0767El fundador de San Agustín, la primera ciudad de Estados Unidos, maduró su plan en la cárcel de las Atarazanas hace 450 años

Ahora que los Reyes se disponen a celebrar con su presencia la huella hispana en los Estados Unidos y, más concretamente, el inicio español de la primera ciudad fundada en aquel territorio, la de San Agustín de la Florida hace 450 años, sería importante recordar la vinculación histórica que la entrelaza con Sevilla, en la que su conquistador Pedro Menéndez de Avilés organizó todos los detalles de la expedición que consiguió la victoria en aquellos territorios norteamericanos. Llegó a ser tan notoria la repercusión del triunfo que hasta la mismísima Giralda fue elevada, y recrecida, en conmemoración de las distintas victorias conseguidas por España en aquellos tiempos, como refiere algún historiador de siglos pasados.

Un buen número de documentos de los Archivos Generales de Simancas y de Indias, así como del de Protocolos Notariales de nuestra ciudad, acreditan la estrechísima relación que Menéndez de Avilés mantuvo con esta metrópolis hispalense durante los años previos a su intervención militar, como capital funcional que fue Sevilla del Imperio español en la Carrera de Indias, al tiempo que desvelan detalles relevantes sobre el respaldo institucional que, por mandato del rey, le ofrecieron la Casa de la Contratación y el Consejo de Indias, así como todo el apoyo eclesiástico, financiero, naval y humano altamente especializado que, para poder consumar con éxito la ocupación de aquella península de América del Norte, ocupada por una colonia de franceses luteranos, únicamente era posible encontrarlo, dentro del país, en las riberas sevillanas del Guadalquivir del entorno de la Torre del Oro.

0768Seducido por ambiciones patrióticas, como las de ayudar a construir el primer imperio global de Felipe II, favorecer el crecimiento del catolicismo, controlar también un enclave geoestratégico esencial del entramado marítimo del Nuevo Mundo, como era aquella península de América del Norte; junto a otras motivaciones de índole particular, como el derecho de explotación de industrias en las tierras que llegase a conquistar, el hábil marino don Pedro Menéndez –también sobresaliente arquitecto naval–, proyectó organizar un sistema de flotas que, partiendo desde distintos puertos de nuestro país, pudiese finalmente reagruparse en Canarias y continuar hacia Norteamérica.

Como las embarcaciones de gran tonelaje no podían partir de Sevilla debido a la escasa profundidad del río en determinadas zonas de su curso hacia la desembocadura, fue muy habitual que los expedicionarios, y soldados que conformaban la Armada, se trasladasen por caminos terrestres para embarcar en las costas onubenses o gaditanas, con todo su equipaje, desempeñando sus puertos la misma función que cumple hoy el Cabo Cañaveral estadounidense en el lanzamiento de los cohetes y transbordadores espaciales. Precisamente, el jefe general de la Armada Menéndez de Avilés zarpó desde Cádiz el 28 de junio de 1565 al frente de un grupo de naos y chalupas, después de conseguir organizar su sistema de flotas en Sevilla, una vez que la Corona ordenó a la Casa de la Contratación que se le concediese una cuantiosa financiación económica. Pero en Sevilla no todo fueron facilidades. Antes, fue necesario que el mismísimo rey interviniese para sacarlo de la cárcel de las Atarazanas, donde se encontraba preso con su hermano Bartolomé Menéndez por haber introducido cantidades de plata sin legalizar procedentes de América.

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En ocasiones anteriores se había encargado ya Avilés de capitanear barcos de la Armada, que custodiaban a las naves que venían cargadas de oro y plata desde Tierra Firme, con cuyos metales preciados se realizaba la acuñación de monedas españolas. Por esta razón, el general conocía mejor que nadie la potestad económica del medio sevillano, como una de las plazas mercantiles más poderosas de Europa, desde donde se dirigía la economía de medio mundo. La permisividad con la que las autoridades de la Casa de la Contratación actuaban en Sevilla, sobre los negocios del dinero, respecto al negocio colonial, hizo que nuestra ciudad llegase a convirtiese en una plaza de altísimo poder financiero, similar a la actual «City de Londres». Sólo en ella podía encontrar Menéndez Avilés a banqueros como Domingo de Ocariz, con quien consta documentalmente haber negociado ciertos préstamos para su empresa conquistadora de la Florida; en ella podía recibir el apoyo de hombres de negocios influyentes como Gaspar de Astudillo (mercader burgalés) y Juan Antonio Corzo, quienes actuaron como fiadores suyos cuando estuvo encarcelado; y en ella llegó a alcanzar la colaboración inversionista de un mercader alemán residente en la ciudad para acometer su particular proyecto empresarial, una vez que realizase la conquista.

Los mejores pilotos y cosmógrafos del momento trabajaban para la Casa de la Contratación, por lo que don Pedro pudo recabar en esta tierra un valioso asesoramiento técnico para su navegación; consiguió además unos testimonios privilegiados de tres reclusos franceses mandados traer por el gobernador desde aquel lugar norteamericano, y a los que llegó a conocer cuando estuvo preso en las Atarazanas, utilizándolos para preparar el abordaje y consumar el asedio de unos parajes tan difícilmente accesibles. No tuvo más remedio Menéndez de Avilés que venirse a elaborar el diseño de su proyecto conquistador a este lugar, porque Sevilla también era el principal centro receptor de noticias provenientes del Nuevo Mundo. Gracias a esta circunstancia llegó a enterarse de que se había apoderado de aquel lugar un grupo de luteranos. La intervención militar en la Florida estuvo principalmente legitimada por la defensa del cristianismo ante el avance protestante, acaparando la Iglesia de Sevilla un gran peso específico en la dirección espiritual de la expedición. Fue la fundación de San Agustín un acto de la propia Iglesia sevillana, que bendijo el nacimiento de una nueva población en el Nuevo Mundo, bajo unos rituales litúrgicos que se exportaron a aquel continente desde el principal templo sevillano.

Y no deja de ser curioso que, cuando España no necesitaba más territorio porque todavía poseía extensiones enormes por civilizar, centró su atención en hacerse con el control de una de las zonas, eso sí, más estratégicas de aquellos mares, desde el punto de vista económico y financiero. Perseguía el estado español el dominio de la Florida, pese a las miradas desafiantes de Francia e Inglaterra, pues muchos de nuestros barcos cargados de oro y plata no llegaban a la península ibérica, después de ser interceptados por los piratas. La victoria obtenida en aquel emplazamiento, que ayudaba a asegurar el tráfico naval, hubo de ser muy celebrada en Sevilla por la gran repercusión económica que supuso para los intereses españoles. Y fue la Iglesia de Sevilla la institución que con mayor júbilo manifestó su alegría. Hemos documentado que en la Catedral llegaron a bautizarse, con solemnísimos ceremoniales, hasta cinco indios de la Florida que se trajo Menéndez de Avilés al regreso de su primer viaje, a semejanza de los indígenas que Cristóbal Colón llevó a bautizar al santuario extremeño de Guadalupe (a tenor de muchas de sus acciones, el capitán asturiano creía encarnar al mismísimo Almirante).

El erudito Antonio Ponz recoge en el tomo VIII de su «Viage de España» (1777) que el éxito lo festejó la Iglesia de Sevilla elevando su principal torre «unos cien pies», con ocasión de los triunfos del catolicismo sobre el luteranismo. Además, nosotros hemos constatado por la inscripción recordatoria de la obra de ampliación de la Giralda, fechada en 1568, que las máximas autoridades eclesiásticas le dedicaron al entonces «Señor del Mundo» –designación conferida a Felipe II por el hispanista Hugh Thomas–, unos piropo tan encendido como el de «victorioso padre de la patria». Produce, por ello, un gran sinsabor que Sevilla haya estado ausente en la efeméride del hispanismo de la primera potencia mundial y mucho más después de saber que nunca se ponía el Sol en un Imperio que tuvo centralizados casi todos sus poderes fácticos y económicos en esta Híspalis nuestra, un paraíso distinto al de los enclaves exóticos de las Antillas, las Bahamas, el Caribe o el área de la isla Florida, pero desde el que irradiaba todo el brillo de la luz que posibilitó la iniciación política y sociocultural de los Estados Unidos.

Julio Mayo es historiador
juliomayorodriguez@gmail.com

Consolación de Utrera unida al principio de los Estados Unidos

La Virgen de Consolación y los Estados Unidos quedaron vinculados después del milagro providencial que Menéndez de Avilés atribuyó a la Madre utrerana, en el momento que uno de los barcos dirigidos por él mismo se encontraba dispuesto ya para entrar en la orilla de la Florida. En aquel momento no llevaban armas suficientes para hacer frente a dos navíos luteranos que se aproximaban y en el aprieto, relata en su Diario de Navegación el capellán López de Mendoza: «pusiéronse en oración a Nuestra Señora de Consolación, que estaba en Utrera, pidiéndole socorro de un poquito de viento, porque ya los franceses venían sobre ellos, y pareció que ella mesma llegó al navío, y con un poquito de viento que se bulló, entró el navío por la barra». A inicios del siglo XVII, el historiador Rodrigo Caro resaltó ya la cualidad protectora de Consolación frente al avance de los protestantes. La devota imagen se hizo famosa en la segunda mitad del siglo XVI, a partir del crecido culto e imploraciones que comenzó a recibir de muchos viajeros y soldados de la Armada española, cuando transitaban el camino terrestre que unía Sevilla con los puertos gaditanos, y pasaban por Utrera, para embarcar rumbo a América. Es muy sintomático que la primera misa celebrada en la Florida se oficiara el 8 de septiembre de 1565 (primer año en el que comenzó a celebrarse en Utrera la festividad de Consolación, antes conmemorada en marzo), produciéndose con el otorgamiento del acta fundacional el nacimiento del «Fuerte y Misión» de San Agustín. Con este hecho, Consolación de Utrera pasó a convertirse en el primer referente mariológico invocado por la Iglesia española en Norteamérica.

Preparación de la Conquista
1564 – 1565

1 de enero. Desde agosto de 1563 se encontraba preso en la cárcel de las Atarazanas y escribe a Felipe II, quien le había ordenado que se viniese a Sevilla para servir como general de la flota al capitán de la Armada don Juan Tello de Guzmán, Conde de Niebla
1 de julio. Ya ha salido de la cárcel y se formaliza escritura de compromiso con el banquero Domingo de Ocariz
6 de julio. Se desplaza a Madrid, donde realiza importantes gestiones en la Casa Real
14 de julio. Mientras que Menéndez Avilés está en la corte de Madrid prosiguen en Sevilla todas las gestiones para organizar la conquista. Un documento sitúa como fiadores suyos en Sevilla a los mercaderes Gaspar de Astudillo y Juan Antonio Corzo
7 de diciembre. El Consejo de Indias acuerda otorgar un importante sueldo para los ocupantes de los barcos 20 de marzo. Se le despacha el título de gran capitán general de la Florida
22 de marzo. Carta del rey Felipe II a la Casa de Contratación de Sevilla para que se le dispongan 15.000 ducados
5 de mayo. El Consejo Real de las Indias autoriza la provisión de vituallas y municiones
12 de mayo. Llega de Madrid a Sevilla y obtiene financiación privada de un mercader alemán residente en Sevilla
18 de mayo. Avisa a Felipe II que para echar de la Florida a los luteranos se le abonasen 15.000 ducados
28 de mayo. Pedro Menéndez pide que se le pague para poder salir hacia la Florida
28 de junio. Se embarca en el puerto de Cádiz al frente de la flota con rumbo hacia Canarias
28 de agosto. La expedición alcanza la costa de la península de Florida
8 de septiembre. Desembarco de Menéndez de Avilés y fundación de San Agustín

Los Piratas del Caribe

Franceses e ingleses representan una seria amenaza para el tráfico comercial de Sevilla y América. La expedición militar de Pedro Menéndez asestó un duro golpe a las pretensiones territoriales de Francia en América, pero no pudo dejar resuelto el problema del asentamiento definitivo de España en la Florida, por las constantes extorsiones de los piratas ingleses y franceses hacia los buques españoles que venían a Sevilla colmados de riquezas. Cuando el Inca Garcilaso de la Vega terminó en 1592 su obra sobre la «Isla Florida» reivindicó la necesidad de cerrar este capítulo inconcluso de la epopeya hispana en América, argumentando que la fe católica necesitaba consolidarse en aquella zona. Las aguas del Caribe, costa de las Bahamas y el cabo Cañaveral acaparan la atención de los buscatesoros que se sumergen a localizar naufragios de barcos asaltados, o averiados, que nunca pudieron llegar hasta aquí. Forma parte del atractivo cultural e histórico de la Florida esa seductora fascinación por el hallazgo de tesoros perdidos en las profundidades de sus costas.

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