Es mucho más antigua la devoción trianera a la Virgen de la Esperanza –con culto documentado en la parroquia de Santa Ana, en las primeras décadas del siglo XVI– que la que comenzó a profesársele en el barrio de la Macarena, a finales de la misma centuria dentro del convento de San Basilio. No en vano, aquel monasterio no se fundó hasta que promovió el establecimiento de esta orden religiosa un cofrade de la Esperanza de Triana, en 1593. Se trata del rico comerciante asentado en nuestra ciudad, que era de origen greco–chipriota y solía operar por la orilla trianera, llamado Nicolás Triarchi. Movido por la devoción a su paisano San Basilio, cedió una casa que poseía en la collación de Ómnium Sanctórum, donde los frailes construyeron el colegio de la orden. ¿Puede decirse, entonces, que el bienhechor se llevó la devoción de la Esperanza desde Triana a aquel otro lado de Sevilla?.

Fray Hernando de la Cruz accedió a que pudiera fundarse, en el colegio de San Basilio Magno, la Cofradía de Nuestra Señora de la Esperança y hermandad de penitencia, a finales de noviembre de 1595, fecha oficial de la aprobación canónica de la corporación macarena. Sin embargo, en la parroquia de Santa Ana del barrio de Triana venía rindiéndosele culto a la Esperanza, desde finales del siglo XV, en un altar sobre el que instituyó una capellanía el sacerdote don Gonzalo de Herrera hacia 1520. Se data en 1565 la cláusula testamentaria de Juan de Vidal, avecindado en Triana, que ordenó acompañar su entierro «de la dicha cofradía de Nuestra Señora de’Esperança, que hace su ayuntamiento en la dicha iglesia del Espíritu Santo». De hecho, en el sínodo convocado por el cardenal Niño de Guevara, en 1604, se ordenaron las cofradías por antigüedad para que hiciesen estación a la Catedral y se cita a la Esperanza de Triana en séptimo lugar, detrás de El Valle (El Silencio, La Hiniesta, Los Negritos, Vera Cruz, Gran Poder, El Valle y Esperanza de Triana). La de la Macarena ni consta. En la actualidad se considera a la hermandad de la Macarena, sin embargo, más remota que la de Triana. El equívoco pudo haberse inducido al verificarse la reunión la de Tres Caídas, en los primeros compases del siglo XVII.

Mirando al puerto camaronero estaba la capillita de la casa-hospital de los religiosos del Espíritu Santo, ya desaparecida, cuyo postigo daba a la calle Pureza. Allí residía ya, en 1565, la cofradía de la Esperanza que contaba con numerosos cofrades dedicados al tráfico marítimo. Por mandamiento del Arzobispado, el año 1616 tuvo que fusionarse con la de las Tres Caídas, creada poco tiempo antes en un cercano convento de clausura de monjas Mínimas. La corporación resultante permaneció instaurada en la iglesia del Espíritu Santo, de cuyo hecho histórico se conmemora la efeméride del cuarto centenario (1616–2016).

Pone de manifiesto la histórica vinculación que guardó la Esperanza con el gremio de los marineros, un documento de concordia, hasta hoy inédito, que hemos hallado en el Archivo de Protocolos Notariales. Es un acuerdo, suscrito en 1815, entre la entonces Congregación de mareantes y la cofradía de las Tres Caídas, con el piadoso fin de que la imagen de Guía, hasta entonces venerada también en el Espíritu Santo, pudiera recibir culto en la capilla de la calle Pureza, que iba a reabrirse.

La de los Marineros era un espacio religioso incardinado en el corazón del propio barrio, no en un lugar tan excéntrico como la capilla del Patrocinio en el extrarradio. En ella había cinco retablos. El principal lo ocupaba el Cristo caído, junto a las imágenes de San Juan Evangelista y María Magdalena. En una de las paredes laterales recibía culto la Esperanza y una pequeña talla de Jesús atado a la columna, mientras que en la de enfrente estaba la hornacina de Nuestra Señora de Guía, además de la de San Telmo y una Santa Cruz. Precisamente, se cumplen ahora doscientos años del estreno de su nueva capilla e imagen dolorosa de la Esperanza, tallada por Juan de Astorga según escribe José Bermejo en su libro de las Glorias religiosas (1882). Salió en procesión el Jueves Santo 11 de abril de 1816, a las tres de la tarde, después de que en Sevilla no hubiese estacionado ninguna cofradía por impedirlo la lluvia, como cuenta el cronista Félix González de León.

Además de la gente marinera, Nuestra Señora de la Esperanza extendía su protección sobre los vecinos de un barrio eminentemente alfarero y calé. Colaboró muy estrechamente con la hermandad de los Gitanos, cuando se fundó en la misma capilla trianera del Espíritu Santo, el año 1753, a instancia del «castellano nuevo» Sebastián Miguel de Varas, o Vargas. Le cedió varios enseres para que pudiese realizar su primera salida procesional, que finalmente hizo desde el convento del Pópulo, en la Magdalena, aquel año central del siglo XVIII. Y aún residiendo los Gitanos fuera de Triana, volvió la de las Tres Caídas a prestarle insignias y otros utensilios necesarios para la procesión de la Semana Santa de 1827. Del protagonismo que comenzaron a tomar como hermanos los artesanos del arrabal, nos habla un expediente que hemos analizado en el Archivo del Arzobispado, de la década de 1840, en el que figuran ya una serie de cofrades dedicados a la carpintería (suponemos que de ribera) y la alfarería. Volvió a salir en procesión en 1845, después de muchos años sin hacerlo y fue a la Catedral por primera vez.

Desde su establecimiento en Sevilla, los duques de Montpensier ayudaron a fomentar las salidas procesionales de varios años con la entrega de limosnas, como en 1851. Desfiló el Viernes Santo por la tarde y cuando venía de regreso de la Catedral se cruzó con la de Montserrat por la antigua calle Génova (actual García de Vinuesa). Sus hermanos discutieron sobre cuál habría de llevar la iniciativa y se originaron importantes altercados. Comenzó a correr la multitud y la autoridad tuvo que llegar a hacer uso de las armas, repartiendo palos a diestro y siniestro. El diario sevillano «El Porvenir» recogió que hubo que lamentar varias desgracias entre algunas señoras. Visitó la capilla de la calle Pureza la duquesa doña María Luisa Fernanda de Borbón, el día 18 de diciembre de 1852, festividad de la Esperanza. Desde entonces quedó sellada la vinculación con los Montpensier, como testimoniaba en el antiguo escudo la flor de lis, tan distintiva de aquella familia con derecho a sucesión monárquica.

Razones de su protagonismo devocional y popular

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Pero cuando verdaderamente comenzó la Esperanza de Triana a labrar el enorme mito que representa hoy dentro de nuestra Semana mayor, fue a partir de su incorporación a la jornada de la Madrugada, en 1889. Vino a reemplazar a la también trianera cofradía de la O, que lo había estado haciendo de noche, desde que cruzase a Sevilla para ir a la Catedral (1830). Su prioste, don Francisco Díez, comunicó a las autoridades la intención de dejar el horario nocturno, en la cuaresma de 1888, recalcando literalmente que lo hacía «para evitar los excesos que se cometen, no propios en actos religiosos». Queda claro que aquella otra hermandad del barrio no había logrado sintonizar con el ambiente que despertaba la noche, tan en boga ya en Triana. El representante de las Tres Caídas, don Francisco Ollero, trasladó a la corporación municipal y al señor Provisor del Arzobispado, que su hermandad saldría a las tres de la madrugada del Viernes Santo de aquel 1889. Desde luego, la Esperanza, sí consiguió atraer a los segmentos más carismáticos de un entorno marginal y a toda aquella gama de personajes y artistas maravillosos a los que tanto les inspiraba la nocturnidad.

Este nuevo horario terminó confiriéndole un importante empuje a la proyección universal de la hermandad, al entrar en concurso ahora una serie de circunstancias determinantes, como la de pasar a desfilar por el centro de la ciudad detrás de la cofradía de la Macarena. Tradicionalmente, los macarenos, vitoreaban con entusiasmo a su hermosísima titular mariana, cuya muestra de fervor se propusieron contrarrestar los trianeros con unas aclamaciones mucho más continuas, ovaciones más sonoras y la interpretación de saetas por doquier. Que se enterase Sevilla cuál era la más guapa, era el afán. Era la lucha por la supremacía de un barrio sobre el otro. Esta pugna, tras la que subyace una reivindicación vecinal de la identidad de una Triana que en aquel tiempo añoraba poder ser hasta un pueblo independizado de Sevilla, trascendió al dominio devocional y se suscitaron entonces no pocas disputas, relativas a dilucidar cuál de las dos imágenes salía mejor vestida y con mayores adornos. Aquella rivalidad se conoció en todo el mundo, como lo demuestra el peculiar reportaje publicado por el periodista Stephen Bonsal, en la revista norteamericana The Century Magazine (1898).

Hasta dónde llegarían los piques entre ambas que sólo diez años más tarde, en 1899, el vicario diocesano decidió comunicarle a la de Triana que su horario de salida pasaría a ser las 9 de la mañana del Viernes Santo. Tras no pocas protestas, se permitió que saliese a las 2,30 de la madrugada, aunque ya no detrás de la Macarena. Desde la alcaldía y el Palacio episcopal, se le ordenó en las vísperas de la Semana Santa de 1899, que verificase su estación a la santa iglesia Catedral, «no sólo con el recogimiento y orden propios del acto que realizan, sino después de la hermandad del Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación, apercibiéndose de que en caso de no acatar lo dispuesto se multaría a la cofradía». Esta medida de gobierno, consistente en intercalar como «cortafuego» otra procesión entre ambas, aunque la curia justificase la introducción con argumentos del Derecho canónico, no tuvo más que un sentido práctico: atajar el descontrol de las porfías. En el seno de la hermandad se vivió entonces una fortísima división interna y la autoridad eclesiástica suspendió a su junta de gobierno y nombró una gestora.

Rodríguez Ojeda, un bordador macareno para la Esperanza de Triana

Uno de los que contribuyó a alimentar la dualidad de las dos Esperanzas (Triana y Macarena), fue el bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda, quien se involucró muy activamente en el diseño y ejecución de distintas piezas textiles, bordadas en oro, para las imágenes titulares, así como la puesta en escena del conjunto de la cofradía, mediante el embellecimiento de enseres e insignias corporativas.

GARCÍA LORCA EN TRIANA

A finales del mes de abril de 1935, Federico García Lorca vino a disfrutar de nuestra Semana Santa. Fue la última vez que estuvo aquí pues, sólo un año más tarde, fue fusilado al estallar la Guerra Civil. Desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección lo acogió el poeta Joaquín Romero Murube en los Reales Alcázares, como alcaide-conservador que era ya del emblemático edificio. Según cuenta Juan Ramírez de Lucas, un amante del escritor granadino, Federico disfrutó especialmente con la «bisagra de poderío estético que es la Madrugada». De la mano de Romero Murube como guía, acompañado por Pepín Bello y algunos otros jóvenes más, al llegar la mágica Noche cruzaron el puente con el propósito de ver salir a la Esperanza de Triana desde San Jacinto, entre el jolgorio de «guapa, guapa…». Cuando asomó a la puerta del templo el paso del Cristo de las Tres Caídas, le sorprendió a Federico el llamativo y desigual tocado de plumas que llevaban los romanos del Misterio procesional. Murube le sopló que «ante la escasez de los últimos años, las mujeres de los cabarets de la zona, incluso algunos transformistas, habían regalado a la hermandad sus abanicos y tocados de plumas para que las imágenes secundarias las lucieran». Acto seguido, con la Virgen en la calle, García Lorca se quedó impresionado con la densa marea de pétalos danzantes que caían desde los balcones para la Reina del barrio. La acompañaron hasta el otro lado del puente y se emocionó muchísimo al sentir que el pueblo de a pie se expresaba detrás de Ella con tanta espontaneidad. Llegaron a la Plaza Virgen de los Reyes y allí vieron salir de la Catedral a la Macarena, que también venía haciendo su recorrido. Al presenciarla, exclamó: -«Qué alegría, una ciudad con dos Esperanzas tan guapas, tan morenas, tan andaluzas». De pronto, se acercó a ellos por detrás un jovenzuelo y les dijo. -«¡Eso sólo podría ocurrírsete a ti, Federico». Éste se volvió y comprobó que era, nada más y nada menos, que Rafael de León, el sevillano autor de tantas coplas que, por aquellos años, era ya amigo de García Lorca.

Desde siglos pasados, el barrio de la Macarena se distinguió por mantener muchas de las costumbres y tradiciones sevillanas. En su demarcación nacieron un buen número de personajes populares y cantaores flamencos. Aunque con el paso del tiempo, Triana fue arrebatándole aquella vitola y tras la fundación de la hermandad del Rocío (1813), conquistó bastantes ápices del acervo folclórico y religioso popular. A finales del siglo XIX, Nuestra Señora de la Esperanza consiguió impregnarse plenamente de la idiosincrasia de su arrabal y terminó convirtiéndose en el mejor vehículo de expresión de la realidad religiosa, social y cultural de Triana en Sevilla.

A lo largo de la historia ha contribuido a realzar el prestigio de esta hermandad, el hecho de que su Mocita morena haya sido el ancla de salvación de marineros y llegase a socorrer la desesperanza de tantísimos humildes vecinos de corrales, gitanos y alfareros. Su mayor gloria es haber nacido en Triana. Pero tu principal triunfo radica en…que también es de Sevilla.

JULIO MAYO ES HISTORIADOR

Publicado en ABC de Sevilla, el jueves 24 de marzo de 2016, páginas 46 y 47.

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