podemos extraer, en consecuencia, que la enfermedad se ensañaba mayormente con la población más indefensa (como niños, mujeres o esclavos), y la más expuesta a contagios. Es decir, todo el personal sanitario (médicos, barberos, cirujanos, boticarios y sirvientes enfermeros), además de los clérigos. Los más pudientes huían de la ciudad y acampaban en residencias rurales, que eran para ellos refugios seguros. Pero la mayoría de la gente no tenía donde acudir.

Los únicos que permanecieron dentro eran los más desgraciados. Dentro de las murallas se quedaron abandonados muchos niños infectados, que llorando y desquiciados gritaban: «¡padre!, ¿por qué me abandonas?» Aquella gran peste sobrevino en las primeras semanas del mes de mayo de 1649. De inmediato, el Ayuntamiento hispalense creó una Junta de la Salud, que ordenó medidas preventivas y fórmulas de protección conocidas ya de siglos anteriores.

Curiosamente, muchas de las adoptadas ahora para frenar el coronavirus, son prácticamente las mismas de entonces. Resultaba crucial asilar a los portadores de la enfermedad

Medidas sanitarias

Esto es la cuarentena. Entre las medidas higiénicas ordenadas, a nivel colectivo, pueden resumirse en guardar y custodiar las puertas de la ciudad, que eran fortificadas con maderas, vigilancia de las afueras, limpieza general de las calles, plantas aromáticas para purificar el aire, pulverización de las casas, prohibición de comercializar mercancías, celebración de reuniones entre los médicos, agrupamiento de los contagiados en hospitales, sepultura a los muertos, quema de ropas, prohibición de aglomeraciones y cierre de locales públicos (comedias, teatros, escuelas), clausura de las casas de apestados.

Mientras que las seguidas de modo individual pueden sintetizarse en la huida o aislamiento, llevar un régimen de vida específico durante la crisis, adoptar una dieta alimenticia especial; restringir las relaciones sexuales, medicarse en caso de adquirir el contagio, portar amuletos y adquirir el particular certificado de salud.

No en vano, muchas de ellas se incumplían. Era el caso de las piadosas procesiones de rogativas que se organizaban de noche, espontáneamente, con el consiguiente enfado de los funcionarios.

Fueras de las murallas, se dispusieron varios lazaretos, como el hospital de la Sangre en la Macarena, hoy sede del Parlamento de Andalucía, o el de San Lázaro, acondicionado exclusivamente para acoger a mujeres contagiadas de la plaga.

En el de la Sangre ingresaron más de 25.000 enfermos, de los que fallecieron la gran mayoría. Muchos murieron en la puerta, en cuyas explanadas se dispuso un amplio hospital de campaña, tal como recrea la pintura que se conserva en el Pozo Santo.

Se autorizó la transformación de algunos corralones y otros grandes espacios para acoger «morberías», aisladas del resto de la población. En determinados enclaves se establecieron cordones sanitarios, quedando completamente apartados del resto.

El primero se organizó en Triana, junto al río, como arrabal por donde penetró el contagio desde los barcos mercantes. A aquellos lugares marginales, los diputados llevaban hombres, mujeres y niños ya sin remedio humano. En el frente del monasterio de la Cartuja murieron miles y miles de pestilentes. En la otra orilla del Guadalquivir, se cercaron lugares en los barrios de la Carretería, los Humeros y el Baratillo. No se podía circular libremente.

El núcleo urbano estaba acordonado por guardas, e incluso para entrar dentro tenía que hacerse por dos o tres puertas habilitadas al efecto. No paraban de enterrar cadáveres apestados. Se abrieron numerosos carneros, a modo de amplias fosas comunes, donde la mayoría de los cadáveres eran hacinados y enterrados, prácticamente a flor de suelo.

Sin funeral, misa, ni atención espiritual. Por las calles, deambulaban perros con pedazos de restos humanos en la boca. Muchos hombres masticaban tabaco con tal de disuadir el olor y el sabor amargo de la muerte.

En el centro urbano se dispusieron para fosas comunes el «corral de los Naranjos» de la catedral y el patio del Salvador, a los que había que sumar los otros 18 carneros excavados en los exteriores del hospital macareno. Pero fueron insuficientes.

Los diputados sanitarios mandaron hacer otros cementerios en el extrarradio, como los de la Huerta del Rey en San Bernardo, el Alto de Colón o de los Humeros, junto a la Puerta Real, Almensilla, Barqueta, cerca de San Sebastián (el Porvenir y Tablada), amén de los de las puertas de Osario, Triana y Macarena. Para enterrar los muertos, e incluso cuidar a los infectados, se protegían con tela gruesa de esterlín. Los médicos empleaban máscaras con picos de ave, como las que han pervivido en el carnaval de Venecia (en emulación de las actuales mascarillas), y así salían a recogerlos.

Quedaron prácticamente deshabitados en el amplio barrio macareno las collaciones de San Gil, Santa Lucía y Santa Marina, por cuyas calles apenas quedaron vecinos. Aquella purga desbocada de mediados del seiscientos no tuvo compasión. Pasó por aquí sembrando un miedo colectivo aterrador y llevándose, mayormente, decenas de millares de mujeres y niños. Y fue así, como quedó debilitado lo más tierno del alma humana de una de las primeras capitales del mundo: Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-coronavirus-historia-exterminio-sevilla-ciudad-mas-importante-mundo-siglo-202003290819_noticia.html

ROGATIVAS EN MORÓN A NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO EN EL SIGLO XVII

Según recoge Francisco Collantes de Terán y Caamaño en su Historia de Morón de la Frontera (escrita a fines del XIX y publicada en 1990), nos describe qué según Balbuena, la villa en 1670 contaba sobre tres mil vecinos, entre ellos quince de títulos de Castilla. Fue tal el refinamiento de los caballeros que ninguno tomaba esposa en el pueblo, sino que las habían de traer de fuera, y esto con tanto luego y ostentación que sus caudales no podían soportar los gastos que se le originaban, habiendo llegado a tal extremo esta manía, que ya en los últimos tiempos, no las iban a buscar, sino que las hacían traer a sus casas, en lo cual consistían el gran puesto de su caballería.

Estas calamidades, conllevó en ese mismo año, por falta de cosecha, las autoridades se vieron precisadas a poner una horca en la Plaza de la Carrera, para contener los desórdenes de la gente pobre que salían a robar el pan y los ganados de todas clases, pues llegó a valer la hogaza de pan cuatro reales siguiendo en aumento al precio del trigo. En el año 1679, se presentó una buena cosecha, pero una lluvia que cayó a mediados de junio, seguida de un sol abrasador hizo que se perdiera todo, quedando los trigos negros prolongándose la falta de pan al año siguiente, en el cual los pobres atropellaban las casas buscando de comer y para contenerlos, así como para remediar tan extrema necesidad, acordaron las autoridades nombrar diputaciones que pidiesen por todas partes dinero, trigo, frutos y efectos, y en un depósito que se estableció en la calle del Recaudador, se empezó a distribuir socorros el día 17 de mayo habiendo acudido en este día 1899 vecinos.

Ya en el año 1680, ante la necesidad y sin llover, comienzan las rogativas a la Iglesia, realizándose una novena a Nuestra Señora del Rosario, que se concluyó el 24 de marzo, y no cayó ni una gota de agua. Entonces el Señor Vicario “…Mañana es día de la Encarnación del Hijo de Dios prevénganse todos confesados y comulgando, ayunen a pan y agua, y a la tarde haremos una procesión, iremos por Nuestro Padre Jesús Nazareno y lo traeremos a la Parroquia, mediante estas diligencias usará Dios de su misericordia…”

Llegó la tarde deseada, el Sr. Vicario al clero, se encerraron en la Sacristía, se descalzaron todos de pies y manos, pusieron sogas al cuello y con sólo la sotana tomó cada uno su cruz sobre sus hombros y empezó a salir la procesión con gentío, todos vestidos de negro, los vecinos los vieron de esta manera que empezaron a dar gritos, retirándose para no ver a su sacerdote en aquella disposición. Siguió la procesión por la calle del Pósito para llegar a la Fuensanta, entonces cuatro sacerdotes que iban sin cruces tomaron a Jesús y lo sacaron de la ermita.

Caminó la procesión hasta la Plaza del Cabildo, en onde esperaba la Virgen del Rosario: “Señora, ahí tenéis a vuestro Santísimo Hijo, suplicadle que nos envíe el agua”, y al momento comenzó a nublarse el cielo y a caer algunas gotas; llegaron a la Parroquia y enseguida subió al pulpito un sacerdote religioso de San Francisco, que predicó un elocuente sermón, y cuando concluyó no se podía salir de la Iglesia, por lo mucho que llovía. Continuó después lloviendo por espacio de trece días, hubo absolución general y se cantó, el “Te Deum”.

Imagen de la bendición del actual titular en el año 1940, procedente de la colección local de la sección de fotografías de la B.P.M. Morón de la Frontera.

Manuel Jesús García Amador