0988Si los protestantes niegan la presencia de Cristo en la Eucaristía ¡saquemos la custodia a la calle!, dicen los católicos, y toda España se erizó de torres procesionales para exaltar a Dios sacramentado. Son microarquitecturas de plata que, los Jueves del Corpus, fulgurantes de reflejos y empujadas por el fervor popular, recorren entre repiques de campanas y nubes de incienso un itinerario alfombrado de juncia, alhucema y romero, presidiendo la procesión cívico-religiosa más popular del año litúrgico. El Archivo Histórico Provincial de Sevilla conserva el contrato y las cartas de pago de la última gran custodia del renacimiento que faltaba por documentar: la isleña de la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria.

Fue encargada el 21 de marzo de 1611 por su cabildo eclesiástico al platero Juan de Alfaro y Cuesta, estrenándose el 18 de junio de 1615 en la estación eucarística que transitó las calles del barrio de Vegueta. Recién cumplido el Cuarto Centenario de su inauguración parece oportuno hacer este homenaje documental a quienes la promovieron: los canónigos, sus agentes de negocios en Sevilla, y el veinteañero y malogrado artífice que la labró.

Desde su fundación el cabildo de la Catedral de Canarias se declaró sufragáneo del hispalense, por eso no resulta extraño que, cuando los canónigos isleños son convocados para tratar “si conviene hacer una custodia para la procesión del Corpus Christi”, acuerden fabricarla en Sevilla. Acto seguido, confiaron la gestión de la obra a sus apoderados en la capital andaluza, el ministril Gerónimo de Medina y el inquisidor Pedro del Camino, y aceptaron sin discrepar la autoría del joven Alfaro y Cuesta.

¿Quién es este platero? El epígono de una lustrosa dinastía de orfebres que, procedente de Valladolid, se estableció en Córdoba, Sevilla y Toledo, labrando obras memorables para el arte español. Los libros parroquiales descubren que fue bautizado el 7 de marzo de 1588 en la iglesia de San Ildefonso, de Sevilla, y que recibió sepultura en la capilla sacramental del Sagrario metropolitano el 22 de julio de 1615, sin conocer el éxito que acababa de cosechar “su” custodia entre la sociedad canaria. Los protocolos añaden un corto catálogo artístico, caracterizado por el continuo aumento de su cotización, pues pasa de tener un caché de 1’75 ducados por marco de plata trabajado a cobrar 6. El precio de la custodia canariense se cerró en la última tarifa y ascendió a 29.663 reales, según revela otro documento singular del Archivo: la escritura del pesaje, entrega y finiquito de la obra. Por éste acta notarial y las cartas de pago precedentes sabemos que fue recibiendo el dinero en metálico, conforme iban llegando las letras de cambio desde Canarias.

Cuatro siglos después el templete eucarístico, aunque privado del relicario interior de Alfaro y Cuesta, sigue siendo un bello ejemplo del romanismo sevillano, al compendiar en su arquitectura las proporciones clásicas de los tratados, exhibir un estilo monumental en la escultura y optar por el grutesco cristianizado en la ornamentación.

Ah! Una precisión final, para la que le ofrezco un minúsculo diccionario artístico. Lo que en la península se llama “custodia procesional de asiento”, en las Islas Canarias recibe el nombre de “andas del Corpus”.

MÁS INFORMACIÓN

A %d blogueros les gusta esto: