Es de todos conocido que Sevilla representa un destino turístico de primer orden, ocupando uno de los primeros lugares a nivel nacional tanto en número de viajeros como en plazas hoteleras ofertadas.

A fines del siglo XIX, el espacio turístico de la ciudad y su red de alojamientos se limitaban al conjunto histórico y sus proximidades. Por entonces había en Sevilla un cierto desarrollo en la hostelería, con “35 mesones, 9 fondas sin hospedaje, 4 fondas que dan posada y de comer y 56 casas de pupilos (casas de huéspedes)”(1). Ya se contaba con la fonda de Madrid, la más antigua y prestigiosa con 200 habitaciones y salas de baños; así como con la fonda de Londres (1857) -posteriormente llamada Hotel Inglaterra-, el más antiguo de la ciudad, construido sobre el solar del antiguo convento de San Francisco ubicado en la antigua Plaza de San Fernando (actual Plaza Nueva).

A principios del siglo XX, junto a éstos “hoteles” (se denominan así a partir de entonces) irán apareciendo otros, como el hotel Cecil, Oriente o el Simón (1910). Este auge hotelero fue propiciado por una mayor afluencia tanto de visitantes foráneos, como de la burguesía sevillana que durante el verano tenía costumbre de alojarse un tiempo en hoteles de la misma ciudad para disfrutar de sus instalaciones y comodidades. No obstante, habrá que esperar hasta la Exposición Ibero-Americana de 1929, que este año cumplirá 90 años, para que la ciudad experimente una ampliación del espacio turístico y una renovación de la oferta hotelera sin precedentes.

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